El regalo que nunca trajeron los Reyes

07.01.2020

En primer lugar cabe tener en cuenta que los Reyes Magos, que ni eran como los pintan ni pintaban lo que eran, solamente traen regalos materiales, niño, así que no te flipes. Oro, incienso y mirra. ¿Qué es la mirra y para qué sirve? Pues bien, se ve que es una cosa que sale de un árbol y que sirve un poco de analgésico y antiséptico y que actualmente se usa en cosas como pasta de dientes y enjuagues bucales. El incienso sirve para que la casa huela bien y el oro sirve para liarlo todo y acabar a tortas.

Pues bien, has de saber que pedirles a los Reyes Magos de Oriente, que tampoco eran magos, cosas como ser feliz o que alguien sea desgraciado o el amor o el desamor, es perder tinta y espacio de la hoja en la que escribes la carta. Eso los Reyes no lo traen. Los Reyes de verdad, esos que sin hacer nada se convierten en jefes de Estado y viven de los impuestos del pueblo del que pasan soberanamente, y nunca mejor dicho, no traen nada de nada más que discursos de Navidad idiotas y escritos por otros, que ni escribir saben. Pero estamos con los de Oriente, los tres que llegaron a Belén siguiendo una estrella, el blanco, el rubio y el negro. El rubio es al que nadie hace caso, el que menos cola tiene cuando se ponen los tres a recibir la carta pero, eso sí, se aceptan igual sus caramelos durante la cabalgata. Hasta hace poco, en la mayoría de pueblos y ciudades de este país tan variopinto, el rey negro era un blanco disfrazado y pocas cosas hay más tristes. Ah, y el blanco cada día se parece más a Papa Noel, invasor de la tradición natural, la cristiana, que no fue natural cuando empezó.

Como te decía, los reyes solamente traen cosas materiales: cuánto más rico seas más cosas te traerán porque ser hijo o hija de una familia con pasta es señal de ser buena persona y ser pobre quiere decir que ni regalos mereces, desgraciao. Es posible que tú no les hayas pedido nunca, por carta o por telepatía, que te traigan cosas inmateriales como las que enumeraba antes, pero mucha gente lo hace. Si te acuerdas, tu esperabas con ansiedad su llegada, te habías portado bien únicamente los días antes, cuando empieza el discurso paterno o adulto de "si no te portas bien los reyes te traerán carbón", que ahora es una chuche. Al igual que tus hijos ahora, el día cinco de enero estabas de los nervios, querías irte a dormir pero no querías, y lo dejabas todo bien preparado: zanahorias y agua para los camellos, turrón de Alicante y vino blanco para el rey blanco; turrón de Jijona y vermut para el rey rubio, turrón de chocolate y vino tinto para el rey negro; tus zapatos cerca de la ventana con tu nombre en una tarjeta dentro. Y pedías un tren eléctrico que no llegó nunca, aunque quejarse con todo lo que trajeron, pues no eras pobre ni te portabas excesivamente mal, sería de persona ruin. Y eres una ruina, pero no ruin.

Es curioso que, incluso cuando ya sabías que los reyes no eran ni magos ni reyes, continuabas estando nervioso (es normal, atendiendo a que no sabías cuántos ni qué regalos traerían) y seguías el juego de la magia, tardaste un tiempo en dejar de preparar las cosas, en dejar de imaginar que ese cuento ya no existía y que en definitiva no era más que eso: un cuento, por lo tanto una mentira. Sí, ya hacía tiempo que los padres se quedaban hasta que tú te dormías para poner los regalos al lado o debajo de cada zapato, aun así seguía quedando el humo de después del truco. Y luego llegó tu hermano pequeño y la magia reapareció, y después tu primera sobrina y más tarde tus hijos, a los que ahora llevas a la cabalgata y les haces que lo preparen todo como hiciste tú muchos años atrás. En esto consisten, de hecho, las tradiciones.

Nos podemos ahorrar el discurso, no por ahorrárnoslo es menos válido, de que Navidad y Reyes se han convertido en un pretexto consumista alimentado por el capitalismo. Cuando veo a esos niños que aún no han terminado de abrir un regalo, justo saber qué contenía, ya están buscando el siguiente, casi con avaricia y con gula. No soy quién para deciros que si lo importante es que vuestros hijos tengan muchos regalos les estáis convirtiendo en vuestros Dudley Dursley particulares que, en su aniversario, cuando ve que este año tiene 37 regalos en lugar de los 38 del año anterior, coge un berrinche a pesar de que algunos de esos 37 sean más grandes o más valiosos (Harry Potter y la cámara Secreta, de J. K. Rowling). En todas las casas con niños se amontonan juguetes y juegos que apenas se han estrenado y que nos costaron nuestro dinero, porque lo importante es que tuvieran regalos más que qué regalos tuvieron. Enseñar a los hijos e hijas a valorar lo que supone un regalo no solo es vital para su desarrollo y crecimiento mental, sino que lo es también para ayudar a crear un mundo más justo.

No, no eres el ejemplo perfecto, cada año caes en la sensación de que hay poco, de que son poco, de que un regalo más irá bien. Y allí están: demasiados regalos cada vez. Y la razón de que tengas miedo de que sea poco a pesar de que acaba siendo mucho (ateniendo a que tres o cuatro regalos por niño serían lo más correcto, o uno o dos de mayor valor) es precisamente porque les estamos educando no solo en el concepto erróneo del Mo' Better (Cuánto más mejor) sino en el de la sencillez y la inmediatez de conseguir cosas sin demasiado mérito puesto que, por mal que se porten, acaban teniendo sus regalos y, como mencionaba antes, el carbón es una chuche. Hay que enseñar a dar valor a los juguetes y la mejor manera de hacerlo es promover que jueguen con ellos, si es necesario (que divertido y pedagógico ya lo es) jugando con ellos y ellas.