El marco narrativo

02.07.2018

Si un relato (o una novela) fuera un cuadro, el marco no serían los márgenes que delimitan el final del folio, sino los que delimitan el contenido del texto de tal forma que, simbólicamente, serian una serie de límites o líneas invisibles que no podemos cruzar. No es que no podamos cruzarlos por ser gente cerrada, que es posible, sino porque nuestro relato debe ir hacia adelante sin desviarse hacia los lados, con un esqueleto bien definido que sirva para mantenerlo todo derecho. Esto es el marco y tenemos que marcarlo antes de empezar a escribir. A grandes rasgos, un marco base, debe incluir:

El tiempo

El tiempo no es más que decidir si vamos a escribir en presente, en pasado o alternando ambos según los capítulos, por ejemplo en un flashback. La gran mayoría de novelas están escritas en pasado, es más sencillo de utilizar y permite que, al hablar de hechos ya ocurridos, la maniobrabilidad inicial parezca más ancha y fácil de manejar. Sin embargo, los textos escritos en presente van ganando terreno, sobre todo en la novela juvenil ya que nos permiten contagiar al lector de la misma incertidumbre que vive el protagonista o la protagonista. En el pasado, se puede dar por hecho que el narrador seguirá vivo después de la trama, por ejemplo, pero en presente esto es una duda. Además, en presente queda claro que no hay nadie, ni el narrador ni la protagonista (si no son el mismo) que sepa qué va a pasar luego. Como decía, escribir en pasado es más simple ya que hemos leído muchos más libros escritos así que no en presente que, además, es un tiempo a cuidar mucho más debido a que implica vigilar a no caer en dotar de conocimientos que no tenemos (por estar viviendo la historia al tiempo que el héroe o heroína), en hacer guiños que descoloquen al lector o lectora. Por otra parte, escribir en presente nos permite poner partes en pasado (flashbacks, recuerdos...) de forma más simple; escribir en pasado no da lugar a de repente poner trozos en presente, a no ser que sea un narrador que de vez en cuando detiene lo que está contando, para decirnos qué está haciendo ahora.

La persona

La persona en la que escribiremos el texto va directamente relacionada con el tipo de narrador que vamos a usar, del que hablaremos luego. Podemos escribir en primera persona, desde el yo, o en tercera, desde el él o ella. La primera nos permite entrar más en la mente del personaje aunque limita el número de protagonistas directos a uno de solo (nos podemos arriesgar a que haya dos o tres protagonistas vividos en primera persona, pero eso supone dividir por capítulos, de forma clara, quién está hablando cada vez e incluso cada uno debería usar un tipo de lenguaje distinto, por ejemplo uno coloquial, otro formal, y conlleva un esfuerzo mucho mayor). En primera persona no se sabe qué ocurre fuera del pensamiento del narrador a no ser que se lo cuenten directamente o lo vea con sus propios ojos; toda la acción pasa por el protagonista narrador. La primera persona, pues, supone un foco central casi inamovible, pero enriquece al personaje ya que leemos desde su mente, vemos al acto sus pensamientos y sus emociones, sin que nos lo cuente alguien de fuera, que sería el caso de la tercera persona. Con primera persona no hay el narrador omnisciente, que tampoco es obligatorio en tercera, pero la tercera lo permite sin problemas. Podríamos narrar la historia de alguien otro como miembro de una segunda historia, un narrador omnisciente en primera persona porqué ya sabe lo que sucedió en otra historia que vivió, pero entonces debemos cambiar de narrador según la una o la otra. La tercera persona da más juego y es más sencilla, da pie a más personajes protagonistas y a más temas, pero no te mete dentro de la mente de los personajes y, de esta manera, te los aleja un poco.

Así pues, tiempo y persona delimitan el margen de si escribiremos en presente o en pasado y si lo haremos en primera persona o en tercera persona.

El punto de vista

Ya definido el tiempo y la persona, toca aclararnos sobre desde dónde va  a estar mirando o narrando la historia el narrador. Hay dos tipos de punto de vista: el externo y el interno.

El punto de vista externo sitúa al narrador fuera de la historia que estamos contando, no participa de ella, sabe lo que va a pasar y lo cuenta, hecho que descarta la primera persona, aunque por probar que no quede, pero es extremadamente complicado no incluirlo dentro de la historia escribiendo desde el yo. Dentro del punto de vista externo encontramos:

  • El narrador omnisciente: es el modo Dios de la narración, se mueve con absoluta libertad entre personajes, escenas y tramas, lo sabe todo de todos (lo que harán, lo que piensan, lo que sienten), tiene conocimientos de lo que pasará antes de que suceda y de lo que está pasando en otros lugares en los que la acción no se sitúa en ese momento.
  • El narrador observador: simplemente se limita a contar los hechos, no sabe qué piensan los personajes aunque puede hacer deducciones, solo lo sabe si estos personajes lo verbalizan (con el uso del diálogo) o lo escriben en algún lugar y el observador lo lee o bien si una tercera persona se lo explica. No está en todas partes como el omnisciente, está allí dónde sucede la acción en ese momento preciso y, evidentemente, tampoco sabe qué otras cosas están sucediendo en paralelo, cosa que sí sabe el omnisciente. El narrador observador puede saber cosas del pasado de los protagonistas porque les conoce o ha tenido acceso a él de alguna forma (leído, escuchado).

El punto de vista interno se usa para que el narrador participe, de alguna manera, en la historia que está contando, es uno de sus protagonistas, quizá secundario o terciario, pero está allí, viviendo la trama junto a los demás. Si usamos este punto de vista hay que determinar si el narrador es:

  • Protagonista, siendo el narrador el eje de toda la historia, las cosas pasan o sabe qué pasan porque está allí o se lo cuenta otro personaje o lo descubre por sí solo.
  • Testigo, describiendo lo que le ha sucedido a otro, es el secundario de la historia e incluso puede ser un personaje totalmente anodino, pero que de alguna forma lo presencia todo y sabe de la trama por aquello que va observando.

La temporalidad

¿Cuánto tiempo pasa desde que empieza la historia hasta que termina? ¿Un año, un día, un siglo? Como autores o autoras del relato o novela tenemos que tener esto claro y, además, es necesario que la historia transcurra con una cadencia que para el lector o lectora sea fácil de entender. Dicho de otra forma, si decidimos que en un capítulo o tramo pase un día entero, no deberíamos hacer que en el capítulo siguiente pasen dos semanas completas. En el caso de los relatos es más sencillo, sobre todo si son relatos cortos, ya que aclarando que ha pasado cierto tiempo o introduciendo estos decesos temporales, debería ser suficiente (medio relato, luego una línea que diga "tres años más tarde" y seguimos, por ejemplo). Aun así, si empezamos el relato con una descripción meticulosa de los primeros cincos minutos y, de repente, pasan cuatro horas en que todo se explica muy por encima, quedará raro sino incoherente y el relato no tendrá la cohesión necesaria para ser entendedor y motivar a seguir leyendo. (La coherencia es un concepto que ya ha salido en otros artículos y que irá saliendo, es algo fundamental en cualquier texto). Una buena idea para no caer en errores de temporalidad es hacer una planificación estableciendo el paso del tiempo por párrafos, capítulos o partes.