El relato del mes. Marzo. 02:48 o el tiempo que pasa cuando no pasa el tiempo.

06.03.2020

El beso

Ya de pequeño le sucedían cosas raras. En algunas ocasiones, si cerraba con fuerza los ojos y repetía muchas veces que deseaba que algo pasara muy deprisa, el tiempo se aceleraba. En otras, si pensaba justo lo contrario, que el tiempo se detuviera, concentrándose también lo conseguía. El efecto duraba solo unos segundos, quizá ni siquiera tanto, pero de habérselo contado a alguien, lo habría jurado y rejurado sobre la Biblia o sobre su libro favorito. Una vez se lo dijo a su madre: mamá, puedo hacer que el tiempo vaya más rápido, más lento o que se pare, mira. Y cerró los ojos y se concentró, pero no ocurrió nada. Ella le sonrió, con esa sonrisa triste que ya tenía entonces o que quizá tuvo más adelante, pero él se la ha puesto ya en todos los recuerdos, y dijo que le gustaba que tuviera tanta imaginación, siempre y cuando luego tocara con los pies en el suelo. A partir del momento en que lo contó no volvió a sucederle, por eso guardó el secreto para sí mismo, por eso dejó de concentrarse, no servía de nada. Hasta unos días antes de cumplir los quince años.

En el instituto Julián no era ni el típico chico popular ni el típico al que acosan, tampoco era del grupo de los guays ni del grupo de los freaks, aunque a él los freaks le parecían más guays que los guays, ya que estos últimos resultaban un cliché. Era un chico que pasaba bastante desapercibido sin pasar desapercibido: tenía suficientes amigos para no quedarse solo, insuficientes para pasarse el día saludando a todos; de tendencia heterosexual, salió con una chica en primero de secundaria durante unos meses y con otra durante unas semanas a principios de segundo, gustaba a suficientes chicas como para tener una buena autoestima en ese aspecto, pero insuficientes para volverse un engreído. Sacaba notas suficientemente altas para tener contentos a padres y profesores, pero insuficientes para ser un empollón. Se limitaba a estar siempre un poco por encima de la media. Hasta que faltaban pocos días para su quinceavo aniversario. Era en apariencia un día cualquiera de principios de marzo, de no ser por el viento se estaría bien al sol, pero el aire correteaba con energía y era frío, se colaba por el cuello de su chaqueta favorita y le erizaba la piel. Julián se encontraba en la hora del recreo entre clases, tumbado en el césped sucio y dejado del patio del instituto, junto a un grupo de amistades y de gente conocida, charlando de nada, riéndose de todo. La chica que le gustaba salió del gimnasio con un grupo de amigas, iba a la otra clase de tercero, él estaba en la A y ella, Mónica, en la B. A parte de esa chica, tenía un amor platónico por la profesora de francés, que le recordaba bastante a una actriz francesa; de hecho, eligió francés como optativa precisamente por la profesora, pero eso solamente lo sabía él, pues desde que al contar que podía detener el tiempo nunca había vuelto a pasar ya no contaba nada. Sus amigos decían que Julián era hermético, sus novias, por llamarlas de alguna manera, le consideraron frío, su madre decía que era un chico difícil, su padre no decía nada. Mónica se detuvo a hablar con uno de cuarto con el que llevaba cierto tiempo tonteando, flirtearon allí en el patio y en un momento, se dispusieron a besarse por primera vez. Él pensó: por favor, que no se besen, soy yo quién debería estar allí. Entonces el tiempo volvió a detenerse.

Por unos instantes Julián pensó que aquello duraría, precisamente, solo unos instantes, como cuando era pequeño. Todo se quedó estático. No había viento, una hoja soltada de un árbol se sostenía en el aire si caerse, un pájaro se mantenía como en una foto entre la copa de ese árbol y la siguiente, las alas a medio extender. Solo él se movía. Si no fuera porque eso ya le había sucedido años atrás, no de forma tan espectacular, pero era algo conocido y, sobre todo, muy deseado, el tiempo que tardó, si es que se puede decir así atendiendo a que el tiempo se había parado, en reaccionar fue relativamente corto y no se distrajo mucho, tenía el temor de que en cualquier instante todo volvería a moverse y quizá nunca más volviera a sucederle. Así que hizo lo que su mente había ideado mientras deseaba que la chica de tercero B que le gustaba y el de cuarto, cuyo nombre desconocía, no se besaran. Se levantó del césped, caminó hacia la pareja quieta, desplazó al otro chico moviéndolo con cuidado (era como una estatua blanda, una sensación muy extraña), poniéndolo de espaldas a él y a Mónica y puso sus labios sobre los de ella, deseando que ahora sí, el tiempo volviera a correr. Y corrió. Notó el calor del beso, la mano de ella en su nuca, la de Julián rodeándole la cintura. Entonces oyó: "pero ¿qué...?", era el chico de cuarto, sorprendido al encontrarse mirando hacia otro lado justo en un momento tan importante. Mónica y Julián se separaron, se conocían desde que en primero habían ido juntos a clase, luego dividieron grupos, al verse se saludaban, habían hablado algunas veces, él la buscaba a menudo y percibía que ella no le rechazaba nunca, algún día caminaban arrimados hacia sus respectivas casas y charlaban a solas. La chica se quedó perpleja un momento, había sido un muy buen beso, pero ver la cara de Julián allí en lugar de la del chico de cuarto la descolocó, mucho. Entonces Julián pensó: ahora. Y el tiempo volvió a detenerse. En esta pausa sí tardó más en reaccionar, lo había conseguido. Había detenido el tiempo dos veces consecutivas en escasos minutos a voluntad, sin un esfuerzo de concentración grande y costoso como antes y no solamente por escasos fragmentos de tiempo, sino, quizá, hasta que él quisiera que se reanudara de nuevo. Después le entró el pánico, las figuras humanas totalmente estáticas, la cara de sorpresa de Mónica, el tipo de cuarto con expresión de no entender nada aún de espaldas: iba a besar a la chica y ahora delante de él no había nadie, el pájaro ya no estaba, pero una bolsa de plástico perduraba a medio metro del suelo. No puedo detenerme a contemplar este espectáculo aquí, se dijo. Julián volvió a girar el cuerpo del chico del curso superior, poniéndolo justo frente a la desconcertada Mónica, corrió hasta el césped y se tumbó exactamente como recordaba estar tumbado antes del suceso y pensó: todo vuelve a estar en su sitio.

El tiempo se reanudó como si nada hubiera sucedido, pero había sucedido mucho. Julián observó a la pareja. El chico dijo: "¿qué ha pasado?", refiriéndose a que durante unos segundos estuvo dónde no tenía que estar; ella, manifiestamente turbada, dijo: "no... no lo sé", refiriéndose a que había besado a Julián y no al otro, pero pensaba que había besado al otro deseando estar besando a Julián. O eso creía Julián. La chica se separó, el otro seguía preguntando que qué había pasado, ella dijo, aunque Julián no lo oyó, pero si lo imaginó, que lo sentía, que se había equivocado, que mejor dejar las cosas como estaban y no ir más allá. Él se molestó con eso, pero estaba tan perplejo por lo que le acababa de suceder que no le salieron réplicas, solo algún gemido incomprensible. Mónica caminó deprisa en dirección al instituto, se detuvo, buscó con la mirada a Julián, se encontraron, Julián bajó la mirada, ella se quedó un rato corto allí, mirándole, y siguió su camino.

Cuando los demás regresaron a clase, Julián arguyó que tenía que ir al baño, pero lo que hizo fue coger su mochila y salir del instituto saltando con agilidad, pues era ágil, la valla del patio trasero, la más baja de todas. Caminó en un estado de euforia y nervios por las calles del pueblo hasta que llegó a su casa, no había nadie. Su madre trabajaba y su padre también. Abrió la nevera, se tomó un vaso de cola e intentó calmarse. Cafeína para calmarse, eres un crac, se dijo. Se sentó en una de las sillas del comedor y le vino una sonrisa producto de la mezcla de placer y de culpabilidad por lo sucedido. El beso con Mónica seguía anclado en sus labios, que todavía vibraban. Y podía detener el tiempo. Así pues, no era imaginación de un niño díscolo y con ausencias, era real. O sus ausencias de repente habían adquirido un aire dramático, eso también era posible. Estaba histérico. De su estómago salía un movimiento de espiral creciente que le provocaba náuseas, le temblaba el pulso como si estuviera enfermo y sentía unas ganas irresistibles de chillar, de saltar, de reírse, de golpear cosas, de correr hasta quedar exhausto. Al levantarse tumbó el jarrón con la planta de interior de encima de la mesa, que se tambaleó antes de precipitarse mesa abajo. Julián pensó: no. Y el jarrón quedó suspendido en el aire. Unas gotas de agua se separaban del tallo y flotaban, sin moverse ni un milímetro. Instintivamente Julián pulsó el cronómetro de su reloj de pulsera, fue al sofá, tomó un cojín y lo puso en el sitio en el que debería haber caído el jarrón. Podía coger cosas y personas, moverlas, apretarlas y soltarlas, pero el mundo se había parado. El reloj sobre la nevera estaba quieto, pero el cronómetro funcionaba. ¿Cómo era posible? Se sentó y contempló con detenimiento la escena: las dos gotas de agua, la planta, el jarrón. Pasaron 30 segundos, tendría que añadirle los que tardó en pulsar el cronómetro, quizá cinco o seis. ¿Cuánto había durado el beso con Mónica? ¿Un segundo, un minuto, mil horas? Ella en clase, quizá matemáticas o inglés o medio social, todavía preguntándose qué es lo que había sucedido. Él aquí, en su casa. Le vino a la cabeza que quizá el tiempo no se había detenido en todas partes, quizá solamente se detenía cerca de dónde estaba él, pero eso no tenía sentido, sería una paradoja demasiado grande. Un minuto y dos segundos, el jarrón cayó sobre el cojín. Él estaba pensando en Mónica, quizá si no estaba concentrado en aquello el poder, don o lo que fuera dejaba de actuar. Puso el jarrón en su sitio. Lanzó el cojín al aire y pensó: no te caigas. Sin embargo, el objeto compuesto de algodón y plumas continuó bajando hasta tocar el suelo. Se le ocurrió que probablemente tenía que estar a punto de pasar algo perjudicial, como lo era el beso entre Mónica y el de cuarto o que el jarrón se rompiera. Intentó calmarse, seguía tan nervioso que pensaba que todo estallaría. Tomó el jarrón y lo dejó caer, pensando: no te caigas. El jarrón cayó sobre el cojín de nuevo, un poco de tierra se desparramó por el parquet.

Lo intentó varias veces a lo largo de la mañana, sin éxito. Se enfadó por no saber qué estaba haciendo mal ahora, se le ocurrieron mil opciones y puso en práctica las menos arriesgadas, no lo logró en ninguna. Frustrado, sacó de la nevera la fiambrera con ensalada de pasta y se puso a comer. Luego subió a su habitación, hizo los deberes que debía entregar mañana y mató la tarde buscando información por las redes sobre detener el tiempo. Había cómics, series, películas en las que se explicaba esto, pero no había casos reales, nada creíble. Antes estaba excitado por haberlo hecho, ahora por no poder o no saber cómo volver a hacerlo. Decidió salir a correr, se vistió de deporte, se puso los cascos, hizo estiramientos y empezó a trotar calle abajo, en dirección al paseo marítimo. Su cabeza no escuchaba la música que sonaba por los cascos conectados al móvil, su mente no se dedicaba a ordenar una respiración acorde con el ritmo y la velocidad que llevaba ni a precaverlo que había comido no hacía mucho, que se moderase. Enfiló el paseo dirección oeste, el sol declinaba. Sorteó a caminantes y paseantes, le adelantaron ciclistas y personas en patinete eléctrico, esquivó perros y charcos. Su mente no estaba allí, por eso no se dio cuenta de que estaba recibiendo un alud de mensajes. Corría desde que en ningún otro deporte destacaba: había probado el judo, la natación, el baloncesto. Nada. Su padre salía a correr y le animó a hacerlo con él, desde entonces era aficionado a la insensatez de correr sin prisa ni destino, pero le reconfortaba, le hacía sentir bien, mientras corría pensaba mejor que nunca. Al llegar al final del paseo, seis quilómetros después, se detuvo. Respiró con dificultad, se ahogaba al no haber encontrado un ritmo propicio y constante. Apoyó su mano a la enorme roca agujereada, famosa, que separaba la playa no nudista de la nudista. Era raro ver a alguien tan joven corriendo, la mayoría eran adultos. Vio a las gaviotas descender y hurgar en la arena, el sol se ponía tras la roca y formaba largas sombras, las pocas nubes del atardecer se teñían de tonos anaranjados y rosáceos. Eran las seis y media de la tarde, cuando consiguió regular su respiración, hizo unos cuantos ejercicios de tonificación (abdominales, lumbares, flexiones, oblicuas) y se dispuso a volver a casa cuando miró el teléfono para descartar la canción que ahora sonaba y vio los mensajes: su padre, que le habían llamado del instituto porque se había ido después del recreo; su madre, por lo mismo, que dónde estaba; dos amigos de clase, uno reprochándole no avisar que se largaba y el otro diciendo que se había hablado de él por su fuga, que qué risas; y Mónica. Un mensaje de Mónica. Hola, me gustaría hablar contigo. ¿Puedes mañana por la mañana? Claro, respondió él, y preguntó si en la roca agujereada sobre las 12 del mediodía le iría bien. Ella contestó al acto solo con un emoticono del pulgar levantado. OK. Julián eligió una canción de adrenalina pura y regresó a un ritmo más alto corriendo por el paseo marítimo. En todo el día, no pudo volver a detener el tiempo.

No mientas

Su padre le increpó un poco, pero no mucho, no fuera a malgastar el tiempo con eso, sobre su salto de las clases después del patio. Su madre fue más contundente, no fuera a perder autoridad y Julián les prometió, ya duchado y durante la cena, que no volvería a saltarse las clases. De castigo, en aquella cena poco habitual de todos juntos, sus padres acordaron, también algo poco frecuente, que se quedaba sin salir mañana. Ante esto, temiendo por su encuentro con Mónica, les pidió que le dejaran irse un rato al mediodía a cambio de quedarse sin consola de juegos toda la semana. Sorprendidos, aceptaron. Su hermano pequeño, se reía repitiendo: el Juli no va al cole. Era un niño raro, su hermano, no raro en plan positivo, sino raro en plan raro, pensaba el mayor. Cuando se fue a dormir, intentó de nuevo que el tiempo se detuviera jugando con una pelota de tenis, pero no sucedió nada. A pesar de estar convencido que no conseguiría conciliar el sueño, el esfuerzo físico de correr tanto y las emociones del día pasaron factura y a los pocos segundos de cerrar los párpados, se durmió.

El sábado, a las doce menos veinte, después de un desayuno copioso y de entregar la consola a su madre, que la guardó en su habitación, Julián salió de casa con su bicicleta, que solamente usaba de vez en cuando y a la que convenía un engrasado de cadena y una revisión de frenos. Llegó a la Roca Agujereada con unos minutos de margen, pero Mónica ya estaba allí, sentada con los brazos rodeando las rodillas, cubiertas por unos tejanos descoloridos. Su pelo rubio por las puntas y oscuro en su nacimiento ondulaba por el viento que insistía, un día más, en enfriarlo todo. Apenas algunas nubes blancas surcaban el cielo como veleros en el mar, que se agitaba formando olas más altas de lo habitual que chocaban con la roca y salpicaban, llenando muchos de los agujeros pequeños que le daban nombre, si es que no le daba nombre el agujero grande de en medio, por el que podían pasar varias personas a la vez. Escaló hasta la cima y se sentó junto a la chica, le dijo hola, pero en lugar de darse dos besos de saludo, como hacían siempre que quedaban, ella siguió mirando al horizonte sin apenas moverse. Julián la imitó, pensó que debería haberse puesto el anorak porque con la chaqueta tenía frío. Notó la mirada de ella sobre su rostro, pero no se giró.

-Hace tiempo que no quedábamos a solas -soltó él entonces.

-Desde verano -respondió ella, con su voz rota.

Volvieron a su silencio que en realidad no se había ido, solo se había apartado un poco. El ruido de las piedras arrastradas por la resaca era agradable. Bajo la roca, una mujer con dos niños jugaba a buscar piedras bonitas. Un hombre ya mayor, que paseaba por la playa, se detuvo al pie de la roca y miró a los dos jóvenes que en ella reposaban y les dijo que con ese viento era peligroso estarse allí, él le dijo que ya vigilaban y el hombre hizo un gesto de despedida con la mano y siguió andando, parecía tan frágil que se lo podría llevar el aire. Durante toda la mañana, a pesar de estar tentado de forma constante a intentarlo, Julián no probó a detener el tiempo, por dos razones: tenía miedo de que todo fueran imaginaciones suyas y de que ese poder desapareciera como cuando se esfumó en su infancia, de la que no hacía tanto aunque hacía mucho; y también porque se estaba reservando, quizá ayer pecó de exceso y no podía utilizar su poder, su don o lo que fuese, con total libertad. Cuando Mónica dejó de mirarle y fijó de nuevo sus ojos claros sobre el agua, él la miró. No quería mentir, se dijo a sí mismo, de manera que resolvió no empezar la conversación preguntando por qué estaban allí, lo sabía de sobras. No sabía qué conclusiones o pensamientos vagaban por la mente de ella, pero sí por qué estaban allí.

-De hecho, en estos seis meses apenas hemos hablado -dijo ella de repente. Su voz sí que se la llevaba la ventolera, las palabras apenas tenían tiempo de llegar hasta los oídos de Julián antes de descomponerse y marcharse.

No supo qué decir, ya que tampoco tenía claro el motivo por el cual, después de un curso anterior en el que tanto hablaron, dejaron de hacerlo. En primero, cuando compartieron clase, hablaron poco, más hacia el fin de curso; en segundo, sin embargo, al separarse el grupo, hablaron mucho más. Las amistades de él decían que a ver si se hacían novios ya, a no ser que lo fueran y lo guardaran en secreto; las amistades de ella se preguntaban que qué eran, si novios, amigos o qué y decían que una amistad así entre chico y chica no puede ser. Y no pudo. Una vez estuvieron a punto de besarse, de hecho, el beso tan deseado y esperado de ayer se debía a la interrupción de aquél, hacía ya bastante, la primavera pasada, el día de la excursión al Castillo. Se habían quedado solos en el interior de una de las salas mientras los demás seguían explorando, hablaron de algo que ninguno de los dos recuerda y se acercaron mucho, tanto, que no quedaba más remedio que chocar de frente o besarse. Pero en el momento en que el calor de los labios de uno se traspasaba a los labios del otro ella dijo que no, bajó la cabeza, la meneó y soltó que aquello podía estropear su amistad, que tanto valoraba, que no tenía las cosas claras y algo más que ya quedó difuminado por la decepción, por el desvanecimiento de la energía del momento o lo que fuera. A partir de ahí se trataron con una cordialidad algo impostada, una amistad de las de toda la vida, se siguieron viendo casi con igual frecuencia, hasta el verano, en el que no pasó nada cuando tenía que haber pasado todo y trazó una línea que ninguno se atrevió a cruzar, dieron cada cual unos pasos atrás y se giraron.

-Ayer sucedió algo... -empezó Mónica y su voz pareció más rota que de ordinario-. Me viste cuando salía de gimnasio, ¿verdad?

Él afirmo con un gesto de cabeza.

-¿Y me viste cuando me besé con Andrés?

-No sabía que se llama Andrés.

-¿Me viste?

Si decía que sí que vio cómo se besó con Andrés, mentiría, ya que no se besó con Andrés. Si decía que no, a ojos de ella mentiría, porque es evidente que estaba mirando lo que sucedía. Así que Julián tuvo que cavilar un poco antes de responder.

-Preferí no verlo.

-Pues le besé. Pero no le besaba a él, te besaba a ti.

No mientas, se repitió él. Pero mentir no implica decir toda la verdad.

-¿Qué quieres decir?

-No sé explicarlo con exactitud -respondió la chica-. Pero cuando empecé a besar a Andrés, de repente lo que sentí me llevó de regreso al castillo, a ese beso interrumpido antes de empezar y... ya te dijo que no sé cómo explicarlo, te sonará muy raro, pero... -Mónica levantó la vista y los ojos de ambos se encontraron por primera vez-, pero de repente te estaba besando a ti, tus labios, tu calor, tu olor y, cuando me separé de Andrés, te vi a ti, delante de mí, allí mismo, igual que te veo ahora. Sin embargo, parpadeé y de nuevo como si fuera magia o algo así, allí volvía a estar él, mirándome y también notó que no le besaba o algo parecido porque me preguntó qué había sucedido y no supe qué decirle, no supe más que escupirle que teníamos que dejarlo allí.

Silencio. El viento se había calmado como si hasta ahora estuviera enfadado porque no hubieran hablado y ahora permanecía expectante a las palabras de Julián o de Mónica.

-No sé -dijo ella-. ¿Qué opinas?

-Que no deberías haber parpadeado.

Regresaron saliendo de lo alto de la Roca Agujereada por el muelle, no bajando a la playa y caminaron hasta la bicicleta de Julián y desde allí un rato más, en silencio. Entonces él le tendió la mano y ella se la cogió y en un instante de júbilo él pensó: esto tiene que ser el amor. Se sintió muy cursi después de pensar eso hasta que tuvo la sensación de que se sentía cursi porque imaginaba qué dirían sus amigos si les contaba las sensaciones que tenía en ese momento. Las películas románticas han hecho mucho daño, dijo una vez su madre, antes de acostarse. El viento parecía empujarles el uno hacia el otro mientras andaban por la parte superior del paseo marítimo, a tocar de la calle siempre llena de coches. Al llegar al cruce en que se separaban, se abrazaron y el abrazo duró mucho, tanto que Julián llegó a pensar que el tiempo se había detenido de nuevo, pero notaba los latidos del corazón de ella, el movimiento de su vientre al respirar, la presión de sus manos en la espalda. Antes de irse ella dejó caer:

-Seguimos hablando, ¿de acuerdo?

-Seguimos hablando -contestó él. Y se marchó sin montarse en la bici, caminando y girándose un par de veces para mirar si ella se giraba. No coincidieron, pero ella también se giró un par de veces para mirar si él se giraba.

El tiempo que pasa cuando no pasa el tiempo

Qué cambio más drástico, de los nervios a flor de piel de ayer a la calma envolvente de ahora, pensó tumbado en su cama, después de llegar. Su hermano pequeño jugaba a la consola, contento de tenerla toda para él, a un juego que Julián le habría prohibido por violento, pero que su madre le dejaba para que no la agobiara con sus quejas y súplicas constantes. Fue precisamente cuando se dio cuenta de cuánto mentían y se mentían sus padres que Julián se había propuesto no mentir nunca más. No sabía que era tan difícil. Ya que tenía que quedarse en casa y que solo tenía permiso, gracias a la intercesión de su padre, para salir a correr antes del anochecer, ya que su padre volcaba en su hijo sus expectativas frustradas de que fuera un atleta, se propuso dedicar el tiempo a saber cuánto tiempo pasaba cuando no pasaba el tiempo, suponiendo, claro estaba, que pudiera volver a hacerlo de nuevo. Comieron los cuatro juntos, y dos comidas seguidas resultaba sospechoso, antes casi nunca comían todos juntos, con cierta calma y animosidad. El niño explicaba cómo había conseguido superar su récord de muertes esa mañana y que, por la tarde, ¿podré, papá?, intentaría jugar a un nivel más avanzado. Julián se percató de los pocos libros que había en el comedor de la casa, la mayoría estaban en la biblioteca, ese espacio pequeño entre el comedor y la habitación de sus padres, como un rellano en medio del pasillo de la planta baja, cuyas paredes estaban cubiertas por una gran librería en la que, por suerte, sí se acumulaban y amontonaban libros de todo tipo: las novelas históricas y la filosofía que leía su padre, las novelas negras y la poesía y teatro que leía su madre, biografías y autobiografías que no leía nadie, revistas, una enciclopedia aburrida de no ser usada. La biblioteca sería un lugar perfecto para practicar, con los libros, pero estaba demasiado expuesta, no había puertas. Quizá si en vez de salir a correr solo lo hacía ver y se ponía a practicar, pero no, eso supondría dos contrariedades: mentir y arriesgarse a no estar a pleno rendimiento cuando llegaran las pruebas clasificatorias de abril. Tenía claro que se clasificaría para los 5.000 metros lisos, pero en los 3.000 obstáculos flaqueaba. Correr es el único que se te da realmente bien, pensó, no lo fastidies.

Después de comer subió a su cuarto, se masturbó e hizo una siesta de 40 minutos. Luego se puso con los deberes del fin de semana, no había demasiados, terminó a tiempo. Se sentó en la butaca vieja de su habitación, cogió la pelota de tenis y la tiró contra la pared, cuando esta estaba a punto de volver a su mano, pensó con claridad y contundencia: detente. Y todo se detuvo. La facilidad con la que lo acababa de conseguir le sorprendió tanto que tardó unos segundos en pulsar el cronómetro. Se quedó quieto, intentando no pensar en Mónica, ni en nada más que en aquella pelota de tenis que estaba quieta en el aire como si un hilo invisible la mantuviera sujeta desde el techo. Escuchó, el silencio dentro de la casa era absoluto, tanto que le pitaron los oídos ligeramente. Abrió la ventana de la habitación y no entro frío ni viento, las hojas de los árboles no se movían, los coches de la calle estaban detenidos, un hombre se había quedado a media gesticulación hablando por el móvil. Un minuto. Se rio cuando temió por si alguien entraba de repente en su habitación y veía la pelota allí inmóvil, nadie podía entrar, todo estaba en pausa, igual exactamente que cuando pulsas la pausa de una película y los actores y todo se queda congelado. Una congelación interactiva, él podía moverse, rodear y tocar y desplazar los objetos, podía cambiar el presente, que la pelota que iba hacia un lugar fuera hacia otro. ¿Podía? Dos minutos. Cogió la pelota y la desplazó ligeramente a la derecha, ahora quizá iría a parar contra la puerta o quizá caería al suelo, por la inercia que él le había imprimido al cogerla. Se quedó mirándola, solo el silencio resultaba algo inquietante. Dos minutos y medio. ¿Y si no volvía todo a la normalidad nunca, a no ser que él lo quisiera? No, de alguna manera sabía que eso era limitado, solo esto explicaría que ayer se quedara sin poder hacerlo más. Dos minutos cuarenta y cuatro segundos, cuarenta y cinco... el viento entró por la ventana, el ruido lo invadió todo, la pelota salió disparada y picó contra la puerta, desviada unos centímetros a la derecha de dónde iba originalmente. Podía alterar el presente. Calculó que había tardado unos tres segundos en reaccionar y poner en marcha el cronómetro, así que el tiempo que pasaba cuando no pasaba el tiempo era ese: dos minutos y cuarenta y ocho segundos.