El mar y yo (o El mar, y punto)

05.03.2021

No sabría explicarlo bien, pero cada día me gusta más mirar el mar. El Mediterráneo, este mar pequeño que tenemos a tocar y que mucha gente ni siquiera recuerda que está. Últimamente sus olas son más grandes, cada vez parece más enfadado. Quizá los océanos le han informado de las islas de plásticos y eso, sumado con la cantidad de cadáveres que tiene en su fondo marino, producto de la codicia del hombre blanco, haya hecho que se le agote la paciencia que, durante millones de años, ha tenido.

Lo curioso del mar, o puede que no lo sea, es que tanto si está en calma como si se levanta y bate con rabia contra las rocas y arrastre con él fragmentos de playa, es precioso. La gente no somo así, estamos feos cuando nos enfadamos, la evolución o la naturaleza o probablemente la combinación de ambas ha hecho que las personas estemos mucho más bonitas cuando estamos contentas, cuando sonreímos y nos brillan los ojos, todos diferentes. El mar está bonito incluso en la más terrible de las tormentas, las que te dan miedo y, a su tiempo, no puedes dejar de mirar.

Me crié en un entorno de admirar el mar. Teníamos una casa de veraneo en un pueblo de la Costa Brava e íbamos muy a menudo y, pronto, mis padres se dieron cuenta que, ya que nos gustaba tanto subir, quizá mejor tener también una barca. Primero fue la Suquera (es decir, era del PSUC), después la Joana, llamada así con anterioridad a tenerla nosotros, pero dicen que cambiar el nombre a una barca trae mala suerte; la tercer y última fue la Coyuca, tomando el nombre por la vinculación histórica de mi familia con México. Uno de los placeres más grandes, si no te da pánico o te marea irremediablemente, es ir en barca. No en una lancha ni en un barco, en una barca. Pequeña, de motor de esos que van haciendo un ruidito tranquilo y que cruzan el mar sin prisa, hechas para decorarlo y no para romperlo. Echo mucho de menos ir en barca, mucho. Pero las cosas cambian y en ocasiones hay que pasar página, mejor que acabar con los dedos llenos de tinta.

Ir en barca me comporta un sentimiento de libertad que creo que solo he experimentado de forma parecida cuando he alcanzado la cima de alguna montaña, una de pequeña que a las grandes no subo. Aquel momento en el que el paisaje se abre frente a ti como si fuera infinito y todo parece tuyo, tu mirada hace un recorrido panorámico y nada de lo que te rodea resulta feo o absurdo. A pesar de que también hay belleza en cierto tipo de absurdos, a pesar de que hay excepciones, siempre por culpa del ser humano (basura en algún rincón del bosque, una lancha que deja tras de sí el rastro de gasolina, un edificio de estética y usos cuestionables en medio de un prado). En general, no obstante, ir en barca me llena de una sensación de euforia y felicidad, de placer inmenso, una mezcla entre fortalezas y debilidades de difícil descripción.

Un todo y nada en el que desaparecen los casi, los quizá, los pero. Solo, en pareja, con amistades, en familia, da igual porque la sensación me cubre progresiva, pero inexorablemente, desde el momento en que la embarcación sale del muelle, gira la punta del faro y entra en mar abierto. En ocasiones en una alfombra de agua. Recuerdo los días en los que vimos delfines o nos cruzamos con bancos de atunes. Ahora mismo, mientras escribo y pienso en la cantidad de tiempo, infinito para mí como el paisaje, que subo, me vienen ganas de llorar y también una energía me impulsa a volver. El todo y la nada de la que hablaba antes, el blanco de la espuma y el azul del agua salada.

Bañarse en el mar. Esto también es un placer como pocos, aunque el agua esté algo demasiado fría (mucho mejor que si está en esa temperatura en la que casi no refresca). Entrar de golpe (saltando desde la barca, por ejemplo, o desde una roca o corriendo por la arena y aprovechar la ola para zambullirse) o lentamente, porque la lengua fría del mar no te deja encontrar el valor para hacerlo de repente, ir adentrándote, contar hasta tres muchas veces, quejándote de los que te salpican y, finalmente, alargar los brazos, torcer el tronco y, con un saltito que a menudo roza el ridículo, dejar que todo tú seas cubierto finalmente de sal. Y esa sensación deliciosa del mar fregándote la cara y apartándote el pelo, la frialdad inicial recorriendo el cuerpo como electricidad y después salir afuera, respirar, notarte renovado al instante, bautizado por el mundo, por el cosmos.

Tirar piedras al agua tranquila y observar cómo rebotan, contar los botes o ver hasta dónde llegan. Buscar las piedras adecuadas: planas, más bien circulares, para lanzarlas o bien apilarlas formando construcciones o encontrar las que se parecen entre sí o las que son más distintas, esas que te resultan bonitas, coleccionar los cristales erosionados hasta convertirse en mates y no cortantes, mojarlas en el agua y que salgan tal que se hubieran limpiado y les haya cambiado el color. Las piedras, en el Alt Empordà, son la playa. La toalla colocada de tal forma que no te claves ninguna en la espalda o que no te presione los testículos cuando te tumbas de cara al suelo, las piedras que remueves un poco para que hagan de dura almohada, las que tocas con los ojos cerrados mientras descansas todavía mojado después del último chapuzón. Pintar las piedras que has recogido y disponerlas en algún rincón, llenando de mar también la casa del interior por el interior de la casa.

Simplemente pasear a lo largo del recorrido, aquí puedo hablar también del Maresme, donde vivo desde hace dieciséis años, que sigue las playas desde Mataró hasta Montgat, interrumpido entre Vilassar y Premià, paso en el que pisas la arena que te hace parecer un caminante patoso mientras te hundes un poco y andar es más difícil. Simplemente pasear y escuchar el agua, mirar cómo se tuercen las olas y como se rompen contra las rocas apiladas artificialmente para proteger, precisamente, el paseo y ofrecer lugar a pescadores, a románticos y a nostálgicos. Ver a los surfistas esperando la ola definitiva mientras con las manos se van desplazando hacia el lugar que creen más idóneo o hablando sentados, una pierna a cada lado de la tabla de surf, y mirando y valorando las olas de más amplitud que se forman en la superficie del Mediterráneo a causa del viento o de las corrientes. ¿Qué debe de haber sido de Cucu, el Cucurull, que impartía clases de windsurf en la playa de Blanes? La última vez que lo vi fue en el entierro de su padre, muchos años atrás. A veces me parece que de ciertos sucesos hace tanto tiempo que ya no sé cuánto tiempo hace ya.

Pasear, decía, mirando el mar. Irte cruzando con otras personas que también anda, más deprisa o más despacio, que corren, que van en bicicleta, que sacan a los perros, que buscan un momento de paz o de poder, pues ya he dicho que el mar, a mí, me hace sentir poder, que no poderoso, o quizás sí, pero ahora mismo diría que no es exactamente lo mismo. Los pescadores, suelen ser hombres, tiran dos o tres cañas y se sientan en sillas plegables, solos o en grupos, no los he visto nunca sacar ningún pez, puede que para ellos sea como pasear para mí, lo hacen por lo que supone, no por los resultados que se esperan. Y qué rabia me da cuando ves algo (una ola, un rompeolas, un reflejo del sol, unas nubes) allí y te detienes para hacer una fotografía y no, no es lo mismo, se pierde la esencia; tus ojos, quizá por su capacidad o puede que por su subjetividad, captan mucho, muchísimo más, que le rectángulo de la pantalla. La haces igualmente, la foto, y queda bonita, porque cuando la belleza es tanta, incluso una porción es preciosa. Caminar cerca del mar, sentir el viento con olor a salitre me reconforta, me renueva aun haciéndolo cada día. Me gusta salir a pasear por las mañanas cuando parece que el Mediterráneo todavía duerme, y por los mediodías soleados cuando el sol ofrece una cantidad de espectros de luz sobre la superficie que no te los acabas y las velas blancas de los que hacen cursos o navegan por placer destacan y añaden ese punto decorativo que te hace volver a tener esperanza en la especie; o por las tardes nubladas cuando los grises se mezclan y el horizonte se confunde; y al anochecer cuando el sol declina y el cielo se tiñe de naranjas, rosas, rojos, amarillos y violetas y el mar pretende ser espejo y se esfuerza. O por las noches, también, pues en la oscuridad el mar se intuye más que se ve y el blanco de la espuma, acompañado por el ruido del romper de las olas, te dicen que sí, que todavía está allí y que no va a irse.

Hay un punto, en el paseo marítimo que va de El Port de la Selva hasta Llançà, en el que te detienes i miras y lo ves todo: las montañas más allá del segundo de los pueblos, las casas blancas que se esparcen por ellas, el mar de un azul o un gris intenso con los puntos que son las embarcaciones y, el primer pueblo, blanco, apostado en la bahía tal que salido de un cuadro. Hay un punto, en el paseo marítimo que va de Premià hasta El Masnou, en que te detienes y miras y ves Barcelona al fondo y la costa dibuja una curva que te acerca lo que tienes lejos y te aleja lo que tienes cerca; punto en el que puedes ver el perfil de todas las olas que se disponen a seguir llevándose, en cada acometida, una parte de la arena y de los recuerdos y de las vidas, con ellas. El horizonte es tan extenso que necesitas de nuevo el modo de mirada panorámica, lenta, para abastarlo. En estos dos puntos en los que te detienes se produce (en mí) un efecto invasivo de muchas sensaciones al mismo tiempo y un incremento casi violento de todas las emociones que vienen conmigo y que el viento alborota como si las llevara yo en el pelo. La tristeza amarga se torna en nostalgia dulce, el enojo tempestivo deviene calma respetuosa, los miedos cogen miedo de sí mismos y huyen por piernas, las vergüenzas se miran y se diluyen en su reflejo, futuro y presente bailan con los guijarros arrastrados por la resaca. No, el mar no hace que todo se asemeje posible, que todo sea bonito, pero sí hace que aquello imposible pierda importancia y que lo posible parezca más fácil, hace que aquello que es feo gane encanto y que lo encantador brille con más fuerza.

Y cuando me giro para regresar y el mar queda tras de mí, ya tengo ganes de volverme de nuevo y, a su vez, debido a lo último que decía, también tengo ganas de dejarlo atrás y enfrentarme a lo que me queda delante.