El relato del mes. Abril. Tiranosaurio.

01.04.2020

A su perro Jaime le puso Tiranosaurio. Era un perro feúcho más bien, que cuando lo recogieron de la protectora de animales estaba delgado como un cadáver y tenía cara de haberlo pasado muy mal. Su hermana Claudia, con su misión de rescatar cosas, se emperró, nunca mejor dicho, en que el animal a quedarse fuera aquel en lugar de otros en mejor estado. Como condición para dar el visto bueno, Jaime exigió que al menos el nombre se lo pusiera él y Claudia accedió, pensando que se llamaría Bravo o Bobby o algo así, cuando Jaime dijo que le llamaría Tiranosaurio ella enfureció, pero enfurecía tan a menudo que a Jaime ya le entraba por una oreja y le salía por la otra. Tiranosaurio no se parecía en absoluto a un tiranosaurio, en primer lugar era un perro tirando a pequeño y su morro era chato y, por supuesto, no tenía escamas ni comía animales vivos ni era una amenaza.

A Tiranosaurio le costó bastante adaptarse a su nuevo hogar. Al principio se quedaba en un rincón del pequeño jardín trasero y gruñía a todo lo que se acercara, solo comía cuando nadie le observaba y mostraba un miedo irracional a la correa, que el padre de Jaime y Claudia intentó ponerle en un par de ocasiones. El padre dijo que eso podría deberse a que le habían maltratado pegándole con la correa. En una ocasión, una vez que Jaime pudo empezar a acercarse al perro, descubrió que tenía algunas marcas, como de latigazos, debajo de su pelo castaño oscuro, ese pelo que nacía a clapas. Al percatarse de eso, sintió a la vez una rabia tremenda y una tristeza enorme y recordó las palabras de la chica de la protectora cuando, pensando que los niños no les oían, comentó al padre que quizá Tiranosaurio, que entonces todavía se llamaba Thor, no estaba todavía preparado para la adopción, acababa de llegar, necesitaba tiempo de observación y de cuidados. La insistencia de Claudia, que podía convertirse en alguien realmente molesto e irritante cuando actuaba así, hizo que el padre resoplara, suspirara y cediera, acordando con la cuidadora que si en un mes la adaptación no era buena, lo devolverían. Como si fuera una prenda de ropa que te viene pequeña, pero sin tique. No hizo falta devolverlo. Las primeras dos semanas fueron raras, el animal ahí en un rincón sin dejar que se le acercaran, sin poder sacarlo a pasear, haciendo sus escasas necesidades pues casi no comía, en la tierra de un parterre que dejó de estar mustio y empezó a florecer con un verde casi nuclear, suponiendo que exista el verde nuclear. La tercera semana fue casi exasperante, Tiranosaurio ya comía bien y estaba mejorando de aspecto, pero se puso más agresivo. Dijo el padre de Claudia y Jaime que quizá era porque estaba empezando a perder el miedo, cosa que era buena si se encarrilaba después a dejarse acercar y tratar, pero mala si eso le volvía agresivo e intratable; también podía ser porque Tiranosaurio tuviera un trauma del maltrato anterior y le fuera ya imposible, sin psicología canina, volver a tratar con humanos. El padre dejó claro que no se gastaría ni un duro en un psicólogo para un perro. Sin embargo, a la cuarta semana, cuando Jaime salió al pequeño jardín trasero con un plato de comida, Tiranosaurio se puso a comer sin esperar a que Jaime se fuera y, con el pulso temblando y cara de inseguridad, Jaime incluso pudo acariciarle el lomo mientras comía. Fue un alivio, devolver al perro habría supuesto aguantar a Claudia soltando constantemente que vivía en una familia que se rendía rápido y que condenaban al perro a vivir por siempre en una perrera y morir solo y desgraciado y blablablá. Claudia contaba 12 años y para Jaime era una pesadilla casi siempre, pero una pesadilla a la que estaba tan habituado que ya no le asustaba, solo le agotaba. El padre parecía vivir agotado siempre, puede que solo estuviera agotado desde que mamá aceptó la beca para ir a trabajar a un laboratorio en Bélgica, una oportunidad que ambos sabían que era única y debían aprovechar. El problema era que en principio se iba mamá sola, luego, si se le confirmaba la plaza al cabo de tres meses, iban todos. La plaza se le confirmó, pero mamá dijo que no quería que fueran y ella se quedó allí. Había pasado un mes desde que esto sucedió y entonces no había sabido la versión exacta, ahora con los 9 recién cumplidos seguía conociendo solamente la versión de Claudia y Claudia aseguraba que era eso, que mamá no quería que fueran a Bélgica. En una ocasión, en una videoconferencia, Claudia lo soltó tal que así: ¿Por qué no quería que fueran? Su madre se quedó callada y se puso a llorar y dijo que claro que quería que fueran, pero que era más complicado que eso, que lo estaban hablando y pactando con papá. Pero era mentira, ya que papá se negaba a hablar con ella, a no ser que gritar se considere hablar y llorar se considere pactar.

Una tarde de sábado, justo después de la videoconferencia con su madre, que para variar fue triste y algo violenta y mientras papá y mamá se gritaban y lloraban, Claudia, hastiada, dijo: "vamos a pasear a Tiranosaurio" y tomó la correa que criaba polvo colgada en la entrada y con mucho cuidado, pero con determinación fue hasta el perro y, aunque postrándose como si se humillara, para sorpresa de ambos, se dejó y por primera vez, pudieron salir a la calle. Su padre dejó de hablar un momento y les dijo que no fueran más allá del parque de enfrente y se perdió de nuevo en discusiones, perdiéndose también la felicidad de sus dos descendientes al ver tan feliz a su perro. El cambio que experimentó Tiranosaurio cuando percibió, y debía de necesitar mucho percibir eso pues lo hizo con una rapidez sorprendente, no tan sorprendente teniendo en cuenta que había necesitado un mes para salir por primera vez, percibió pues que aquellos dos niños no iban a usar la correa para atizarle, sino para sacarle a pasear. En un lado del parque, había un espacio habilitado como pipi-can y aunque se miraron largamente dudando de si dejar a Tiranosaurio libre o no, al final asintieron y al verse libre, el perro miró a sus dos humanos, dudó unos instantes y se puso a correr como un loco por allí, oliendo el trasero del otro par de cánidos que había esa tarde y haciendo una cantidad de piruetas y de movimientos que hicieron que tanto Jaime como Claudia como otras personas cercanas, sonrieran.

Entonces Claudia le dijo a Jaime que había estado prestando atención, y no era la primera vez, la conversación entre sus padres y creía que sabía cuál era el problema: mamá estaba bien en Bélgica, el trabajo le encantaba, los compañeros y compañeras molaban, el sueldo era estupendo; todo iba tan bien que no quería volver, tan bien que se había dado cuenta de que estaba mejor sola y, por eso, no había querido que ellos fueran allí, cuando era lo previsto. Que los fines de semana que había venido para verles le habían servido para darse cuenta de que ya no quería seguir viendo con papá, quería acabar de asentarse en Bélgica y cuando lo hiciera, que los niños fueran con ella, pero papá se negaba, quería a Claudia y a Jaime con él, así que todas esas discusiones no eran porque no mamá no quería que no fueran, sino porque ambos les querían con ellos. Jaime se quedó unos segundos en silencio, mirando a Tiranosaurio corretear, husmear, hurgar en la tierra, pasar por los tubos de plástico y las vallas de madera como si le hubieran entrenado para ello y se sintió ajeno a la alegría del can; sí, a sus nueve años entendía parte de lo que su hermana de 12 le contaba, pero algo fallaba y era que la opción de que mamá volviera para estar todos juntos o de que ellos tres se fueran para estar todos juntos, no existía. Todos juntos, esa realidad había desaparecido. El mundo se le hizo de repente mucho más grande y mucho más pequeño al mismo tiempo, experimentó por primera vez una congoja tan grande que no fue capaz de encontrarle un sitio dentro y lo buscó fuera, llorando. Claudia dejó de ser por unos instantes la hermana pesada y sabelotodo y le abrazó. Sus padres se separaban y se peleaban por ellos. Solo se le ocurrió una pregunta: ¿qué pasará con Tiranosaurio? Claudia sonrió y a Jaime le pareció que su hermana había crecido de repente, y dijo: irá donde vayamos nosotros.

Por la noche, cenando los tres humanos de la casa, después de explicarle el paseo, el padre sentenció que mañana mismo llamaría a la protectora para decirles que se quedaban a Tiranosaurio, contarles el proceso y todo eso. Se lo quedaban. Luego se puso serio y aunque no pudo evitar que se le rompiera la voz por la tristeza en algunos momentos, sobre todo cuando sus vástagos también se mostraron tristes, que papá y mamá habían decidido separarse y que, por ese motivo, no irían todos a Bélgica. Intentando romper ese momento lánguido, Claudia dijo que al menos así no tendría que aprender francés y, sumándose, Jaime dejó caer que a él le gustaba su escuela y que pensar en abandonar a sus amigos le dolía mucho. Papá sonrío, pero añadió que no estaba claro todavía qué pasaría con ellos porque, evidentemente, su madre también quería estar con ellos y lo estaban hablando. Se disculpó por las discusiones telefónicas vividas, dijo que estas cosas son difíciles y más cuando las dos partes quieren lo mismo, pero ese "lo mismo" no puede dividirse ni compartirse todo el tiempo. Aquella noche, jugaron los tres un rato con Tiranosaurio en el pequeño jardín trasero, papá propuso que podrían construirle una caseta, que ya miraría por internet cómo hacerlo a pesar de no ser nada manitas y dijo que también él querría sacarlo a pasear mañana. Estuvo pendiente de ellos hasta que se durmieron, a Jaime sobre todo le costó bastante pues le entraban unas ganas irrefrenables de llorar y eso le impedía conciliar el sueño. Cuando por fin ambos cayeron presa del cansancio, el padre se sirvió un vaso de whisky importado, salió al jardín, se sentó en la butaca de mimbre y notó el aire frío de principios de primavera. El perro, cosa que no había hecho nunca hasta ahora con él, salió de su rincón y se acurrucó a sus pies, dejándose acariciar un rato. Parecía que las clapas sin pelo empezaban a cubrirse de pelusa marrón. Cayó en la cuenta entonces, el hombre, de que había adquirido a Tiranosaurio cuando en teoría, al cabo de poco, se iban los tres a Bélgica. Habría tenido que devolver al perro, pensó, pero al acto vio que, si lo adoptó, es porque ya sabía que no se marcharía, ya sabía que existía la posibilidad de que Claudia y Jaime se fueran a Bélgica, ya sabía que, a pesar de lo contentos que él y su mujer estuvieron por la oportunidad belga, ya llevaban tiempo demorando una conversación sobre cómo iban las cosas. En lugar de hablar, ella se fue a Bélgica y él adoptó a un perro, aunque parecía que el perro les había adoptado a ellos. Cuando quiso levantarse, se dio cuenta de que Tiranosaurio dormía sobre sus pies plácidamente y le dio pereza despertarle.