El tocino y la velocidad

14.01.2020

Te has dado cuenta, por aquellas cosas que hace uno de pararse a pensar de vez en cuando, tampoco mucho porque pensar es como ir al médico o llevar el coche al mecánico: siempre aparece algo que no sabías que estaba allí y que te hace salir con más enfermedades que remedios, con más partes en mal estado que reparadas; te has dado cuenta, te decía, que te dices a ti mismo que tienes que frenar mientras sigues acelerando, de que cuando te propones reducir la velocidad, siempre tienes que dar un último acelerón.

Si no tuvieras un muro o un precipicio delante, que suele estar allí aunque a veces no se vean, eso no sería problema, siempre estarías a tiempo de frenar. Pero el último acelerón, ese impulso irresistible, hace que la mayoría de veces, por muy fuerte que pises el freno, ya no estés a tiempo y aunque amortigües el choque, te comes el muro. No sabes si sería comparable, de alguna manera, a los cinco minutos más del despertador que te hacen llegar tarde todos los días o la siguiente cerveza que te hace dejar de ir contento para ir pedo, o también comparable al "por un trocito más no pasa nada" que provoca que dejes de estar lleno para pasar a sentirte indigesto.

El muro contra el que chocas ya te conoce, la moto en la que viajas ya se lo sabe, la carretera por la que circulas está harta de ti. En ella hay dibujada una línea horizontal blanca, que tú mismo pintaste, incluso más de una, en las que te adviertes: reduce, empieza a frenar, frena ya, último aviso. Pero no haces caso a tus propias indicaciones y crees que esta vez sí que podrás, que solo será una puntita más de velocidad o un metro menos de espacio y que aunque ayer te la metiste de pleno, hoy frenarás a tiempo. Pero claro, si ayer no pudiste hoy, con los frenos más gastados, tampoco. No es cuestión de no haber aprendido la lección, la lección te la sabes de sobras, puedes recitarla del derecho y del revés y en muchos idiomas distintos. No, la cuestión es esa sensación de que, a pesar de haber chocado todas y cada una de las veces anteriores, fueron peores las ocasiones en las que frenaste demasiado pronto y te sentiste mal por no haber arriesgado un poco más. Y porque siempre buscas volver a experimentar el subidón de adrenalina de la única coyuntura en la frenaste justo a tiempo, a milímetros del muro y pudiste experimentar la tremenda satisfacción que supone haber acelerado, haber arriesgado, y haberte librado por los pelos de pegarte otra leche del copón. Sí, sabes que se trata de eso, sabes que si frenas demasiado pronto te arrepentirás más que si frenas demasiado tarde y que existe la posibilidad remota de que vuelvas a detenerte justo en el tiempo y lugar exactos y precisos.

Evidentemente todo esto no lo pensarías ni lo harías, lo de acelerar justo cuando piensas que tendrías que frenar, si no fuera porque tienes la sensación de haber vivido siempre con una mano en el freno y con el pie del acelerador temblando. Has sido siempre tan prudente que te han adelantado un montón de veces y que con la excusa de admirar el paisaje, que es bonito pero solo es una excusa, te has estado perdiendo la emoción de la velocidad, que quizá mezclaste con el tocino. Si hay competiciones de gente para ver quién corre más y no competiciones de gente para ver quién corre menos, por algo será. Que sí, que con suerte la vida es larga y hay tiempo para mucho, aunque en realidad sea jodidamente corta y haya tiempo para bien poco, pues en la balanza siempre pesará muchísimo más, pero muchísimo más lo que no has hecho que lo que sí, por infinidad de cosas que hayas hecho. Mirado así, con lo que parece pesimismo pero no lo es, la vida es corta ya que lo que podrás hacer será siempre un porcentaje ínfimo de todo lo que hay por hacer.

Igual que ahora el muro contra el que chocas, la carretera por la que circulas y la moto sobre la que vas ya te tienen calado porque no frenarás cuando toca y te estamparas, unos días bien fuerte otros flojito, antes te sabían de memoria por lo contrario y, créeme, te aburrían, igual que te aburrías tú pero no lo sabías o sí, pero no querías verlo.

Ya sabes que no vas a vivir a tope porque eso no lo hace nadie (mal de muchos consuelo de tontos), tienes que ir a trabajar para mantener a tus hijos y a ti mismo, tienes que cuidar ciertas cosas para no morirte antes de tiempo (antes de tiempo de qué, para qué, sí, por ellos también), tienes que reducir en algunas curvas para no chocar contra otros y otras que tienen derecho a ir tranquilos, a la velocidad que les plazca, por la carretera. No tienes un cojín detrás para tirarte desde un helicóptero con esquíes sobre una montaña ni tienes cojones de tirarte de un puente atado a una goma elástica; tampoco viajas siempre que puedes. No sé si vivir a tope es esto, creo que se está confundiendo con un precepto de capitalismo que nos ha colado bien, como quien mezcla el tocino con la velocidad y ya no nos parece raro ni sospechoso. No vivirás a tope, pero por lo menos, ya no vas siempre a medio gas con una mano sobre el freno.