El relato del mes. Mayo. El miedo y la prisa.

26.05.2020

Hoy le apetece(s) escribir(te). Y es que le ha sucedido algo simbólico. Hay que decir que de primeras ha soltado algunos exabruptos y se ha insultado un poco, pero de repente, como iluminado (más por la iluminación del loco que por la del sabio o el creyente), ha tenido claro que el acontecimiento, pequeño, nimio, de significación inicial casi inexistente, tenía mucho más de lo que aparentaba.

Ayer, por fin, A conoció a B. La conoció de verdad, porque de conocerse ya se conocían. Se habían visto en la playa diferentes mañanas y de hecho él iba hasta ese rincón cerca del rompeolas para ver si ella estaba, como la primera vez que se fijó, sentada en la arena, dejando que sus pies se mojaran en el agua de este Mediterráneo que por mucho que lo intente no deja de ser un charco grande. El contraste de su pelo rojo con el azul del mar y del cielo, de sus vestidos también rojos con su piel blanca, era lo que le llamó la atención de esa desconocida. Pero en ocasiones, de formas inexplicables, nos sentimos atraídos por algo hasta que es como si lo hubieran puesto allí adrede para nosotros, de manera que apartar la vista resulta no ya casi imposible, sino también contraproducente. Después de dos o tres acercamientos más bien patosos, de dos o tres intercambios de palabras que no presagiaban nada bueno, llegaron algunas conversaciones más interesantes que rompieron el hielo, a pesar de que el calor de un verano adelantado ya iba haciendo su tarea. Eran dos personas que coincidían sin azar, que les separaban muchos aspectos, pero que a base de insistencia y de una voluntad algo empecinada, tejieron un hilo que se encargó de unir lo separado. Un día, después de las charlas cortas, informales, con tintes fríos y destellos cálidos, decidieron quedar formalmente. Esto es: a tal hora, en tal sitio.

La primera impresión que A se llevó aquel día de cita fue doble, dos partes opuestas: la primera es que ella era más guapa de lo que había percibido, la segunda es que de alguna forma, nada más llegar, B se estaba preguntando qué hacía allí. Así que esta doble impresión de contraste entre una ilusión y una desilusión, marcaría para A el resto del día. Era un lunes de nubes y claros, de calor y fresco, que acompañaba con contradicciones a las contradicciones de ese encuentro. Lo primero que hicieron fue ir a comprar cerveza. Ella manifestó casi nada más saludarse su voluntad de beber, necesitaba emborracharse, dijo, provocando en A un aumento potencial de ciertas inseguridades: se quiere emborrachar porque no sabe qué está haciendo aquí y el alcohol la ayudará a hacerlo más soportable, llegó a pensar. Con dos latas para cada uno, a las doce del mediodía, caminaron hasta la playa y se sentaron en el mismo sitio en el que lo habían hecho otras veces, desde hacía tan poco. Hablaron como si fuera una cita a ciegas o como si no se conocieran de nada, en ese tipo de intercambio de preguntas en los que uno no sabe si está en una cita o en una entrevista de trabajo. Un poco de tu pasado y un poco del mío, un poco de tu presente y algo del mío, un asomo de tu futuro y una pizca del mío. Se pulieron las dos cervezas con rapidez, ella más, como si tuviera prisa; él menos, como si tuviera miedo. Fueron luego a dar una vuelta por el pueblo, la zona de pescadores, el centro, se sentaron en el único bar abierto aquella mañana de un lunes en la plaza del Ayuntamiento y siguieron bebiendo cerveza y hablando mientras un grupo de palomas se dedicaba a molestarlos a ellos y a las mesas vecinas. Luego, pasada muy de largo la hora de comer, cuando se preguntaron qué hacer ahora, ella dijo dejarse llevar y él, claro, a pesar del temor que todavía le duraba de aquella primera impresión sobre la primera impresión de ella, dijo que podían subir a su casa, que vivía allí mismo, que tenía una pizza que podían meter en el horno. Y mientras la pizza se cocía y ella miraba los libros que él acumula en un mueble biblioteca que cuenta ya con más de dos generaciones de antigüedad, siguieron bebiendo cerveza, con el alcohol potenciado por los estómagos vacíos. Se sentaron en las sillas del balcón, comieron y se pusieron a beber tequila. Un chupito, dos chupitos, tres chupitos. Ella más rápido, como si tuviera prisa; él más lento, como si tuviera miedo. Y este tema sale, el de la primera impresión que, en realidad, no es ni la primera, ni la segunda, ni la tercera, pero que dado que esto es una cita y no un encuentro de casualidad forzada en la playa, tiene un matiz distinto, tan distinto que parece de otro cuadro, de otro museo. B explica que esto se debe a que el A que se está encontrando hoy no coincide con el que conocía; él, porque lleva tiempo pensándolo y porque lleva unos cuantos tequilas y unas cuantas cervezas, le suelta que la encuentra guapísima. El alcohol desinhibe, la experiencia empuja. Y se besan, primero poco, luego mucho, se levantan, se van a la cama. Van borrachos, es evidente, ella trae el tequila, se desnudan, ella vierte el tequila sobre el pecho de él, se lo mete en la boca, se besan con ese sabor característico del agave, ella le araña, grita, le insulta cuando él empieza a comerle el coño, hasta que ella le dice que suba y la folle. Pero el acto de penetración es difícil, a pesar de la excitación el alcohol desinhibe algunas cosas, pero inhibe otras; cuando ella va a buscar los preservativos A ve que va eminentemente borracha, camina apoyándose con las paredes del pasillo, trastabilla. Desnuda es más guapa todavía. Pero va demasiado borracha y después de intentos y contraintentos, lo dejan. Descansan sudados y bañados en tequila hasta que ella afirma encontrarse mal, son las seis de la tarde. Se va al lavabo, vuelve, bebe agua, se tumba, se sienta, finalmente tiene que vomitar y su estado etílico es tal que no puede ir sola al baño, él la acompaña, la sostiene, la ayuda a ponerse de rodillas. B empieza a decir que qué vergüenza, él le quita importancia. Y lo hace, quitarle importancia, tratarla bien, no solo porque es un buen tipo, no solo porque es un buen tipo con ganas de follar, no solo porque es un buen tipo con ganas de follar y algo borracho; sino porque a pesar de la escena, algo surrealista o dramática para una primera cita, él ya hace tiempo que sabe que ella es alguien con una riqueza interior difícil de encontrar, una persona que merece la pena.

Cuando ya ha vomitado y se encuentra algo mejor, se tumban en la cama, se abrazan y hablan. De vez en cuando B repite que qué vergüenza, que lo siente, sigue borracha. A se ríe, mira que le cuesta reírse con alguien por quién se siente atraído, pero ya se han reído otras veces y eso es muy buena señal, piensa. Hablan mucho, se les hace de noche y deciden salir a dar una vuelta. Acaban en un bar tomándose una ensalada que sienta de maravilla, ella una cerveza sin alcohol, él una con alcohol. Los efectos de esto ya son poca cosa comparados con hace unas horas. Hablan de amistades, de viajes, de familias, de trabajos, de aficiones, de exparejas, de películas, de series, de libros, de música. Vuelven al piso, ¿Puedo quedarme a dormir? Lo daba por hecho. Se acuestan, vuelven a follar, esta vez va bastante mejor, pero no es perfecto. Al terminar hablan mucho otra vez, a él le coge sueño, ella no puede dormirse. Ya por la mañana, muy temprano, un beso le despierta y ella, vestida, sentada en la cama, le dice que no ha podido pegar ojo, su insomnio, alega, que ya había mencionado. Y se va.

Cuando A se levanta, ve un mensaje de B informando que ya ha llegado a casa, hace escasos minutos. Él se alegra, temía que no pudiera conducir con garantías. A se prepara el café, sin intentar eludir las muchas reflexiones e inflexiones que inevitablemente acuden a su cabeza y más después de un día como el de ayer. Y al sacar la taza de café del microondas, y aquí viene el simbolismo, esa taza de cristal que le regalaron cuando se fue con su anterior pareja un fin de semana fuera, la taza, por torpeza de A, se le rompe. El café se escampa por el suelo, los cristales por el mármol, un corte en el dedo índice de la mano derecha. Se maldice, se insulta, cómo puede ser tan patoso, qué manera más idiota de empezar el día, no hay uno en que no te quemes, te cortes, te tropieces, te golpees o te resbales, mira qué eres... Pero entonces lo ve. Es la taza del pasado y se ha roto. Justo la mañana siguiente de estar con B. Se le pasa la mala leche, se cura el dedo, recoge el estropicio, se prepara otro café en una taza diferente, se sienta frente al ordenador y se pone a escribir sobre lo simbólico, lo casual y lo figurado, sobre las prisas y los miedos.