El Síndrome del Amor Romántico

30.10.2019

Quedas con una persona, da igual dónde la has conocido (por Internet, redes sociales, en una librería, en el metro, en una discoteca), siguiendo el ritual de apareamiento que supone conocerse un poco antes, como el pavo real desplegando sus plumas o la gata maullando y moviéndose de una forma específica. Hemos hecho evolucionar este ritual, pero sigue siendo eso. El apareamiento es venderse a uno mismo, mostrar tus encantos y esconder tus defectos, ya sea con el simple acto de no mostrarlos o disfrazándolos con bromas y autocrítica.

Os gustáis. La otra persona tiene a tus ojos algo que te atrae, un algo compuesto por diferentes cosas, algunas de ellas abstractas o, si eres alguien básico y primitivo, simplemente por su culo, sus pectorales, sus ojos o que huele a dinero, vete a saber. Si te atrae por simpatía o inteligencia estás a otro nivel, tanto tú por hacer que eso pase por delante de otras cosas, como loa otra persona por ser capaz de explotar estos rasgos, los más importantes en realidad y que denotan la personalidad. No hay que confundir al antipático engreído con alguien con mucho carácter y personalidad, no, eso simplemente es ser gilipollas. Lo normal es que sea un compendio de factores entre físicos, psíquicos y sociales. Da lo mismo.

Hay otra cita posterior si la anterior no ha acabado con contacto físico, una cita en que ambas partes saben cómo va acabar o como les gustaría que, si todo va bien, termine. Es lo mismo que el diálogo entre Skylar (Minnie Driver) y Will (Matt Damon) en la excelente El Indomable Will Hunting (Good Will Hunting, Gus Van Sant, 1997):

<<-Tú lo que esperas es que esto acabe en un beso.

-No, yo lo que espero es que esto acabe en un buen polvo. Pero me conformo con un beso.

-¿Qué tal si nos lo quitamos de encima y así no hay tanta presión? >>

Y se besan. Da igual quién dice que, quien lleva la iniciativa, en realidad no es importante. El diálogo que aquí he transcrito es aproximado, pero diría que bastante exacto. Es después de esa segunda cita que acaba con sexo en una cama (o en un sofá, si acaba en un polvo rápido en un coche o en lavabo de un bar creo que hablaríamos de otra cosa) cuando empiezan los síntomas del síndrome del amor romántico. Y no hablo de Will y Skylar, que también, hablo de la mayoría o de un número muy importante de relaciones de pareja, homosexuales, heterosexuales o lo que sea.

Este síndrome viene dado básicamente por características sociales, como es el hecho de que hay un sentimiento de que eso no puede o no debe acabar simplemente con el adiós después de acostarse (tampoco importa si el adiós es al cabo de una hora o de doce), una especie de obligación moral según la cual hay que mantener el contacto. Evidentemente, lo que digo no descarta que ambas partes de la pareja quieran mantener este contacto no por obligación, sino por gusto. La primera cita fue bien y por eso hubo una segunda que también fue bien y por eso se acabó como se acabó. Ambos o ambas mostraron lo mejor de cada uno o cada una, lo mejor que pudieron, para seducir a la otra parte, que también daba lo mejor de sí. Lo mejor puede ser mostrarse natural y ya está, pero si ha habido una primera atracción, no nos engañemos, pasa a ser una naturalidad condicionada, de manera que tiene un punto artificial, como todo lo condicionado. Así pues, no hay un simple intercambio sexual (precedido por el social) en este síndrome, sino que empiezan a activarse una serie de mecanismos aprendidos por el ejemplo impuesto del modelo de vida familiar, ese que te dice que mejor en pareja que solo, que hay que tener niños y casa y perro y trabajo fijo para ser feliz; ese mecanismo aprendido que, por suerte, se está desaprendiendo y ya hay mucha gente que ha descubierto que no es necesario, que la felicidad no viene dada por cánones sino por cierto grado de fractura en estas normas sociales.

El síndrome del amor romántico continúa con una serie de acciones que caminan hacia el establecimiento de la pareja, aunque no necesariamente de forma exitosa. Hay una continuidad de citas, un conocimiento lento y filtrado de la otra persona con la recíproca (no siempre) apertura para que esa otra nos conozca también; luego viene la voluntad de ampliar el círculo y saber de amigos y familiares, siguiendo una rutina algo costumbrista (o mucho). El síndrome presenta los síntomas de la concepción clásica del romanticismo, del amor anacrónico de la monogamia y de la creencia de que eso es la base de la sociedad. No, no lo es.

Mensajes como que un niño (o niña) necesita un padre y una madre, las preguntas constantes de si estás con alguien, el pensamiento forzado de la fidelidad. ¿Sabías que la palabra fidelidad proviene del latín fidelitas y su significado es "servir a un Dios"? No, pues yo tampoco, pero me ha asustado. La definición de infidelidad amorosa es la que sigue: "falta al pacto normativo que limita el número de personas involucradas en una relación amorosa o erótica y, por tanto, la prohibición de mantener otras de forma paralela, sean ocasionales o continuas". Pero es que ese pacto no suele existir tácitamente, viene dado socialmente, si estás con una pareja ya no estás con más.

Así pues, el Síndrome del Amor Romántico implica una serie de conductas que llevan a una aceptación de algo socialmente y religiosamente establecido y cada uno de esos comportamientos son los síntomas. Aunque si tengo que hacer una valoración será tendiendo a negativa, también creo que tiene cosas positivas en cuanto proporciona estabilidad y zona de confort que todos necesitamos en ciertos o determinados momentos y que los momentos de amor vividos con una pareja son parte de los recuerdos felices que tenemos, ya sea de un día o de gran parte de la vida. No soy defensor explícito del poliamor o de la infidelidad, pero si detractor explícito de todo aquello que me parece impuesto y que no acepta discusión, cosa que por suerte se está rompiendo. Este síndrome dificulta la posibilidad de la experimentación, acota los límites y en ocasiones establece la imposibilidad de ser realmente feliz si no se obtiene un ideal literario y dramático, aquello del alma gemela o de la media naranja, puesto que se aspira a algo que es un ideal de cuento de príncipes y princesas y del planteamiento religioso del amor es para siempre. Y ambas proposiciones son sexistas y opresoras. Y esto, por supuesto, solo es una reflexión.