El relato del mes. Junio. Vengo a identificar un cadáver.

03.07.2020

Son casi les cuatro de la madrugada cuando se despierta, sobresaltado. No recuerda qué sueño ha tenido ni si ha tenido alguno, pero en un momento determinado de la fase de sueño sy memoria le ha enviado una señal de alarma: tiene que ir al depósito para identificar a un cadáver. ¿Cómo puede ser, se pregunta mientras se da cuenta que se ha dormido vestido, cosa que detesta, que se haya olvidado de una tarea tan importante? ¿Cómo es que se durmió vestido? ¿Cómo llegó a casa? Tantos vacíos en sus recuerdos le provocan angustia, la misma que siente cuando el día termina y le queda la sensación de que ha sido un día perdido, si es posible que los días se pierdan atendiendo que los otros días no se encuentran, simplemente llegan. Se lava la cara y las manos en el pequeño lavabo de la habitación y la prisa para hacer algo que ya debería haber hecho le hace no cambiarse de ropa, tampoco huele mal ni se ve sucia, ya volverá después a ducharse. No recuerda dónde tiene aparcado el coche, tampoco, y como por mucho que se empeñe no es capaz de recuperar un dato tan simple y cotidiano como ese, decide que tomará el autobús nocturno que, de hecho, le deja prácticamente delante del depósito.

Solamente necesita esperarse unos minutos, durante los que maldice haber salido con prisas y haberse olvidado el paquete de tabaco en casa. Sube al transporte público que solo está ocupado por una pareja joven que no para de besarse o, mejor dicho, es el chico quien busca los besos de una chica que parece un poco desconectada del mundo que la envuelve, debe de haber bebido demasiado o está bajo los efectos de alguna droga blanda o, quizá, el sueño la invade y ya no puede procesar información con suficiente rapidez. También hay un hombre que parece que regrese de trabajar en el peor sitio del planeta. Conduce una mujer que tampoco pone cara de estar pasándolo demasiado bien. Se sienta en uno de los asientos individuales frente a un cartel que anuncia una crema hidratante aplicada sobre la piel de una chica con una piel que para nada necesita aplicarse crema hidratante. La ciudad circula a su lado como si fueran dos desconocidos o como si el autobús fuera un glóbulo rojo que se limita a recorrer las venas en un trayecto rutinario, deteniéndose de vez en cuando para comprobar alguna herida, dejando ir un par de anticuerpos o recogiendo a otros. Él es un anticuerpo viajando en un glóbulo rojo. No sabe si los anticuerpos se encuentran dentro de los glóbulos rojos, es posible que no, lo más seguro es que no. La cantidad de cosas que una persona no sabe asfixia las pocas que sí sabe. Después está todo lo que imaginas.

El autobús se detiene frente la comisaría de policía, a dos esquinas está el depósito. No son ni las cinco y la oscuridad lo ilumina todo con el permiso de las farolas que destiñen el negro. Vuelve a maldecir haberse olvidado el tabaco. No sale humo de las cloacas como en las películas de detectives y él tampoco es un detective, él se dedica a escribir para otras personas, a llenar de contenido páginas web y artículos, discursos y anuncios. También ha publicado un par de novelas con seudónimo, nadie de su entorno lo sabe, se han vendido poco, la mayoría de ejemplares se pudren en almacenes de librerías de barrio. Siguiendo una intuición, se salta la comisaría y va directo al depósito, donde encuentra una puerta grande de color blanco, de doble batiente, en apariencia cerrada hasta que antes de llamar al timbre la empuja y ésta se abre, sin chirriar, sin ningún misterio. Entra. Hay un pasadizo largo y mal alumbrado, sus pasos le resuenan, al fondo se encuentra otra puerta, con ventanillas de cristal, que también cede fácilmente a la presión ejercida por su brazo cubierto con la chaqueta de entre temporadas. Ahora se halla en otra sala, más amplia y corta, con diferentes puertas con carteles indicativos. Por una que está abierta ve una serie de neveras cerradas, cromadas, y un par de camillas, una de las cuales está ocupada por un cuerpo inerte. Aquí es. Entra después de llamar con los nudillos, hay un chico muy joven con mascarilla, gafas, bata, guantes, trasteando en un rincón. Gabriel, pues así se llama él, da unos pasos hacia la camilla. Dice "Hola, vengo a identificar un cadáver", el chico ni se inmuta. Repite el saludo gritando más, sin efecto. Algo en el cuerpo muerto sobre la camilla de acero le reclama, de repente se siente atraído morbosamente por la necesidad de ver el cadáver. El único muerto al que ha visto fue su padre, minutos después de diñarla en aquel hospital sin presupuesto, cercano al mar. Decidió fenecer durante los diez minutos durante los que él iba a buscar un café y fumarse un cigarrillo. De golpe su padre era un espectro descolorido, con la boca medio abierta y los ojos cerrados, había dejado de ser una persona para pasar a ser un cadáver i el efecto de la visión le impactó tanto que necesita recurrir a las fotografías para recordar-lo vivo, con la memoria y la imaginación no puede hacerlo. Qué pena. En voz no muy alta pregunta al chico atareado si "¿le importa que...", pero como no responde Gabriel se acerca lentamente a la camilla, casi puede oír la banda sonora de intriga, de esas que te avisan de que te llevarás un buen susto y te agarres fuerte al reposabrazos de tu butaca. El cuerpo no está cubierto por ninguna sábana, está desnudo y la única pieza que lleva es una etiqueta atada al dedo gordo del pie izquierdo a juego con la pulsera blanca en la muñeca derecha. Le resulta tan familiar. Debe de medir metro noventa, con ligero sobrepeso, pelo en el pecho, brazos fuertes. Ha dejado el rostro para el final, pero incluso antes de mirarlo ya sabe de quién se trata. ¿Cómo es posible?, se pregunta, no lo entiendo, se dice. Sube los ojos hasta la barbilla poco prominente, los labios gruesos que han perdido el color y parecen más cortados que cuando estaba vivo, las mejillas algo chupadas ahora, la nariz de bola engrandecido por aquella sensación de delgadez de los cuerpos muertos, y los ojos cerrados. Si no lo estuvieran serían grises cuando antes habían sido verdes, un verde intenso en verano y apagado en invierno. Se lleva una mano a la boca por reacción instintiva, da unos pasos hacia atrás en reacción de supervivencia.

El cuerpo que yace difunto es el suyo. Se trata de él. Gabriel se marea, tiene ganas de vomitar pero no puede, las arcadas le golpean la garganta y le contraen el estómago. Se gira hacia el trabajador del depósito que acarrea en sus manos una bandeja con instrumentos quirúrgicos. El chico no le ve, camina hacia el cadáver, atraviesa al invitado que no entiende nada como si no estuviera. La sensación que le atravieses es como si le hubieran tirado un vaso de agua helado por encima. El médico o aspirante a médico forense deja la bandeja a los pies del cadáver, alarga la mano para hacer bajar una luz que enciende y cuatro focos le permiten ver cada uno de los detalles del muerto, aprieta un botón y empieza a hablar: barón, unos 40 0 45 años, caucásico... Presa del pánico y la impotencia, Gabriel se dirige al muchacho e intenta cogerlo por los hombros, pero no puede, sus manos solo cogen el aire algo espeso, de tacto gelatinoso. ¿Quién es el fantasma? 190 centímetros de altura, 88'7 kilos de peso... Gabriel, con voz temblorosa pregunta "¿Cómo muerto? ¿Cuándo?" El forense sigue hablando en voz alta, dando detalles del cadáver: cabello rubio oscuro abundante, uñas normales en extremidades inferiores y superiores... "¿Qué me ha pasado?", grita el fantasma. Entonces el chico se detiene y mira a banda y banda y luego sigue: No se aprecian símbolos de violencia en la parte frontal del cuerpo ni de la cabeza... "¡Dime cómo he muerto!", chilla fuera de sí el espectro y el muchacho vuelve a detenerse, mira a su alrededor y responde al aire, también con voz temblorosa: "Asesinado, de un golpe en la cabeza, la policía duda si homicidio o con premeditación. ¿Lo ha dicho porque le ha oído o sigue formando parte de su discurso gravado? Lentamente el médico hace girar el cuerpo, pesa mucho, lo inclina de lado 90 grados y ahora se puede apreciar, con claridad, una parte hendida del cráneo, el cerebro expuesto, restos de sangre y cabellos mezcladas. Un solo golpe en la cabeza, mortal.

Gabriel no sabe si llorar o gritar o golpear cosas. Todo él está temblando, le cuesta respirar. ¿Respira? Sí, respira, o al menos hace el acto de tomar y dejar ir el aire. Todo da vueltas, se vuelve confuso y borroso mientras camina apoyándose en las paredes del largo pasillo, sale al exterior y la brisa del otoño le susurra al oído: estás muerto, Gabriel, estás muerto. ¿Quién-cómo-cuándo-por qué?