El tiempo apresado

24.03.2020

¿Cuántos días llevamos ya? Si contamos el primer sábado, diez, crees, no estás seguro. Se está haciendo largo y lo que nos queda. Es curioso, siendo como eres alguien de una vida social no muy profusa, pero que últimamente estaba aumentando, llegaste a pensar que bueno, tampoco sería para tanto. El problema es que una cosa es quedarse en casa voluntariamente y la otra "por obligación". Sí, entre comillas, ya que en el fondo obligado del todo no lo estás, podrías saltarte el orden de no salir y salir. De hecho sales, solo a comprar lo que necesitas cada día, unos minutos. Ves las colas en los supermercados, muchas personas con guantes y mascarillas, con sus carros, a metro o metro y medio unas de otras, pero luego deteniéndose a escasos centimetros a charlar con el conocido o conocida con el que se cruzan volviendo para casa y que pasea al perro, que nunca había salido tanto y mea sin echar gota. En uno de los supermercados, el más caro del barrio, no hay cola y al entrar compruebas que es porque se saltan bastante a la torera (no has visto nunca saltar a un torero, qué expresión más extraña) lo de la cantidad de gente dentro del pequeño espacio que ocupa el establecimiento. Dentro chocas con gente, buscas elementos básicos que a mediodía ya están agotados: no quedan huevos (sin metáfora), ni pasta, ni arroz, solo un paquete de harina, solo dos botellas de leche, solamente una marca de café que no te gusta. Las cajeras, en este caso todas mujeres, llevan guantes y mascarillas. Gente muy mayor yendo a comprar, te preguntas si lo hacen para pisar la calle a pesar de que son los más vulnerables o porque no tienen o no se atreven a pedir a alguien que haga la compra por ellos y ellas.

Suerte de los niños, que están contigo y os hacéis compañía. Tener a dos niños de 11 y 8 años confinados es difícil y la tentación de enchufarles a las máquinas durante muchas horas es grande, sabes que acabarás cediendo, en parte. Pero te estrujas el cerebro y caen algunas gotas de imaginación: te pones con ellos a hacer ejercicio físico, les animas a practicar los retos que el entrenador de su equipo de hockey en línea cuelga cada día en el grupo de WhatsApp, aplicación que nunca había echado tanto humo, casi todos los grupos están en una actividad frenética, aburridos sus miembros, pasándose memes, chistes, recomendaciones sanitarias, avisos de las escuelas... Hacéis partidas a juegos de mesa, les motivas para que jueguen a algunos de los juegos que tienen abandonados en las estanterías. Luego pruebas a hacer vídeollamadas a sus amistades, hacéis un pastel o crepes o galletas, te pones con ellos a los deberes programados para los días de reclusión, les parecen muchos, no saben ver que en la escuela todavía trabajarían más. Saben que no están de vacaciones, pero están en casa. Al final, antes y después de comer, les dejas el ordenador y la tablet, tú miras el móbil y escuchas la radio con el monotema: coronavirus.

Es como si no ocurriera nada más en el mundo. ¿Todo se ha parado por respeto o por aburrimiento? La situación que vivimos es nueva, los expertos se suceden programa tras programa haciendo sus vaticiones, buscando razones, criticando a los políticos y sugiriendo mejoras. El cine y la litaratura llevan años especulando situaciones parecidas. En las plataformas de televisión triunfan las producciones sobre pandemias y confinamientos forzados. En las redes sociales casi que también se habla de esto en exclusiva, algunos bromean, otros dramatizan, sabes que es lugar de extremos y por eso cada vez te has ido alejando más, ya te cansa, ya no tiene sentido si es que antes tenía alguno.

Tendrías que estar más activo en el teletrabajo, porque teletrabajas, pero el mundo está casi detenido, como si estuviera dejando de girar o lo hiciera estos días a una velocidad baja y, por eso, todo es lo mismo en las noticias, el tiempo pasa despacio. Pero teletrabajar con los niños por aquí es complicado, piden cosas, su autonomía es relativa y en el caso del pequeño es escasa. Trabajas, haces lo que puedes, pero se ha instalado lo estático o lo parece. Es esta carencia de movimiento lo que molesta. Mira que pensaste que podrías aprovechar el tiempo: leer, escribir, mirar películas, disfrutar de los niños... Te das cuenta sin embargo que la gracia del tiempo libre, del ocio, es que sea libre, y ahora el tiempo también está recluido, ya no es libre. Es como cuando en la escuela te hacían leer un libro, no lo leías por placer, aunque fuera muy bueno tenía entre sus páginas el polvo de la obligación.

Piensas en el drama de las personas maltratadas: niños, mujeres, abuelos... estos días. Tiene que ser terrible. En el piso de abajo los padres les gritas a sus hijos más que nunca, llevas tiempo pensando en informar a los servicios sociales y no lo has hecho, tienes dudas ya que ahora no eres un profesional de la protección a la infancia como fuiste tantos años, ahora eres un vecino y la otra vez que avisaste de una situación que te parecía anómala, en el sentido negativo, no pasaba nada y te sentitse algo alarmista y ahora dudas de si no te estará pasando lo mismo.

Tú no eres un padre perfecto, pero crees que pecas de lo otro, de demasiado diálogo, demasiada libertad, demasiada negociación. Esto no importa ahora, los niños se irán unos días con su madre y les echarás de menos un montón, lo sabes. Igual que echas de menos esa vida social que estabas reactivando, a tus familiares cercanos y amigos próximos, a aquella persona que apenas conoces pero cuyo conocimiento ha quedado interrumpido, a algunas personas del trabajo. Y hay gente a la que te das cuenta que no echas de menos, y cosas que tampoco encuentras a faltar. En la radio alguien habla del curioso fenómeno de perder el tiempo dentro de perder el tiempo. Dicen que hoy bajan en picado las temperaturas.