El mayordomo estirado

14.05.2020

-Buenos días, señor. ¿Qué va a justificar su existencia hoy?

Vaya, quién iba a pensar que el sentido de la vida se disfrazaría de mayordomo estirado esta mañana. Mientras espera a que te despereces, corre las cortinas de tu habitación (en realidad no hay cortinas, es una metáfora) y los grandes ventanales (una ventana de doble batiente, de aluminio blanco, frío e impersonal) muestran un sol vulnerable sobre los anchos y verdes jardines (la calle comercial principal del pueblo). Pavos reales, patos y cisnes sobre los prados y estanques (la gente que se despierta temprano para ir al mercado) y el ruiseñor de cada mañana (el camión de mercancías) te saluda con un cantar melódico y alegre. El mayordomo estirado te anuncia la hora y te pregunta qué vas a querer desayunar hoy. Pues lo de siempre, que en confinamiento estás a régimen y te ha ido bien, no quieres volver a ganar tamaño. Retiras las sábanas de seda china (compradas en el Ikea junto a la cama misma) y te calzas las finas zapatillas de diseño, te vistes con el albornoz estampado y saludas al sol, ejercicios de yoga (vas a mear).

Nada en el exterior hace presagiar que hoy puede ser un día increíble, magnífico, arrollador, intensamente feliz, tampoco todo lo contrario, así que el mismo cielo cubierto de una fina capa de nubes algo grises o blanco sucio anuncia un día más. Oh, morning glory en el tocadiscos insertado en tu cabeza despeinada y sobre el vaho del espejo después de la ducha escribes un mensaje de apoyo moral para ti mismo que no te crees. Entras en el despacho elegante, con una enorme biblioteca y sentado en la mesa de caoba con tu ordenador de última generación (siete años tiene ya, y has tenido que comprar un teclado independiente porque le fallan teclas al original, y un conector múltiple de USB también independientes porque solo te funciona una de las tres entradas, en la pantalla alguna rayada de un día accidentado o de un accidente diario). No pones las noticias de la radio ni lees el Times que tu mayordomo estirado deja sobre la mesa junto con una bandeja con zumo de naranja natural, café recién hecho, tostadas francesas con mantequilla y mermelada de melocotón, un vaso de agua de las Islas Fidji. El mensaje de bienvenida del sistema operativo es otro mensaje para levantar la moral. Miras el calendario colgado en la pared, con diseño exclusivo de algún artista famoso que te dedicó durante una fiesta benéfica en pro de la infancia en situación de pobreza (en realidad un calendario de Harry Potter). Ya no llevas la cuenta de los días encerrado, pero si la cuenta atrás de los que aparentemente quedan, que son pocos y muchos a la vez. Te encanta tu trabajo, lo adoras, es una razón para levantarse cada mañana y para dormir tranquilo cada noche satisfecho por las tareas bien hechas (no, no te gusta, piensas que deberías estar haciendo otra cosa) y contento porque se compensa generosamente y te permite vivir con ciertos lujos (la mayoría de meses no llegas y vives con la angustia de saber que no puedes ahorrar ni un céntimo, ni uno). En la taza con el café, otro mensaje de autoayuda con un smiley.

Por algún misterio de la tecnología más básica, entre las fotos que se suceden de salvapantallas en el ordenador aparecen algunas que no logras borrar, aunque quieres, porque no sabes encontrarlas, cuando revisas todas las carpetas que atiborran la memoria de esta máquina no están por ningún lado y, sin embargo, cuando descansas de escribir, allí vuelven. Hay una lucha feroz entre la nostalgia y la serenidad. En el fondo o de alguna manera te sirven para ver que algunas decisiones son tan difíciles de tomar que su mella queda marcada para siempre, como la cicatriz de una operación a corazón abierto: estás sano, chaval, pero ándate con cuidado. El mayordomo estirado entra en tu despacho de nuevo después de llamar y quita el polvo de los estantes de la biblioteca, de entre los numerosos premios y galardones obtenidos, de bolas de cristal que no miras por si auguran un futuro desdibujado o recuerdan un pasado pluscuamimperfecto. El precioso y enorme reloj de péndulo avisa con su sonido melódico que es la hora. Pero sabes que la hora es siempre, que siempre es la hora.