El hombre que miraba el escote de las maniquíes

18.11.2019

Salió de aquel Hoy contento, o más que contento. A pesar de una despedida algo fría, mientras cruzaba la estación llena de carteles luminosos y de pancartas de publicidad, de gente arrastrando maletas y otra arrastrando problemas, cometió el error de repasar la jornada, igual que el alumno que se pone a repasar el examen, como si eso pudiera cambiar su nota final. Todos los indicios del día -salvo la despedida algo fría- son positivos, se dijo introduciendo las monedas en la máquina de billetes.

Bajó al andén después de comprobar que faltaban todavía cuarenta minutos para su tren, una hora y media para llegar a Mañana, se sentó al lado de un chico con cascos y abrió el libro que no le entusiasmaba, pero que leía más por fidelidad a su autor que por convicción, con la esperanza de que otra vez volvería a sorprenderle. Aunque sus ojos pasaban por encima de las líneas escritas, su cabeza poco de la lectura procesaba, estaba allí sin estar, algo muy habitual en personas dispersas y él era finalista a los premios por dispersión. Un hombre mayor se sentó a su otro lado y se puso a carraspear y no paró de carraspear hasta que llegó el tren y se perdieron de vista. El sonido de la megafonía estaba demasiado alto, era algo estridente y molestaba a su lectura y a sus pensamientos. Intentaba frenar sus impulsos sucumbiendo al argumento en el cual ahora el pintor se sentía inspirado y trabajaba a la vez en dos cuadros: un retrato y un paisaje. Sus impulsos le decían que se pusiera ya manos a la obra y las cervezas con el estómago vacío no le ayudaban a retenerlos así que los dejó salir. No se le ocurrió que luego pudiera arrepentirse o no arrepentirse, lo que tienen los impulsos es que cuando aparecen lo ocupan todo y es luego que te preguntas por qué les hiciste caso, si acaso no han ayudado en nada.

Llegó el tren, subió casi al último vagón, se desabrochó la chaqueta y se sentó con las piernas cruzadas para seguir leyendo. Habitaba en él el Optimismo que corría el riesgo de quedar sepultado por el polvo que genera el desuso y que estaba la mar de contento de que volvieran a sacarlo a pasear. Acudieron al rescate aquellas reflexiones irreflexivas, ya sospechosas habituales, sobre los puntos de inflexión, los caminos de la vida, las casualidades, las recompensas y obtener lo que uno se merece o perder lo que desmerece y viceversa. Esperó anhelante, siguiendo el paisaje nocturno de luces de estaciones y el mar de fondo, el reflejo de su imagen en una ventana grande, el parloteo de las dos mujeres que se sentaron frente a él y cuya maleta de ruedas se movía al son de las curvas de las vías. Esperó anhelante como el hombre que mira el escote de las maniquíes esperando ver algo que no está allí. No por perversión, sino por inocencia. La inocencia de quien espera tanto algo que cree que simplemente por ponerle buena cara al mal tiempo este cambiará. Pensó en horizontes y barcas remando, en los giros de guión del día a día y dejó que por algunos momentos algunos sueños se pegaran al cristal frío del convoy y se hicieran ilusiones de libertad.

Llegó a casa tan tarde que decidió no cenar, se tumbó en la cama, se tapó bien tapado con las sábanas casi hasta las orejas en aquel catre tan cómodo y aunque no se acuerda porque tiene el don de dormirse casi al acto, está seguro de dormirse sonriendo. Tampoco recuerda qué soñó, solo que despertó y el Optimismo había empezado a marcharse, seguía allí pero le daba la espalda mirando a la puerta y se estaba poniendo la chaqueta mientras mascullaba frases sueltas del tipo: no voy a quedarme aquí viendo cómo te estrellas otra vez, sigo teniendo en la boca el sabor del último asfalto. Le cogió del brazo y se lo llevó con él a la visita al nuevo Hoy. La despedida del Ayer fue fría, le dijo al Optimismo, porque el invierno se ha avanzado. Pero a ningún día le agrada que le hablen constantemente del día anterior, como quedar con alguien que te gusta y que no pare de hablar de sus ex, así que poco a poco el Hoy se fue aburriendo de él y, cuando no miraba, se ponía a charlar con el Optimismo en voz baja, giraban la vista furtivamente para comprobar que no les escuchaba y decían cosas como: más ciego que el que no quiere ver está aquel que solo ve lo que quiere ver, aunque no exista. El día fue transcurriendo y apagándose, los cuchicheos hicieron que algunos pensamientos negativos fueran sentándose a su mesa y al irse a dormir y repasar la jornada, que en realidad era repasar el Ayer, vio que al Hoy no le había hecho caso y, previendo ser ignorado, el Mañana vendría de mal humor. Antes de dormirse oyó un portazo, el Optimismo se había largado.

Al despertar, le prometió al Mañana que ya era el Hoy, que le dedicaría tiempo, pero de escondidas le guiñó el ojo al Anteayer y el nuevo Hoy lo vio, se enfadó y decidió que mañana no volvería, no tenía por qué atender a los caprichos de un hombre que, a pesar de saber que no había nada, seguía mirando el escote de las maniquíes.