El recuerdo del recuerdo y el control sin control

18.12.2019

Hoy es un dos por uno, como en el súper, que ayer no hubo columna.

Dice David Lowenthal en su excesivamente discursivo, pero también magnífico, El pasado es un país extraño, que llegado cierto momento en que algunos recuerdos se han distanciado del momento en que aquello recordado sucedió, dejamos de recordar el hecho para recordar el recuerdo. Este recuerdo, a medida que avanza el tiempo, se va distanciando no ya solo en el tiempo del hecho original como de la realidad de ese hecho. Nuestra imaginación, nuestras esperanzas, nuestra experiencia, va llenando los cada vez más numerosos huecos de la memoria, de manera que el recuerdo acaba estando considerablemente distorsionado, incluso puede darse el caso de que acabe teniendo bastante más sustancia inventada que recordada.

Hace un par de días, hablando con una amiga, constatamos este hecho al hablar del curioso fenómeno que se produce cuando te encuentras con alguien y recuerdas un suceso común que tuvo lugar hace tiempo y del que no se había hablado. El recuerdo que tú tienes de ese acontecimiento puede distar tanto del que tenga el otro que acabas dudando de si estuviste tú allí o de si estaba el otro, de si ese recuerdo es real o ficticio. Mi ejemplo versaba sobre un encuentro que tuve con compañeros de primaria hace unos años. Durante la comida en un restaurante de las afueras de Barcelona, en cierto momento pregunté a los demás si se acordaban de lo que sucedió con el profesor de educación física un día concreto. Muchos de ellos y de ellas no lo recordaban y además se preguntaban si eso había sucedido de verdad, cuando fue algo que, en mi memoria, había sido fundamental y además implicaba a toda la clase; otras de las personas asistentes recordaban aquella historia pero de una forma tan distinta a la mía que pensé: joder, a ver si resulta que me lo he inventado todo. La amiga con la que hablé de ello puso un ejemplo parecido, de unos días que ella y su hermano pasaron en la montaña y al recordarlo, parecía que hubieran tenido experiencias totalmente distintas o que hubieran estado, casi, en dos lugares diferentes.

Sigmund Freud usaba la herramienta de una libreta para apuntar todo lo que le parecía importante de su día a día, porque sabía que los recuerdos se acaban distorsionando del todo y creía que apuntarlo haría que una parte de la realidad no se perdiera nunca, pero llegó al punto de leer recuerdos pasados y ser incapaz de recordarlos, los leía como si le hubieran ocurrido a otro. En uno de los relatos de Philip K. Dick (creo que era suyo, no he conseguido encontrarlo, quizá era de Ray Bradbury o de Arthur C. Clark), se vive en una sociedad artificial en que nacemos adultos con recuerdos incrustados. Tenemos cinco minutos de vida pero recuerdos de muchos años que nos dan la sensación de longevidad, de pertenencia y de tener una historia, la cual nos dota de identidad.

El tema es que a pesar de tener experiencias comunes acabamos por tener recuerdos individuales, igual que tenemos percepciones individuales de personas comunes. Cuando tú y un amigo o un amigo y tú conocéis a alguien y uno dice: que persona más agradable, y el otro dice: pues a mí me ha parecido una imbécil. Es la misma persona, habéis estado en la misma conversación en el mismo momento, pero la percepción es totalmente distinta. Dos personas pueden tener una larga charla y al terminar, una de ellas espera volverse a ver muy pronto mientras la otra ya está pensando en otra cosa, mariposa y si te he visto no me acuerdo. Ese individualismo, esa percepción única de recuerdos, experiencias, sentimientos y de casi todo, nos separa y a la vez nos enriquece de una forma considerable y, eso es cosa mía, sobre todo sirve para constatar que no existen las verdades absolutas. Ninguna verdad es del todo verdad ni ninguna mentira es del todo mentira.

Pero en realidad hoy no quería escribir sobre esto, sin embargo la conversación del otro día me ha traído a esta reflexión. Yo quería hablar, y viene un poco a cuento pero de un cuento distinto, del control sin control que algunas personas ejercen sobre otras, precisamente y si no es precisamente pues me lo invento, de una forma en parte inconsciente, en parte intencionada. Y viene a cuento en el sentido de que cada uno lo percibe distinto y, para lo que uno es control para el otro no lo es. Yo ya hace mucho tiempo quité el doble tic azul en WhatsApp, por ejemplo. Este doble tic provocaba que ciertas personas, si no les respondías inmediatamente, se lo tomaran a mal. Con independencia de que su razonamiento sea correcto o no, supone una forma de querer dirigir las respuestas del otro en función de tus necesidades sin tener en cuenta las circunstancias del otro. Digo que es independiente del razonamiento porque depende de cómo se formule no es un razonamiento erróneo, lo es el uso que se hace de él. Comentarios que derivan del hecho de no tener a la otra persona delante y que acaban causando cierto estado de paranoia en gente insegura, que vuelca su inseguridad sobre ti, quizá por incontinencia quizá para reafirmar esa paranoia. Me quité pues el azul de los tics en WhatsApp porque conllevaban preguntas que precedían a ciertos comentarios, que molestaban más que las preguntas. Las preguntas eran del tipo: "¿He dicho algo que te ha molestado?" "¿Cómo es que no respondes?". Entonces tú tienes dos opciones, o responder dando una explicación que es verdad pero que valoras como totalmente innecesaria pero para la otra persona parece ser importante, o bien o responder. El problema es que ambas opciones acaban siendo malas, porque la otra persona no entiende tus razones, no te cree o la diferencia de prioridades la ofende o porque la otra persona tiene ya un surtido de comentarios o de más preguntas para cada respuesta que das. Así se cae en un bucle infinito. Los comentarios, sin embargo, son lo que a mí me hicieron plantearme la utilidad o el beneficio de este mecanismo de la aplicación que seguramente se creó con muy buenas intenciones, pero debe de haber sido producto de una cantidad de control y maltratos psicológicos tremendos. Los comentarios eran del tipo: "Pero es que te veo en línea y no respondes", "Si me has leído no entiendo por qué no puedes responder aunque sea para decir que ahora no puedes hablar", pero los peores -y en ningún momento descarto que el problema sea mío, que conste en acta- son los de "Que a mí me da igual, ¿eh?" o "Oye, que no pasa nada, pero...". Claro que pasa algo y, repito, quizá el problema sea mío, pero no puedo estar pendiente del móvil todo el rato, en primer lugar porque me aburre estarlo y soy de ese tipo de gente-quizá despreciable, vete a saber- que no puede quedarse ahí esperando, de manera que o se escribe con otra gente mientras espera o hace otras cosas, en segundo lugar porque a veces no sabes qué contestar o simplemente esperas un momento de más tranquilidad para responder de forma más adecuada, sentado, sin demasiados estímulos externos. O porque en ese momento preciso no te apetece. Sin embargo, como vienen las preguntas, ya no puedes responder con calma y cómo quieres. Esa otra persona te asegura que no te está controlando, que le da igual, pero va soltando los comentarios de manera que en realidad es evidente que no le da igual y que de un modo no voluntario o no consciente sí te está controlando. Esa es una de las razones por las que me cuesta mantener relaciones virtuales, porque cómo decía en el artículo La despersonalización de las redes sociales estás sin estar, o yo estoy sin estar.