El mundo mágico de Studio Ghibli

23.03.2020

Studio Ghibli es una productora de cine de animación, nacida en Japón en 1985 y que cuenta, en su haber, con algunos de los mejores títulos de cine de "dibujos animados" que hay en el mercado. Fundada por el director de cine japonés Hayao Miyazki junto con Isao Takahata, responsable entre otras de las existosas series televisivas Heidi y Marco.

Myazaki, antes de fundar su propio estudio, había trabajado con Toei Animation, que fue quien produjo las ya nombradas Heidi y Marco, compañía que obtuvo sus mejores éxitos a principios de los 80 de la mano de Akira Toriyama y la adaptación televisiva de sus dos cómics Dr. Slump y Dragonball. Curioso o casual, justo cuando Toei Animation vive su momento de mayor gloria, sus dos artistas más rebeldes se marchan al proyecto Ghibli.

Hayao Miyazaki
Hayao Miyazaki
Isao Takahata
Isao Takahata

La primera película de Studio Ghibli es, a mi modo de ver, una de las más flojas, vistas casi todas: Nausicaä del Valle del Viento (Hayao Miyazaki, 1984).  

Destacar antes que esta película no salió como Studio Ghibli, sino justo antes de la fundación de este, pero ya todo a cargo de sus fundadores, La película narra un futuro distópico en el que la Tierra está constituida por un desierto gigantesco que lo va devorando todo, quedando restos de bosques llenos de plantas tóxicas y solo algunos pequeños espacios para que el ser humano viva. El mundo, a su vez, está dominado por una serie de insectos que tienen atemorizada a la población. La protagonista, princesa del Valle del Viento (quizá el último reducto de paz), intentará poner paz entre las dos grandes naciones que están siempre en guerra. La película ya muestra el sello de lo que será casi sin excepciones el cine de estos estudios: protagonistas infantiles o adolescentes con una alta carga de responsabilidad a sus espaldas y con un deber moral para con sus hallegados o para con el mundo en sí mismo. Sin tener la técnica depurada de algunas de las cintas posteriores, Nausicaä ya cuenta con cuidada puesta en escena llena de paisajes deliciosos, una imaginación considerable y un toque de ternura en sus guiones, salpicada con tintes de crueldad que hacen perder la infancia a los y las protagonistas. No es la mejor, decía, pero es más que recomendable. En su versión en inglés, el doblaje estuvo a cargo de actrices y actores de bastante renombre y llevarla a Estados Unidos fue cosa de Disney, que nos caerá mejor o peor, pero siempre están, y en 1984 ya estaban, al acecho de cualquier cosa que pudiera serles de provecho.

En 1986, ahora ya sí con el sello Ghibli, se estrenó El castillo en el cielo (Hayao Miyazaki).

La historia del filme nos muestra de nuevo a dos jóvenes adolescentes, que se encuentran por una casualidad (o no), cuando el chico trabaja en las minas y la chica cae del cielo, salvándose de morir gracias a una gema que lleva colgada en el cuello. El padre del chico desapareció buscando la leyenda de un castillo que está construido en las nubes y junto a la chica, saldrán a buscarlo, perseguidos por piratas del aire (capitaneados por la primera aparición de la abuela, personaje que se repetirá en otros títulos futuros). La película cuenta con escenas de persecución aérea muy bien narradas, paisajes de nuevo creados con imaginación y estética deslumbrantes y los movimientos de los protagonistas, escapando del tipo manga o anime clásico, van ganando en versatilidad y fluidez. De nuevo, como en la película anterior, los protagonistas se mueven por una moral o ética de hacer el bien que nadie cuestiona, pues son buenos simplemente porque lo son (cosa que cambiará en algunos filmes posteriores) y el guión, siempre todo en mi opinión, es más elaborado que Nausicaä y más rico, contando con un hilado de drama, acción y comedia que la convierten en una gran película de animación.

En 1988, Studio Ghibli realiza dos películas: La tumba de las luciérnagas y Mi vecino Totoro, siendo la segunda la que es considerada una de las mejores de Miyazaki y habiendo la primera, pasado desapercibida en el tiempo, seguramente debido a que es mucho más profunda y dramática y carece de la soltura de otras de sus producciones. 

La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1988) sucede durante la Segunda Guerra Mundial y es una película exclusivamente dramática que, a mí partcularmente, me recuerda porque Takahata llevó con tanto éxito a las pantallas a Heidi y a Marco, pues su grado de melodrama es considerable Entiendo que hablando de lo que habla (concretamente la etapa de bombardeos americanos sobre Japón a mediados de 1945), es dramático per se, pero la película parece hecha para llorar y a pesar de que es bellísima en imágenes y diálogos, en escenas y en personajes, resulta en grado sumo lacrimógena.

Para contrarrestar quizá, se estrenó un poco después Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki, 1988), una película de aire soñador, plácida y de contenido básicamente alegre. Protagonizada por dos hermanas, la mayor en la edad preferida de Miyazaki (la preadolescencia o casi) que se instalan con su padre en una casa en el campo mientras esperan a que su madre ingresada en un hospital se recupere de una larga enfermedad. En esa casa, al lado de un árbol gigantesco, la pequeña descubre a unos curiosos seres que recogen bellotas y siguiéndoles, encuentra a Totoro, una especie de Dios del Bosque, que las acompañará durante este periodo de su vida. Cuenta con escenas entrañables como la de la parada del autobús o cuando las niñas intentan atrapar a las criaturas del polvo que habitan el nuevo hogar. Es deliciosa, te hace estar constantemente con una sonrisa tierna mientras ves a la pequeña Mei corretear detrás de su hermana Satsuki o perseguir a los recogedores de bellotas. Esta sí es una película que vale la pena no perderse, una obra maestra (en mi opinión, claro está).

La siguiente cinta de Studio Ghibli es Recuerdos del ayer (Isao Takahata, 1991), pero no la he visto. Un año después, los estudios estrenan nueva película y vuelven a producir una obra maravillosa, Porco Rosso (Hayao Miyazaki, 1992). 

Un aviador que sufre el extraño maleficio de haber sido convertido en apariencia de cerdo, mercenario durante el gobierno de Mussolini, que lucha con los piratas del aire y con diferentes bandas que se disputan el contrabando aéreo, Porco sueña con el amor de su vida, una cantante que actúa en un cabaret de una pequeña isla y ella sueña con él, pero se ha convertido en un amor imposible. Es seguramente, la única película de Miyazaki no protagonizada por adolescentes o preadolescentes, todos son adultos, incluso la brillante ingeniera civil que se suma a la aventura de Porco después de arreglarle el avión. De nuevo, escenas aéreas de factura impecable, personajes sólidos y ricos, un guión serio y dramáticamente contundente (sin melodramas) y toques de humor, poesía y acción a partes iguales, que la convierten en otra obra maestra.

Entre 1993 y 1995, los estudios llevan a cabo tres producciones, que desconocía hasta que me puse a investigar un poco y de las que, por lo tanto, todavía no puedo hablar ya que no las encuentro tampoco en ningua plataforma. Fueron: Puedo escuchar el mar (Tomomi Mochizuki, 1993), Pompoko (Isao Takahata, 1994) y Susurros del corazón (Yoshifumi Kondo, 1995). El hecho de que yo ni siquiera hubiera oído hablar de ellos, a parte de mostrar mi ignorancia, creo que es símbolo de que pasaron desapercibidas, por lo menos en el mercado europeo u occidental. Sin embargo poco después llega otra gran película, La princesa Mononoke (Hayao Miyazaki, 1997), y esto parece más un pequeño artículo sobre este director que sobre los estudios en sí, pero bueno. 

A mi modo de ver, esta cinta queda algo por detrás tanto de Mi Vecino Totoro como de Porco Rosso, aunque tiene los mismos elementos que las anteriores, cuenta con escenas de batallas con una calidad narrativa (no hablo de calidad gráfica ya que es otro estilo de cine que, por ejemplo, la misma Dinsey o Pixar, ahora también de Disney; es un estilo anime, de manera que intentar hablar de ella según la progresión técnica de la animación queda algo fuera de lugar). Esta historia nos cuenta como un chico, Ashitaka, adolescente por supuesto, con unas capacidades especiales, derrota a un demonio y queda infectado, por lo que tiene que abandonar su aldea y partir en busca del motivo que ha convertido a un Dios del bosque en un demonio. Su larga búsqueda le lleva hasta una montaña que ha sido arrasada por una ciudad en la que se produce hierro. La ciudad está gobernada por una mujer ambiciosa que persigue cazar al espiritu del bosque, que está siendo destruído por la fundición. La ciudad del hierro tiene como enemigos a una banda de lobos gigantes, dioses, entre los que hay una humana, San, princesa Mononoke, de quien el protagonista se enamora y decide apoyarla en su lucha. Le película, decía, cuenta con aspectos que la convierten en una gran obra: la misma ciudad del hierro, la relación entre San y Ashitaka, el canto a la naturaleza y al lado salvaje que tenemos todos. Es una joya, pero no una obra maestra.

En 1999, Isao Takahata dirige Mis vecinos los Yamada, que tampoco he visto.

La siguiente obra maestra de los Studios es El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001). Vuelve a contar con elementos que definen la obra de este director y guionista 

Dos protagonistas en la edad de abandono de la infancia, la abuela como mala o no tanto, una moral que nos lleva a hacer el bien sin contemplaciones, fantasía a raudales (más que ninguna otra obra de estos estudios hasta ahora, a excepción quizá de Nausicaä) y la mezcla de humor, emoción, acción y drama que la convierten en un conjunto casi impecable, a parte de que a nivel de gráficos está en un estado superior a las anteriores, claramente. Chihiro es una niña que ve como sus padres se convierte en cerdos (igual que Porco Rosso) debido en este caso a su gula y pasan a formar parte del ganado de un mundo de dioses en un balneario. Para salvarles, Chihiro deberá emplearse en el balneario y allí, con la ayuda de Haku, irá siguiendo los pasos que la devuelvan a ella y a sus padres a su vida "normal". La magia se mezcla con el realismo, hay un elenco de secundarios más rico (Bebé, Yuko, Yubaba y su gemela) que nunca y el misterioso "sin rostro" que se encapricha con Chihiro, más el toque siniestro que aporta éste y otros elementos, que nos llevan como casi siempre hasta ahora, salvando a Totoro, a la parte oscura e incluso despreciable de la humanidad, la hacen una obra muy completa, recomendable a todas luces, quizá la obra maestra más maestra de todas las obras de Miyazaki hasta ahora, aunque tiene rivales.

En 2002, la tengo pendiente ya que puede verse en Netflix, está Haru en el reino de los gatos (Hiroyuki Morita). Vuelven los viajes en El castillo ambulante (Hayao Miyazaki, 2004), otra película destacable aunque no al nivel de las que hasta ahora he destacado como obras maestras, quizá sin a la par de La princesa Mononoke

En esta nueva cinta, Miyazaki nos narra la historia de una chica, de la edad de todas las otras protagonistas femeninas de sus filmes, que por un maleficio pasa a tener el cuerpo de una mujer de 90 años y debe emprender, entonces, el camino que la lleve a romper el hechizo, el cuál solo puede deshacer un mago que vive en un castillo móvil, y al llegar allí y conocer la historia del mago, deberá ayudarle a él para poder volver a ser ella misma. La película cuenta otra vez con una magia singular, llena de imaginación, personajes entrañables (la abuela de Chihiro y de El castillo en el cielo es ahora casi la protagonista), la bondad frente a una maldad que en realidad no lo es y este mundo fantástico creado por el autor, responsable de un imaginario que ya es cultura.

Dos años después, los estudios Ghibli proponen una película que, según mi criterio, es otra maravilla y, sorpresa, no la dirige Miyazaki. Se trata de la genial Cuentos de Terramar (Goro Miyazaki, 2006).  

Vale, es trampa quizá, Goro es el hijo de Hayao. Cuentos de Terramar nos habla de otro adolescente que un día, sin saber él porqué, imbuido por una especie de posesión, asesina a su padre y huye con la espada de éste. Huyendo, Arren topa con un mago, de los pocos que quedan en Terramar, Gavilán, que le ayudará sin juzgarle y le llevará hasta la casa en la que habita Theru (chica de la misma edad de él) y su madre adoptiva. Tanto Theru como Arren tienen un pasado oscuro que sale en los momentos de tensión y estrés, y se establece entre ellos una conexión más alla de la amistad o el amor. Esta pasado, poco a poco según va descubriendo Gavilán, tiene que ver con la reaparición de los dragones y una sombra oscura que lentamente va cubriendo Terramar. Es una película que mezcla puntos deliciosos con un trasfonodo tenebroso (Arren no deja de ser un asesino despiadado en algunos momentos), un ritmo suave con puntas afiladas, unos gráficos magníficos, personajes muy bien construídos y halo de magia general que me hizo quedarme encantado durante toda la duración del filme, que no es corto. No sé si es una obra maestra, pero se le acerca mucho.

Como si hechara de menos a Totoro o todo lo que desprendía esa película, llega entonces Ponyo en el acantilado (Hayao Miyazaki, 2008).  

Esta película más poética casi que otra cosa, más alegre y frugal sin duda que Chihiro, Mononoke, etc, trata de un mundo sumbarino que topa con un niño. O un niño que topa con un mundo submarino. Se mezclan de nuevo la infancia con la magia, una evocación clara que ya salía en Totoro, la inocencia con la sabiduría y como ambas pueden llegar a entenderse si los interlocutores quieren. Es una película suave de nuevo, de sonrisa boba, con el encanto de sus protagonistas y de una historia que carece de la acción de otras, pero si de la gracia y el don de su director para que, al terminarla, te haya alegrado el día y hecho pensar y, como en otras, tengas ganas de que la vean tus hijos contigo.

Ahora sí, hablaré de una película que no es de Miyazaki ni de ningún familiar suyo, que yo sepa, y que es una maravilla, también: Arriety y el mundo de los diminutos (Hiromasa Yonebayashi, 2010). 

Sin mundos mágicos ni criaturas increíbles, sin una infinidad de paisajes y personajes, más intimista y a la vez con un toque de acción, la película narra como una família de seres diminutos, que habita en los cimientos de una casa de campo, ve peligrar su existencia al ser descubiertos por los humanos que habitan en ella. Protagonizada de nuevo por dos adolescentes, una diminuta y uno de tamaño normal, la película juega con mucha elegancia con el ya visto truco de cómo sería vivir siendo tan pequeños que un alfiler pasa a ser una espada y con un terrón de azúcar tienes para meses. Luchar contra gatos que se convierten en monstruos, echar de la puerta a escarabajos de tu medida y que la mano de un humano sea algo que puede aplastarte sin esfuerzo. Los puntos fuertes de este pequeño tesoro son de nuevo la relación entre los protagonistas, unos detalles gráficos espectaculares (la casita de muñecas, la salida del escondite), secundarios magníficos (los padres de Arriety, la niñera de Sho, el gato), escenas de una cadencia magnífica (la primera incursión de Arriety guiada por su padre; la búsqueda de la madre). Es, como decía, un tesoro que vale mucho la pena descubrir.

Hasta qui esta minúscula revisión de algunos de los títulos de Studio Ghibli, uno de esos sellos que sabes que no te fallarán si te pones a ver sus productos, mientras espero al momento para ver las que me faltan y el estreno, en teoría este 2020, de la última de Miyazaki, titulada ¿Cómo vives?

Cartel provisional de "¿Cómo vives?"
Cartel provisional de "¿Cómo vives?"