El fantasma de la ineptitud

28.10.2020

Relato a partir de una frase de @pambel_

No podía dormir. A pesar de un cansancio que me aplastaba contra el colchón y la almohada, un cansancio que me provocaba la sensación de estarme comprimiendo, igual que una lata antes de lanzarla a reciclar, no podía dormir. Si cerraba los ojos, mis párpados hacían toda la fuerza posible para volver a abrirse, contraía el rostro luchando contra ellos, pero acababa por ceder, era insoportable. Debería haberme levantado y leer un libro o hacer caso a la psicóloga y escribir el diario. Querido diario, necesito dormir. Llevaba semanas así. Después, frente al ordenador, cuando necesitaba estar despierto, mis párpados se cerrarban y durante unos minutos descansaba; y me pasaba lo mismo en el metro, en la sala de espera de algún médico o en la cola de algún comercio. Eso era todo lo que dormía. Minutos robados al día. Gracias a las pastillas que me recetaron conseguí dormir algunas horas nocturnas durante unas cuantas noches, pero en seguida mi cuerpo le pilló el truco al asunto y se reía de los productos químicos introducidos vía oral. Probé a tomarme dos e incluso tres de aquellas pastillas, pero me provocaban unas pesadillas horribles o me despertaba tan descompuesto que era peor que el insomnio. Miré el techo, oí los ruidos de la calle que nunca dormía, como yo. Me incorporé, pude ver perfectamente en la oscuridad: el perfil de la puerta entrecerrada, la silueta del escritorio, la forma del armario. ¡Me picaban tanto los ojos! El radiodespertador marcaba las 03:59. Aunque sabía que era mentira, aunque sabía que lo mejor era ignorarlo, no pude. Y allí, en mitad de la noche, en mi habitación, escuché tus pasos, noté tu presencia...

Debería contárselo a alguien, pero las veces que lo había intentado (con la psicóloga, con Martín las noches que paseamos por las calles desiertas) una presión oprimía mi pecho y las palabras se me atragantaban provocándome náuseas. Debería sentarme frente a ese alguien y explicarle que te sentí y que no hice nada y que ahora, todas las noches, vienes a verme y me tormentas paseando por la casa, abriendo puertas y cajones, descorriendo las cortinas. Pero no me miras, nunca me miras, te avergüenzas de mí. Yo también me avergüenzo de mí. De la impotencia que me invade, de la incapacidad de gestionarlo, de la inutilidad de mis actos. ¿Qué actos? Eres el fantasma de mi ineptitud.

No sé por qué viniste aquella noche, sé por qué vuelves, vuelves pues no hago nada. Aquella primera vez me asusté tanto... Creo que mojé la cama en un regreso a la infancia llena de miedos, pero entonces eran muchos miedos distintos, aquella noche fue uno solo, mayor que todos los demás juntos quizá. No dudé ni por un segundo que eras tú. Podía haber temido por ladrones, asesinos, violadores, espíritus malignos... Te noté caminando alrededor de mi cama, como si me observaras, tu esencia se mezcló con el aire denso del insomne, tu calor se sumó a la fiebre del exhausto. El parqué crujió bajo la presión de tu peso imposible, las hojas del ficus agonizante se movieron o puede que tiritaran de miedo, las sábanas se estremecieron sobre mi cuerpo sudado. Achiné los ojos, forcé mi vista gastada en la negrura del cuarto, creo que incluso llegué a emitir algún sonido, pero no te vi. Es curioso como ante la falta de visión los demás sentidos se agudizan, acostumbrados como están a restar en segundo plano. Más por la noche, es su momento. Ojos que se niegan a cerrarse para poder verlo todo, ahora que los abría se negaban a ver nada. Quizá no te veo porque siempre he estado ciego y por eso ahora, por mucho que aparezcas, debo conformarme en sentirte, ya que antes te veía, pero no sentía nada.