El reflejo de Ada

19.10.2015

Cae una lluvia de aquellas que parece que no cae, que se sostiene en el aire y se desplaza horizontalmente. De las que te hace pensar que no hace falta paraguas y al poco tiempo estás calado hasta las entrañas. El espacio verde que se abre ante mí despide el hermoso color y el perfecto olor de césped y tierra mojada. Una llanura uniforme salpicada por lápidas pálidas que guardan agujeros que tapan cajas que encierran muertos. Y es curioso como todo ello contribuye a la tristeza del momento. Todos los días en que se entierra a alguien a quien aprecias debería hacer un mal día, me parece injusto el buen tiempo a las malas caras. Las campanas tañen su melodía de muerte, lenta y grave. Ella no quería eso, no quería un entierro, pero lo tiene. A mí lado los perros se inquietan: el mastín leonés, más viejo y sabio, suelta un ladrido que parece un llanto y el pastor alemán, aún joven, ladra como estridente protesta. La familia me mira, ellos alrededor de la tumba que pronto quedará escondida entre la arena mojada y yo a unos cuantos metros, con sus perros. No deben entender que hago yo con ellos, por qué ella me los dejó a mí, a un desconocido, o un conocido desconocido. La mirada más directa y sostenida es la del marido. Recelo, sospecha y cierta angustia se deben estar mezclando dentro de su cabeza con el dolor por la pérdida. Y lo contrario sería lo extraño.

Nos conocimos un día similar a este, uno de esos en que todo parece haber salido mal, en que lo único que deseas es que caiga la noche de una vez sobre ti y que al despertar te hayas olvidado que ayer también existías. Un día sin sol, de lluvia estática, frío fuera de temporada y tristeza en el ambiente. Y a mí todo aquello no hacía más que recordarme que acababa de venderme definitivamente, de una forma vil y que rompía todos aquellos principios que tanto me había creído antaño. Cuando después de mucho bregar había conseguido que me publicaran por primera vez una novela, borracho de euforia y de cava, que nunca he sufrido, prometí ante la foto de Graham Greene que sería un escritor honesto conmigo mismo. Me duró poco la promesa. Mi cuarta novela, "El reflejo de Ada", fue un éxito de ventas y crítica enorme. Y fue siguiendo mis valores, pues Ada era un personaje del que me había enamorado, al que disfrutaba tanto haciendo jugar entre escenas y paisajes que se convirtió en parte de mí y por eso, antes de que se publicara, ya estaba escribiendo una segunda parte mientras tenía esbozos en mi cabeza de una tercera. Pero aquel día, una semana después que la segunda entrega de "El reflejo de Ada" se convirtiera en un mayor éxito que su predecesora, comiendo con mi editor, me puso ante mí un sabroso talón con más cifras de las que he imaginado nunca y me dijo que eso era mío, ahora mismo, si aceptaba convertir los reflejos en cinco en vez de tres. Usó argumentos bastante convincentes mientras movía el papel lleno de ceros por delante de mí. Finalmente, entre risas y convencido que en el fondo me gustaría hacerlo, acepté y él ya tenía preparado el contrato. Reconozco que al salir del restaurante estaba mucho más que contento, pero a medida que andaba aceras y cruzaba calles, a cada paso que la lluvia iba aposentándose, mi júbilo se fue debilitando. Vendido, me dije. Eres igual que todos los demás, que todos aquellos futuros grandes escritores que se dejan llevar y sólo vomitan bestsellers de sus dedos sobre el teclado.

Fue en la librería en la que entre una y dos veces por semana voy a buscar un par de libros, donde la conocí. No puedo con la lectura electrónica, necesito pasar la página notando la aspereza de las hojas y mojando el pulgar con algo de saliva. Es una librería vieja, con un librero viejo. Los éxitos y novedades en un mostrador poco cuidado en la entrada, libros infantiles y de cierto éxito en las estanterías principales y luego se extiende como una pequeña biblioteca en la forma de T invertida, por el palo largo. Le tengo cariño al vendedor, es amable y no tiene ningún problema en criticar mis libros o mis gustos por libros ajenos y es divertido oírle murmurar sobre los que va vendiendo: "¿Houellebeq? Debería usted leer primero otras cosas, señorita" o "¿Ada o el ardor? No creo que sea usted capaz de terminárselo, señor".

Ella se presentó directamente mientras yo rebuscaba entre las estanterías. Me había reconocido y no pudo, dijo literalmente, resistir las ganas de saber cómo era mi voz y cómo miraban mis ojos, la voz que recitaba mis propios textos en voz alta y los ojos que releían una y otra vez aquello que mis manos habían escrito. Allí de pie, me contó que había leído mis novelas y finalmente, añadió que estaba teniendo un día de perros y que algo le decía que, hablando conmigo, eso cambiaría. Esa primera vez solamente hablamos en una cafetería cercana, mientras sus dos perros reposaban tranquilos atados a una barandilla. Al terminar, ya casi de noche, sabiendo ya que no la olvidaría nunca, por su conversación, por la belleza que su interior parecía cobijar y por su forma de mirarme, le dije que quería besarla y me besó ella. Yo acababa de contarle que había firmado para que "El reflejo de Ada" no fuera una trilogía sino una pentalogía. Me había vendido al éxito de su segundo volumen y me sentía traidor a mi causa. "No tengo demasiado tiempo", dijo, y se fue.

Un capellán diciendo estupideces y mentiras. Un hijo ya mayor que no llora, pero no hace falta para saber que sufre y una hija menor que llora amparada en los brazos de su padre quien, inevitablemente, va girando la cabeza hacia mí. Hacía el cuidador de los perros, el escritor que quizá, debe de pensar, le ha robado algo que le pertenece. Pero ella no pertenecía a nadie y su ignorancia lo hace necio.

No supe de ella en una semana. Hasta que el buen librero me dio un sobre y en él había una nota, con una dirección y una hora para esa misma tarde. Era un apartamento casi vacío. Me contó que lo tenían en venta y había pensado en usarlo de escondite secreto, así, con esa frase relativamente infantil, pero tan adulta en aquella ocasión. Y fue curioso cómo siendo prácticamente dos desconocidos que se encuentran para tener sexo, aquella fue la vez, a excepción de las siguientes, en que más cerca he estado de hacer el amor. Follamos con una mezcla de ternura y pasión que no conocía y me queda el recuerdo de una entrega feroz, de una capitulación casi absoluta al momento y al acto. Luego, tumbados en el colchón en medio del comedor, me contó que la semana anterior, justo antes de presentarse a mí, le habían diagnosticado una enfermedad incurable, en estado más que avanzado, y los médicos calculaban unos dos meses de vida. Entonces, al igual que hacía mi personaje de Ada en el primero de sus libros, se había planteado como quería vivir el tiempo restante. Y desde que leyó mi primer libro que quería conocerme y desde que habló conmigo que quería que nos acostáramos. ¿Por qué?, le pregunté. "Ada me fascina", respondió, "Me veo en ella. Como su reflejo". Añadió que mi literatura le hacía intuir el tipo de persona que yo podía ser.

El ataúd empieza a descender, a mi lado, y como si adivinaran que no verán nunca más a su dueña, el mastín y el pastor alemán se mueven nerviosos, tirando de las correas en dirección al agujero. Sobretodo el más joven. Yo no sé cuidar perros, y mi apartamento me parece un pésimo lugar para dos animales tan grandes.

Durante casi dos meses nos vimos todos los martes por la tarde y todos los viernes por la mañana. Hacíamos el amor, hablábamos de cualquier cosa menos de su enfermedad. Supe que la soledad es un estado de ánimo no por la frase de Benedetti sino por ella y descubrí que había más vida en ese ser que se moría a marchas forzadas, sin querer tratamiento alguno, que en muchos que estamos vivos viendo la muerte a lo lejos. La tarde del último martes, como otras veces, me pidió que le leyera lo que estaba escribiendo, el tercer volumen de "El reflejo de Ada", aquél que transcurre todo en un día de perros, y mientras leía dijo: "Te quedarás mis perros, ¿verdad?", le pregunté a qué venia aquello y acomodando su cabeza en mi pecho, añadió: "Puestos a morir, no conozco mejor lugar que aquí ni mejor momento que ahora. Sigue leyendo. Me gusta oírte recitar.", y yo continué. Ella estaba con la cabeza sobre mi pecho y noté como su respiración se iba volviendo más lenta. Pero seguí leyendo con una primera lágrima y no paré hasta haber terminado, a pesar de que hacía ya unos minutos que no notaba su aliento sobre mi vientre. Lloré como no recuerdo haber hecho nunca antes. Tal como me pidió que hiciera si sucedía eso alguna vez, recogí lo que pude para que nadie supiera que yo había estado allí, y me fui. "Sabrán donde buscarme", me había asegurado días atrás, y así fue. Y de vuelta a mi apartamento, sabiendo que tenía que ir a por los perros, me di cuenta de que ella había acudido a mí para satisfacer una especie de último deseo, pero lo sucedido fue que yo había aprendido de ella todo lo que me faltaba saber sobre mí para seguir escribiendo a Ada. Su reflejo.

Al acabar la ceremonia el marido se acerca a mí, mira a los perros, y con un tono nada adecuado pregunta que por qué. Qué tengo yo con ella, ¿nos hemos acostado? "No deje que su inseguridad empañe el recuerdo que tiene de ella", respondo. Y vuelve a mirar a los perros antes de irse. En mi bolsillo, el móvil vibra con insistencia. Es mi editor, lo sé sin responder, furioso porqué finalmente he decidido matar a Ada en el tercer libro. Una muerte como ella quería, en mis manos. Los perros callan, la lluvia se detiene.


(El dibujo de este relato, es obra de @Caperucita_Cita, quien me obsequió con esta joya)