El título

24.08.2004

La silla, de respaldo flexible, tenía dos brazos delgados de metal que, a pesar del calor, se mantenían fríos. Las patas eran dos grandes triángulos que nacían y morían en la madera negra del culo. Un ventilador se movía con poca gracia intentando hacer circular el aire tibio por toda la habitación. Era un aparato curioso, como un rascacielos con marca y botones, en el que no habría cabido nunca una hélice de ventilador normal.

El señor Devesa picó con su bastón contra el suelo de madera, dos veces. Acto seguido soltó aire sonoramente y masculló algo ininteligible. Frente suyo, el señor Fisas se disponía a hablar, desviando la mirada del jarrón negro con laterales rayados de la estantería en que, ni Devesa lo sabía, tapaba un antiguo y valioso volumen de la Historia de David Copperfield. Justo cuando un primer fonema estaba a punto de cruzar la barrera dental de Fisas, llamaron a la puerta. Un hombre enclenque, completamente calvo y con cara de mosca muerta, entró al grito de "¡Adelante!" del señor Devesa. Saludó y con el pulgar, como si hiciera autoestop, señaló hacia atrás.

- Sí, sí -exclamó el señor Devesa con pocas ganas-, ahora vengo.

El hombrecito desapareció cerrando suavemente la puerta del despacho. En aquel momento, Fisas intentó hablar de nuevo, pero desistió al ver que su interlocutor se levantaba, otra vez mascullando, y pedía disculpas. Marcelo Fisas se quedó sólo en el pequeño despacho, releyendo por cuarta o quinta vez los lomos de los libros que llenaban la estantería color granate: La casa de los espíritus, de Isabel Allende, El navegante de Morris West, Los insaciables de Harold Robbins... Le llamó la atención el hecho de encontrar dos ejemplares de un mismo libro, en dos ediciones diferentes, y no era precisamente un libro el título del cual dijera mucho a favor de Devesa: Violación, de Theodore Pratt.

Sobre la mesa, del mismo color que los estantes, un pequeño calendario marcaba el día exacto: jueves, 30 de julio. Girando la vista, se dio cuenta que al lado de una de las ediciones de Violación había un volumen aislado de una Gran Enciclopedia del Mundo, el número 21. Buscó infructuosamente los veinte volúmenes restantes hasta que sus ojos toparon con un ejemplar de lujo de El espejo de la Muerte, de Unamuno. Al tiempo, reconoció un fenómeno, si más no anecdótico, en aquella reducida biblioteca: no solamente Violación estaba repetido, sino también otros. Y de los tres volúmenes de Pickwick, de Dickens, faltaba el primero.

El señor Devesa regresó, tosiendo, y se sentó en su silla. Al acabar de toser, se pasó un pañuelo por los labios cortados y miró en silencio al hombre más joven que él que tenía delante. Fisas había olvidado por qué estaba allí. Violación, pensó.

Esta gente -empezó Devesa en tono de desprecio-, parece que lo hagan adrede. No te dejan nunca tranquilo. Cuando no es uno, es el otro. No te dejan nunca tranquilo -repitió.

Fisas lo contemplaba con los ojos bien abiertos, una expresión que significaba no saber de qué le estaban hablando. Hizo un esfuerzo mental para recordar qué había venido a decir y, cuando parecía que ya lo tenía, la voz ronca y gastada de Devesa le cortó la memoria:

El otro día, sin ir más lejos -dijo-, estuve dos horas seguidas de pie. Como si pudiera permitírmelo, en mi estado.

Beulah Land, de Lonnie Coleman, en el estante más bajo, medio tapado por un pato pintado de oro. Justo al lado de la edición marrón de Violación. ¿Tan mala era la memoria del señor Devesa que no recordaba un libro con aquel título en su biblioteca y compró otro? ¿O era que se lo habían regalado dos veces, dos personas distintas? Francamente, el señor Fisas dudaba que alguien tuviera tan mal gusto como para reglar un libro titulado Violación al señor Devesa. Sin duda lo había comprado él, creyendo que le estimularía alguna vena más que la simplemente literaria. ¿Habría conseguido Theodore Pratt levantar de nuevo los instintos profundos de un viejo rancio como Devesa?

Así pues -dijo el propietario del despacho rompiendo el pensamiento de su acompañante-, ¿en qué nos habíamos quedado?"

Marcelo se pasó la mano por la cara, como si pensara, cuando en realidad se tapaba. Seguía sin recordar que quería decir. ¿Arde París? de Collins y Lapierre. ¿Qué hacía allí? ¿Le habían llamado o había sido iniciativa suya? También estaban El Exorcista de William Peter Blatty y De aquí a la eternidad de James Jones, tras un piano de diez centímetros de altura, decorando uno de los estantes.

Aquello le pasaba a menudo, demasiado. Perdía la memoria inmediata durante un lapso de tiempo. Lo que iba a decir o a hacer desaparecía unos minutos y, cuando desistía de pensar en ello, volvía. Le era imposible sin embargo, desistir antes para recuperarlo antes.

¿Y bien? -insistió Devesa.

Mmmmm...

Si alargaba un poco la espera, posiblemente, el señor Devesa haría algún comentario que le recordaría qué hacía allí. La ciudad asesinada, de M. Guillot, al lado del Violación de color rojo. ¿Aquél libro debía explicar la violación en sí o era un ensayo sobre las causas y consecuencias de un delito tan infame? Si se tratara de la segunda posibilidad, añadir un artículo antes del nombre habría sido más adecuado: "La violación". El título era importante.

Ahora que llevaba un rato repasándola, el señor Fisas cayó en la certeza de cuán pobre era aquella biblioteca. Cinco estantes, sólo dos al máximo de su capacidad, uno de los cuales era el central, más estrecho que los otros, donde descansaba el jarrón negro con laterales rayados que tapaba a medias la Historia de David Copperfield dickensiana.

Arnaiz me comentó el problema con la televisión -soltó el señor Devesa.

Exacto, pensó Fisas, la televisión.

Sí, bien... -continuó Devesa- ¿Qué sucede exactamente?"

Algunos de los residentes se quejan que está encendida hasta muy tarde. Los otros que se apaga demasiado temprano."

¿Y usted qué opina?"

Pues... -Marcelo se rescó la oreja derecha en un acto de falsa modestia -creo que es un problema de resonancia."

El señor Devesa parecía no respirar. La mano le temblaba ligeramente sobre el bastón. Tenía unos ojos apagados que muy bien se podrían fundir en cualquier momento. Los pelos en los agujeros de la nariz y las orejas le daban un aspecto bastante desagradable y, quizá por eso, Fisas no podía dejar de mirarle.

Me refiero -continuó-, que en el comedor es necesario subir el volumen con tal que todos puedan oírla, pero en las habitaciones contiguas a la cocina, por cuestiones de resonancia, se oye demasiado alta aunque el volumen esté bajo."

El silencio de quien estaba enfrente le hizo dudar un momento de si realmente estaba allí por semejante pequeñez. Sin duda, la televisión no era el mayor de los problemas. Antes que fuera demasiado tarde, Fisas probó de excavar en su memoria para saber si aquella era la razón de su visita.

¿Y qué sugiere?"

Quizá deberíamos revisar los horarios de la televisión."

Al terminar la frase, el más joven de los dos hombres que estaban sentados en aquel despacho, recordó que no solamente se habían revisado los horarios hacía justo un par de semanas sino que, lo más grave, aquel asunto no le correspondía. Él, Marcelo Fisas, era el gerente del Centro Residencial Alba, no el Referente de Monitores ni el Director de Mantenimiento. ¿Qué hacía entonces hablando con Devesa del horario televisivo?

Pensaba que se habían revisado hace un par de semanas.

Dejémoslo en manos del señor Arnaiz, él es el responsable -concluyó Marcelo rápidamente, para disfrazar su error.

Reconocerse a sí mismo como gerente fue como recibir un foco de iluminación. El título era importante. De repente volvía a sentirse lúcido y capaz. Seguía sin recordar por qué estaba en aquel despacho, pero ya no le parecía importante. A pesar de todo, el señor Devesa continuaba siendo el Presidente y fundador del centro. Violación. Si los residentes o sus familiares supieran que aquel libro estaba por duplicado en la biblioteca del máximo responsable, seguramente no habrían venido. Detrás del señor Devesa colgaba un corcho enmarcado en madera con todo tipo de papeles, pequeños y grandes, blancos y de colores, con tablas, escritos y dibujos, sujetos con chinchetas rojas, amarillas, blancas y de aluminio. El corcho explicaba los horarios: visitas, comedor, televisión, salidas, cocina, tiempo libre... Estaban expuestos también los nombres de los monitores, enfermeros y enfermeras, psiquiatras y psicólogos y todos sus días laborables o de descanso y las guardias. Turnos de día y turnos de noche.

¿De qué más tenemos que hablar? -preguntó Devesa-. No creo que estemos aquí solo por el horario de la televisión.

El interrogante cortó en seco el pensamiento y observaciones de Fisas. Viejo y gastado pero aún lúcido, el cabrón. Sin embargo él era más listo y aprovechó que el señor Devesa no era precisamente sutil y que en algo chocheaba ya, para concederse cierta ventaja.

Me ha llamado usted -mintió.

Devesa dudó unos segundos y eso todavía le dio más ventaja al otro, tanta que hasta sonreía. Más le hacía sonreír el diploma de bronce, clavado a una madera decorando uno de los estantes, dedicado a alguien que no estaba. Devesa siempre había criticado aquella cosa, decía que era fea, pero lo que realmente le molestaba era que no se la hubieran dedicado a él. Eso no quitaba, Fisas le daba la razón al presidente, que fuera un elemento decorativo feo con ganas. El diploma de bronce rezaba: 'Al Doctor Pinsach, por el altruismo dedicado a mi enfermedad y en reconocimiento a sus buenas dotes profesionales". Altruismo, pensó Fisas, ignorantes.

El gerente sabía que el presidente no reconocería, por carácter, su ignorancia respeto a qué tocaba ahora. No diría: 'No me acuerdo' ni nada parecido. Dentro de su mente cubierta por un cráneo calvo y brillante, deberían de pasar ahora todas las posibilidades imaginables, aun sin tener demasiada imaginación. Y por cada segundo en silencio que pasaba, Fisas sentía crecer su dominio. De dominado a dominante. Le encantaba.

La cuestión es -dijo de repente el presidente- que las cosas no funcionan como deberían funcionar.

Violación, pensó Fisas.

¿Cuándo es la próxima reunión de la Junta Directiva? -preguntó haciéndose el interesado."

De eso quería hablar -exclamó Devesa-. Deberíamos convocarla en breve, a la Junta.

Perfecto, miraré el calendario. ¿Nada más?

No -respondió el señor Devesa-. Nada más.

Fisas se levantó y salió de la sala como si tuviera muy claro qué iba a hacer, cosa no del todo cierta. Eso de la Junta le pareció un recurso del presidente para evitar aceptar que perdía la memoria demasiado a menudo, que la demencia empezaba a atacar sus neuronas y que pronto dejaría de ser Presidente para ser usuario de una residencia. Violación, pensó, y se encerró en su despacho a planificar las vacaciones.