El hombrecito, el reloj y 235 escalones en una isla sin nombre

31.10.2018

El hombrecillo (curvado, viejo, de aspecto dejado, ojos apagados, uno verde y el otro castaño oscuro, pelos sueltos en la barba y cabellos sueltos en la cabeza, grises y blancos, algunas manchas en su piel arrugada y reseca, la boca de labios cortados algo torcida, ceño permanentemente fruncido, dientes, los que le quedan, amarillentos, marrones o negros por culpa del tabaco, y uno de oro y otro de plata, las orejas desproporcionadas con su cráneo pequeño, la nariz aguileña y desviada a la izquierda por una pelea que nadie recuerda, la barbilla hendida haciendo más visible su papada en el cuello estrecho y alargado) baja por las larguísimas escaleras de caracol con parsimonia. Podría hacerlo más deprisa si no fuera por la cojera cada vez más acentuada, debida a la gota que arrastra en el pie derecho y de la que ya no se queja demasiado aunque va soltando algún bufido y algún gruñido según se tercie. Usa una mano para apoyarse en la barandilla delgada de hierro oxidado y frío, a la que se coge con fuerza cuando apoya mal el pie derecho y le deja en la palma de la mano el rastro anaranjado del metal estropeado por la humedad y el tiempo. En la mano izquierda, algo maltrecha por la artrosis no diagnosticada, en la que el dedo índice y el corazón forman una curva cada vez más pronunciada, sostiene un manojo de llaves, de diferentes medidas y tamaños, hechas con distintos tipos de material metálico.

La razón por la que desciende lentamente, a parte de sus males y de su edad, se debe a una excepcional capacidad de prevención y de cálculo del ritmo del reloj, que le permite no llegar nunca muy pronto y ni un instante tarde, cosa que de otra forma habría sido catastrófica atendiendo a la tarea que tiene encomendada. Así, el hombrecillo estudia su deterioro día a día, el de cuerpo y mente, analiza el avance del desgaste en los peldaños de hierro forjado, los 235, cada uno con su cenefa, en la barandilla, en las antorchas que iluminan sus trechos de forma más espaciada de lo que su vista gastada necesita, y medita sobre posibles accidentes e incidentes que puedan producirse durante el descenso. El problema es que está él solo, cansado y medio lisiado, y si cae de forma irremediable o sufre algún tipo de daño mental que le impida acordarse, nadie vendrá a sustituirle. Cuando todavía podía escribir a la luz de las velas, en su habitación, cocina y despacho, solamente el baño se encontraba separado de la alcoba en la sala contigua, se cansó de gastar tinta y papel reclamando la posibilidad de enviar a alguien. No era necesario, especificaba en los escritos, que ese alguien estuviera allí todo el tiempo, solamente que apareciera por las fechas cercanas al descenso por la escalera de caracol y vigilara que el hombrecillo no cayera. En más de una ocasión se ha planteado trasladarse a la parte baja, porque una vez acometido su cometido, tiene que volver a subir, hecho que le supone más del doble de tiempo y el triple de esfuerzo que descender. Sin embargo, no puede mover el escritorio, antiguo y pesado, ni la cama relativamente cómoda, ni los fogones, ni el inodoro. La torre solo cuenta con dos estancias, la suya y la de su trabajo. Una en la cima y la otra en el subsuelo. Es una torre de altura mediana, situada en el centro de una isla en el centro de algún océano de algún lugar del mundo. En el pequeño muelle de la isla hay una barca con dos remos, medio hundida, pero el hombrecillo no sabe, ni puede, repararla. Hace tiempo que apenas sale de la torre. La comida le llega de forma misteriosa, teóricamente un barco pesquero aprovecha que visita estas aguas cada dos meses pare dejar caer unos paquetes que, aprovechando la marea, llegan a la costa de la pequeña isla sin nombre. El único habitante, mira por las ventanas de la parte superior de la torre cada mañana, cuando ve algo flotando cerca de la costa, siempre del mismo lado, el oeste, baja 48 escalones y sale empujando la puerta de madera carcomida, que tiene ya lapas y algún tipo de molusco propio enganchado, de bisagras que la sostienen por alguna especie de milagro, pareciendo que vaya a caer en cualquier momento, pero nunca cae. Recoge en dos o tres viajes los tres o cuatro paquetes y vuelve a encerrarse, usa la planta baja de despensa y va subiendo lo necesario cada día. No cocina demasiado, pero comer siempre igual le acabó aburriendo y de vez en cuando prueba cosas distintas, a pesar de que ya no aguanta demasiado de pie por la gota en el pie derecho.

Cada cierto número de escalones se detiene, se pasa la mano sin artrosis por las doloridas piernas e intenta arquear la espalda para compensar el caminar ondulante debido a la gota y la curvatura debida a la edad. Se siente tentado de coger tabaco de su riñonera, pero respirando con dificultad, teme al ataque de tos posterior. Cuando era, o se consideraba, joven, se había programado una serie de ejercicios para mantenerse en forma y es gracias a eso, que de hecho siguió irregularmente, que cree no estar peor. No recuerda la edad que tiene, ya que allí no tiene calendario, aunque lo tuvo, pero al fin perdió la cuenta y se sintió incapaz de recuperarla pues, en esa isla pequeña de un océano de algún lugar del mundo, era como si estuviera en el ojo del huracán climatológico, todo giraba, todo avanzaba, menos la isla: el clima prácticamente idéntico cada día, salvo algunas veces más frío y otras más calor, salvo tormentas de mar en ocasiones, salvo vientos de todas direcciones que estaban o sospechosamente calmados o revoloteando y desordenando las olas, batiendo al azar como desesperadas por llegar a tierra firme, poco firme porque la isla parece una boya grande anclada en el lugar más remoto de todas partes, incapaces de sostener lo mareado de la marejada.

Tiene recuerdos de su vida pasada, aunque después de un arrebato decidió tirar al mar todo lo físico que le unía a ellos. Fue después de recibir una carta en la que un ser a quien había querido le informaba que, tras el egoísmo de su decisión, se desmarcaba. Después de llorar, por impotencia y porque en parte tenía que reconocer que ella tenía razón, puso con rabia álbumes, cartas, recortes y diarios en un baúl y aprovechando la bonanza, les caló fuego a algunos y otros los guardó dentro del mismo baúl, donde después dispuso las cenizas de lo quemado en un bote de cristal y lo echó al agua. Al principio temió haberse equivocado. La caja de madera con cerradura se quedó estática donde él la había lanzado, a poco más de dos o tres metros de la costa rocosa, sin avanzar ni retroceder, pasando por encima de las olas como si las acariciara. No había viento, de manera que empezó a desesperarse y no se le ocurrió otra cosa que tirar piedras cerca del baúl, para que las ondas del agua lo alejaran de la isla. Poco se movió. Se quedó esperando, durante lo que para él fue mucho rato, y puede asegurar que el cofre casi se burlaba de él, allí quieto, solo arriba y abajo al ritmo de un océano que hoy había decidido ponérselo difícil. Le gritó al viento y a las olas, le gritó al baúl y a sus cenizas, maldijo. Luego se arrodilló y lloró, reconoció que vino a la isla por un acto egoísta, que se sentía elegido para una misión que solamente él podía realizar, que le convertía en alguien tan sumamente especial que no pudo resistirse, dejando en el continente a la gente que le amaba. ¿No les amaba él? Sí. ¿Entonces por qué les abandonó, sabiendo que no volvería al menos durante muchísimo tiempo? La respuesta era el tiempo mismo. Se levantó cuando una brisa suave comenzó a agitarle el pelo enmarañado, pues entonces tenía mucho pelo todavía, dejó que el aire secara sus lágrimas y se mojó la manga de la chaqueta con los mocos. El baúl se alejaba. Y de repente, tuvo un ataque de arrepentimiento, se quitó las botas, se arremangó los pantalones, tiró la chaqueta entre las piedras y caminó por el agua fría. Aquello era lo único que le mantenía unido a su vida pasada, a lo que era, a quien era. Intentó correr, pero se clavó los pinchos negros de un erizo y resbaló con las algas. Continuó nadando hasta la primera hilera de escollos de coral, esperando que el baúl se quedara allí atascado un rato, pero este pasó limpiamente, todavía flotaba del todo. Él se cortó y magulló los pies y las pantorrillas y finalmente, temiendo que los hilos de sangre que le salían de todas las extremidades inferiores atrajeran a tiburones y tintoreras, se quedó con el agua hasta el pecho viendo cómo sus recuerdos, se perdían entre las olas del mar de fondo.

Cuando llega a la penúltima antorcha, la que reconoce por emitir un fuego distinto a las demás al ser prendida, le duele casi todo el cuerpo. Esto no es lo peor, se dice a sí mismo, luego tendrás que subir. El método es coger una antorcha de la alcoba, encenderla con la vela, e ir encendiendo cada antorcha con la anterior, dejando la vieja apagada en el sitio de la que se lleva con él, bajando lentamente por la escalera de caracol que cada vez se le hace más interminable. Había, cuando llegó, una antorcha aproximadamente cada 19 escalones. Un número raro. Él, con los años y el aburrimiento, había hecho algunas modificaciones, llegando a poner una antorcha cada 17 escalones, que hacen un total de 16. Una al inicio, una al final de todo, y 14 a lo largo del tramo. Los primeros treinta y cinco escalones tienen algo de luz del día gracias a una rendijas estilo torre de castillo que hay en las gruesas paredes, esa especie de ventanas que se abren paso entre la piedra en diagonal, para disminuir el efecto del viento, estrechas y profundas. A partir del escalón 36, siempre contando desde su alcoba, es decir, los doscientos restantes, la escalera discurre bajo tierra. Si pone la mano en las paredes, o la oreja, cree notar el movimiento marítimo y algunos ruidos de las profundidades. O puede que solo sean imaginaciones suyas, pero le gusta pensarlo. No sabe cuántos años lleva en la isla, ni cuántos han pasado desde que recibió la última carta, ni cuándo empezó la gota o la artrosis. Todo, le parece a él, le acompaña desde hace mucho. Discurren así los últimos 14 peldaños hasta que cambia la penúltima antorcha, y la apaga, por la que hay al final de la escalera.

Ante sí tiene un pasadizo ni demasiado largo ni demasiado ancho, que cuenta con tres puertas de madera. Una, en la pared derecha, da a un simulacro de inodoro, un simple tocón con un agujero profundo. Apenas lo ha usado, no puede compararse con el que hay en su alcoba, este para una urgencia vale, pero nada más. Lo ha usado solo un par de veces y, ambas, las dos últimas veces que ha bajado, cada vez retiene menos la orina. En la pared izquierda y un poco más adelante en el corredor oscuro, está la segunda puerta, idéntica a la primera, pero que esconde dentro una especie de almacén o sala de herramientas, con la más variopinta clase de utensilios y piezas imaginables. En esta habitación ha entrado todas las veces. Hoy no es una excepción, usando una de las llaves del manojo que lleva con él, abre y empuja la puerta y coloca la antorcha en un sitio para ella sobre una mesa de madera ruda y gastada. Luego, enciende una lámpara de aceite y apaga el fuego de la antorcha. Hace una serie de comprobaciones rutinarias, mira que todo esté en su sitio, coge una caja pequeña que está guardada en un rincón, le quita el polvo primero soplando y después con un trapo sucio colgado de un clavo en una barra de madera a su vez colgada de la pared, la limpia y la abre. Dentro hay una serie de manecillas, tornillos, arandelas y otras cosas parecidas que el hombrecillo mira como si las contara, asegurándose que no falta de nada y hay suficiente de todo. Repone algunas cosas, la cierra, sale de la habitación, echa la llave por automatismo pues está claro que no entrará nadie más que él, y sigue avanzando por el pasillo hasta la tercera puerta, situada al fondo y diferente a las demás. Es una puerta de doble batiente, más alta y más grande con una inscripción en una lengua y un alfabeto que él aprendió tiempo atrás, pero que no recuerda. Saca una de las llaves más grandes del manojo y abre, con dificultad, empujando con ambas manos, en una de las cuales todavía tiene la lámpara de aceite.

En realidad, llamarle hombrecillo es algo injusto. A pesar de que la edad le ha empequeñecido y su condición física le ha curvado, su estatura, de joven, era completamente normal. Además, era un hombre relativamente fuerte, en el sentido que no era un enclenque. Su padre, a quien hace ver que no recuerda, era un hombre que trabaja un poco de todo, era conocido en la aldea de la que provienen por ser un manitas capaz de arreglar o restaurar casi de todo: ventanas, puertas, muros, mesas, candelabros, tejados, suelos. Lo llevaba con él, desde bien chico, a dar vueltas y le instruía en la vida de servir para todo y a todos. Era una vida dura porque, mientras sus iguales iban a la escuela o jugaban, él trabajaba, y además recibía algún azote de vez en cuando aunque no puede decirse que su padre fuera de mano suelta. Le regañaba y le costaba mucho mostrarle afecto, cosa que hacía siempre a escondidas de ojos ajenos, cuando llegaban a casa y se aseguraba que estuviera en la cama, entonces le daba un beso brusco y rasposo, le pasaba la mano endurecida por el pelo o un golpecito, que dolía, en el hombro. Durante las horas que estaban en presencia de otra gente, apenas le dirigía una mirada comprensiva o de aprobación. Quizá un "muy bien, chaval" si cumplía sus instrucciones a la perfección. De vez en cuando, algún día, le deja ir a la escuela. Para aprender a leer y a llevar los números, decía el hombre, pero de poco más te va a servir, añadía. Allí, él pocos amigos tenía, ya que le veían tan poco que apenas tenía tiempo de coger confianza, aparte que había salido algo arisco. Efectivamente, en la escuela, aprendió a leer, a escribir, a sumar y a restar, aprendió algo de geografía de donde vivía, aprendió un poquito de historia de los que le precedieron. Le gustaba ir a la escuela. También le cogió el truco a juegos en el patio, era bueno jugando a fútbol y al bote, y corría mucho. Pero cuando los demás se acostumbraban a él y él a los demás, su padre se lo llevaba otra vez y podía pasarse tres semanas sin ir. Y era raro, porque en realidad trabajaban siempre dentro del pueblo y habría podido ir evitando encontrarse a compañeros yendo o volviendo del centro educativo, y escuchar a algunas madres diciendo que, claro, pobre, nunca llegaría a nada, sería siempre como su padre. No sabía que su padre era nada, creía que era algo. Un día se lo preguntó, que por qué decían aquello, y él miró al cielo y en lugar de alguna respuesta bruta como la mayoría, o de una disertación de la que aprender algo, dijo: "Nadie llega nunca a nada, porque nadie sabe dónde está". La adolescencia no fue diferente, salvo por el típico descubrimiento de la sexualidad, que fue con una mujer madura en un trastero mientras intentaba, él solo porque ya hacía algún encargo, arreglar una tubería. Luego vinieron algunas experiencias más, vino un amor no correspondido, luego otro, finalmente conoció a la mujer de su vida o la que él creía que era la mujer de su vida y se casó. Era una chica de familia humilde que no pagaban algunas de las faenas encargadas a su padre o a él, siempre debían dinero. Ella era bastante guapa y fue una sorpresa para dos terceras partes del pueblo que se enamorara de él, alguien que no llegaría a nada. Al principio, como suele ocurrir, todo fueron planes, planes de vida familiar, de grandes viajes, de descubrimientos. Pero a él el trabajo le acechaba en cada esquina, el chico que no sería nunca nada estaba en todas partes, trabajaba bien y sin preguntar nada, no paraba en todo el día. Su padre se retiró pronto por dolores en diferentes partes del cuerpo, sobre todo por una espalda jodida y una rodilla que le hacía andar cojo los días nublados, que eran la mayoría en aquella tierra. Y cuando parecía que podían llevar a cabo alguno de los planes, después de sentarse a hablar en serio, entonces llegó la carta.

Ante sí estaba aquella sala oscura y a la vez, extrañamente, clara. Como si una luna escondida iluminara sus rincones, una vez la vista se acostumbraba, se veía todo, o lo poco que había, claramente entre las sombras. Era un salón grande, sin más muebles que una especie de escritorio de madera carcomida y podrida a medias y su correspondiente silla, sin una de las patas, que se aguantaba por un equilibrio extraño producido por el hecho de que nadie la tocaba nunca y que allí no había viento. Algún día caería. Al final del salón, después de cruzar entre dos columnas de piedra maciza, había un enorme mecanismo lleno de engranajes y de agujas, que se movía en una cadencia perfecta, con un sonido mínimo de fondo, un sonido metálico y poco molesto, parecido a un tic-tac pero más cercano a unos muelles chirriando después de ponerles aceite para que, precisamente, no chirriaran. En la parte central de la máquina, como dominándolo todo, hay un reloj, o lo que parece un reloj, con cuatro esferas. El hombrecillo va para allí, pasa entre las columnas lentamente, con su cojera y su espalda curvada, en una mano el fajo de llaves y la caja de repuestos y en la otra la lámpara de aceite que proyecta una circunferencia a su alrededor y algunas sombras largas que se difuminaban antes de llegar a las paredes. Justo en frente, se detiene y mira aquella curiosa obra de ingeniería con admiración. La observa como un amante del arte observa una obra maravillosa, cada detalle, cada rincón, cada tuerca y cada ruedecita es mirada como si la amara, como si fueran hijos pródigos que han superado un bache importante, un padre orgulloso. Pero él no es el padre, solo el mecánico. Así que pone la caja de repuestos sobre una repisa y cierra los ojos. Antes ha mirado, ahora escucha. Si la visión limita las cosas a donde están, el oído hace que la máquina parezca omnipresente, le envuelve totalmente en esa especie de silencio interrumpido constante, poco a poco se agudiza el sentido y va percibiendo más ruidos, más movimientos de engranajes, más desplazamientos de agujas y, de fondo, ese constante de algo que gira con precisión y perfección. Recuerda que la primera vez que vio la máquina se quedó petrificado. Le pareció algo tan asombroso y absurdo a la vez que estuvo tentado de salir corriendo o de ponerse a chillar. Nada comparado con lo que vino después, el hecho de ir conociéndola lentamente, de ir descubriendo cada una de sus piezas y sus montajes, en un proceso lento y minucioso que exigía de él tanta precisión como tiene ella. Cada vez que ha bajado y ha observado, ha encontrado algo nuevo que desconocía y por eso el tiempo que se mantiene quieto escuchando es tan largo, busca algo diferente. Más al fondo que ese constante que gira con precisión y perfección, está el batir de las olas en la parte alta del salón. Siempre le ha parecido que era un acompañamiento musical, que el ritmo de las olas se adaptaba al de la máquina o al revés, da igual. Es como una sinfonía de melodía imposible, de clima y tiempo. La Madre Naturaleza y el Padre Tiempo haciendo el amor sin pausa, eso debe ser, quizá, la razón de todo, el origen de todo, el final de todo. Ahí está. Esa ruedecita es nueva. La localiza y abre los ojos que ya están en la dirección correcta. Se dirige hasta una esquina del salón y con dificultad coge una escalera y la lleva hasta el frente del enorme aparato, la despliega y empieza a subir, gruñendo a cada peldaño por la gota molesta y asiéndose con dificultad por la artrosis pesada. La busca y la encuentra. ¿Ha estado allí siempre? Seguramente. Es una ruedecita muy pequeña, de color dorado, un engranaje que encaja entre muchos otros y va girando algo más rápido que un segundo cada vez. Para él es como descubrir que tenía un hijo más. Aunque no sabe lo que es tener hijos. Sonríe. Muestra unos dientes que se mantienen relativamente bien, solo alguna negrura en los primeros premolares y esa mancha en el canino derecho, arriba. Pero la barba es muy larga y el bigote también y tiene que sonreír mucho para que asome la dentadura. Al cabo de un rato baja y hace el tercer paso; el primero es mirar, el segundo escuchar, el tercero diagnosticar. Saca las herramientas necesarias para lo que ha programado hacer en primer lugar y se pone a ello, calcula que necesitará dos horas. Ha dejado las llaves sobre la repisa.

Era una carta escueta y de un remite que no entendía. La leyó un par de veces porque era increíblemente extraña y costaba de comprender. Luego, antes de enseñársela a su mujer, se la llevó a su padre. Su padre, desde que se había retirado, vivía sentado en la silla del porche de la casa en las afueras del pueblo. Se pasaba allí tanto tiempo que se había vuelto inmune al viento, a la lluvia y al frío. Leía, fumaba una pipa cuando nunca había fumado y se balanceaba sobre las dos patas traseras de esa silla. El hombre, de barba canosa y poco pelo en la azotea, leyó el escrito también más de una vez. Fumó y pensó y le devolvió el papel. Mirándole, se encogió de hombros y dijo: "Despídete cuando te vayas". Aquella noche habló con su mujer. Ella tardó más que nadie en entenderlo. No porque fuera tonta, que no lo era, sino porque le resultaba incomprensible que existiera esa posibilidad ahora que las cosas cogían el rumbo deseado y para ella, aceptar lo que se decía en la carta, era de un egoísmo tan profundo que jamás se lo perdonaría: a él por irse, a ella por haber creído en él. Aquí fue cuando su preocupación dejó de ser saber por qué había recibido él aquel correo, y pasó a ser por qué sabía que diría que sí. Pasaron unos cuantos días más grises de lo habitual. No aceptó más que algún trabajo urgente, por compromiso, se quedó en casa pensando en lo que ya tenía decidido. Con su mujer apenas cruzaban alguna palabra, pero cada vez que la notaba presente, alzaba la vista y la veía ahí, plantada, con sus ojos hierbabuena clavados en los suyos, uno de cada color. Cabía la posibilidad de que se fueran juntos. Pero era algo que no sucedería, la sola idea de aislarse para siempre del resto del mundo a la mujer le parecía algo desorbitado. Así, el día en que llegó el barco, en el puerto había solo una persona: su padre. Ella lloraba en un rincón, de rabia, de impotencia y de pena, después de haber hecho el amor aquella noche sin parar porque quería quedarse embarazada, por razones que él no acertó a comprender. Su padre le abrazó, le dio unos golpecitos en el hombro, y se quedó mirando cómo el pequeño buque mercante se alejaba.

Antes de terminar ha tenido que bajar a reponer la lámpara, pues la llama era demasiado pequeña. La lámpara ha ido con él todo el rato, un escalón por encima de la escalera de mano o uno por debajo. Se frota los ojos. Hasta ahora no ha pensado en qué pasará si empieza a fallarle la vista, aquí no hay médico de la vista que pueda encargarle unas gafas. Eso le recuerda el papel que hay en un cajón del escritorio de la alcoba, el que tiene que rellenar y enviar por correo cuando crea que ya no está capacitado para este trabajo. Lo ha pensado a menudo. Algún día tendrá que abandonar, pero el problema es que no sabe dónde volver. Su padre murió hace años y hace años que su mujer dejó de escribirle y, además, sigue teniendo la duda de si habrá finalmente algún hijo o hija suyo por el mundo. Pero ahora todo eso le preocupa poco, pasa por su cabeza como tantas otras veces y se va, más despacio en cada visita. Ahora lo que le preocupa es acabar de ajustarlo todo para el momento oportuno. Mira el reloj central. La aguja de la esfera más grande está enganchada al cero, la segunda esfera tiene la aguja entre el cero y el uno, la tercera pasa ahora por el once y la cuarta avanza más deprisa, son los segundos. Prácticamente ya no queda tiempo. Baja de la escalera y se queda mirando la enorme máquina, viendo cómo las agujas se van acercando todas al cero situado en el norte. Saca el tabaco y la petaca de su riñonera y se lía un cigarrillo. Esa marca es buenísima, piensa cada vez que los enciende. Alterna las caladas con pequeños tragos de un licor indeterminado con sabor a hierbabuena, como los ojos de la que fue su mujer, y espera.

Cuando las cuatro agujas llegan al cero, se produce una sinfonía de ruidos mecánicos y una artística formación de colores. Cientos, miles de engranajes empiezan a moverse al unísono y él los contempla con adoración, en parte es su obra, es gracias a su trabajo insistente y meticuloso que todo sigue funcionando como está programado. No sabe quién lo programó, no sabe quién diseñó aquella maravilla increíble, se lo ha preguntado a menudo y ha especulado sobre teorías disparatadas e imposibles. Aunque, para ser sincero, una vez entendió aquello, la razón por la que estaba allí y cómo funcionaba, la palabra imposible desapareció de su vocabulario. Y al poco, cuando las ruedas y las clavijas se han ido moviendo, empieza a notarse el rumor en el suelo, un aire fresco entra por las rendijas de las paredes, en el exterior el mar se remueve inquieto, pero acostumbrado. El rumor es suave, es un temblar casi imperceptible y el hombrecillo que no es tan hombrecillo ahora, que se siente grande frente a eso mucho más grande, imagina sonriendo un último engranaje de proporciones épicas que gira muy lentamente, tanto que apenas se puede notar. No tarda mucho todo en volver a su estado natural. El rumor se va apagando, la música mecánica vuelve a un ritmo monótono, el temblor del suelo se calma. Él apaga su cigarrillo y toma un último trago, recoge las herramientas y sale del enorme salón. Hoy, antes de cerrar las puertas, mira de nuevo al interior y suspira. Guarda las cosas y empieza a subir los 235 escalones. Cuando llegue arriba, si es que llega, escribirá la maldita carta, pedirá que le sustituyan y se sentará a esperar al barco pesquero que venga a recogerlo y le devuelva a casa, si es que todavía tiene una. Mientras, el mundo, gracias a su trabajo, seguirá girando.