El relato del mes. Febrero. Vida y muerte de Johnny Boy (antes conocido como Juan Chico). 1a Parte

20.02.2020

La psicóloga, a pesar de que los informes de sus predecesores, todos hombres, hablaban de un muchacho de tratamiento más que difícil, esperaba a Juan Chico con cierta predisposición, un reto motivador, y se había propuesto tratarlo como si no supiera nada de él y, por lo tanto, despojada de cualquier prejuicio. Por supuesto, se decía a sí misma, si ella fuera una profesional como le gustaba pensar y decirse que era, no le haría falta mentalizarse para quitarse tales prejuicios, pero no lo era y hoy su autoestima no estaba precisamente en el punto más álgido. En un cajón de su escritorio de madera y en una carpeta de su escritorio virtual, había guardado la documentación referente al niño, con los informes antes mencionados, de los tres terapeutas que habían tratado al niño durante los dos últimos años y algo más, los resultados de varios test (inteligencia, personalidad, sociabilidad), así como algunas pruebas médicas que se le practicaron para descartar que aquello que le sucedía no era debido a nada neurológico o físico (una malformación cerebral, la falta o exceso de alguna enzima, temas metabólicos). Resumiendo, no había en apariencia nada físico, su inteligencia variaba según el modelo de la prueba, pero en general era ligeramente superior a la media sin destacar y su personalidad no pudo acabar de etiquetarse; la dispersión en los diferentes resultados los invalidaba todos. El segundo de los profesionales que le trató se había atrevido a un diagnóstico inventando en el que decía que Juan Chico presentaba "huidas de la realidad" no asociadas a brotes psicóticos, habló de un desdoblamiento de la realidad. Pero la doctora en psicología María Ros se había propuesto con firmeza ignorar aquello y también lo otro y lo habría conseguido de no ser porque el niño y su padre llegaban tarde a la primera vista, con más de diez minutos de retraso. Además, al igual que justo antes de una entrevista de trabajo, una exposición oral o un examen, no podía evitar repasar lo que sabía de forma casi obsesiva antes de empezar. De haber sido puntuales, el nuevo paciente habría entrado justo después del anterior y ella no habría dispuesto de tiempo para el metódico repaso.

Cuando pasaban doce minutos de las seis de la tarde de aquel jueves de febrero, llamaron a la puerta. La administrativa que trabajaba para el gabinete formado exclusivamente por mujeres (una psiquiatra, una pedagoga, tres psicólogas, una logopeda y la misma administrativa), informó de que Juan Chico y su padre habían llegado. Ella le pidió que los hiciera pasar y esbozó una sonrisa afable y cálida ensayada cuando el niño, de 11 años y poco, entró. Se trataba de un muchacho de lo más corriente: ni demasiado bajo ni demasiado alto, ni enclenque ni fornido, de pelo castaño sutilmente largo, ojos de un verde oscuro, como un bosque al atardecer, piel ni muy pálida ni morena, vestido con un jersey negro con tres rayas horizontales (de arriba abajo: roja, naranja, amarilla), la cartera escolar con motivos de un videojuego de moda colgada a la espalda, un anorak color vino tinto sostenido en el brazo izquierdo, unos tejanos azules y lo que más destacaba, unas bambas azul cielo. Su rostro reflejaba con claridad que acudía a la consulta por obligación y que, aunque no era el peor plan del mundo, hubiera preferido estar en otra parte. Se miraron un instante, el chico no evadía la mirada directa pero tampoco la sostenía en modo desafiante, ambas cosas buena señal, y María Ros pensó que era un niño considerablemente guapo al que restaba belleza la actitud general de apatía en alguien aún tan joven, ni siquiera adolescente. Tras él apareció su padre, un hombre también corriente, treinta y muchos, metro ochenta, ni delgado ni grueso, pelo castaño claro que raleaba, barba corta poco cuidada, gafas de pasta, vestido con una chaqueta negra sobre una sudadera gris oscuro, tejanos azules viejos, zapatos negros. El padre de Juan y su madre se habían separado hacía un par de años y, uno después, la madre se fue a vivir a otra ciudad, dejando a los dos hermanos que era a cargo del padre casi por completo. Según la escuela aquí es cuando empezaron esas desconexiones de Juan que el otro terapeuta llamaba huidas de la realidad, sin embargo, había una anotación de una tutora que decía que ya venían de antes.

El hombre sonrió a María y se disculpó por el retraso, no dio explicaciones, animó a Juan a pasar y saludar. Presentaciones formales. María expuso que como primera visita le gustaría que estuvieran primero los dos y luego se quedaría a solas con el más joven. El padre miró el reloj de pulsera, también negro, puso cara de no gustarle mucho la idea, pero dijo que de acuerdo y se sentó en el sofá de dos plazas, situado frente a la butaca de la doctora, y el niño se sentó a su lado. La especialista en psicología infantil se sentó frente a ellos, cruzó las piernas cubiertas por un pantalón ancho color gris claro, se arregló un poco la camisa de blanco roto, y movió en un gesto nervioso el pie que reposaba en alto, en el que había un zapato de talón bajo negro sobre unas medias semitransparentes también negras que enseñaban sus tobillos. María Ros era una mujer de treinta y tantos, delgada, no llegaba al metro setenta, pelo rubio oscuro lacio, media melena, de ojos claros y piel tirando a pálida.

-Debes de estar cansado de tantos psicólogos y psicólogas, ¿verdad? -preguntó ella para empezar a conocerse.

Juan encogió los hombros y miró el despacho, sobrio, una biblioteca llena solo en dos terceras partes con volúmenes de psicología, psiquiatría, medicina, antropología y sociología, un estante con carpetas repletas de modelos de test y pruebas varias, algún objeto decorativo; en las paredes dos cuadros, un rompecabezas enmarcado, una ventana que tenía vistas al barrio y por el que entraba ya poca luz de la tarde. Sobre el escritorio de madera un portafolios, un bote con bolígrafos y lápices, una caja de pañuelos de papel, una grapadora, un teléfono y un ordenador con el monitor apagado al lado de un flexo sin encender. La luz interior provenía de una lámpara de pie grande cerca de la mesa y de una lámpara de suelo alta situada en la esquina entre el sofá y la butaca. A parte del sofá y la butaca, había otra butaca idéntica, y con el escritorio dos sillas para visitantes y una silla ergonómica para la principal usuaria del despacho. Después de recorrer con los ojos todo el escenario, Juan volvió a centrar su vista en los ojos de su interlocutora. El padre explicó que sí, que el chaval estaba cansado de los psicólogos, pero entendía que era necesario y que, con tantos cambios, volver a empezar era lo que más molestaba, otra vez.

-Tengo entendido que juegas al hockey, sobre patines -comentó ella.

-Sí -respondió el chico secamente, volviendo a encoger los hombros.

-Juega en el equipo del barrio -añadió el padre y María supo en seguida que se trataba de uno de aquellos padres demasiado protectores, que temen estar haciendo más mal que bien al hijo trayéndole allí y que seguramente padecía de alguna inseguridad por la cual quería quedar bien con ella y con todo el mundo-. Es bastante bueno y le gusta mucho. ¿Verdad que sí? -añadió dirigiéndose a su hijo.

-Sí -respondió él, con el mismo tono que antes.

Viendo que así avanzarían poco, María les explicó cómo funcionaban sus sesiones. El padre daba la sensación de que escuchaba atentamente a la vez que valoraba a María, el chico la miraba a ella solo si ella le miraba primero a él, si no, desviaba su atención al resto del despacho o jugaba con la cremallera del anorak que reposaba sobre su falda ahora. Al cabo de escasos minutos, le pidió al padre que saliera y sugirió que podía esperar fuera o ir a tomar un café, que en cuarenta minutos saldrían. Por suerte era la última visita de la tarde así que podría compensar los minutos de retraso, pero solo por aquella vez. El padre salió y terapeuta y paciente se quedaron solos y en silencio durante un rato. Luego ella se levantó, le pidió al chico la chaqueta y la mochila y colgó lo primero detrás de la puerta, dónde había un colgador, dejando lo segundo a un lado del sofá. Volvió a sentarse. Ahora sí, Juan la miraba con atención.

-¿Por qué crees que estás aquí, Juan?

El niño se encogió de hombros, sin dejar de mirarla. El pelo que se estaba dejando largo le caía en dos mechas por encima de la frente y una de ellas parecía jugar con la amenaza de colársele en el ojo izquierdo. Estaba sentado con las piernas abiertas, el tobillo derecho torcido, la mano derecha sobre el reposabrazos del sofá, repiqueteaba los dedos, la otra mano buscaba algo de lo que ocuparse y encontró la cremallera de la funda del cojín del sofá sobre el que estaba sentado.

-¿Por qué vas a hockey? -preguntó, probando de dar un rodeo.

-No sé -respondió el chico-, porque me gusta.

-Entonces sí sabes por qué vas.

-Sí, supongo.

Era curioso, pensó la doctora en psicología, como el niño mostraba claros indicios de querer irse (el repicar de los dedos sobre el reposabrazos, mover nerviosamente la pierna derecha, jugar con la cremallera) al tiempo que una predisposición a quedarse (mirar a los ojos, el tronco inmóvil, la cabeza quieta).

-¿De qué juegas?

-De defensa.

-No sé demasiado de hockey, a parte de evitar que el otro equipo marque goles, ¿en qué consiste tu tarea sobre la pista, qué instrucciones tienes?

-Suelo quedarme atrás cuando los demás atacan, en el medio campo o así, por si perdemos el puck. Entonces retrocedo y cubro al portero. Si consigo recuperar el puck o lo recupera otro y me lo pasan, empiezo a construir el ataque pasando por detrás de la portería y buscando a los delanteros para pasársela.

-¿Nunca subes al ataque?

-Sí, a veces. Cuando es un contraataque o puedo salir con el puck controlado.

-¿Y qué te gusta más, defender o atacar?

-Defender está bien.

-No te he preguntado eso.

Juan, que daba la impresión de haber perdido algo de tensión y empezar a estar más relajado, volvió a tensarse. María entendió que el chico estaba a la defensiva y se preguntó si tenía razón el padre cuando, por teléfono, dijo que su hijo saltaba enseguida como si le estuvieran atacando, no se le podía decir casi nada. Volvió a desviar la mirada, mala señal. Tuviera, el padre, razón o no, saber el porqué de esa tensión sería una de las faenas a resolver. Entonces el chico conectó de nuevo con los ojos de la mujer.

-De defensa -dijo.

-¿Son tus compañeros de equipo los que te llaman Johnny Boy?

Juan sonrió por primera vez, luego se corrigió como si temiera que la sonrisa se le escapara.

-Martina fue la primera, luego ya todos, incluso los entrenadores.

-¿Es una chica de tu equipo?

-Sí, es un equipo mixto. Son mixtos hasta juveniles, entonces se separa a los chicos de las chicas.

-¿Te gusta que te llamen así?

-Sí, supongo -contestó, y con la respuesta regresó su encogimiento de hombros-. Me gusta porque como me llamo Juan Chico, Chico en inglés es Boy y Juan chico es un Juan pequeñito, o sea, Juanito, y de ahí Johnny, que es Juanito en inglés, también. Empezó a llamarme así un partido en que ella y yo estábamos en el banquillo y nos reímos.

Sonrió otra vez, en esta ocasión ya no se corrigió. María creía haber encontrado el punto de acceso, o al menos una grieta. El apodo de Johnny Boy era algo nuevo con que los psicólogos anteriores no podían contar. A primera vista, Ros se dio cuenta de que, de no ser por los informes que había recibido, en este instante ya habría decidido que Juan era un niño sin necesidad alguna de asistir a terapia, sin embargo, conocía los informes y por lo tanto el conocimiento previo y las conclusiones extraídas de él, es decir, los prejuicios, se estaban posicionando.

-Me gustaría que me dijeras qué opinas de venir aquí, a hablar conmigo.

-Acabamos de empezar, no lo sé.

-Creo que me has entendido, Juan.

Desvío de mirada, posición defensiva. Ahora sus ojos de verde oscuro habían caído sobre los zapatos azul claro. Sin levantar la vista y en voz queda, Juan respondió.

-Porque dicen que hay momentos en que desconecto y creen que me pasa algo en la cabeza.

En aquel momento, con esa respuesta, Juan había dejado de ser el chico que sabe que pronto será adolescente para regresar al niño que quedaba dentro de él y que tardaría aún un tiempo en marcharse.

-¿Quién lo dice?

-¿Qué?

El muchacho lloraba. Se estaba aguantando las lágrimas tanto como podía, debían incluso de dolerle los ojos y ese "qué" había sido solo para ganar tiempo.

-Sentirse mal por esto no es nada malo, Juan, puedes...

-¡Sí, ya lo sé! -gritó, cogiendo a María por sorpresa-. Todo el mundo dice que llorar y sentirse mal no es malo y que hay que sacar lo que se lleva dentro y todo eso, ¿vale? Ya me lo sé, qué pesados. ¿Por qué todo el mundo dice siempre lo mismo?

María se quedó en silencio, en parte porque no sabía qué decir en ese preciso momento y era ella quien necesitaba ganar tiempo, en parte porque ahora Juan lloraba, en silencio y en continua lucha para evitarlo, pero quedaba patente que necesitaba hacerlo y la única forma de acompañar ese llanto era o en silencio o con un abrazo, y adivinó que al no tenerse confianza, viendo cómo de cerrado era el chico, el abrazo no sería bien recibido, sería una invasión de su espacio, un espacio en el que no quería estar. La Doctora Ros, activada su máscara de psicóloga que no puede dejarse afectar por las emociones de los niños a los que atendía, máscara que tanto le costó fabricarse, aprovechó esos instantes para pensar en otra vía de acción, estaba claro que con Juan las vías se agotaban rápidamente, él mismo ponía barreras a todas las que se le ofrecían. O eso era lo que los minutos de primera entrevista le estaban haciendo intuir. ¿Era eso o haber leído los informes de sus predecesores? No, ella era buena en su trabajo, lo habría visto con tal rapidez igualmente. O quizá no tanta, pero lo habría visto. Alargó el brazo para tomar de encima de su escritorio una caja de pañuelos de papel y la dejó con delicadeza en el antebrazo del sofá. Juan no tardó ni un segundo en coger uno y sonarse. Tomó otro también. El silencio se impuso entonces unos minutos, él con la vista bajada, ella mirándole sin querer intimidar o incomodar. ¿Pero cómo puede no incomodar a un niño tener a un adulto fijando su mirada en él cuando llora? Cuando hubo pasado un rato, María considero que tenía que reprender la conversación dónde la habían dejado.

-¿Quién te lo dice, Juan?

-Mi padre, algunos profesores y los psicólogos de antes, y tú.

-Las mismas personas que insisten en que llorar es bueno.

-Sí.

María regresó al silencio. Le dejó algo más de tiempo, ella ya no lo necesitaba. El niño cogió otro pañuelo, ya no lloraba, había logrado retener lo que con toda seguridad solo conseguía salir asomando apenas la nariz.

-Llevamos la mitad del tiempo, Juan, pero te ofrezco que, si vuelves otro día, hoy lo podemos dejar aquí.

-No quiero que mi padre vea que he llorado.

Tate, pensó María.

-¿Quieres que continuemos o solo esperar un poco?

-Esperar un poco.

Y así fue como pasaron los últimos cinco minutos de aquella primera sesión, que duró dos tercios de lo previsto. María le ofreció a Juan lavarse la cara en el lavabo que había en su despacho, él aceptó, se lavó, se arregló con las manos el pelo castaño sutilmente largo, empezaba a presumir de su aspecto. Luego se puso el anorak en silencio, luego la mochila, miró a María.

-Nos vemos la semana que viene, ¿de acuerdo, Juan?

-Sí -dijo, más por obligación que por convicción.

Ella le abrió la puerta, el padre estaba sentado en la sala de espera leyendo un libro y puso cara de relativa sorpresa al ver a su hijo salir tan pronto. Preguntó si había pasado algo, ella dijo que hoy habían acordado acabar un poco antes, solo se estaban conociendo, el chico no dijo nada, pero antes de desaparecer por la puerta, se giró e hizo un tímido gesto de adiós con la mano. María esbozó una sonrisa amable, cerró la puerta y se puso a recoger para irse a su casa.