El relato del mes. Septiembre. Frontera Blanca.

22.09.2020

Uno

El ruido de las niñas peleándose le devuelve al interior del apartamento alquilado, del que se había ido mirando por la ventana y dejándose cubrir por la densa niebla que rodea la ciudad, como un muro, principal amenaza y atracción turística a su tiempo. El café se le ha vuelto a enfriar, deja la taza sobre el mármol y enciende de nuevo la cafetera eléctrica. En el suelo de la suite, Elena y Carlota discuten sobre la posesión de un muñeco de trapo. Javier sigue durmiendo, a pesar de los gritos, a pierna suelta. No recuerda que él, de adolescente, tuviera un sueño tan profundo. Llama a la puerta del baño suponiendo que Marta está ahí, sin embargo, al no recibir respuesta, abre y se encuentra el lujoso aseo vacío. Mira en su habitación, la cama desecha, las cortinas descorridas, el armario abierto, nadie. Pide a las niñas que dejen de gritar y les pregunta dónde está mamá y ellas responden, casi al unísono, que cuando se han levantado mamá ya no estaba. Sergio imagina que Marta ha salido a correr, aunque no recuerda que pusiera la ropa de deporte en la maleta; o quizá a tomar un café con calma en la plaza cercana o a comprar el periódico local. Pregunta a las niñas si han desayunado, sabe que no pues la cocina y el salón están sin restos de vasos ni platos. Responden que no, quieren zumo de naranja natural y tostadas con mantequilla y azúcar y leche fría con cacao. Tan distintas y tan parecidas, la encarnación pura del amor-odio. Mientras llama al servicio de habitaciones del Aparthotel, mira su teléfono móvil para ver si Marta ha dejado alguna nota. Nada. No se extrañaría si no fuera porque, cada vez que hace algo parecido, que se va, le despierta suavemente para informarle y luego le deja durmiendo. No tiene el recuerdo de que le hayan despertado hoy. Quizá ha decidido no hacerlo esta vez, en las relaciones siempre hay pequeños pasos que van marcando el ritmo de cómo están las cosas y suelen ser pasos individuales y no acordados. No puede evitar, a la vez que pide el desayuno, que aparezca la imagen del día que descubrió, dos años atrás, que ella le había sido infiel y no de cualquier manera. Mientras las niñas vuelven a discutir y Javier se remueve en su cama, largo como es, la conversación en la que ella admitió que aquel tipo era importante para ella, se repite en su memoria. Marta dejó al tipo, se quedó con Sergio, con el hijo del primer matrimonio de éste y con las dos niñas comunes. Fue un punto de inflexión, nada volvió ni volverá a ser lo mismo. La confianza, cuando se rompe, se torna un campo lleno de minas de una guerra antigua, nadie sabe si alguna sigue activa o si todas han dejado de funcionar.

Una camarera de ancha sonrisa entra en la habitación con un carrito cargando la comida y la bebida. Las niñas se excitan, cosa nada difícil y revolotean alrededor de la chica que se ríe sin que parezca una alegría comercial. Javier aparece en calzoncillos y camiseta y al ver a la muchacha enrojece como hierro candente, suelta un "joder, haber avisado" y se mete en el baño. Las niñas se ríen y se burlan, la camarera sonríe todavía más, Sergio tiene un atisbo de fantasía antes de que se marche. Los cuatro desayunan juntos, las tostadas van y vienen, se destroza la mantequilla y se mancha el mantel. ¿Y Marta? Pregunta Javier. Ha salido a dar una vuelta, responde Sergio, sabiendo que no lo sabe, pero sabiendo que no es mentira, una vuelta hacia dónde esto es otra cosa. Esta mañana tienen previsto visitar lo que los locales llaman la Frontera Blanca, el lugar en que el muro de niebla colinda con la ciudad. Ayer pasearon por las calles, entraron en sitios teóricamente emblemáticos: el Palacio, el Museo Colonial, el Parque Negro y la Casa de la Niebla, lugar en el que dicen que el pintor Charles Beauharnais y la escritora Anja Grjotgardsson vivieron su romance y del que salieron la serie de pinturas Todas las Gracias (Alle sjarmes), del primero, y la novela El arnés de la vida (It harnas fan it libben), de la segunda. Para Sergio esto es importante, es la razón de la visita a la ciudad, pues está escribiendo sobre la prosista de la colonia, máxima expresión de la corriente literaria contemporánea. Ambos, escritora y pintor, muertos como en una tragedia shakespeariana: ella se suicida después de saber que él la ha engañado, él se suicida después de saber que ella se ha suicidado por su causa. Marta intentó leer El arnés de la vida y no pudo pasar de las cien páginas, asegurando que le dolía la cabeza como nunca cuando alcanzaba las dos o tres hojas de lectura. Es una obra maestra incontestable, se dice Sergio siempre que piensa en ello, la obra literaria de las obras literarias.

Cuando el desayuno se ha completado, da quince minutos a los tres menores para que se vistan y anuncia que saldrán hacia la Frontera Blanca (Wite Grins en idioma autóctono, el frisón, que revivió gracias a esta colonia formada por colonos del norte de los Países Bajos, norte de Alemania y sur de Dinamarca, hablantes de esta lengua que agonizaba, que se pusieron de acuerdo) a pasar el día. Les hace ilusión, es un espectáculo que quieren ver. Sergio coge el teléfono y llama a Marta, después de tres tonos sale el buzón. Hola, soy Marta, ahora no puedo atenderte, pero seguro, seguro, que te digo algo en cuanto pueda. No deja mensaje, dicta un texto y el aparato lo envía. Se arregla un poco, oye la ducha con su hijo debajo, oye a las niñas discutir sobre qué ropa se ponen. Mira por la ventana y un destello a lo lejos le indica que ha empezado la tormenta eléctrica dentro de la niebla. No pueden demorarse.

Dos

El tercer cigarrillo es totalmente innecesario. Nota picor en la garganta y sequedad en la boca, sin embargo no lo apaga, se justifica aduciendo que está nerviosa y que cuando vuelva con la familia no fumará más. En la otra mano sostiene un vaso de cartón con las dos colillas y restos de café frío, y malo, el café aquí es malísimo. Frente a ella, un portal pequeño se va encendiendo y apagando y de él van saliendo turistas y nativos. Diez minutos tarde, le ve aparecer con su andar despreocupado, el cuello de la chaqueta alzado, la barba irregular, el pelo mal peinado. Está guapo. Al identificarla deja caer una de sus sonrisas enigmáticas, aquellas que ella le dijo en más de una ocasión que tanto le gustaban. Pero Marta está decidida así que, cuando Harald se inclina para besarla, tomándola por los hombros, ella aparta la boca para ofrecer la mejilla y él se echa para atrás y suelta un vaya, ya veo por dónde vamos. Caminan de lado, en silencio, Marta apaga la colilla en el vaso de cartón y lo tira en una papelera, el cartón se enciende con un fuego azulado unos segundos y desaparece, como si entrara por uno de los portales. Es una conversación, de inicio, descoordinada, ella está fría, se limita a cómo estás y a responder con monosílabos a sus cómo estás tú; él es afable, se muestra contento de tenerla allí, de verse de nuevo, parecen por momentos dos personas hablando solas una cerca de la otra. Finalmente Marta se detiene, se pasa la mano por su pelo castaño oscuro en un acto nervioso, por dentro todo se remueve. Dice que no sabe porque ha accedido a verse, que se siente fatal y que habían acordado que no volverían a llamarse ni a conectar ni a nada. Él dice que nunca estuvo de acuerdo con ese acuerdo y le recuerda a ella las múltiples llamadas después de que Marta lo dejara en la cama y le dijera que todo había terminado, la infinidad de mensajes. Él insiste, con su acento nórdico, que sigue pensando que ella es la mujer de su vida, no lo piensa, corrige, lo siente, lo sabe.

Se conocieron en un campo de voluntariado en Siorna, se enamoraron con un flechazo y mantuvieron una relación tan intensa que Marta todavía siente calores cuando se acuerda. Vivieron una especie de película, un romance pasional, visceral. Discutían constantemente, follaban en todas partes, duró poco. Fue como si quemaran toda la leña sin pensar que el invierno sería largo. Por enésima vez, o quizá solo por segunda o tercera, Marta repite que sí, que lo que sintió no volverá a sentirlo por nadie, que guarda recuerdos como si fuera ayer, que todavía se sulfura al pensar en él, pero que cada vez que lo han intentado han fracasado, que en realidad lo suyo fue un fogonazo, espectacular, digno de ser elevado a lo más alto, pero ya está. Le recuerda, intentando que suene a dolor y no a rencor, que ya son dos veces que lo dejó todo por él y que después fue él quien desapareció, quién no cumplió lo prometido y que, en vistas de eso, decidió no solo que no debía ser, sino que no podía ser. Y Harald repite que no, que ella se está mintiendo, que es cierto que la ha fallado, pero que no puede parar de pensar en ella, que no es posible que lo suyo ya no sea, que están hechos para estar juntos, que le ha dado mil, millones, miles de millones de vueltas y lo tiene claro: es ella. Vivir sin ella será llevar una piedra en la espalda toda su vida y no está dispuesto a dejar escapar esto, que tanto él como ella saben que nunca serán felices de otra manera. Tú no eres feliz sin mí, Marta, añade. Marta mira la espectacular entrada de la Estrella Encarnada (Stjer Ynkarnaasje), el enorme alcázar de las Artes de la ciudad, que ahora se muestra al final de la calle en la que se han detenido. No, dice, no soy feliz sin ti ahora, pero puedo serlo, en cambio sé que quizá sería feliz contigo ahora, pero no después, después no podría serlo. Él pone su cara de serio, de intenso, y dice que no va a dejar que se vaya. Ella pone su cara de cansada, de mujer acostumbrada a mandar sobre personas que creen que merecen estar en su puesto y dice que no quiere que vuelva a ponerse en contacto con ella nunca más, que si lo hace, tendrá que tomar medidas. Harald se ofende, pregunta que qué significa eso, ella responde que ya se lo puede imaginar, que le amó como nunca amará a nadie, pero que ya no. Le acaricia suavemente la barba, da media vuelta y regresa camino al Aparthotel.

Tres

Harald la ve marcharse. Los años y sobretodo la lucha le ha quitado la belleza salvaje de la juventud para otorgarle la sabia belleza de la madurez. Sigue siendo increíble, se dice. Se pregunta si debería perseguirla, insistir, declararse de otras formas, pero no hace nada. La mira, quizá esperando a que se gire y vuelva o solo a que se gire. No se gira. Mentalmente repasa la última vez, a parte de esta, que se vieron, en su casa y como todas las veces que lo ha repasado le invade la sensación, como le invadió aquella tarde de que esa fue la última vez que se acostaban, que esta es la última vez que se ven. Se maldice. Se maldice por su primera desaparición, después de Siorna, cuando al tomar el ritmo de la vida real no quiso tener una relación convencional y el regreso al día a día, lejos de aquel sol mágico del lugar donde se conocieron, de las cabañas de paja y madera, de los campos de avena y malta, de los ríos y gargantas, de las sombras de los robles y nogales, lejos de todo eso, su fuego pareció apagarse y se fue alejando, hasta que después de una de las múltiples discusiones, la dejó plantada. Y se maldice por la segunda desaparición, cuando al acabar una noche inolvidable, desayunando en el bar de la esquina, él ya sabía que al coger la moto no volverían a verse y no dijo nada y luego respondió a un correo de ella, lleno de dolor y de ira, diciéndole que lo sentía y poniendo la mala excusa de la distancia debida al trabajo. Dos veces. Se merecía verla marchar y sentir, como sentía ahora, que su espalda tapada por la chaqueta sería su recuerdo más reciente. Además, ella no se lo había tirado en cara por eso lo hacía él mismo, solo la había llamado después de dos años al saber, por las redes sociales, que su familia vendría a la colonia. Él ni se había movido para recuperarla, qué expresión más fea, pensó, mucho mensaje y muchos te quiero a distancia, pero ni un paso en su dirección. Ahora no sabe qué hacer. Cierto que, de alguna forma, sabía que ella le diría que no, lo reconoce ya que no había hecho planes de qué hacer si ella decía que sí. Cierto también que ha tenido fantasías pensando en un revolcón en su casa de aquí o un polvo de aquellos que hacían, que sacaban humo y lo quemaban todo, en algún rincón.

Marta se detiene al girar la tercera esquina, durante unos segundos teme por un ataque de ansiedad. El corazón le late con tanta fuerza que le duele, su respiración se recupera como si acabara de correr una competición, siente frío en las extremidades y tiene una sensación de náusea que sube y baja del estómago a la garganta. Tiene ganas de llorar y de golpear algo, de gritar mientras golpea y derrama lágrimas. Le vienen a la memoria de nuevo todas aquellas imágenes, esta vez acopladas: las de sexo, las de amor, las de enfado, las de abandono, las de euforia y las de derrota. Poco a poco se calma, un señor de edad avanzada le pregunta en el idioma local, que ella conoce ligeramente gracias a Sergio, si se encuentra bien; dice que sí y le da las gracias. Se limpia un poco el rastro del llanto rabioso y triste, se pasa la mano por el pelo, toma el teléfono, escucha el mensaje dictado que el aparato reproduce y se siente terriblemente culpable y a la vez insatisfecha. ¿Qué esperaba? ¿Por qué no ha dicho que salía? Cualquier excusa habría valido, Sergio no le reprocharía haber salido a pasear sola, lo ha hecho ya con suficiente frecuencia como para que forme parte de su proceder como pareja, pero sí, siempre ha dejado una nota o le ha despertado antes de irse. Hoy no. ¿Esperaba ella volver con Harald? No, se dice a sí misma en un tono que suena bastante, que no muy, convincente, para nada. Adora a las niñas, adoptarlas fue la mejor decisión de su vida; quiere a Javier, a pesar de esa adolescencia condescendiente; con los años, aunque fue difícil, han aprendido a quererse de forma mutua; ama a Sergio, ha estado siempre ahí para ella, ha soportado lo insoportable, ha sido sereno y cuidadoso, respetuoso, cariñoso y también es un buen amante. No es Harald, no lo será nunca, son de mundos distintos, tanto de mundos exteriores como interiores. Quizá estaría bien, medita mientras toma un taxi autónomo y escribe un mensaje disculpándose, no ha querido despertarle y se le ha hecho tarde, va hacia la Frontera Blanca, se verán allí.

Harald se sienta frente al ordenador de su despacho, situado en una buhardilla bien arreglada de su casa en el Westkertier, una de las zonas de clase media-alta de la ciudad, con vistas perfectas al Sulveren Maredelling por un lado y una ligera visión del Mistwand al otro lado. El contraste a esa hora entre el argento del lago y el verde de los prados parece el del dibujo de un niño que empieza a mostrar talento, pero se limita a pintar lo que le dictan. La segunda vez que se escapó de Marta fue para venir a trabajar aquí, product manager de una importante empresa de juguetes infantiles. Le ha ido bien, es un buen gerente, tiene carisma y capacidad de liderazgo, cuando se concentra es una máquina de producir, su sueldo es considerable y al vivir solo sus gastos se limitan a algunas escapadas en parajes ideales ya sea en esta colonia o en otras. Nunca ha regresado a la Tierra, salvo para pasar una Navidad familiar que mejor olvidar. En su pecho se va abriendo un espacio ocupado por el vacío, el que deja Marta que, desde el dia que supo de su existencia, ha estado siempre allí, siempre. Cree que no ha habido una jornada en que ella no apareciera de alguna forma en su cabeza: un recuerdo para una sonrisa, para una justificación, para una paja, para una anécdota. El vacío entre las costillas se abre paso, le hace respirar con la boca abierta, no podrá dejar de pensar nunca en ella, nunca. Ni en los dos años que han pasado desde la última vez, ni en los tres que duraron sus encuentros, no ha encontrado nada, absolutamente nada, que se pareciera lo más mínimo a lo que sintió entonces. Ahora, frente a la pantalla que le pregunta cordialmente qué desea hacer esa mañana, tiene la certeza de que ya no lo encontrará nunca, todo será una imitación barata, por cara que sea, por buena que sea. Y eso le lleva de nuevo a reprocharse sus conductas anteriores y la de hoy, no puede dejarla marchar. Lucha o muere.

Cuatro

Marta se une al resto del grupo familiar poco antes de que les toque pagar el tique de entrada. Las niñas están sobrexcitadas y Javier se muestra en actitud de ni me va ni me viene, pero le delata las ganas que tiene de ver el espectáculo natural que ofrece la Frontera Blanca con sus movimientos tensos de levantar el cuello a ver qué ve, de los constantes espero que esta cola merezca la pena. Sergio no le pregunta dónde ha estado, con quién, qué ha hecho, solo la mira para asegurarse que esté bien y quizá, alargando la mirada, para intentar adivinar algo. Marta no sabe, sin embargo, lo que Sergio sabe. Sergio sabe que Harald se trasladó a esta colonia por motivos de trabajo, lo sabe porque con el simple hecho de escribir el nombre de alguien en internet, te sale toda su vida, como la suya, como la de todos.

Pasan la barrera de entrada y después de subir por un buen tramo de escaleras, pues se han negado a usar los ascensores y arriba encuentran un largo andamio de acero y cristal, quizá medio kilómetro, en el cual se van colocando las personas asistentes. Ante ellos, a pocos metros, la niebla como un muro, contenida por unos cañones de aire. Allí de pie, se produce un curioso fenómeno: primero la gente deja ir suaves oh, ah, hala; luego el silencio. Como si fuera una ceremonia, sin que nadie lo pida, la gente calla y durante minutos casi puede oírse el ruido de la bruma, perfectamente alba, que se alza una centena de metros por encima de sus cabezas, que se extiende decenas de kilómetros a derecha e izquierda. Marta no puede evitar ponerse una mano en el pecho al contemplar tal inmensidad, Sergio nota en cada mano una mano de las niñas, abrumadas por la bruma y por la falta de sonido. Javier alarga el brazo y la punta de sus dedos friega aquella acumulación de partículas de agua, al hacerlo, el blanco se remueve, se agita ligeramente, vuelve a su lugar. Como si fuera allí mismo y a la vez muy lejos, destellos de luz dentro de la niebla interrumpen la calma sin romperla. Tras el gesto de Javier, otras personas le imitan y poco a poco el silencio se disuelve. Una voz agradable y clara expone primero en frisó y luego traducido, que ese fenómeno del silencio se produce siempre, sin que nadie diga nada, en todas las visitas. Explica aquél fenómeno de la naturaleza, cómo se ha logrado contener siendo la amenaza que es, puesto que, explica, no es una niebla cualquiera, razón por la cual se permite tocarla solamente ahí, donde es controlable. Elena pregunta qué es lo que la voz explica cuando se pone a comentar de qué está compuesta y cómo se sospecha que se ha formado. Sólo lo sospechan ya que, después de tantos años, ninguna misión humana o androide ha conseguido llegar al núcleo o lo que se supone el núcleo de la conglomeración, formada por cientos de kilómetros cuadrados, tan grande como un país mediano. Entonces anuncia que cada día se produce una tormenta eléctrica dentro de la calima, a esta misma hora. Poco a poco, los destellos se incrementan y, también con paulatina cadencia, el ruido de los relámpagos se va acercando. De repente uno se produce tan cerca que todos los visitantes dan un paso atrás asustados primero por la luz, luego por el estruendo. La voz arguye que, gracias a la misma niebla, el ruido les llega tan amortiguado, sino les dejaría temporalmente sordos. Entonces los rayos empiezan a cambiar de color: del amarillo al naranja, al rojo, al violeta y a una amplia tonalidad de matices entre estos colores que provoca signos claros de admiración entre todos pues la niebla es ahora un mosaico de matices tintados que aparecen y desaparecen. El espectáculo dura apenas cinco o diez minutos hasta que empieza a disminuir y luego la niebla se queda nívea, quieta, muda.

No muy lejos de allí, dentro de su coche autónomo, Harald se da cuenta de que ahora y desde hace unos años, Marta ya no es solamente Marta. Es Marta y las dos niñas, es su vida en la Tierra. Le pide al coche que dé media vuelta y con sus movimientos calculados y fáciles el auto hace un giro de 180 grados en la avenida y retoma el camino a casa. El vacío se llena de excusas y justificaciones, a las que Harald les pondrá el nombre de realismo, y empieza a crear en su memoria una carpeta para archivar todos los recuerdos que acumula, carpeta que cerrará para que esas evocaciones no asomen demasiado la cabeza.