El día del juicio más o menos final (24x6)

14.09.2018

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Me he despertado sobresaltado otra vez por la pesadilla recurrente en la que, mientras mi padre ríe estrepitosamente, me veo obligado a frotarme con polvorones el pecho desnudo frente a un grupo de antropólogos finlandeses para demostrarles que soy humano. Cuando superas los 40 años, resulta casi imposible conciliar el sueño sin ingerir algún tipo de droga o acariciarle el pelo a un inspector de Hacienda mientras duerme. He salido a la terraza a echarme un pitillo: miro hacia el cielo estrellado de la noche pensando que, allá en el espacio, quizá vagará la nave de mi anterior novia, Olga. Nuestra relación se había consolidado después de 5 años, por lo que el mes pasado me decidí a pedirle una cita romántica (hasta la fecha nuestra relación había consistido en mirarla yo desde mi ventana lloriqueando cada vez que ella salía a trabajar del edificio de enfrente). Olga pareció ilusionarse mucho con mi propuesta, por lo que al día siguiente se esfumó del barrio y, al parecer, se alistó en un proyecto espacial. De algún modo, creo que me ama. ¿Acaso no es el amor otra cosa más que un órdago cobarde a la realidad?

01:00 - 01:59

"Inútil de mierda, he perdido casi 200 seguidores en Facebook y 400 en Twitter esta semana. Diseña una campaña bien guapa para recuperar seguidores o te crucifico por los huevos. Dios te guarde en su gloria. Amén... Inútil de mierda". Ese era el mensaje de voz que Jesucristo me acaba de mandar al Whatsapp. Me ha tocado escucharlo varias veces porque, a causa de su marcado acento gallego, apenas se le entiende. Luego le he intentado localizar, pero tiene las llamadas desviadas al Papa y, honestamente, ¿a quién le apetece que un argentino te dé conversación de madrugada? Jesucristo se había convertido en mi mejor cliente desde que empecé a trabajar como Community Manager, después de realizar el año pasado un cursillo sobre "Dominio de las redes sociales y repostería sin colesterol" en la asociación de jubiladas del barrio. El negocio iba viento en popa, y ya había ampliado mi despacho (consistente en 1 mesa y 2 sillas plegables) adquiriendo una papelera del Wallapop. El despacho estaba ubicado en un rincón muy luminoso del salón en casa de mis padres, con quienes todavía vivía. Aunque debía compartir espacio con mi madre y sus amigas que celebraban allí también sus reuniones de Tuppersex y BSDM para veganos, no perdía las esperanzas de progresar. Contaba con el apoyo incondicional de mi padre, quien a menudo me mostraba su afecto no escupiéndome al pasar. "Nos vemos dentro de 5 horas en el bar de Alma, inútil de mierda", me propuso Jesucristo en otro mensaje, si bien esta vez sustituyó "mierda" por su correspondiente emoticón. La luna creciente se pierde entre los perfiles amenazantes de los edificios, el ladrido de un perro resuena suplicante en el patio de luces, huele a jazmín este mayo... Que no se me olvide poner en remojo unas lentejas.

02:00 - 02:59

La habitación apesta a tabaco y café. Imposible pegar ojo. Se oye el zumbido del despertador del vecino de enfrente, que lleva sonando desde hace una semana sin que nadie lo apague (el mismo tiempo que no vemos al vecino, de cuya piso emana curiosamente un pestilente olor a podrido; puse una foto en Facebook reclamando ayuda para localizarle o, en su defecto, para localizar a alguien que se le parezca). Tras darme un golpe en el pie contra la mesita de noche que me ha hecho aullar de dolor, de repente he entendido que debo abandonar a Jesucristo como cliente. Me he sentido tan seguro de mí mismo con esa decisión que incluso me he duchado solo, aunque mi madre ha insistido en lavarme el prepucio y detrás de las orejas. Jesucristo había perdido totalmente el equilibrio mental desde que el Twitter del Papa le superó en seguidores, tras una campaña de GIFs de gatitos y otra de obispos alemanes en poses eróticas. Había incluso amenazado con revelar al público secretos vergonzantes sobre el Papa como su manía de meter la mano en los montones de ropa interior masculina del mercadillo o el hecho de que nunca se hubiera leído la Biblia. Totalmente desesperado el Cordero de Dios (o como a Él le gustaba llamarse en privado: Míster Cross) me había exigido la semana pasada contraatacar con una campaña definitiva: el anuncio de El Juicio Final. He salido a la calle a tomar el aire, aunque mis pies inconscientemente se han puesto a trotar en dirección hacia El templo del Nuevo Conocimiento, un edificio en ruinas situado a las afueras de la ciudad, en el que malviven la mayoría de los influencers de las redes sociales junto a viejas glorias de los reality shows y una familia de Caudete que se perdió de camino a Lugo. Si en algún lugar puedo hallar respuestas, han de estar allí. La brisa primaveral agita los abetos de la avenida y las luces amarillentas de las farolas enferman el paisaje salpicado de jóvenes que empiezan a sumergirse en las entrañas de este sábado. Siento un extraño escalofrío recorrer mis piernas: no es miedo, me he vuelto a vestir con una minifalda de mi madre.

03:00 - 03:59

De camino a El Templo del Nuevo Conocimiento, hay que atravesar el barrio más peligroso de la ciudad: allí se sitúan la sede central de todo el narcotráfico, el mayor emporio de prostitución, los centros de apuestas ilegales e incluso una biblioteca municipal. En un polígono industrial, me he tropezado con un loco vestido con americana, que parecía colocado de coca, me ha soltado un "¿Aparta pirado, no sabes quién soy?" que me he asustado tanto que he descartado la idea de cagar en el portal del orfanato. De repente no hay luz. Un apagón general. La oscuridad es absoluta. A tientas he encontrado refugio en un viejo almacén abandonado. Dentro, el resplandor y el calor de una hoguera me ha servido de faro. Allí un grupo de vagabundos en torno al fuego charlaban animadamente sobre el teorema de Higgins y su relación respecto al blanqueamiento anal. Uno de los vagabundos se acerca a mí deslumbrándome con una lintera. Al principio no le reconozco, pero su camiseta de "Supermercados Spar" me confirma que se trata de El Creador.

- Maldito mortal -me dice con una expresión entre socarrona y divina.

- Vaya por Dios -mascullo para relajar el ambiente, a lo que Él responde pellizcándome el escroto por debajo de la minifalda.

- Así que vas a ver a mi hijito...

Prefiero no responderle, a fin de cuentas Él ya lo sabe todo. La relación entre Dios y Jesucristo no era demasiado buena, especialmente desde que Dios se había pasado al ateísmo.

- ¿No podrás prestarme unos euros? Tengo que pillar un autobús -me pregunta mostrando una sonrisa amplia que me permite ver todos sus dientes podridos.

Le doy unos euros aunque le pido a cambio que desactive la omnipresencia cuando me esté duchando, a lo que accede no sin cierto desagrado. Ha vuelto la luz. La ciudad se enciende como una llamarada que le confiere apariencia de decorado barato. Aprovecho que Dios ha comenzado a pelearse con otro vagabundo que le ha arrojado una botella de vino por cuestionar la Santísima Trinidad, para perderme entre la niebla de las calles. Me parece escuchar la melodía de un saxo romper la quietud de la noche. Qué poca cosa seremos los humanos que nos supera la belleza del Universo.

04:00 - 04:59

Un perro sarnoso viene siguiéndome a cierta distancia, ocultándose entre los coches. Se queda bajo una farola, observándome como si planeara atacarme en cualquier momento. En la entrada de El Templo del Nuevo Conocimiento se agolpa una fila de viejas glorias de las redes sociales (youtubers, tuitstars, influencers y otros depravados que comen placenta o aprietan el tubo de pasta dentrífica por la parte de abajo). Son fácilmente distinguibles porque van de la mano de su madre y repiten todo el tiempo "Eh, tío, déjame darte un abrazo sanador". El portero (un profesor salmantino de informática que estuvo implicado en un caso de spam masivo sobre alargamiento del pene mediante el consumo de aguacates que inesperadamente resultó ser una estafa) me hace un gesto de complicidad y me deja pasar. En el interior del templo se respira un ambiente cerrado y húmedo como la habitación de uno de esos raros adolescentes no aficionados a la lectura de Santa Teresa.

- Vaya, vaya, el señor Augusto Espinardo...-me dice el sacerdote principal o Summum PrecozEyaculatum en el incomprensible lenguaje eclesial de la secta.

- Don Mateo -le respondo haciendo una genuflexión que deja al aire mi escroto bajo la minifalda.

Don Mateo era un cincuentón distinguido a pesar de vestir el hábito monacal (un chándal color rosa fluorescente a juego con una camiseta de la serie Fraggle Rock). Había ganado merecidamente su puesto en el trono evangélico de la computación internacional por haber conseguido ordenar de una forma comprensible y temática todos los canales de la TDT de varios vecinos.

- Jesucristo quiere anunciar el Fin del Mundo para ganar seguidores en sus redes sociales, necesito tu consejo -le suelto abruptamente mientras le beso con reverencia la funda protectora de su Iphone.

Don Mateo me observa preocupado y se vuelve hacia un grupo de sacerdotes del Facebook que, en ese preciso momento, estaban discutiendo sobre la posibilidad de que en Internet hubiera habido alguna vez algún contenido pornográfico. Finalmente se gira hacia mí y me dice con su característico tono críptico y reverencial:

- ¿Todavía estás ahí? Enfréntate a tu destino cual gaviota que se abalanza sobre el río salvaje a capturar a su presa o como la hoja mecida por el viento.

Me he quedado pensando en las palabras de Don Mateo, todavía resonando en mi cabeza, especialmente porque son las mismas que me dijo cuándo le comenté un problemilla con un herpes genital o cuando le hablé de mi miedo a tocar directamente a un pelirrojo. De hecho siempre me dice lo mismo. La temperatura de la noche toma algo de tibieza, quizá porque en su fondo ya palpita el sol naciente. Subo al autobús de la línea 66, y aquel perro nos sigue corriendo desesperado. Me siento abrumado por todo este caos existencial y porque ayer olvidé tender una lavadora.

05:00 - 05:59

El autobús me deja justo frente al bar Hell. Los primeros tonos rojizos del amanecer en el horizonte confieren al paisaje un aire apocalíptico, calentado por la brisa primaveral. A los pocos minutos llega jadeante el perro tísico que viene persiguiéndome desde El Templo del Nuevo Conocimiento. Se pone a mi lado y me olisquea el culo por debajo de la minifalda.

- Buah, no estás en celo - me dice frunciendo el hocico

- ¿Belcebú? - le pregunto mientras intento quitármelo de la pierna a la que se me ha subido con intenciones copulativas.

- Atiende, Augusto, conozco el plan de tu colega Jesucristo, y no me gusta. Me caes bien y no quisiera yo tener que hacerte daño- responde soltando vaho amarrillo por entre los colmillos.

Entro en el bar mientras Satanás corre a lamer la mano de un inspector de Hacienda. En el Hell había un ambiente cargado, corrompido. Al fondo Jesucristo charlaba animadamente con un grupo de fans formado principalmente por las típicas beatas yonquis destrozadas por el crack. Tenía magulladuras en la cara como si se hubiera metido en otra pelea. Me acerco a la barra y pido a Alma, la camarera, un Cacaolat. Sus preciosos ojos verdes se clavan en mi minifalda con un gesto de resignación. Al fondo una morena pecosa me observa boquiabierta. Es de esa clase de hembras que cumple todos los requisitos que exijo a una mujer para enamorarme: carece de joroba, dispone de 4 extremidades y palpita. Me acerco a ella seduciéndola con mi maestría en el baile, aunque tropiezo con un taburete derramándome el Cacaolat encima. Le susurro al oído una de mis infalibles frases enigmáticas de seducción: "El placer máximo se halla más allá de la coliflor de la gnosis empírica". Me alejo de ella sin parar de bailar, confiado en que pronto caerá rendida a mis pies. Desde un rincón en penumbra, Jesucristo me silba indicándome que le acompañe. Sí, el día del Juicio Final se acerca más o menos. Me aterroriza tal certidumbre y el hecho de que mañana se agota el plazo voluntario para presentar la declaración del IRPF. El perro infernal se ovilla a los pies de un comercial de telefonía móvil que se ha sentado cerca de la entrada. Asumo poco a poco que quizá no salga vivo de esta situación o que tal vez la trigonometría no sea tan útil en las relaciones sexuales.

06:00 - 06:59

Sentado en el rincón más apartado del bar Hell, Jesucristo lame hostias consagradas frenéticamente.

- Esta mierda ya no me coloca ni nada, joder - masculla derribando de un manotazo la pila de hostias consagradas que se acumulaban sobre su mesa-. Mira, Augusto, nos hundimos, tío, ¿has oído las noticias? Se nos cae el tinglado, joder.

Me cuenta sin mayor detalle que la NASA ha confirmado la existencia de vida extraterrestre inteligente en el planeta Kepler-442b. Rompe a llorar y me abraza, pero como también le sangran los estigmas copiosamente, me pone todo perdido de sangre y mocos.

- Tú eres mi amigo, Augusto, mi mejor amigo -murmura con la mirada perdida bajo los habituales efectos psicotrópicos de las hostias consagradas-. Me paso todo el día oyendo las oraciones y ruegos de 3 mil millones de personas, sus voces se agolpan en mi cabeza y ni siquiera sé qué quieren y quieren cosas contradictorias a la vez los unos contra otros, joder. Un tipo pidiéndome "Jesús, no dejes que me atrape, no me dejes aquí, a oscuras, con Ella", pero ¿se creen que puedo deducir a qué se refiere?

- Pero, Míster Cross, ¿cómo puede haber vida inteligente fuera de la Tierra y que no supieras nada, no es obra de tu Padre? -le pregunto con cierto temor a su respuesta.

- Es cosa de los otros dioses, un tema de bandas y territorios -me dice mientras se enciende un porro liado con una hoja de la Biblia-. Desde que mi Padre se pasó al ateísmo, esta parte del Universo se ha quedado a merced de otros jefes del cotarro.

Le escucho sin demasiada atención porque, en ese preciso instante, me inunda un pensamiento terrible por el hecho fehaciente de que la vida humana resulta etérea y que no todos los polos sabor fresa tienen el mismo sabor fresa.

- Augusto, debemos seguir con nuestro plan: anunciamos en todas las redes sociales el Fin del Mundo -me dice apoyando su mano en mi hombro con aire de complicidad.

- ¿Pero para qué fecha? ¿Para el mes que viene?

- No, no, el mes que viene tengo cita con el dentista y no puedo aplazarla, ya sabes cómo va la seguridad social. Mejor anúnciala para dentro de dos meses más o menos.

Mientras Jesucristo resucita a un cliente que había muerto de modo fulminante al tocar accidentalmente el inodoro del aseo y no lavarse las manos posteriormente, salgo del bar. Fuera en la calle, donde ya se atisban los primeros trazos rojizos y anaranjados del amanecer, Belcebú, ahora con la abominable forma de una presidenta de la Asociación de Padres y Madres, reparte prospectos sobre la importancia educativa de las clases extraescolares y la jornada continua en los colegios.

07:00 - 07:59

Necesito pensar. Necesito pensar y tomar decisiones. Me meto en una tasca del barrio cercana al Hell. Me pido unos churros que me saben a gloria, aunque un anciano con cara de caballo me mira todo el tiempo libidinosamente y me guiña el ojo cada vez que me meto un churro en la boca. Finalmente pasa por mi lado y me propone una mamada por 20 €, a lo que me niego asqueado porque sólo me quedan 10 €. Un chino intenta echar a su bebé dentro de la máquina tragaperras mientras un grupo de albañiles soñolientos discute acaloradamente a su lado sobre el último partido del Betis y las ecuaciones de Blume bajo la perspectiva del teorema de Fermant. Echo un vistazo a las estadísticas de las redes sociales: una secta llamada Nuevo Sol lo está petando con una campaña para organizar un viaje al planeta descubierto por la NASA. Los hashtags #ETKepler42b y #NudesdeRajoy son trendingtopic mundiales. Contraataco a través de todas las cuentas automatizadas con una campaña de Jesucristo a favor de la tortilla con cebolla y otra difundiendo el rumor de que no irán al Cielo los bautizados en años impares o los que alguna vez no hubieran terminado un coleccionable de dedales cerámicos. Por unos segundos me tienta la idea de enviar a Jesucristo mi renuncia pero, ese preciso momento, observo a un caballero muy atractivo de pie junto a mi mesa; va vestido de traje, zapatillas deportivas y barba hipster, y lleva una mochila con el lema "Linux programa el Mal". Sí, es Giacomo Tortellini, el Director de Tecnología del Vaticano y anterior responsable de Fondos de Pantalla de Microsoft.

- Agusto, Agusto mío... - murmura cantarín sentándose tan pegado a mí que puedo notar perfectamente el paquete de espagueti marca La suora calda bajo la chaqueta - Nos volvemos a encontrar, Agusto. Deja el móvil. No podemos permitir que abandones ahora, hai capito?

- No puedo más, Giacomo...

- Debemos colaborar, dolce puttana, follow me...

Le acompaño hasta la calle donde nos espera una limusina rosa. Nos abre la puerta del coche un guardaespaldas gigantesco. Dentro atisbo al Papa y a un extraño ser de rostro verdoso.

- Hijo mío pecador, pasa -me dice el Sumo Pontífice dando una profunda inhalación a una bolsa llena de pegamento-. Te presento a Krion Ytriuv, embajador del planeta Kepler4442b.

La limusina recorre la ciudad a más de 120 kilómetros por hora. Me marea la velocidad y la música de Gergie Dann que suena a todo volumen por los altavoces. No puedo apartar la mirada del rostro del extraterrestre, que me recuerda a un calamar aplastado y a una antigua novia del instituto. ¿Van a torturarme y asesinarme, o al revés? ¿Habrá vida eterna tras la muerte? Y en tal caso ¿llevo la ropa interior adecuada?

08:00 - 08:59

Durante el largo viaje en la limusina repaso todos mis conocimientos sobre la jerarquía de la Iglesia Católica, en la confianza de que me serán útiles para salir a salvo de esta situación. La estructura organizativa de la Iglesia Católica no difiere mucho respecto al de otros grandes tinglados empresariales como el monopolio de los carburantes o el holding del hilo dental. En la cúpula de esta jerarquía eclesial se sitúa al Santo Padre, quien es, sin duda, el hombre más poderoso del Catolicismo, sólo justo por detrás del conserje que tiene la única copia de las llaves que abren el Vaticano. Entre los privilegios más envidiados del Sumo Pontífice, se encuentran la posibilidad de añadir mucho suavizante en la colada de sus sotanas, bromear sobre el bigote de Santa Teresa o excomulgar a un par de miles de personas al azar cada trimestre. Por debajo del Papa, encontramos a los arzobispos, quienes manejan el cotarro del negocio en sus respectivas diócesis, controlando con mano férrea el tráfico de hostias consagradas, la adulteración de bulas o la venta de ambientadores en los tanatorios. Entre sus derechos históricos, los arzobispos pueden: designar hasta 5 herejes por motivos de mutua enemistad manifiesta, elegir la marca del vino de misa y decretar pecados específicos en el límite de sus territorios. Esto último provocó, por ejemplo, que hace 5 años en la diócesis de Turín se prohibieran las relaciones sexuales con gasterópodos, mientras que, en la colindante diócesis de Nápoles, se limitó tal acto a ejemplares frescos o de temporada. Por otro lado, entre sus muchas obligaciones, los arzobispos deben comprarse y forrar su propia Biblia, saberse de memoria el nombre de al menos 3 apóstoles y halagar la estilizada figura del Papa cada vez que acuden a un cónclave del Vaticano. La base de la estructura eclesial está formada por variopintas pandillas clericales. Cada una dispone de equipación, peinado y música identificativas. Durante gran parte de este milenio, los jesuitas fue la banda monacal más poderosa, si bien luego en el siglo XVIII surgieron divisiones internas al enterarse que el asunto de los 10 Mandamientos iba en serio. Actualmente los barrios de cualquier ciudad están dominados por los dominicos y una variante de los agustinos que sí está a favor de la depilación genital. En el último Concilio Ecuménico fueron aniquilados los últimos representantes de los franciscanos suministrándoles una pequeña cantidad de tofu en la merienda; esta orden se había mostrado rebelde ante la rigidez moral del status quo católico y había denunciado públicamente las inversiones vaticanas en aberrantes fondos de la llamada deep web como los foros de ventas de armas o los video-tutoriales de consejos caseros de belleza. La limusina nos ha dejado frente a una preciosa parroquia medieval, ahora parcialmente reconvertida en una tienda de complementos alimenticios para deportistas. Acompaño al Papa y a Giacomo Tortellini hasta una amplia sala en el sótano. En una pizarra llena de fórmulas matemáticas y signos cabalistas, sólo consigo reconocer el título (El número áureo) y el garabato de una polla bastante bien conseguido.

09:00 - 09:59

Un halo polvoriento y lento inunda la sala del sótano a través de una pequeña ventana, confiriendo a la escena un aire de sacristía gótica. Allí están Dios, el Papa, Jesucristo y el Diablo (ahora en su forma habitual de vendedor de seguros); Giaccomo Tortellini, al parecer, se ha marchado en la limusina junto al embajador del planeta Kepler44b. Dos tipos vestidos con una túnica granate siguen realizando complejas ecuaciones matemáticas en la pizarra, mientras chapurrean palabras en un lenguaje que no logro entender a pesar de haber vivido varios años en Murcia. Observo que portan ambos un refulgente medallón de una estrella, por lo que deduzco que pertenecen a la secta del Nuevo Sol o alguna escisión de NaturLife.

- Te preguntarás qué está ocurriendo aquí y para qué te hemos traído -me dice Dios sonriente poniéndome una taza de café entre los dedos-. Por favor, siéntate con nosotros.

Jesucristo permanece ajeno a todo, tratando de limpiar de la pantalla de su Ipad la sangre que brota de sus estigmas. "Cagondios, esto es un fastidio", repite entre dientes mirando de reojo a su Padre.

- Augusto, Augusto, pecador -musita conciliador Dios poniendo su mano sobre la mía-. Debemos unir nuestras fuerzas en las redes sociales.

- Pero yo tenía que anunciar el fin del mundo más o menos pronto...

- Y eso harás, pero ahora las cosas han cambiado -interrumpe el Papa-. Los designios del Señor son inescrutables, y debemos atender las peticiones de la nueva secta.

- ¡A mí no me echéis la culpa de vuestras movidas! -grita Dios dando un fuerte golpe contra la mesa-. Esto debe ser cosa de Buda porque le debo pasta, maldito miserable.

Belcebú rompe a reír a carcajadas tan cavernosas que me ponen los pelos de punta, lo cual me recuerda que no me he depilado las ingles desde el verano pasado.

- Todo esto es muy divertido, sois patéticos los mortales, ¿de qué han servido vuestras creencias durante milenios? ¡Qué ridículos sois! -grita arrojando polvo de azufre por las orejas.

Los dos tipos de la túnica granate susurran algo al oído de Dios, quien asiente sin dejar de hurgarse la nariz.

- Bien, me comunican los colgaos éstos que ya están apareciendo los primeros elegidos, el plan sigue su curso.

- ¿Qué plan, Dios? - pregunto intrigado.

- Yo qué sé, lo he dicho porque sonaba enigmático... Creo que necesito una copa de whisky o algo más fuerte.

Doy un largo trago a mi café, pero a causa de los nervios me lo vierto por la oreja quemándome el tímpano. De repente suena mi móvil: es un comercial de Jacktel que me ofrece un pack sumamente atractivo. Creo que lo voy a contratar.

10:00 - 10:59

Decido volver a casa andando con la intención de que el paseo me ayude a pensar. "Debes convencer a todo el mundo cristiano de que el fin del mundo se acerca de forma inminente, y que sólo se salvarán quienes se pasen a la secta del Nuevo Sol", esas fueron las precisas instrucciones que me encomendó el Papa con la aquiescencia de Jesucristo, Dios y Belcebú. Además debía acometer la compleja tarea sin dejar en mal lugar al Cristianismo. Intuía que algunos creyentes no se iban a tomar con mucho sentido el humor esta leve variación teológica de su fe. Para ayudarme en semejante proyecto, el Vaticano ha puesto a mi disposición su riqueza e influencias: de hecho barajaban la posibilidad de ampliar mi tarifa de datos hasta 2 GB con llamadas ilimitadas a 2 números de mi elección. Las calles de la ciudad están llenas de carteles publicitarios de la secta, se pueden ver incluso a los primeros grupos de fieles paseando con sus características túnicas granates, y en los medios de comunicación se empieza a hablar monotemáticamente sobre "los elegidos". Consulto el trending-topic y el hashtag #ETKepler42b casi ha superado al de #Sexoconberenjenas. Un policía me amonesta por mi escandalosa forma de vestir, dado que la minifalda no hace juego con mi peinado, nos besamos, me propone matrimonio, pero le rechazo ya que recuerdo vagamente no ser homosexual y porque este año le prometí fidelidad sexual a mi mecánico para hacer frente a la factura de la última reparación del coche. Llego por fin a mi hogar. Mis padres estaban tan preocupados por mi desaparición nocturna que han alquilado mi habitación a un balón desinflado. Mi madre, siempre protectora y mimosa, me prepara con toda su dulzura y dedicación una sopa de sobre, aunque ha olvidado abrir el sobre y ponerlo en agua. Hago correr por las redes sociales la historia de que unos arqueólogos han descubierto unos viejos papiros en los cuales se vincula a Jesucristo con el Kepler42b, y con las cuentas del Vaticano y de Dios ni desmiento ni confirmo el descubrimiento. En Facebook cuelgo unos vídeos manipulados y distorsionados del Papa duchándose donde se le aprecia un colgante similar al medallón del Nuevo Sol y un tatuaje con el logo de Starbucks en la nalga izquierda. A través de la ventana se despliega vibrante un día puramente primaveral y resulta imposible no pensar que el mundo es un lugar hermoso, a pesar de los últimos acontecimientos, los terribles genocidios de la Historia y esas señoras mayores que pagan con monedas de céntimos la compra en el súper.

11:00 - 11:59

Me tumbo en la cama y mis ojos se pierden en el blancor del techo, que comienza a dar vueltas hasta convertirse en una espiral translúcida. El colchón se desprende de mí, me elevo balanceado por el vacío y mi espíritu abandona mi cuerpo como aquella vez que me tocó la cara un funcionario sin ninguna baja en su vida laboral. Siento en mi alma cerca del bazo, un éxtasis que debe ser similar al que experimentaron los grandes santos de la Iglesia Católica como Santa Teresa, Santo Tomás de Hipona o Sansón. Incapaz de distinguir realidad de sueño, un camino de luz azulosa tirando a verde lima con algunos matices de amarillo toscana, me arrastra a través de imágenes donde se mezclan recuerdos y quizá premoniciones. Veo, por ejemplo, a mi tío abuelo Abelardo (fallecido por asfixia el pasado año al intentar pronunciar la "h" muda de toda la declinación del verbo "heder") sentándose en el porche de la masía del pueblo para disfrutar el canto de los estorninos que se posaban sobre el dorado limonero en el que solía atarme; de repente se gira y, señalándome con el dedo índice increíblemente gigantesco, me acusa de ser el responsable genético de su calvicie y de las tendencias en la moda de ropa interior masculina. También veo a mi quiropráctico lamiendo con fines erotizantes a una plantilla ortopédica mientras repite "Haz de mí un osteópata", luego rompe a llorar por el vergonzoso trato que el Gobierno dispensa a los santuarios de delfines en la Antártida y se suicida rellenando a mano un formulario para reclamar un descuadre en su factura mensual de electricidad. Por último, caigo sobre un terreno rojizo, rasposo y caliente; a lo lejos observo cientos de planetas, satélites y soles de múltiples tamaños y colores; estoy rodeado de unas montañas hechas de hielo o diamante; el aire es irrespirable y mi diafragma se contrae entre espasmos agónicos; quizá estoy en el Kepler442b aunque también se asemeja a la reunión anual de amantes de los comics. Despierto sobresaltado y sudoroso. Mi padre está a mi lado haciéndome fotos con el móvil sin parar de reír. Le cuento con todo detalle toda mi experiencia mística a la que no da mucha credibilidad argumentando que podría tratarse de una transmutación onírico-psicótica o simplemente que soy imbécil. Pero yo tengo el convencimiento de que, de algún críptico modo, se me ha expuesto y he vivido un mensaje trascendental desde un universo paralelo que ahora debo descifrar, una vez resuelva mis problemas crónicos de estreñimiento.

12:00 - 12:59

Me tomo otro café para empujar por la garganta un puñado de ansiolíticos; enciendo un cigarrillo pero, a causa de los nervios, acabo metiéndome en la boca el mechero y lo chupo con tanta fuerza que también se consume. Salgo al balcón a tomar el aire: abajo en la calle observo de nuevo a Belcebú en su forma de perro sarnoso; me devuelve la mirada como intentando expresarme algo profundo y trascendental, aunque sin dejar de lamerse los huevos a cada rato.

- Augusto, sé que puedes oírme -era la voz del Diablo que sonaba nítida en mi cabeza.

- Sí, puedo oírte, Señor de las Tinieblas -le respondí mentalmente.

- Mira, tío, la Secta del Nuevo Sol es un tinglado del Vaticano, se han aliado con Dios y Jesucristo por una buena pasta buscando hacerse con el monopolio religioso, incluyendo varias emisoras de música ambiental para ascensores, todo el merchandising de camisetas del Heavy Metal y esas preciosas tazas con frasecitas motivacionales, y tú vas a ser el cabeza de turco en todo este montaje, te la van a jugar porque eres muy tonto. Préstame 2 euros para pillar el metro.

Aquellas palabras me conmocionan hasta tal punto que no puedo continuar masturbándome. ¿Pero me ha contado la verdad? Al fin y al cabo estoy frente al jodido Satanás, ¿debo creer cualquier cosa que brote de sus mefistofélicos labios?, ¿y por qué da gustito y a la vez repelús meterse el dedo en el ano? Decido que debo cubrirme las espaldas: mediante cuentas falsas automatizadas en todas las redes sociales, difundo rumores sobre relaciones secretas entre la curia vaticana y los acólitos de la Secta del Nuevo Sol, añadiendo imágenes y memes del Santo Pontífice lavando los pies a un extraterrestre; también hago correr informaciones falsas relativas a que los pechos de las modelos podrían no ser siempre naturales; por último, manipulo la página web de Dios para que parezca que ha sido asaltada por unos hackers del Tomelloso relacionados con Kepler442b. Inmediatamente mi ordenador es intervenido remotamente y un mensaje aparece en pantalla con la siguiente contenido: "Si estás jodiéndonos, te vamos a joder (GIF del arcángel San Gabriel cortando unos testículos con su espada de fuego)". Esto sólo puede ser obra de Giacomo Tortellini, el Director de Tecnología del Vaticano, y su equipo o de la asociación nacional de videoclubs porque tarde dos días de más en devolver una película la semana pasada. Mi madre entra en el salón echando espuma por la boca y, entre convulsiones, muere ante mis ojos. Toda la escena me causa una gran pena, especialmente porque conocía a esa mujer desde mi infancia o incluso antes. Sé que es una advertencia clara de Dios. De repente, recibo el siguiente email:

Remitente: Agrupación folclórica de petanca "Amigos del Nuevo Sol"

Asunto: Premio Seguro viaje a KEPLER442B

Texto: Señora/Señor, ha sido usted elegida como persona especial única en el mundo. Como elegido usted tiene derechos, señora. Enlace al pulsar premio para usted quiere. Viaje a KEPLER442B exclusivo para usted señora clase superior cuando ya reclamado. Primeros 5 además libre UNA CAJA DE MIGUELITOS DE LA RODA. Pulse en este enlace.

Miguelitos de La Roda... Debe ser auténtico. Pulso en el enlace

13:00 - 13:59

Tras pulsar el enlace, me lleva a una zona restringida de la web El Nuevo Sol donde, además de distintas promociones de paquetes vacacionales en Marina D'Or, se explica con claridad la relación existente entre el número áureo y la formación de agujeros espacio-temporales que deberían servir para viajar a Kepler442b. Hay todo tipo de mapas interestelares, instrucciones de pilotaje, ecuaciones de física cuánticas, códigos de programación, referencias bibliográficas y una serie de vales-descuento canjeables en los supermercados del inexplorado planeta. Mientras tanto, a mis espaldas, escucho a mi padre, terriblemente emocionado, llamando a las oficinas de recogida de residuos sólidos urbanos, para que vengan a llevarse el cadáver de mi madre, que todavía yace en mitad del salón cubierto con una sábana de La Patrulla Canina.

- ¡¿Cómo que 30 euros por retirar un cuerpo?! -grita mi padre al auricular- ¡Esto es un robo, para qué pagar tantos impuestos, luego que si la gente tira los escombros en los descampados y a multar, que es lo fácil!

Cuelga el teléfono lleno de indignación y rompe a lloriquear. "Dios mío, 30 euros, 30 euros...", balbucea en bucle arrodillado en un rincón. Llaman a la puerta de la calle insistentemente.

- ¿Quién es? -pregunto con voz temblorosa.

- Somos Testigos del Jehová Kepleriano, venimos a traerle la buena noticia de la esperanza, la salvación y el milagro de la resurrección en otra galaxia.

- Ahora no puedo atenderles. Estoy muy liado ordenando los tuppers por colores.

- Muy bien, señor. Le dejamos un folleto para su información -pasan el folleto por debajo de la puerta; lo abro y dentro hay una nota manuscrita: "Te tenemos vigilado, Augusto. Por cierto, la grúa se ha llevado tu coche".

Grabo en un pendrive todos los datos que se ofrecen en la página web El Nuevo Sol, y me lo meto en el ano para ocultarlo, sacando antes, no obstante, el paraguas, la cartera, el reproductor mp3, el libro de familia y un montón de tickets del Mercadona. Debo poner en conocimiento este descubrimiento al gobierno y a la comunidad científica. Reservo un billete de tren a Madrid. Abro la puerta, suspiro con el convencimiento de que pueden asesinarme nada más pisar la calle. Dedico una larga mirada por última vez a mi hogar: mi padre, cargando con una sierra y bolsas de basura, se dirige hacia el salón canturreando "Despacito". No se me ocurre qué pretende hacer.

14:00 - 14:59

Efectivamente la grúa se había llevado mi coche, por lo que me dirijo a pie a la estación de trenes. Cada vez se ven más carteles de la secta Nuevo Sol pegados por las paredes, además de pintadas con crípticos mensajes relativos a Kepler442b: "La Tierra prometida para la perfección", "Otro mundo, otra raza", "La revolución llega ya", "La últimas tesis del cartesianismo decimonónico no concuerdan con las aseveraciones de la escolástica francesa, Richald" o "Rebe eres mu puta". Escucho entrecortadas noticias y comentarios sobre la aparición en estado de coma de un hombre encerrado en una buhardilla, quien formaría parte del grupo de los elegidos. Paso por delante del ayuntamiento, se me ocurre que quizá pueda pedir ayuda al alcalde: al menos podría convencerle para que contacte con la delegación de gobierno y poner en alerta al ejército. Cuento al policía local que vigila la entrada al consistorio, toda la movida sobre el Fin del Mundo, la alianza de Dios con los extraterrestres, los tejemanejes de la Iglesia Católica e incluso le doy detalles precisos sobre mi operación de fimosis y aquel desagradable incidente sexual que tuve el pasado verano con una medusa en la playa. El agente me mira al principio con ojos de incredulidad pero, paulatinamente, parece interesarse más por mi historia hasta el punto de que llama a otros compañeros quienes, no sólo toman notas sobre todo lo que digo, sino que además me invitan a seguir charlando en el calabozo.

- Espere usted ahí que en seguida viene ET o Alf a pagarle la fianza -dice uno de ellos tras cerrar la celda.

No conozco a ningún ET o Alf, pero sinceramente espero que no tarden mucho en venir a sacarme porque esta noche había quedado con mis amigos del Club de Filatelia, gente que, como es bien sabido, recurre fácilmente a la violencia para resolver cualquier tema. Percibo que no estoy solo en aquella sórdida jaula: una figura deforme oculta en un rincón entre sombras, silba una hipnótica melodía desentonada.

- Hola... -balbuceo temeroso.

- Hola, Augusto, te estaba esperando -responde la figura con una voz metálica y rasposa.

- ¿Quién eres? ¿Belcebú, Dios, alguna poderosa fuerza intergaláctica?

- Soy yo... -en ese momento la figura emerge de la oscuridad y muestra su horrendo rostro iluminado por la luz fluorescente de la celda: se trata de una anciana, muy encorvada, sus manos están deformes por la artrosis y sus labios presentan síntomas de una dieta alta en sodio. Aunque me cuesta reconocerla, bajo ese manto de arrugas, descubro la imagen de Antonia, la dueña del videoclub que había cerca de casa en mi infancia-. Me prometiste hace 20 años que ibas a devolver rebobinada la película de "Rambo III", y nunca, nunca, la trajiste -me explica acercándose poco a poco hasta tenerla pegada a mi cara. Su aliento apesta a cigarrillos Bisonte y a gominolas de Coca-Cola.

En mi fuero interno, sabía que este día llegaría: nadie puede escapar al todopoderoso holding de los videoclubs, especialmente desde que, tras su cierre, se les autorizó por ley a reclamar las deudas contraídas por antiguos clientes, usando para ello cualquier método de coacción como presentarse en tu dormitorio para chuparte el lóbulo de la oreja izquierda o lanzar indirectas despectivas sobre tus cualidades culinarias en cualquier club de intercambios de pareja. Cuando ya me doy por finiquitado, oigo el sonido oxidado de las rejas abriéndose. Al otro lado, me esperan un funcionario bigotudo y un tipo musculoso y vestido de traje quien, por su desconfiada y nerviosa forma de vigilar a todas partes, debe ser un espía del Gobierno, como así parece confirmarlo la chapa que lleva puesta en la solapa en la que se lee "Hello, soy Alberto, espía del Gobierno, pero olvídelo". Me meten a empujones en una sala contigua a los calabozos, bruscamente me obligan a sentarme en una silla, me atizan los mofletes con una preciosa edición de "La Divina Comedia", sin dejar de insultarme y luego me ofrecen un té del cual he de subrayar que sabe delicioso, si bien algo pasado de azúcar. Pierdo la conciencia, pero luego la encuentro en el bolsillo de atrás del pantalón.

- Augusto, nos envía el CNI -me dice el funcionario bigotudo-, creemos que guarda usted información que podría comprometer la seguridad nacional y comarcal. Nos la debe entregar, y lo hará por las buenas o por las malas -me golpea en la nuca esta vez con un candelabro que, por sus elegantes acabados dorados, fecharía en el estilo victoriano o el art decó.

Sin lugar a dudas, si el CNI (Centro Nacional de Ictericia) se ha involucrado en la trama, quiere significar que algo le picaba al Gobierno. Mientras el tal Alberto no ceja de machacarme lanzándome volúmenes del Diccionario Ilustrado de la Revolución Ganadera Australiana, su compinche comienza a torturarme sin piedad haciendo comentarios no elogiosos sobre el peinado de mi padre. De repente un olor a azufre inunda la estancia. Nos quedamos a oscuras. Se oyen gritos desgarradores de dolor y mañana debo actualizar la libreta del banco.

15:00 - 15:59

Despierto en el asiento trasero de un coche. Me toco el rostro buscando secuelas de la paliza que me acababan de dar los chicos del CNI pero, sorprendentemente, no hay el menor rastro. Incluso me siento fuerte, sanado.

- Alabaré, alabaré, alabaré... Milagro, milagrito...-canturrea Belcebú (en su forma corpórea de productor musical de discos recopilatorios) desde el asiento del copiloto, girando completamente su cuello como la niña de la película El Exorcista para mirarme.

Está conduciendo Dios quien, sin dejar de dar largos tragos a una botella de Tequila, acelera y frena impulsivamente. El coche serpentea por las calles, saltándose todos los semáforos, arrollando peatones y golpeando a vehículos estacionados. En las aceras, quietos como estatuas, miembros de la secta Nuevo Sol, vestidos con sus características túnicas y el medallón del astro dorado al pecho, nos vigilaban con descaro. Se oyen sirenas a lo lejos y en el aire se intuye esa calma caliente previa al caos. No me atrevo a preguntar dónde me llevan; me acomodo en el asiento e, instintivamente, me pongo el cinturón de seguridad.

- Conduzco como Dios -grita el Todopoderoso soltando un lapo verdoso al salpicadero.

No sé cómo pero, de pronto, el Diablo aparece a mi lado en la parte de atrás, me rodea con el brazo y se enciende un cigarrillo. Apesta a prostíbulo de madrugada. Arranca el espejo retrovisor y me lo pone delante: veo mi cara reflejada y, en mi frente, una marca indefinida, como un tatuaje desgastado, luminoso, que parece representar el número 9.

- Augusto, cabroncete, eres uno de los elegidos de mierda -me dice Satanás. Dios estalla en una fuerte carcajada acompañada de una preocupante tos con esputos sanguinolentos-. Enhorabuena, muchacho.

La noticia me conmociona inicialmente, aunque después todo me encaja, porque desde mi infancia siempre he sido una persona superior al resto. En el mismo jardín de infancia ya me incluyeron en un grupo para niños especiales, de la que era el único miembro, ubicada en el cuarto de los productos de limpieza, donde pasaba horas metido hasta que mis padres venían a recogerme siempre que podían. En la Universidad también destaqué por mis avanzados estudios científicos, que recopilé en el compendio doctoral "Reflexiones sobre la ley gravitacional: su sabor, textura y cómo darle esquinazo", y mi magna obra "El tiempo y el espacio desde la perspectiva relativista: dónde están más baratos y por qué no me sienta bien los estampados de flores", publicada en la Revista "Agenda de actividades de las fiestas mayores" de Cieza. Por otro lado, mi atractivo físico tampoco había pasado nunca desapercibido; en palabras de mi primera novia, "era el hombre con las facciones más perfectas que jamás había conocido con la luz apagada". Paramos a comer en un McDonald's, aunque nos tiran a los pocos minutos cuando Dios la monta porque no le ha tocado una figurita de La Patrulla Canina en el HappyMeal. Aprovecho el viaje hacia ninguna parte para comprobar las últimas tendencias en las redes sociales. Mis bulos relacionando al Vaticano y al Cristianismo con Kepler442b parecen haber cuajado en la conciencia colectiva. Las últimas estadísticas indican que un 60 % de la gente cree que podríamos proceder de ese planeta o de un accidente genético militar, casi un 80% asume que Jesucristo fue hijo de un extraterrestre aunque un 10% piensa que proviene del cruce de una zarigüeya y un homo-erectus, y por último casi un 70% de los encuestados se muestra a disgusto con la moda de los jerséis de cuello alto. Suena mi móvil. Es mi padre.

- Hijo, me he perdido en la sección de charcutería del Mercadona y hace fresco. Socorro, ven a por mí -me suplica con voz entrecortada. Le cuelgo.

Suena otra vez.

- ¿Es usted el titular de la línea? -me pregunta al otro lado una voz con marcado acento colombiano.

- Así es.

- ¿Le molesta que platique con usted en este momento para ofrecerle una promoción de telefonía única en el mercado, divagando respecto a packs y servicios hasta que le maree y me odie?

- No, ahora me viene bien.

- Entonces le llamamos en otro momento.

Apago el móvil por primera vez en estos últimos 10 años.

16:00 - 16:59

Hemos parado en una gasolinera a repostar. Dios aprovecha para comprar varias botellas de ginebra y condones, pero luego se enzarza en una pelea a puñetazo limpio con el dependiente porque no le sella la tarjeta de TravelClub y por la obsolescencia de los fundamentos hieráticos del Concilio ecuménico de Basilea. Finalmente el guarda de seguridad y una señora de Vallecas le inmovilizan contra las estanterías, lo cual provoca que Dios se orine encima mientras balbucea frases en latín sobre la dificultad de atinar con el color caoba al aplicarse tintes capilares. El dependiente está dando aviso a la policía por teléfono y, justo en ese momento, aparece por la puerta Belcebú convertido en una mezcla de dragón, león y murciélago, y los pulveriza a todos con una llamarada de fuego verde, destripa a varios clientes que, sin molestar a nadie, estaban al fondo tomando un café de pésima calidad, corta con sus afiladas alas todas las cabezas a un grupo de jubilados de Albacete que acababan de bajar de un autobús turístico y, en un acto de ciega locura satánica, pisa un poco el suelo que acababa de fregar la mujer de la limpieza. Subimos al coche, salimos de allí derrapando. La gasolinera arde, se oyen los gritos de socorro de los últimos supervivientes. La dantesca escena me revuelve las tripas, me parece terriblemente cruel lo ocurrido considerando el buen precio al que tenían la gasolina diésel. Una furgoneta decorada con los reconocibles símbolos de la secta Nuevo Sol se sitúa delante de nosotros. Comenzamos a seguirla por carreteras secundarias. Me siento cada vez más debilitado, mi cuerpo se hunde febril en el asiento, como aquella vez que les di conversación a varias ancianas en la sala de espera del médico de cabecera.

Ya queda menos para llegar, Augusto, te pondrás bien -me dice Satán usando un apacible tono paternal.

Sin embargo, nos detiene una patrulla de la Guardia Civil, con la falsa excusa de que el intermitente derecho resulta ligeramente menos luminoso que el izquierdo, y que arrastramos el cadáver de un jubilado sin cabeza atado al parachoques trasero. De la furgoneta que nos estaba guiando, bajan entonces un grupo de encapuchados y disparan a bocajarro contra los agentes. Me desmayo. En mi inconsciencia me vienen imágenes de mi madre muerta reprochándome que nunca la quisiera de verdad y que siempre le echara demasiado pimiento a la paella. Escucho distorsionada la voz de Dios pidiendo a los hombres de la secta que me lleven al "agujero de gusano". Noto que trasladan mi cuerpo a la furgoneta. El sonido del motor me hipnotiza como el diálogo de un vendedor de seguros.

Violentamente despertado por mi cuerpo al chocar contra una pared, descubro que estoy ahora en una nave industrial. Frente a mí hay una puerta oxidada.

Sólo podrás abrirla si usas el número áureo -me susurra uno de los encapuchados que está aprovechando para planchar la colada de la semana. No deja muy bien el cuello de las camisas.

Instintivamente golpeo la puerta nueve veces, el mismo número que tengo grabado en mi frente y que, casualmente, también es el mismo número resultante de sumar todos los descendientes directos de Noé divido por 5'67 y multiplicado por los primos segundos de Moisés que nunca se circuncidaron el pene. Y la puerta se abre. Del interior se escucha un chirrido metálico como el girar de una pesada maquinaria. Siento recuperar mis fuerzas.

Enhorabuena, Augusto, has acertado el enigma -me dice el encapuchado mientras me entrega un ramo de flores y una muñeca Chochona.

Entro. Es el principio del fin, el fin del principio o una cosa intermedia bastante fresquita, pero que huele a pino.

17:00 - 17:59

Estoy en una pequeña sala de espera, fría y sin ventanas, colindante a la nave industrial. Pegados en las húmedas paredes de cemento, hay posters sombríos de la secta Nueva Sol y otros del Papa promocionando su marca de compresas "La Inmaculada". El zumbido del aire acondicionado me taladra la cabeza. Oigo voces al otro lado de la habitación, pero apenas entiendo lo que murmuran; sólo reconozco en la conversación los nombres de Lobo y Gabriela. Por la puerta entreabierta puedo ver la figura de una mujer morena de ojos verdes con la piel blanca y pecosa: en efecto, es aquella chica que se fijó en mí en el bar Hell, deduzco que es la tal Gabriela. Ahora todo me encaja como aquella vez que descubrí cuál es la parte delantera de los tangas. Sin duda, esta movida no sea más que un burdo montaje organizado por esta chica para seducirme. Al fin y al cabo no resulta fácil para nadie resistirse a los encantos de un cuarentón sin apenas rastros de la sífilis que vive en casa de sus padres y disfruta de unos generosos ingresos mensuales de 34 euros. Tampoco quiero sonar presuntuoso pero, en temas eróticos, puedo llegar a deslumbrar a cualquier hembra o equino por mi refinado conocimiento del cuerpo femenino, gracias al curso sobre mecánica de tractores que realicé en mi juventud. Gabriela parece muy asustada, mira hacia un lado donde yace un hombre tiritando: es aquel tipo antipático que me asaltó en un callejón del polígono industrial. Debe ser el tal Lobo. Hay un guardia en la puerta que me hace un gesto para que no salga de la sala. Intento llamar la atención de Gabriela sutilmente lanzándole una piedra, pero sólo consigo abrirle la cabeza a una señora que en el otro lado de la estancia estaba realizando una demostración de la Thermomix. Arrojo otra piedra con más cuidado y precisión: le doy en la frente a mi padre que, cargado de bolsas del Mercadona, acababa de entrar desde el fondo del pasillo y se desmaya golpeándose la cabeza contra una estantería repleta de figuritas de Lladró. Inspiro profundamente. "Venga, Augusto, tú puedes conseguirlo, esa chica ha montado todo esto para ligar contigo, y ahora te necesita", me digo mientras cojo otra piedra y apunto hacia Gabriela. "Es tu última oportunidad, Augusto, no falles. A la de una, a la de dos y a la de...", la piedra choca en una esquina, rebota en la espalda de un comercial que venía a ofrecernos descuentos en la recibo de la luz, da varias piruetas en el aire y se me incrusta entre los testículos. Afortunadamente poseo un alto grado de autocontrol frente al dolor porque de pequeño toqué a un autónomo, mantengo el semblante impasible como una efigie aunque las lágrimas recorren mis mejillas y me sale espuma por la boca. La intensa punzada en los genitales afloja mis esfínteres, por lo que del ano se me cae el pendrive que me había guardado con toda la información para viajar a Kepler442b. Lo recojo y me lo meto en la boca antes de que lleguen los guardias.

- ¿Qué está usted chupando? -me increpa uno de ellos.

- No, nada, un caramelo... -respondo ensalivando la capucha del pendrive.

- ¿No tendrás alguno más para nosotros?

- Pues no... -sus ojos me escanean de arriba abajo con envidia, y yo me recreo con la falsa chuche chupándola ruidosamente. Tiene regusto a bacalao terroso.

De pronto noto como unas manos me agarran por la espalda, me vendan los ojos, me arrastran por el suelo y me empujan dentro de un lugar muy estrecho con forma cilíndrica o tubular, apenas puedo moverme dentro. Suenan unas turbinas y pierdo las fuerzas. No, no, me están robando la fuerza, aspirándomela de algún modo. El número de mi frente arde. Tras unos minutos, caigo contra el suelo, incapaz de moverme, tiritando. Escucho a lo lejos el sollozo apagado de Gabriela, seguramente aterrorizada al tomar conciencia de cuán enamorada está de mí o por el elevado precio de los pistachos. En un último y heroico esfuerzo alargo tembloroso la mano, tanteo el suelo: ahí está el pendrive, me lo meto en la boca.

18:00 - 18:59

Se oyen sirenas estridentes. Los guardianes encapuchados y los acólitos de la secta Nuevo Sol corren atolondrados de una estancia a otra de la nave industrial hasta la construcción anexa donde nos tienen encerrados.

- ¡Huyan, huyan ya! -advierte desde la entrada uno de los vigilantes.

- ¿Qué ocurre? -le pregunto contagiado por el pánico mientras me corto las uñas de los pies.

- Algo ha fallado en el agujero de gusano, todo esto va a saltar por los aires.

- Gracias, pero usted también debe ponerse a salvo.

- No puedo, a la lavadora le quedan unos 5 minutos -me dice señalando dicho electrodoméstico situado a unos metros de nosotros. Es de buena marca.

- Ah, lo entiendo -nos miramos compungidos y nos abrazamos fraternalmente.

Empiezan a retumbar pequeñas explosiones en algún lugar de la construcción, además de un insoportable sonido similar a un zumbido, algo así como una aspiradora gigantesca con el filtro muy sucio. Mi corazón late a mil pulsaciones por segundo, quiero salir de allí. Un vendedor de la ONCE me ofrece un cupón para el sorteo del viernes, pero no tengo cambio. La puerta de emergencia está bloqueada por la agrupación sinfónica de Caravaca que ha venido a realizar una exhibición de varias piezas para mandolina y flauta. Corro desesperadamente por los pasillos tropezándome con los niños de una excursión escolar que tenían previsto visitar el reactor nuclear.

- ¡Dios mío, he perdido las autorizaciones de los padres! -chilla enloquecida una de las monitoras.

No puedo pararme a ayudarla porque, entre el gentío, he visto vagar a mi padre desnudo cargando las bolsas del supermercado.

- ¡Padre, padre, estoy aquí! - le grito agitando los brazos. Mi padre se gira, se acerca, me observa con los ojos en blanco, deja las bolsas en el suelo y, de una de ellas, extrae un paquete de fideos, intenta abrirlo cuidadosamente por la línea de corte pero se rompe derramándose todo el contenido.

- La baja calidad del envase no contribuye al prestigio de una marca como Mercadona, ya nada tiene sentido, hijo, nada -balbucea mientras me acaricia las mejillas.

Mi padre ha perdido toda esperanza en el mundo y, lo que es peor, en las marcas blancas. No hay nada que pueda hacer por él. El humo me ciega. Toso. Las lágrimas inundan mis ojos. Sonidos de derrumbes. Gritos. Gemidos. Un agricultor de Segovia comenta que este año es de los más secos que recuerda. Noto un líquido calentito derramándose por mi pierna: es Satanás en su forma cánida que me está meando.

- Augusto, sígueme. Yo te sacaré de aquí -me ladra dando brincos de alegría.

Empieza a guiarme raudo por el laberinto de estancias y pasillos.

- El perro no puede ir sin bozal ni correa -nos recuerda una vocecita agonizante entre unas montañas de escombros caídos del techo. Tiene toda la razón.

A lo lejos una espiral negra de fuerza magnética está comenzando a absorber objetos, paredes, personas e incluso a un joven que estaba pasando la gorra tras realizar un simpático espectáculo de malabares en el zaguán. Bajamos por un sumidero hasta los túneles del alcantarillado general. Aquello apesta y está lleno de ratas. Belcebú se ha detenido a mordisquearse las garrapatas del trasero. La espiral crece devorando toda la materia a su alrededor y, encima, me llega una notificación al móvil anunciando fuertes lluvias para mañana cuando yo había limpiado los cristales del salón no hace ni dos días.

19:00 - 19:59

Me he perdido por el laberinto del alcantarillado y, en algún momento, Satanás salió corriendo detrás de uno de los muchos cuarentones divorciados que viven en el subsuelo. Desde la superficie llegan gritos metálicos, chillidos afónicos de sirenas y un indescriptible estruendo de derrumbes. Suena el móvil.

- Le llamamos de SEUR, vamos a su casa a entregarle un paquete, debe estar usted allí en 15 minutos.

- Es que el mundo está siendo absorbido por un agujero espaciotemporal y yo vago por la red pública de saneamien...

- A ver, señor, usted indicó en el pedido la hora de entrega, ahora no nos venga con excusas: o está usted allí o devolve...

Se corta la comunicación. No hay señal ni cobertura. Entro en modo pánico como aquella vez que acudí a un congreso de literatura anglosajona sin haberme hecho la analítica de enfermedades de transmisión sexual. En un recoveco tropiezo con un grupo de personas que se han refugiado de la destrucción. Puedo distinguir familias enteras, todos aterrados, abuelos y niños llorando sin consuelo e incluso un joven turco en estado de shock, aunque no por ello deja de montar su puesto de kebabs al lado de unas improvisadas letrinas.

- ¿Qué está ocurriendo? ¿Lo sabe usted, caballero? -me pregunta un yonqui que estaba tirado sobre un sucio colchón entre cartones.

No sé muy bien qué responderle, porque mi teoría de que esta movida era un montaje de aquella chica del bar Hell para llamar mi atención con interés sexual, ahora no me parece del todo convincente y veo algunas pequeñas lagunas conceptuales.

- Creo que es el Fin del Mundo más o menos -le digo finalmente y luego apoyo mi mano sobre su hombro buscando el hermanamiento en el mutuo consuelo, no sin antes ponerme un guante para evitar infecciones.

- Ah, vaya, qué mal rollo, tío... ¿No podrías dejarme algún euro? Es que tengo que pillar un autobús a Benidorm y me faltan unas monedas, no es para drogas, tío, hazme el favor.

Me siento generoso (¿qué valor tiene el dinero en esta situación?), y le doy 2 céntimos sin esperar ni siquiera su agradecimiento. Desde la más profunda oscuridad del túnel principal se escucha un crujido brutal como si la tierra se abriera. No estamos seguros allí.

- Psst, psst, Augusto, capullo, ven por aquí -es Jesucristo quien, asomado por un agujero en el techo me hace señales para que le siga por una escalera anclada al muro. Subo raudo.

- Por amor de Dios, señor, llévese a mi hijo, sálvelo a él -me grita suplicante una madre elevando hacia mí a su bebé envuelto en una manta.

Heroicamente cojo a la criatura pero se me resbala, se da unos golpes en los peldaños, se queda unos segundos rebotando al borde de un enorme sumidero como una pelota de baloncesto en la boca de la canasta, al final se cuela y lo vemos navegar por el colector de aguas residuales. Hay un silencio incómodo. Jesucristo tira de mí lanzándome hacia arriba. De repente aparecemos sentados en unas sillas frente a una hilera de ventanillas en las que se leen carteles de "Volvemos en 5 minutos".

- ¿Dónde estamos? -inquiero al Hijo de Dios.

- En el único lugar ajeno al paso del tiempo y el devenir del mundo: la sala de espera de los servicios administrativos de un ayuntamiento cualquiera.

- Claro, el Limbo... -musito para mis adentros.

- En efecto, aquí estaremos a resguardo -susurra Jesucristo mientras se enciende un porro que inunda la estancia del olor a marihuana.

- Pero, pero, morirán millones de personas, incluso gente de buen corazón como los misioneros, los donantes de médula o los vecinos que comparten su clave WIFI...

- No todos son malas noticias, Augusto: gracias al tema del Fin del Mundo, he ganado más de 5.000 seguidores en las redes sociales y he recibido ofertas para promocionar una marca de bebidas energéticas, y tú me has ayudado mucho en todo esto.

Se cierne una insoportable pesadumbre sobre mi alma. En el hilo musical suena una pieza de Mozart pero con base electrónica. Un funcionario abre la ventanilla 5 y sustituye el cartel por otro donde puede leerse "Fuera de servicio. Pregunte en la ventanilla número 6". La ventanilla número 6 también tiene otro aviso con el texto "Cerrado hasta nueva orden. Consulte en la ventanilla número 5".

20:00 - 20:59

He tenido un extraño sueño en el que me nombraban Miss Camiseta Mojada de Mojácar 2018, pero durante la entrega de premios, un profesor de autoescuela se levantaba entre el público para acusarme de tener los pechos operados y de haber promovido la división ideológica en el Politburó soviético a principios de los años 50; entonces una señora vestida únicamente con bordes de pizzas, comenzaba a darse palmadas en las nalgas mientras a la vez gritaba "Las galletas de avena saben a cartón, saben a cartón". Creo que el sueño constituye una premonición evidente y simbólica de que debería renovar las cortinas del baño.

La sala de espera cada vez está más abarrotada de gente haciendo filas frente a las ventanillas que permanecen cerradas. Me ha despertado Jesucristo quien, amablemente, me ha traído para comer dos cabezas de gallina crudas y un zumo de rábanos. Va colocado de crack, speed y productos sin gluten.

- Joder, al final el Fin del Mundo parece inminente, vaya cagada -me dice sentándose a mi lado tras dar un largo trago a una botella de ginebra.

- Pero, Jesús, ¿y todo lo que pone en la Biblia sobre el Juicio Final, el resucitar de los muertos, el cielo y el infierno...?

- ¿La Biblia? No me lo he leído ¿De qué va? ¿Rollo 50 sombras de Grey?

- Espero que, al menos, tu Padre esté tomando cartas en el asunto.

- Cartas seguro que toma, porque está en un burdel de Los Campos Elíseos jugando una timba de poker contra varios dioses y un grupo de autónomos que nunca han falseado la declaración del IVA -me responde entre lágrimas de risas.

En un rincón de la sala hay un televisor por el que el canal oficial del Ejército está emitiendo noticias de última hora: hablan sobre la destrucción total de grandes ciudades, millones de muertos, devorados por una ola de energía procedente del agujero espacio-temporal y revueltas sangrientas por doquier lideradas por acólitos de la secta Nueva Sol, si bien también interrumpen para anunciar una nueva marca de cremas depilatorias no irritantes y un champú nutritivo con esencias de frutas tropicales que, francamente, tienen ambos un precio irresistible. Lo peor de todo es que tengo acumulados un montón de descuentos del DIA que ya no podré canjear.

Alguien me entrega un folleto en el que se informa sobre el inminente lanzamiento de cohetes espaciales de salvamento desde la base secreta que la NASA construyó hace años en Almansa aprovechando una populista rebaja en el impuesto de actividades lúdico-deportivas. En el viaje estamos invitados todos los elegidos (aquellos con el número áureo en la frente), las más brillantes mentes científicas de nuestra época, eminencias de distintas áreas de la cultura y una familia de Teruel, a la que le tocó en las fiestas locales de Santa Emerenciana una preciosa cesta compuesta por un jamón, un queso curado, una botella de buen rioja y el billete para escapar de La Tierra.

Jesucristo está intentado sacar bolsas de patatas fritas de la máquina expendedora metiendo la mano por debajo; no lo consigue y la aporrea con un crucifijo.

- ¡Yisus, tenemos que salir hacia Almansa! -le grito desesperado cogiéndole del brazo.

Como no paran de sangrarle los estigmas de las manos, acabamos resbalando cómicamente en el charco rojizo bajo sus pies. Me hago bastante daño en la columna vertebral y me clavo en el pecho una navaja albaceteña que siempre llevo en el bolsillo interior de la chaqueta por si hace falta para pelar alguna fruta o limpiarse la mierda que se acumula bajo las uñas. Me desmayo. Siento que la vida se me escapa a mis 40 años y todavía no he mantenido relaciones sexuales satisfactorias con ninguna mujer ni con ningún instructor de spinning.

21:00 - 21:59

Se me ha aparecido Dios quien, con el ungimiento de sus manos, ha sanado mis heridas, aunque también me ha robado la cartera. Vamos en un destartalado SEAT Panda blanco por una autopista abarrotada de coches abandonados: conduce Jesucristo bajo los efectos de las drogas, y de copiloto está su Padre, medio grogui roncando sobre la ventanilla; a mi lado en la parte de atrás, hecho un ovillo en el suelo, dormita también Belcebú en su forma de caniche vestido con un tutú rosa. En la radio suena un cassette de Teresa Rabal.

El adjetivo "dantesco" nunca había tenido tanto sentido como ahora al contemplar el paisaje de destrucción total del planeta. En la línea del horizonte columnas de humo procedentes de las ciudades se elevan formando pilares negros llameantes; el resplandor y el chillido frenético de las sirenas se cruzan por la carretera, junto a carros de combate del ejército; filas de civiles atemorizados se dispersan en todas las direcciones, pero allá hacia donde caminan la tierra se resquebraja tragándoselos; del cielo salen relámpagos incesantemente iluminando huracanes que se abren paso entre las nubes color sangre; incluso un chino estaba valorando la posibilidad de cerrar más temprano su comercio hoy.

Nuestro vehículo circula a toda velocidad pasando por encima de cadáveres de humanos, animales y un animador sociocultural que había venido a repartir folletos sobre la importancia de hidratarse en las horas más cálidas del día. Salimos por una vía secundaria. En el semáforo un joven con rastas nos pide una limosna tras hacer un breve espectáculo de malabares con pelotas de tenis; un rayo lo fulmina, Dios silba disimulando travieso. Del suelo emerge lava incandescente que obliga a desplazar unos metros el puesto de venta de frutas y verduras montado por un pakistaní en la rotonda. Hay una oferta por liquidación: 2 melones por 3 euros, así que no dudamos en llenar el maletero.

Belcebú se ha orinado en la tapicería, lo cual hace montar en cólera a Jesucristo.

- ¡Maldito perro del infierno! ¿No podías haber meado antes? -le grita dando manotazos al volante, con lo cual salpica todo de sangre de sus estigmas.

- Cállate, hijo de una rata del aire -responde Satanás añadiendo un vibrante eructo que apesta a fluidos vaginales.

- ¡Cangondios! -vocifera Jesucristo dando un brusco bandazo al coche, Dios sale despedido por la ventanilla, el coche gira sobre sí mismo y termina estrellándose contra unos liberales de izquierda que estaban organizando una batucada para detener el apocalipsis.

Dios, magullado y semidesnudo, se levanta del suelo, nos hace un corte de mangas y sale corriendo campo a través. Una lluvia de meteoritos y satélites artificiales rasga el firmamento como luciérnagas de múltiples colores en una escalofriante demostración de belleza.

- Joder, me van a quitar las bonificaciones del seguro por culpa de este accidente -murmura Jesucristo quien intenta en vano despegar trozos de vísceras del parabrisas.

- Lo tenéis merecido por usar un turismo diésel altamente contaminante - ganguea una de las víctimas del atropello desde debajo del SEAT Panda.

- Debemo zeguir a pie hasta Armansa -sentencia Satán, ahora en su forma de relaciones públicas de discoteca malagueña.

Jesucristo se ha enzarzado en otra pelea, esta vez con un trilero que ya le ha sacado 30 euros mediante el truco de la bolita. En mi interior voy asimilando que jamás conseguiré escapar. El mundo se desintegra ante mis ojos, quizá éste sea el fin de la especie humana y, lo que es peor, los melones que habíamos comprado antes, tenían buen aspecto por fuera pero no saben a nada por dentro.

22:00 - 22:59

Camino por el arcén de la carretera siguiendo al Diablo, quien ilumina la vía con un halo cegador de luz verde procedente de su boca. Apenas me quedan fuerzas, me tiemblan las piernas, me duelen los huesos, un incontrolable tic nervioso me hace guiñar el ojo izquierdo provocando que los típicos camioneros veganos hayan parado para ofrecerme servicios sexuales y tengo las puntas del cabello abiertas.

Del cielo llueve agua negra y cenizas. Destellos de explosiones dibujan por unos segundos la línea del horizonte, que inmediatamente vuelve a desaparecer como un grito ahogado bajo la viscosa densidad de la oscuridad. De pronto el silencio cae igual que una losa de mármol, sólo quebrada por la voz de Satán berreando "Caliente, caliente" de Raffaella Carrá. Un coche pita detrás de nosotros: es la limusina rosa del Papa que nos hace señales con las luces. Para a nuestro lado.

- Cari figli miei, sali in macchina -nos susurra Giacomo Tortellini, el Director de Tecnología del Vaticano, desde el asiento del conductor invitándonos a entrar.

En la parte de atrás puedo ver al Sumo Pontífice vestido únicamente con un tanga y la camiseta oficial de la selección de fútbol argentina. Parece estar colocado por una sobredosis de dulce de leche. Le acompaña un tipo trajeado, con gafas oscuras y un sombrero de ala ancha que oculta casi completamente su rostro. Una medalla dorada cuelga de su pecho.

- Mi nombre es Robert Wilson, enviado especial de la ONU para Asuntos Intergalácticos y Control Sanitario de Pipas con Sal -se presenta el desconocido dándonos la mano y una bolsa de pipas, mientras nos acomodamos en los asientos traseros.

- Vamos a escapar da questo fottuto pianeta, hay varias lanzaderas preparadas en distintos puntos y debemos...

- Lo sé, Giacomo, lo sé -le interrumpo escupiéndole unas cáscaras en la cara.

El Diablo estalla en carcajadas sin dejar de cantar "Volare" de Domenico Modugno.

En pocos minutos estamos callejeando por las afueras de una ciudad. Los edificios están ardiendo como esqueletos fantasmagóricos. Hay carros de combate abandonados en las calles y centenares de cadáveres por todos lados. Apenas se ven supervivientes, excepto una cola de ciudadanos acampados a las puertas de un Primark que van a inaugurar mañana, según consta en una enorme pancarta. Finalmente llegamos a una zona desierta, donde nos detiene un control de la policía militar. Robert Wilson entrega a uno de los guardias una documentación oficial; la revisa con desconfianza, pero nos dejan pasar no sin antes obligarnos a entregarle dinero a cambio de unas participaciones para el viaje fin de curso de su hija. Sortean un viaje a Zaragoza, una depilación láser de los genitales y una tabletbastante buena. Espero, no obstante, que me toque la depilación. Unos potentes focos nos descubren una grandiosa plataforma de lanzamiento. Vehículos militares corren de un lugar a otro. Se ven puestos de ametralladoras situados estratégicamente. Los soldados se cuadran al reconocer a Robert Wilson.

- Che, boludos, cuánta yuta por acá - murmura el Papa saliendo de su modorra-. Avisadme cuando se vea a Júpiter, urbi et orbi pa todos -concluye soltando una larga y sonora ventosidad antes de volver a caer dormido.

Una vociferante multitud se agolpa a la entrada que da acceso a la plataforma. Se palpa la histeria. La gente se abre camino a codazos y empujones. Una mujer amenaza con contarnos su parto si no le dejamos colarse. Una pareja de enfermeros intenta reanimar a un anciano que, accidentalmente, no había terminado una frase con "en mi época se hacía mejor". Por megafonía se informa que existen pulseras para las colas preferentes pero valen 5 euros y, al menos yo, no estoy para esos lujos a final de mes.

- Augusto, mira a quién te he resucitado, a tu madre -me giro y veo a Dios sonriente que rodea con el brazo a mi madre.

Bueno, en realidad es el cadáver de mi madre malamente maquillado. Le ha pintarrajeado una sonrisa con pintalabios rojo en la boca, le ha grapado los párpados y se nota que sostiene su cuerpo putrefacto para que no se caiga. Por megafonía se informa que se ha encontrado un niño perdido en una encrucijada ontológica sobre la vacuidad del NO-Ser.

23:00 - 23:59

El misterioso Robert Wilson me entrega un salvoconducto, que está firmado por el Secretario General de la ONU, el Presidente de los EEUU y el presidente de mi escalera. Según puedo leer en el documento, se me autoriza a viajar a Kepler442B donde, tras ser sometido a humillantes pero no traumatizantes experimentos con sondas anales, se me otorgará la ciudadanía y un carrito de helados.

- Augusto, efectivamente abandonamos la Tierra, supongo que tendrás miles de preguntas que hacerme -me dice Robert lanzándome una mirada afectuosa y un puñado de cáscaras de pipas.

- Sí, ¿cuántas mudas limpias sería apropiado coger? ¿debería haber regado las plantas antes de marcharnos? ¿en las películas de extraterrestres que emiten en los planetas extraterrestres, a quienes consideran extraterrestres?

Se oyen escalofriantes estruendos desde lo lejos, cada vez más cerca. El mundo se resquebraja sangrando lava. Giacomo Tortellini y Jesucristo cargan con el Papa hasta el ascensor por el que la gente está accediendo a la puerta de la nave.

- Dios y yo hemos decidido permanecer aquí -me comunica con solemnidad Satán en su aspecto corpóreo de fabricante de cerveza sin alcohol-. Nos sacrificaremos en pos de la Humanidad de la que tanto hemos recibido y a la que, durante milenios, hemos estado unidos profundame...

- Dios hace rato que se ha largado en otra nave -le informo interrumpiendo su emotivo discurso.

- ¡Cagontó, joder! ¡Ya me la ha vuelto a jugar, el maldito bastardo!

Montañas enteras se pulverizan frente a nosotros. Brotan llamaradas desde las profundidades de la tierra. Un señor grita despavorido que no recuerda si adelantó el reloj del microondas después del último cambio horario. La multitud se agolpa empujados por los soldados que también buscan la forma de huir y llegar los primeros a un puesto de embutidos que ofrece degustación gratis. Abriéndose paso con las bolsas de la compra, mi padre se me acerca arrastrando el cadáver de mi madre.

- Hijo, tu madre y yo hemos estado debatiendo el asunto y, aunque no te odiamos del todo, la posibilidad de que en el nuevo planeta nos puedan relacionar contigo, no nos compensa. Así que nosotros nos quedamos.

Se me llenan los ojos de lágrimas: hasta hoy nunca mis progenitores me habían manifestado que me aman. Abrazo a mi padre con todas mis fuerzas y luego a mi madre, aunque al apretarla se le cae el brazo izquierdo y se le descuelga la cabeza.

Por megafonía anuncian que la salida de la próxima nave se demorará por la imprevista explosión de la misma ocasionando la muerte de 20 tripulantes tras impactar contra un meteorito: algunos viajeros se dirigen inmediatamente al punto de información para reclamar una indemnización económica o robar un bolígrafo del mostrador. Aprovecho para colarme en el ascensor junto con un grupo de mujeres que, por sus diademas destellantes en forma de pene, sospecho que vienen a una despedida de soltera. Durante el lento y accidentado trayecto en el ascensor, me someten a distintos juegos sexuales muy humillantes como darles la razón en temas de mecánica de coches o aparentar interés en un catálogo de muebles de cocina.

Con sigilo y delicadeza paso por encima de varios escolares que se habían caído al suelo, consigo entrar en la nave y ganarme un sitio. Se cierran las compuertas. Fuera se escuchan alaridos desesperantes mezclados con la música de La Tuna Compostelana y algunos anuncios sobre ofertas inmobiliarias en la Costa Brava (me apunto uno de ellos ya que incluye un juego de sartenes de regalo sólo por visitar el piso piloto). Temblando como si fuera hacerse pedazos, la nave comienza a despegar. A mi lado está sentado un profesor de yoga que me sugiere algunas posturas relajantes en caso de impacto o desintegración en la atmósfera. Salimos al espacio. Por los monitores vemos alejarse la tierra, ya convertida en una blanda bola de fuego. Sonrío convencido de que mis padres estarán bien, dado que mi madre siempre ha sido precavida con el asunto de los protectores solares.

Ahora sólo me cabe esperar que el viaje sea corto porque un grupo de viajeros está empezando a cantar "Conductor, conductor, pisa el acelerador". No tengo miedo a lo que me pueda encontrar en mi nuevo destino ya que llevo dinero en efectivo y mi propio cepillo de dientes. Al fin y al cabo, tampoco los alienígenas pueden resultar muy diferentes a nosotros si los comparamos con algunos actores tras aplicarse Botox y, en cualquier caso, también vamos a llevarles la religión por lo que, sin duda, pronto compartiremos los mismos miedos.

FIN