El último tren

12.09.2018

A finales de 2015, un grupo de gente que se conoció a través de la red social Twitter, se puso a escribir un texto conjunto, que dió como resultado esta pequeña maravilla.

CAPÍTULO I: La Nota (Martí R. A.)

El último tren del día. Lo he visto llegar mientras bajaba por la rambla. Acelero el paso, preparo el billete y agarro la troley más fuerte, para que el repiqueteo de las ruedas sobre las baldosas no haga tanto ruido. Esas baldosas largas y estrechas, horizontales, de color de pisada con restos de algo que se pegó y nadie se ha atrevido a desenganchar. Por alguna razón, empiezo a sonreír antes de tiempo. Lo estoy haciendo. Me marcho. La noche muestra una luna en cuarto creciente rodeada de algunas nubes. Apenas se distinguen estrellas, tapadas por el resplandor opaco de las luces de neón y las farolas curvadas. Hace fresco. El semáforo para peatones se pone rojo. El tren frena y, lentamente, va colocándose en el andén, con el ligero chirriar clásico de los cercanías. La estación es casi toda de cristal y eso me permite ver que hay unas cinco o seis personas esperando en el andén, al menos que yo vea. Y los vagones parecen más oscuros de lo normal, como si no les funcionaran las luces interiores. El semáforo sigue mostrando el peatón parado. Los coches cruzan la carretera como si yo no estuviera llegando tarde, perdiendo la oportunidad que tanto tiempo he tardado en decidirme a coger. En el bar de la esquina un grupo de jóvenes hablan animadamente frente a cervezas, todavía en manga corta. Al otro lado, una tienda de comida árabe sigue abierta en competencia con el dispensador automático de bebidas, comida rápida, condones, pastas y llaveros. Dejo atrás el pueblo que me ha visto madurar, un pueblo grande o una ciudad pequeña que nunca ha acabado de gustarme. Le tengo cierto afecto, por aquello del roce, pero no he conseguido sentirme de allí en ningún momento. Y él (@SrAtIante) ha ayudado a eso.

En la espera, mientras el hombrecito rojo sigue mandando, cierro los ojos y respiro profundamente. Me voy. Los motivos y razones son ciertamente difusos, algo complicados de explicar a terceros sin titubear o entrar en contradicciones. El ruido de las puertas del tren al abrirse me provoca una reacción nerviosa. Si no llego a tiempo todo quedará pospuesto hasta mañana y quizá en ese mañana las dudas que ahora me buscan entre las calles me encuentren y decida no irme. Con el tiempo que llevo pensando en eso, con lo que me ha costado tomar la decisión, hacer la maleta solo con lo más imprescindible y llenar la mochila con pequeños objetos personales. Con el sentimiento de culpa que llevo en el pecho y con la mezcla de tristeza y euforia que atiborra mi cabeza, todo acabaría al perder el tren. Quizá lo que estoy haciendo no es más que un acto de cobardía, quizá no es valiente irse y dejar toda la seguridad asentada y aquello realmente heroico sea quedarse. Heroico es una palabra demasiado grande, tanto si me voy como si me quedo. Lo que yo hago es acometer un impulso gestado, uno que apareció de repente y que permaneció latente, agazapado entre la rutina y la normalidad, sacando la cabeza solo en las noches más silenciosas. Y quizá no me iría si no tuviera, escondida en algún baúl cerrado, una esperanza.

El semáforo cambia a verde. Antes de tener tiempo a dar el primer paso, un chico de barba arreglada (@nuncacervatilla) pasa a mi lado corriendo. Me pongo a correr también, cruzo la carretera y entro en la estación de paredes de cristal. Ahora es el momento en que no debo encontrarme a nadie, pero el temor ha aparecido de repente. Paso el billete al tiempo que suena el pitido de cierre de puertas, es el último viaje de la tarjeta. Las dos puertas de plástico se abren a banda y banda. Unos metros por delante el joven de barba arreglada entra en el tren. Y yo arrastrando la troley, maldiciendo no haberme puesto las bambas y no haber guardado el fular, que ahora me estorba enredándose entre mis brazos y en la bolsa que cuelga de mi espalda. Llego cuando las puertas se cierran, pero el chico pone una mano y eso me permite subir. "Gracias", digo. Las puertas se cierran. El muchacho sonríe entre su poblada barba. Es guapo, pienso, y lo sabe. Él se queda de pie al lado de la puerta. Busco asiento con la mirada. El vagón, justo el de en medio, está prácticamente vacío. Respiro. Es curioso, con las prisas no me he fijado bien, pero me ha parecido que todos los vagones, a parte de este, estaban a oscuras y que las puertas no se han abierto. El tren no arranca. Miro por la ventana Me asusta pensar que quizá, no, mejor no dejar ir a la mente por ahí. Me sorprende ver a una niña en el andén (@_SoloB), antes no he reparado en ella. No debe pasar de los ocho años y parece que va sola. A esas horas no hay niños solos tomando trenes, me digo. Avanzo entre asientos. En uno hay una señora de aspecto cansado (@Eccehumus) mirando al andén o, más bien, dejando descansar la vista sobre él, como si durmiera con los ojos abiertos. Al final del vagón dos chicas comparten imágenes por el móvil, cada una con un auricular, y ríen. Las miro, me recuerdan a mí, pero con el paso de las modas. La que está sentada en el pasillo (@GraceKlimt) parece risueña y jovial, la típica con éxito entre sus iguales; la que está cerca de la ventanilla (BAD Gal, @AmargorTw) así a primer vistazo, asemeja la amiga que piensa que quizá consiga contagiarse del encanto de la primera si va con ella a todas partes y le ríe todas las gracias. Pero quizá sea al revés. Siempre me ha gustado imaginar la vida de los que me rodean, sobre todo cuando viajo sola o mientras espero en algún bar. Mirar a la gente, adivinar por sus facciones o por sus gestos de qué hablan, qué historia inmediata tienen. Tengo un bloc de notas donde, en ocasiones, escribo sobre estas vidas desconocidas, invento su realidad, pero raramente repaso lo escrito después. ¿El bloc? En la mochila. Habérmelo olvidado sería un error, ¡aún y hablando de otros cuenta tanto de mí! Me siento finalmente al lado de una ventana que da al mar. El mar que anochece, que provoca con su negro una sensación de infinito y de abismo.

El corazón me da un vuelco cuando las puertas vuelven a abrirse. No, por favor no. Durante unos segundos el aire fresco del exterior parece invadir el vagón como una horda de amenazas y de miedos. Me incorporo en el asiento, lentamente, y ojeo: el chico tiene la vista puesta en su teléfono. La mujer triste sigue sin inmutarse. Un hombre de edad avanzada (@CosasDeGabri) murmura algo que no me llega. Distingo también a un tipo pequeño (@AllofMe39), que al estar agazapado parece de tamaño aún menor, sosteniendo en su falda, porqué lleva falda, un paquete envuelto en un pañuelo que agarra con fuerza con ambas manos, mientras lanza miradas de suspicacia por todo el vagón. Permanezco de pie, tensa, el asa de la maleta en la mano derecha por si tengo que bajarme. O por si debo. Y me doy cuenta que haberme levantado así solo significa que una parte de mí todavía no está segura de lo que está haciendo, como si el abrirse de las puertas fuera un aviso de que aún estoy a tiempo. Y las dudas me atrapan entonces, colándose en el tren sin pagar. Todas las personas del vagón me miran un instante. En mi imaginación confusa, ellas también me están preguntando si hago lo correcto. Solo faltaría que en el hilo musical sonara una canción sobre arrepentimiento o culpa. Pero todo es silencio.

Lo he intentado, me digo a mí misma para convencerme otra vez, como si no me hubiera repetido esta cantinela mil veces antes. Pero me marcho.

Justo cuando las puertas del tren van a cerrarse de nuevo, alguien entra torciendo el cuerpo para no quedar atrapado en medio. Es un hombre alto y delgado (@placerdemivida_). El vuelco en el corazón se convierte en pánico por todas las entrañas. Le tengo de espaldas, se parece tanto a él. Ha llegado antes de tiempo, ha visto la nota y las maletas y ha salido corriendo a buscarme. La nota, escrita y rota tantas veces en mi imaginación y que, sin embargo, ha acabado siendo tan distinta a lo pensado. Unas pocas frases que el bolígrafo parecía escribir por sí solo, deslizándose suavemente y con caligrafía exacta, por ese folio de color melocotón sacado de un regalo que incluía sobres y papeles de distintos colores y que he abierto hoy. El recién llegado se gira y ese temor que igual era esperanza, se desvanece. No es él. Ya está hecho, no voy a volver.

El convoy arranca con un movimiento más brusco de lo necesario. Lentamente, el andén va quedando atrás y con él la rambla, las otras calles, el pueblo, las luces, la gente. Y mi pasado. Me voy. Y esta vez, la sonrisa que se me escapa ya no es nerviosa, es ancha y abierta. Todas las dudas parecen haberse quedado en el andén. Me relajo y recuerdo de dónde me marcho y todos los porqués. El anciano me mira. Sin embargo, no estaré tranquila hasta que el tren llegue a destino. El del tren, porque el mío no lo sé. Me percato entonces de otra presencia que no había percibido. Justo detrás, sentada de espaldas, hay una chica de mi misma edad (@_vybra), que en ese momento pasa delicadamente un dedo por la parte inferior de su ojo derecho y una lágrima queda marcada en el dedo corazón. Así, viéndola solo de refilón, se parece muchísimo a mí. Ropa parecida, pelo semejante...

Sabiendo que no podré concentrarme en la lectura del libro que he traído conmigo, habiendo apagado el móvil, me quedo en pie y me pregunto por qué estará allí el resto de la gente que ocupa el vagón. Y la niña, ahora aquí dentro de pie, sola. No la he visto subir, no veo a su acompañante. Me sonríe. ¿Nadie más se da cuenta de qué está ahí? ¿Nadie va a preocuparse por ella? Todos parecen indiferentes a esa presencia pequeña, plantada en medio del vagón central.

Las pantallas que anuncian la siguiente estación parpadean y se apagan y cuando vuelven a encenderse aparece un mensaje que se transmite también por los altavoces pero no anuncia la siguiente parada, sino que parece saludarme: "Bienvenida al último tren. No habrá más paradas".


CAPÍTULO II: Decir "te quiero" y salir corriendo

(@nuncacervatilla)

Me miro al espejo por última vez y sonrío. Todo está bien, me repito. La barba bien recortada, la camisa planchada, la sonrisa perfecta (el corazón hecho trizas). Nunca me miro a los ojos cuando me observo en el espejo. Me aterra ver la puta realidad. Me asusta ver al niño atemorizado boqueando en el último rincón de mis pupilas, hecho un ovillo para que nadie lo vea. ¿Cuánto duran las voces que te decían todas aquellas estupideces en la niñez? Porque yo todavía las escucho, a veces nítidas, otras como un eco lejano. Gordo, empollón, torpe. Torpe, torpe, torpe. Lo curioso es que ahora cuando las escucho es mi voz la que las pronuncia (torpe, torpe, torpe). Por eso nunca me miro a los ojos cuando me miro al espejo, por si me da por ser sincero y vuelvo a ser aquel niño asustado que temía hasta a su propia voz.

Supéralo, gilipollas, tienes 30 años, todo va bien, la vida te sonríe. Sonríele tú, como si no estuvieses triste. Todo va bien.

El agua en la ducha... Joder, no lo recordaba. Laura se quedó anoche a dormir. Bebimos, se puso intensa, follamos, se puso tierna. Y ya es tarde, no debí dormir hasta esta hora. Tengo que darme prisa, marcharme antes de... Antes.

Siempre es difícil explicar por qué prometí velarle el sueño agazapado en sus pestañas. Joder, no era mentira, en ese momento juro que no mentía. Es difícil explicar que necesito que me mientas te quieros mientras te llamo zorra. Pero el amor siempre se desvanece tras el orgasmo. Ojalá no fuese así. Laura es perfecta, graciosa, sensible, apasionada, inteligente. Nada. No siento nada. A veces creo que sólo soy capaz de sentir ese maldito instante en que sé que hablará la carne, que el olor a sexo lo impregna todo.

Suena el teléfono, Psycho killer, y sonrío.

"Hola Ana, qué oportuna, estaba pensando en llamarte."

"Eso es que has follado."

Siempre me desarma su descarnada sinceridad. Me río, se ríe. Me pregunta detalles, quién es esta vez la presa, si he huido antes de que se levante. He esperado a que estuviese en la ducha, digo, y río para que crea que bromeo, y sabe que no bromeo, pero ríe conmigo. Eres un capullo, un día te enamorarás y no te vas a dar ni cuenta. A ver entonces cómo coño le explicas que no te has marchado cuando se levante.

Y no, no lo creo. No creo que pueda querer a nadie, es así de simple. Desde pequeño tengo la sensación de que amo de menos. Recuerdo el día que murió mi prima, tan joven, mi compañera de rarezas, aquella que me hablaba de dinosaurios y me enseñaba a jugar al ajedrez. Recuerdo a todos llorando, y yo sólo sentía un vacío, un desasosiego. Desasosiego, qué palabra tan absurda para sentir en un entierro. Desasosiego. Así que me esforcé por parecer destrozado, por fingir normalidad. Quizás cada uno siente a su manera, quizás cada persona sobrelleva el dolor como puede. Pero eso no te lo explican a los trece años, y sólo sientes vacío, y desasosiego, y finges normalidad. Y lloras. Y un día, diez años después, alguien te propone jugar al ajedrez y te da por llorar todo lo que no supiste llorar entonces, escondido en el baño de un puto bar (como una nenaza, cobarde y llorica siempre).

Joder, si no me doy prisa voy a perder el tren, digo. Ana se ríe y cuelga. Te quiero, dice antes de colgar. Como siempre. Cuelga sin esperar respuesta, como siempre. Decir te quiero y salir huyendo. Como siempre. Tal vez no somos tan distintos.

Espero que Laura se haya acordado de cerrar las ventanas. Debí cerrarlas antes de irme. Cerrar ventanas, cerrar ventanas, cerrar ventanas. Como no poder dormir sin repetir mentalmente aquella frase trece veces. Como comer siempre un número impar de aceitunas (maldito tarado, espero que nadie se dé cuenta nunca de lo anormal que eres).

Vuelvo a la realidad cuando esa mujer me sonríe y me da las gracias mientras busca con la mirada un asiento. Siempre preferí quedarme de pie junto a la puerta. Hay menos posibilidad de que alguien intente hablar contigo. Odio esas conversaciones banales entre desconocidos. ¿Qué posibilidad hay de encontrar una conversación interesante? Y si la encuentras, luego viene la putada de no repetirla (cobarde).

"Bienvenido al último tren", suena por megafonía. Y entonces recuerdo la conversación con Laura, cuando todo empezó a ponerse raro. "Y tú", dijo, "¿en quién pensarías si supieses que se acaba el mundo, que ya no habrá más estaciones, más trenes?" Sé que lo dijo esperando que le contestase algo que soy incapaz de contestar, lo sé por sus ojos vidriosos y su gesto de desencanto.

Y mi mente, esa hija de puta que siempre me boicotea lo grita desde ese momento.

"No habrá más paradas", sentencia la voz metálica de la megafonía, con un tono de fingido dramatismo, un tanto catastrofista.

(Ana)

Sonrío fingiendo que no lo he escuchado. Nunca.

(¿Cómo crees, pequeño imbécil, que ella podría querer a alguien como tú?)

Sonrío mientras el tren empieza a moverse.

(Cobarde)



CAPÍTULO III: El olvido que seremos (@Eccehumus)

¡Que arranque ya, maldita sea!

No sé qué demonios hace este tren varado. Pareciera que nadie tiene nada que hacer, que todo el mundo aquí vive feliz en esta espera.

Me duermo. Demasiadas horas, demasiadas obligaciones, demasiada vida.

¿Vida?

No, no es vida. Aunque respire, no lo es.

No quiero cruzar la mirada con nadie, no quiero hablar con nadie, no quiero que me mire nadie. He venido aquí a irme no sólo del mundo, sino también de la humanidad.

Los he visto subir a todos, ¿a qué habrán venido ellos?

Ninguno ha hecho mención de sentarse a mi lado. No los necesito. Todo lo decidí anoche.Y ahora, acompañada por los reflejos del cristal de la ventana, repito cada paso que di, cada sensación, cada impulso... como si fuera el bucle del resto de mi vida.

Anoche...
"Cerró la puerta de casa, tras atender al vendedor de libros del Círculo de Lectores que acababa de intentar suscribirla a su revista literaria especializada. Lo había tratado con sumo respeto, como era habitual en ella, y rechazado la oferta. No le interesaba leer más. Había llegado al conocimiento supremo, lo sabía, y ya sólo podía vivir pensando en él.

Tenía prisa. Las tareas cotidianas llenaban buena parte de su tiempo, y andaba en esos momentos por la cocina recogiendo restos y preparando un tentempié, pues sus kilos de más no eran regalo divino y había que mantenerlos. Con el congelador inmenso abierto de par en par a sus espaldas, ella preparaba un sándwich con esmero y meticulosidad, ya que, aunque no sabía dónde, había oído decir que el cariño es el principal ingrediente en una buena mesa.

Se volvió a mirar el congelador, su congelador, su vida entera. Allí estaban los cuerpos de su pequeña Inés y Jorge, sus hijos; y el de Sam, el can que le había acompañado durante los últimos diez años, los mismos que tenía Jorge. Empujó la tapa hacia arriba para, como cada día, hacerles compañía durante esos ratos de soledad y se quedó contemplando las bolsas de plástico transparente del interior. Se veía la mano de Inés como si abrazara el cuerpo inerte y rígido de su hermano.

Le molestaba que, al abrir la tapa, ésta quedara apoyada en el mueble de madera roja de la cocina, instalado un metro sobre él congelador. Tendría que quitarlo pronto, pensó. No permitía abrir el congelador del todo.

Encendió un cigarrillo y se sentó a esperar que el calor fundiese el queso. Observó su casa. La tenía pagada, era coqueta y funcional al tiempo, una divinidad hubieran dicho sus amigas, si siguiera teniendo trato con ellas. Dos meses hacía que dejó de verlas. Ella ya se había convertido en olvido para ellas; fue su primer paso hacia la plenitud. Las primeras insistencias le fueron molestas, y hubo de ser severa en su decisión de cortar lazos y contactos. Pero el resultado valió la pena.

Lleno el hogar de la vida de su familia, había sido ruidoso; pero hoy, tras el descubrimiento, la algarabía dejaba paso a la paz, al sentimiento seguro de andar un camino inexplorado, por el cual sólo podría adelantar el gran final: el olvido que todos seremos. Sus niños dormidos ahora junto a Sam, sí sabían guardar silencio.

Desde pequeña supo, intuyó y le enseñaron, que el camino era la pérdida de tiempo necesaria para llegar al destino. La luz siempre está al final del túnel; y verla es la única manera de poder dibujar o borrar sus sombras. Ella decidió borrarlas.

El destino: ser un olvido en un mundo acelerado que no aprecia el camino, el gran final, el sumun del ser. Perderse en la levedad de una existencia fútil, adormecida por las necesidades vacías y creadas para loa de la vanidad.

Ella estaba preparada. Sus ahorros le permitirían seguir siendo nada un tiempo más, el suficiente para reflexionar en silencio sobre el cómo, pues el qué ya lo tenía en mente. En los últimos dos meses, todo su trabajo, toda su intención, los había puesto en esa preparación. Acabado el sándwich, se limpió de los labios las últimas migas que le recordaron que tendría que dejar todo intacto. Limpió escrupulosamente la sandwichera, la mesa; ordenó cada cosa movida y se levantó para dirigirse a la habitación interior, donde pasaba los días de meditación y esa, la que sería su última noche.

Antes de retirarse, caminó despacio hasta el congelador, besó a sus hijos y acarició a su perro, ahora silenciosos, quietos, helados y en el olvido; en el futuro, en el destino. Y cerró la tapa.

Tendría que quitar el mueble... O no."

Y no. El mueble lo encontrarán junto al resto de mi vida, de mi pasado, porque del futuro no queda nada.

Allí detrás están mis compañeros de viaje. No los voy a mirar. En el infierno nos veremos, que ya suena la voz de arranque: "Bienvenido al último tren. No habrá más paradas".



CAPÍTULO IV: Cara B (@GraceKlimt)

Aquí estoy, montada en la parte de atrás del vagón, con una pierna saliendo hacia el pasillo.

Al final, lo he hecho.

Llevo tiempo con la idea rondándome, y la vocecita en mi cabeza que me dice que lo haga cada vez habla más alto, al principio cuando empecé a oirla me molestaba, pero últimamente me he dado cuenta que tiene toda la razón del mundo, así que cada vez le hago más caso, y además, así siempre estoy acompañada... y esta mañana al levantarme lo he visto claro, así que le he mandado un whatsapp a Bad, y le he dicho que nos vamos de concierto, que pagan mis padres, y ella no ha tardado ni 30 segundos en decir que claro, que cuente con ella. La quiero muchísimo, porque nunca me falla. Bad es a la única persona en el mundo a la que quiero de verdad. Si es que ese sentimiento de querer existe en mí, que no estoy muy segura. Por eso, me duele un poco engañarla. Pero la necesito a mi lado. Sin ella, no sería lo mismo.

Después, me he puesto a recorrer tranquilamente toda la casa, planta baja, primera y segunda planta, sótano, jardín... si la vieseis, pensaríais que no tiene nada que envidiar a cualquiera de esas que salen en las revistas de decoración, cada cosa en su sitio, y un sitio para cada cosa, es perfecta, es maravillosa, es envidiable, es genial, y sobre todo, es terriblemente impersonal. Es un sitio para ir a comer, a dormir, para protegerse del frío. Pero no es un sitio al que uno quiere regresar. Por eso no es un lugar. Y mucho menos un hogar. Sólo es una casa grande y fría. Como sus habitantes, cuando está habitada.

Me he tomado mi tiempo al llegar a la habitación de mis padres. Me he sentado en la enorme cama de estilo japonés, y he intentado recordar cuando fue la última vez que me dieron un beso de buenas noches. Y no he sido capaz de conseguirlo. Sólo recuerdo a mi nana diciéndome "buenas noches, princesa, descansa", y arropándome. Y alguna imagen fugaz de mi madre, asomándose corriendo a la puerta del cuarto, mientras se ponía los pendientes o se colocaba la pulsera o se ajustaba la falda o se retocaba el maquillaje, y me decía algo sobre que esa noche también tenían una cita ineludible, y que me portase bien. Pasé muchos años cerrando muy fuerte los ojos y pidiendo que por favor, al abrirlos estuviesen allí, listos para contarme un cuento. Y con el tiempo, descubrí que eso nunca se cumpliría, y aún peor, me di cuenta que ya ni siquiera me importaba. Aprendí a convivir con un par de desconocidos que salen en las revistas de economía, viajan 24 días al mes, nadan en dinero, y nunca tienen un segundo para mí.

Cuando hemos llegado al tren, en el vagón solamente hay una mujer de aspecto triste y cansado, que mira por la ventanilla como deseando perderse en algún lugar indeterminado del andén, y un hombrecillo de aspecto extraño que sujeta algo con tanta fuerza que parece que llevase un tesoro guardado. Nosotras hemos pasado riendo y hablando del concierto, nos hemos sentado y nos hemos puesto los cascos para ir repasando todos los videos musicales. Yo río y finjo estar emocionada, pero no sé cuanto tiempo voy a aguantar sin contarle a Bad la verdad.

Acabo de oír mi propia risa, y no la reconozco. A veces siento que, todo lo que hago, no sirve de nada. Soy una hija ejemplar, me porto bien, nunca me quejo de estar sola, no doy problemas, saco buenas notas y voy a estudiar Administración de Empresas como ellos quieren, para continuar con el negocio familiar, soy alta, guapa, con una melena pelirroja espectacular, y tengo éxito entre los chicos y las chicas, juego al baloncesto y soy la responsable de la revista del instituto, tengo miles de seguidores en mis cuentas de Instagram, Twitter y Tumblr, y un coche esperando en el garaje a que cumpla los 18 para poder estrenarlo, siempre sonrío y hablo con amabilidad a todo el mundo, la gente me aprecia y lucha entre sí por llamar mi atención.Soy, como ellos dicen, una chica con éxito.

Y yo, cuando me miro en el espejo, a veces no sé quién soy, y me da la sensación de que, si rasco un poquito con fuerza, mi cuerpo se va a empezar a hacer trocitos, y debajo de la primera capa, no va a haber nada. Solo vacío.

Acaba de montar una chica en el vagón. La miro de reojo mientras sigo sonriendo. La veo llorar, y por un instante, estoy a punto de romper a llorar yo también. De levantarme y gritar que yo también tengo algo dentro que amenaza con desbocarse e inundar todo el tren. Pero me aguanto. Me han enseñado a ser formal, y guardar las formas. Así que vuelvo a la
pantalla del móvil, y tarareo.

Recuerdo un día en que entré, siendo pequeña, en el territorio privado de mi padre, la biblioteca. Él estaba sentado en su enorme sillón, fumando un habano, y tomando un whisky en una copa de balón, muy serio y concentrado en el periódico. Yo llegué corriendo, gritando, quería contarle que acababa de dar mis primeras pedaladas con la bicicleta sin las ruedas pequeñas, ¡estaba tan feliz!, quería compartirlo con él. Así que le chillé, ¡papá, papá, ya sé montar en bici como los mayores!, y estiré mis brazos esperando un abrazo y un beso, una carcajada, como en las series de dibujos de la tele que tanto me gustaban. Él solo apartó un instante los ojos del periódico, y con gesto severo me dijo: "Muy bien, es un gran logro, pero por favor, no vuelvas a gritar, eso no son modales de señorita, y tú, eres una señorita".

Agito la cabeza y vuelvo al vagón. Es increíble, me he quedado perdida en el pasado, y el vagón se ha llenado. Han montado un par de hombres, uno muy mayor, y otro muy muy muy alto, y también una chica, y ni me he enterado.

Paseo la mirada por todo el lugar, y los observo. Me siento genial. Creo que es la primera vez en mucho tiempo que sonrío de verdad, sin necesidad de fingir. Tengo que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad, y de todos los años de buena educación, para no ponerme de pie y gritarles a todos, -Eh!, Vosotros!, Hoy las cosas van a cambiar!-, y lo consigo. No digo nada. Solamente me siento preparada. Decidida. Y ansiosa por hacerlo.

Al fin el mundo va a saber que detrás de esta chica risueña, hay una mano capaz de todo.

Empiezan a cerrarse las puertas. Ha llegado el momento de contárselo. Me acerco mucho a su cara, y rozando casi con mis labios el oído que tiene libre de los cascos de música, le susurro: "Escucha, Bad. En el concierto, vas a elegir a un chico, y nos lo vamos a llevar a los baños, vamos a follar con él, y cuando pierda el control...", me separo, la miro, le guiño un ojo, abro la mochila que tengo tirada en el suelo, y le enseño el revólver que esta mañana he cogido de la caja fuerte del despacho de mi padre, "¡Bang!, nos lo vamos a cargar".

Las pantallas que anuncian la siguiente estación parpadean y se apagan y cuando vuelven a encenderse aparece un mensaje que no anuncia la siguiente parada, sino que me saluda: "Bienvenida al último tren. No habrá más paradas".



CAPÍTULO V: Mínimo esfuerzo (@SrAtIante)

Estoy cansado, la jornada ha sido agotadora, cada día salgo un poco más tarde del trabajo. No tengo la obligación de hacer horas extra, pero suelo perder la mañana haciendo llamadas o fingiendo que salgo a hablar con el móvil, para poder fumar. Pierdo el tiempo deliberadamente, me aprovecho de mi condición de jefe de departamento para acceder a internet con libertad con la excusa de buscar información. Es una empresa pequeña, el único informático no da abasto apagando conatos de incendio en su condición de bombero voluntario, así que nadie revisa los tiempos de conexión. Leo un periódico y otro más, salto de noticia en noticia, busco información irrelevante, me pierdo en cualquier anuncio, reviso la situación de mis cuentas por banca electrónica, luego leo la prensa deportiva, contesto al teléfono, doy instrucciones, órdenes, recomendaciones, envío algún email para dar trabajo más que para resolver algo, vuelvo a salir a fumar.

La mayoría de mis gestiones las resuelvo por teléfono, me gusta trabajar a la antigua usanza. No llevo agenda, todo lo tengo en mi memoria. No me hace falta más. Firmo papeles sin mucho interés, algunos llevan varios días en mi mesa, no los reviso, firmo sin más, pero dejo que se acumulen y luego me quejo abiertamente de toda la documentación que debo revisar. Tengo un segundo que me filtra todo, he tenido la destreza de aleccionarlo para que no se equivoque. Si algo resulta mal, le pido airadamente explicaciones, le recuerdo mis limitaciones de tiempo, las horas que echo en el despacho para que todo esté siempre en orden, sin poder evitar estar siempre en el filo de la navaja y asumir con mi firma toda la responsabilidad. Le hago sentir lo bastante culpable como para que se afane en revisar todo de nuevo con minuciosidad. Algún que otro día el minucioso soy yo, hago mi trabajo como correspondería, siempre encuentro algún error menor con el que llamar a mi despacho a los colaboradores para la exigirles mayor rigor en su trabajo, porque a mi nada se me escapa. A veces, firmo deliberadamente un documento erróneo, días después lo solicito con la excusa de cualquier petición de la dirección y convierto el error en un mecanismo interno de autocontrol. No puede haber errores. Mientras todos se afanan en hacer la mayor parte de mi trabajo, yo pierdo el tiempo deliberadamente. Por la tarde me encierro en el despacho y en unas horas hago cuantos informes me han sido requeridos, dando siempre a entender que me ha llevado varios días de trabajo. Es mi particular ley del mínimo esfuerzo.

Si tuviera un sólo motivo para regresar temprano a casa, haría mi trabajo durante la mañana y sería el eficiente ejecutivo del principio. Pero al llegar me espera la más absoluta soledad, así que evito irme a tiempo de la oficina, cuanto más tarde mejor.

No hacer nada y perder el tiempo durante horas, es agotador. Mi desmotivación es evidente y concentrar en pocas horas el trabajo de toda la jornada resulta demoledor. Suelo llegar agotado, arrastrando los pies, sin ganas de hacer nada, sólo quiero ducharme, cenar y dormir. Ni siquiera pienso en el sexo, me aburre. Cuando me aprieta la entrepierna tenso los músculos de los brazos unos segundos y eyaculo. Limpio cuidadosamente mi corrida estéril con un papel y me voy a la cama. Estéril, sí, porque mis espermatozoides siembran en terreno baldío, casi siempre cerámica gris, alguna vez pavimento de gres y pocas veces metal. En realidad, murieron mucho antes de llegar al papel higiénico, mucho antes de salir. Tengo los huevos llenos de nada, millones de espermatozoides muertos que sólo alcanzan a manchar esa vagina que conduce a un útero fértil.

Aún recuerdo cuando nos hicimos las pruebas de fertilidad, mi cara de gilipollas al recibir los resultados. Mientras yo moría de éxito profesional, mi semen participaba de un macabro ritual fúnebre. Fue entonces cuando empecé a alargar mi jornada laboral, cuando inventé el sistema de autocontrol de mis empleados, cuando comenzó la rutina de agotarme en la ley del mínimo esfuerzo, para llegar a casa, ducharme, cenar en silencio y hacerme alguna paja esporádica antes de irme a la cama. Me acostumbré de inmediato a ignorar la joven fertilidad de mi mujer, la sangrienta humedad de sus órganos genitales y la intolerable planicie de su vientre.

Hoy se reunía el comité de dirección así que he trabajado, como cada tres meses, con la misma eficiencia de mis comienzos. Asombrando a todos con mis conocimientos, mi destreza, mi audacia, mis informes impecables, mi don de gentes, mis palabras justas en el momento adecuado. Media hora de oratoria al comienzo del comité, resaltando los méritos del departamento más productivo de toda la empresa. Mi buena imagen forjada a costa del trabajo de los demás y de regreso al departamento reunión en la sala, mensaje severo y por momentos motivador, miradas de admiración y respeto. Un café a solas con mi segundo, entre amigos. Alguna mirada de aprobación y sonrisa serena al pasar por cada mesa a hablar unos minutos. Un solo instante de relajación antes de reanudar la dictadura al día siguiente, como un buen líder autocrático y benevolente. Por la tarde toca la despedida afable de mis superiores, con su correspondiente palmada en la espalda y la ley del mínimo esfuerzo demostrando una vez más su validez.

La semana pasada estuve enfermo pero no solicité la baja, como suelo hacer para demostrar que siempre cumplo con mis compromisos profesionales. La debilidad física, unida a la exigente jornada, me ha agotado, así que regreso antes de lo habitual a casa. He bajado de peso rápidamente, la gastroenteritis me ha pasado factura, al caminar desgarbado hacia la salida, advirtiendo que me voy antes porque estoy agotado por no haber cogido la baja, parezco mucho más alto y delgado. Me subo los pantalones hasta la cintura, agacho la cabeza al pasar por la puerta y salgo a la calle. Subo por la rambla, como hago cada noche, sorprendido esta vez por el ajetreo reinante en las calles. Me he aflojado el nudo de la corbata y llevo la chaqueta en el brazo, porque aún hace calor. Se nota que es temprano, me cruzo con decenas de niños de la mano de sus padres o corriendo a sus anchas a la salida del colegio. Esbozo una sonrisa ante la escena, súbitamente me ha pasado una idea por la cabeza.

Tengo sed, así que me detengo en una terraza para tomar un refresco y terminar mi segunda cajetilla antes de subir a casa. "Me lo merezco", me digo, así que acerco una silla para dejar a mano mis cosas y me relajo. Cuando pido la cuenta, ya está oscureciendo. Miro al cielo, entre las nubes se ve una luna espléndida, debe estar en cuarto creciente.

Aún quiero a mi mujer, he volcado en ella toda mi frustración, cada noche al llegar a casa me espera en el salón. La saludo, como siempre, con un beso en la mejilla, con gesto cansado. Encuentro en el dormitorio mis zapatillas de andar por casa, la ropa interior, el pijama y el albornoz. Encima de la cama, como siempre. Me desnudo, voy a la ducha, me masturbo o no, me dirijo a la cocina y encuentro la cena en la mesa. Ella me recuerda, como siempre, que debo darme prisa si no quiero que se enfríe. Suelo evitar su mirada. Me espera en la cama. Me quejo de lo agotado que estoy, le doy otro beso en la mejilla y me retiro a la paz de mi lado de la cama, a miles de kilómetros de distancia de su cuerpo, a años luz de su joven sexo. Diablos, tiene un coño perfecto, pero mis espermatozoides han nacido minutos antes, muertos. Mi sexo está flácido. Como siempre.

Vuelvo a sonreír mientras me acerco al portal, cada vez me gusta más la idea que ha pasado por mi cabeza, voy a darle un beso en los labios al llegar, voy a estrechar su mano, no voy a evitar su mirada, voy a decirle cariño, pero esta vez de labios hacia fuera. Voy a decirle que tenemos que hablar, me voy a disculpar por mi extraño comportamiento, le voy a confesar toda mi frustración. Le contaré lo que no hago en el trabajo y por qué llego tarde a casa cada noche. Le diré que nos queremos, porque yo la amo aún con todas mis fuerzas, le daré las gracias por cuidarme en silencio. Lo de menos es no poder tener descendencia, adoptaremos un niño o una niña. Todo el amor que nos hemos profesado siempre y todo el que llevamos dentro, lo regalaremos a esa criatura no salida de nuestras entrañas, porque para ser unos buenos padres sólo tenemos que ser nosotros mismos. Somos sensatos, jóvenes, maduros, tenemos ilusión, seremos unos buenos padres, eso nos dará vida y nuestro matrimonio volverá a ser como antes. Hace tiempo que deseo hacerle el amor hasta rompernos, deseo besarla y abrazarme a ella en la cama como si fuera mi isla y yo un pobre náufrago.

Sonrío por tercera vez al subir las escaleras, hasta el ático. De pronto ya no siento cansancio, no puedo esperar al ascensor. Abro la puerta, jadeante, ya he llegado.

Me sorprende encontrar las persianas cerradas y la casa en penumbra. Enciendo las luces y voy al dormitorio, por si duerme. Tal vez ha salido, pero ella nunca cierra las persianas hasta la noche, a no ser que llueva. Encuentro una maleta grande, vacía, abierta en medio de la cama. Me acerco. Esa vieja maleta desentona grotescamente con el resto del mobiliario. En su interior encuentro un folio de color melocotón escrito con letras mayúsculas, es su letra:

CARIÑO. NO SOPORTO MÁS TU INDIFERENCIA. TRAS DOS AÑOS DE SILENCIOSO DOLOR, SIENTO QUE MUERO. ME VOY EN EL ÚLTIMO TREN. DECIDE SI HACES TU MALETA Y TE VIENES CONMIGO. PESE A TODO LO OCURRIDO, AÚN TE QUIERO

Me siento en la cama, desconcertado, ella sabe perfectamente que no dejaré todo cuanto he logrado aquí para regresar de nuevo a nuestro antiguo barrio.



CAPÍTULO VI: Resurrección (BAD gal)

"La vida nunca vuelve a ser como cuando tienes quince años". Nunca había entendido lo que me quería decir la abuela cuando me susurraba estas palabras cada vez que me despedía con un beso. Sin embargo, llevo todo el día sin podérmelas quitar de la cabeza. Quizá porque hoy todo va a ser distinto y voy a sentir lo que es ser propietaria de mi vida por primera vez. Mis próximos pasos no los va a dictar la rutina idiota de una sociedad que no sabe dónde colocar a los adolescentes para que no demos mucho el coñazo o nos dé por pensar o tener iniciativa o yo qué sé. Me pregunto quién habrá vivido mi vida todas las horas que he pasado en el instituto o delante de los libros.

¡Qué mierda la vida a los quince años, la verdad! Pero hoy la sangre me fluye a borbotones y estoy feliz. Quizá es a eso a lo que se refería la abuela. Nunca le hago mucho caso cuando me habla porque siempre está contando las mismas historias: cuando se escapaba de su madrastra para irse a bailar con las amigas, cuando la expulsaron a la academia de secretariado por haber sacado la lengua a la profesora, cuando invitaban a chicos que no conocían a los guateques de la azotea... Lo extraño es que ahí se acaban sus anécdotas. No tiene ninguna con el abuelo o con mamá. Es como si, a partir de ese momento, hubiese muerto. A veces lo pienso; creo que los adultos están muertos, no tengo más que mirar a los dos que viven en mi casa. Ahí están, como todas las tardes, anestesiados con la televisión y deshojando las horas hasta que se les acaben. Yo creo que ya ni se conocen del tiempo que hacen que no se miran, ni se hablan.

A lo mejor lo que les voy a hacer hoy los resucita. ¿Sabrán reconocer el miedo cuando lo sientan? La verdad es que sólo sé lo que me va a pasar en los próximos 30 minutos. A partir de ahí todo es una incógnita y no me puede gustar más esta sensación.Esta mañana Grace me pidió que nos fuéramos de concierto y que, como siempre, la salida nos la financiaban sus padres: otros muertos, pero éstos, enterrados en billetes con los que tratan de comprar la felicidad y el tiempo de su niña. Pero yo sé que Grace trama algo más. Llevo tanto tiempo observándola que sé cuando sus ojos brillan de una forma especial y me ha contagiado el entusiasmo. Estoy absolutamente emocionada. No sé cuál es su plan pero yo siempre voy a estar con ella y eso le reconforta. Los demás piensan que ella es la fuerte, pero sólo nosotras sabemos cuánto me necesita a mí.

La conozco desde que entramos en el instituto. Siempre rodeada de gente, riendo, tan bonita... pero, a poco que te acerques, puedes ver que es la chica más solitaria del mundo. Desde el principio, fue amable conmigo y me sorprendió porque poca gente lo es. Bueno, también me sonríe la chica del quiosco donde compro los cigarrillos sueltos y los chicles. Pero creo que lo es porque sabe lo que me pasa, porque soy igual que ella. Pero yo ya no sufro por eso, bah.

Grace acaba de llegar. Me despido de los dos difuntos del salón y bajo los escalones de dos en dos, como si el huracán de la aventura me empujara por detrás. No sé cuánto durará esta locura pero, al fin al cabo, "la adolescencia sirve para poner en práctica todo lo que todavía no se ha aprendido". No sé dónde habré leído esa frase, cualquier movida de Facebook o Twitter.

Mientras caminamos hacia la estación estamos histéricas, no sé lo que nos pasa, hasta le he devuelto la sonrisa a la quiosquera que anda recogiendo la prensa con sus enormes brazos tatuados. Grace no para de reír y yo no puedo dejar de pensar en lo que estará tramando.

Cuando subimos al tren, el vagón está casi vacío. Sólo hay dos muertos vivientes, agarrados a su pena y mirando por la ventanilla. Pasamos a su lado, alborotadas, para sentarnos al fondo a escuchar música, pero apenas nos advierten. Entre risas, Grace parece que quiere decirme algo, pero se queda en nada y volvemos a la pantalla del móvil. Yo también quiero decirle algo desde hace tanto tiempo. Puede que ella sepa y también quiera... No sé, quizá hoy tampoco sea el día, o tal vez sí, sólo sé que se me va a salir el corazón por la boca y ¡qué bien!

Poco a poco, el vagón se va llenando de gente. Los observo de vez en cuando. Ha llegado un tipo con barba que no deja de mirar el teléfono y una chica nerviosa que parece esperar a alguien que no llega. Me fijo en ella porque quizá sus ojos reflejan algo de ilusión. Miro a los demás y, por primera vez, me doy cuenta de que hay algo detrás de sus miradas que no había advertido hasta ahora. También hay un señor mayor que parece que ha visto el fantasma que llevaba esperando toda la vida. ¿Y si al fin y al cabo no todos los adultos estuvieran tan muertos? Me parece que se me está yendo la cabeza y estoy proyectando en ellos mi felicidad. Joder y todavía no ha empezado la noche.

Por los pelos, entra un chico bastante alto al que casi se le cierran las puertas en las narices y, por fin, comenzamos el viaje. Entonces, siento la boca de Grace cerca de mi cuello y noto la calidez de su aliento mientras me dice no sé qué, que no soy capaz de entender. Nunca la había tenido tan cerca y, en este momento, sólo puedo pensar en cómo la deseo; mi dulce Grace, tan sola. Vuelvo la cabeza para encontrar sus labios, pero me guiña el ojo, se ríe y veo que algo brilla dentro de su mochila. ¡Bang!, me dice, con una mirada como no le había visto nunca.

¿Qué coño es eso? ¿Una pistola?

No puedo articular palabras, pero mi cabeza grita en silencio: "Grace todavía estamos a tiempo, vamos a tomarnos de la mano y que desaparezca todo a nuestro alrededor". Pero ella, sigue riendo. Hasta ahora pensaba que sólo yo podía salvarla, pero veo que ya no hay nada suficiente para ella. Ojalá mi amor pudiera sacarla de ese agujero en el que se ha convertido su mente.

Mis ojos se nublan y veo parpadear y brillar un cartel que anuncia "Bienvenida al último tren. No habrá más paradas". Mi último viaje con Grace. Lo siento, mi amor, pero ya no te puedo acompañar más.



CAPÍTULO VII: Silencio (@CosasDeGabri)

"Te pareces tanto a ella", murmuro al ver a la joven del foulard levantarse de su asiento, las palabras han salido solas con el aire de un suspiro.

La llamamos Silencio porque al nacer se negó a respirar. Desde entonces nunca dijo una palabra de más, se limitaba a hablar con la mirada. Tenía una mirada hermosa, unos grandes ojos verdes, casi transparentes, que podían hacerte llorar con sólo cruzarse con los tuyos. Hasta hoy, en el tren, no me había encontrado con ninguna mirada igual que la suya. Pero ahí está, nerviosa, de pie en el asiento, con su bolso en la mano mirando hacia la puerta como si quisiera escapar del tren. Cuando al pasar a mi lado, habría jurado que era al revés y que quería escapar en el tren. Si me permitiera sentarme a su lado durante el trayecto, la miraría a los ojos y seguramente lo entendería todo.

A Silencio le gustaba jugar a mirar a los ojos, era cosa de niños. "Papi, ponte serio, que ahora tenemos que mirar a los ojos y el primero que ría pierde". Me encantaba dejarme ganar y su carcajada exagerada justo después de la mía. Juro que reía por no llorar, porque esa niña, mi niña, me leía el alma en cada mirada.

En esos juegos con ella pasaba las tardes de invierno en la casa del pueblo, el único hogar que he conocido en toda mi vida. Cuando la nevada nos impedía salir, quedando incomunicados unos días, mi vida era un continuo esfuerzo por mantener el fuego encendido en el hogar. Eso incluía apaciguar con juegos a mi silenciosa pequeña, que muchas veces se acercaba a mi sin hablar, se sentaba en mis rodillas, me ofrecía unos trozos de madera como si fueran un juguete, me miraba con los ojos bien abiertos y yo entendía que quería jugar a las casitas.

Cuando se marchó de casa, debía tener la misma edad que esta muchacha, algo menos de treinta años. Ha pasado más de tres décadas, así que no recuerdo la edad exacta que tenía cuando llenó su maleta con lo más imprescindible y desapareció en silencio de mi vida.

La he visto sonreír, tiene la misma risa ancha que tenía ella a su edad cuando un pensamiento la reconfortaba. No hacía falta que dijera nada, la veía sonreír y el brillo de su mirada ya me hacía sonreír por dentro. Cuando abruptamente dejó de sonreír yo también perdí mi sonrisa, se me quedó en la cara esta mueca desfigurada con el paso de los años. Las sonrisas tristes duelen en toda a cara y tienen la facultad de desangrar el corazón.

Me habría gustado hablar con ella para que me contara por qué se marcho, pero soy un pobre viejo al que le quedan seis meses por culpa de una vida cargada de vicios y ahora, un enfisema.

Me da igual morir, ya he pasado los ochenta y no quiero batir ningún récord de longevidad, a mi lo que me jode de verdad es irme sin respuestas. Lo admito, mucho he aprendido de esta mala vida, pero las respuestas que necesitaba a las preguntas importantes aún no las tengo.

¿Por qué murió mi esposa en el parto de nuestra única hija? ¿Fue la culpa quien ahogó el primer llanto de Silencio? ¿No era el alma de mi esposa lo que relucía en la mirada de mi pequeña? ¿Cómo puede un padre sustituir el amor de una madre sin olvidarse algo por el camino? ¿Cómo puede una niña cuidar de su padre como si fuera adulta? ¿Cómo puede la muerte arrebatarte lo que más quieres?

Si consigo levantarme del asiento estoy decidido a acercarme a esa delgada joven de pelo castaño, ojos verdes, labios finos, sonrisa amplia, lunares en el cuello y el universo en la mirada. Voy a hacerle una sola pregunta, no necesito más. "Disculpe, joven, ¿puedo sentarme un momento a su lado?". "Sí, claro". "La he visto pasar a mi lado al entrar y me he fijado en usted, es la viva imagen de alguien que conocí. Perdone que venga, sin avisar. Los viejos somos así porque ya nos queda poco tiempo y no podemos perderlo. ¿Puedo hacerle una pregunta?." "No sé si podré responder a su pregunta, pero adelante".

"Disculpe, señorita, ¿su madre se llama Silencio?", la miro fijamente y el vacío de sus ojos ya me ha contestado.



CAPÍTULO VIII: Leprechaun (@AllOfMe39)

Otra vez que se ha atascado el puto despertador y no hay quién lo apague. Para variar, empiezo el maldito día con el pie derecho. Sí, el derecho. Siempre he sido un hombre de contradicciones y, si a todo el mundo le jode levantarse con el pie izquierdo, a mí me jode levantarme con el pie derecho.

Así que, nada, otro día más sumido en la pestilente rutina.

Me levanto de la cama y acudo al baño desnudo, como cada mañana. Meo y bajo la tapa del retrete, pero no tiro de la cadena para ahorrar agua. Confío en que el baño no apeste a meados. Me pongo frente al espejo. Joder, cómo odio ser tan bajito. Cuando era pequeño me llamaban Chaun, de leprechaun. Y lo hacían porque sabían que lo odiaba. Hasta que un día pasó a ser una mera costumbre más.

Pues ahí estaba yo. Metro treinta y nueve de hombre, con mi pelo negro desgreñado, una incipiente barba pelirroja y las ojeras de lo que son ya más de setecientas noches sin apenas conciliar el sueño, salvo a trompicones. Había días que me pasaba la noche cavilando qué hacer, cómo darle un giro a mi vida. Pensé muchas veces en volver a Irlanda, a mi ciudad natal, y empezar de cero; pero no. Era tarde para volver a Irlanda.

Me aclaro la cara, meto la cabeza bajo el grifo para empapar mi pelo y me seco un poco con la toalla para luego alborotarlo con las manos. Así está bien. A nadie le importa cómo llevo el pelo.

Me voy a la cocina y me preparo mi típico desayuno irlandés: huevos fritos, bacón crujiente, judías, algo de morcilla y queso. Sobre todo, adoraba el queso. El desayuno era una de las cosas de la pestilente rutina que mejor soportaba. Me gustaba desayunar tranquilamente y pensar en el día de mierda que me esperaba.

Estaba viendo las noticias matinales. Otro loco que mata a sus hijos y su mujer, y luego se suicida. Nunca se suicida antes, pienso; qué pena. Más noticias. Cataluña sigue peleando por la independencia, sin ser realmente consciente de lo que les supondría económicamente. Lo peor es escuchar a algún imbécil que no es catalán diciendo "A ver si se independizan y que les den por el culo". Por el culo iban a penetrar al resto de españoles si Cataluña se independiza. No son conscientes de la necesidad recíproca. En fin, más noticias. Más desfalcos, blanqueos, abusos de poder y ánimo de lucro. Qué lacra de país. Estoy harto.

Dejo mi desayuno a medias y voy a mi cuarto. Rebusco entre toda mi ropa hasta que encuentro la falda irlandesa. Es más conocida la falda escocesa, pero los irlandeses también tenemos la nuestra. Así que me enfundo la falda, me pongo una camisa blanca, la corbata, las medias y una chaqueta negra abierta. Estoy listo.

Se acabó la rutina.

Cojo la cartera con todo el dinero que tengo y la tarjeta de crédito. Rompo el móvil en pedazos contra la pared (siempre he querido hacer esto) y me voy. Salgo de casa dejándolo todo como está. Ya no importa. Ese lugar acaba de dejar de ser mi hogar, si es que algún día lo fue. Me dirijo al garaje y dudo. ¿La moto o el coche? A tomar por el culo. Me voy andando. Ya veré qué hago después. Tiro las llaves a una alcantarilla y me largo calle abajo.

Mientras voy caminando por la calle voy olvidándome de su nombre y de todos los recuerdos que asocio a ella. Es importante no volver la vista atrás, no vaya a ser que me arrepienta en algún momento de los pasos que doy. Sin embargo, mientras pienso esto, giro la cabeza para cerciorarme de que todo va quedando atrás y que estoy caminando en el sentido correcto. ¿Y cuál es el correcto? Hacia delante. Siempre hacia delante.

Voy pensando en cuál será mi siguiente paso. ¿Qué debo hacer? ¿Adónde puedo ir ahora? Lo primero que hago es ir a buscar un cajero. No quiero que esta mierda de vida capitalista me prohíba hacer algo porque me falte dinero y, por suerte (o desgracia), tengo mucho. Acudo a la sucursal más cercana de mi banco y decido sacar el máximo que me permite en un día, dos mil quinientos euros.

¿Y ahora, qué?, pienso mientras sigo caminando sin rumbo fijo. Paso por delante de una armería y una idea cruza mi cabeza. Rápidamente la desecho pensando que estoy loco. No se solucionaría nada con semejantes atrocidades y yo tampoco estoy buscando encerrarme en una jaula durante el resto de mi vida. No, la solución no está en la violencia. Eso decía siempre mi abuela. "Te dirán que peleando se consiguen muchas cosas, pero peleando solo consigues más peleas y rencores. Las personas somos muy rencorosas".

Y entonces supe hacia dónde debía dirigir mis pasos. Me fui a la vieja casa de mis abuelos. Estaba abandonada, y no tenía la llave, pero, si sabías cómo, aún se podía entrar por un sótano exterior que nunca había estado cerrado. Supongo que por el exceso de confianza que da que nadie conozca el secreto, salvo aquellos que sabes que no van a contarlo.

Y ahí estaba yo, de pie, en el desván de mis abuelos, tras haber conseguido colarme en la casa con algún que otro arañazo en las piernas por la maldita falda. Sabía lo que buscaba. Abrí el viejo baúl de mi abuela y ahí estaba. Envuelta en un pañuelo y llena de polvo. Su antigua arpa celta. No era un arpa de tamaño natural, sino una imitación más pequeña y que emitía un sonido mucho más fino y más dulce. Pero me había enseñado a tocarla cuando era pequeño y aún recordaba cómo se hacía. Así que recogí el arpa, lo metí en una pequeña caja para resguardarlo, lo envolví en el pañuelo, y me fui de la casa de mis abuelos.

Salí y comenzaba a llover. Paseaba bajo la lluvia sin rumbo, con mi falda y con mi preciada arpa firmemente sujeto en las manos. Y, de repente, mientras la lluvia me empapaba el pelo y caían gotas sobre mi rostro, se me ocurrió algo. Había una estación no muy lejos de allí. Compraría el primer billete hacia algún lugar y viajaría. Comenzaría mi nueva vida con la única premisa de amar la música por encima de todo. Algo de lo que me arrepentía de no haber hecho desde siempre.

Llego a la estación, compro el billete y me dirijo al andén. Cuando estoy llegando se va apagando todo el ruido, es una sensación extraña.

Entro al tren. Y solo hay silencio. Hay una señora que parece agotada de la vida. No sé qué pensará, pero parece con la mirada perdida en algún recuerdo. Agarro con fuerza el paquete. No quiero que nadie descubra qué es y me haga preguntas, así que, además, me agazapo más. Seguro que es gracioso verme. Con mi falda, mi metro treinta y nueve y recogido sobre mí mismo para huir del mundo. La mujer me ignora y eso me relaja.

Se abren las puertas y entran dos jóvenes que pasan a sentarse al fondo del vagón. Por suerte van distraídas con sus móviles y apenas me miran. Aun así, no me fío de encontrarme con que alguien se acerque y no dejo de echar miradas de suspicacia. No quiero que me molesten.

También aparece después un tipo de edad avanzada y se sienta apartado. Parece pensativo. Como si estuviera dándole vueltas en su cabeza a algo. Entonces entra un chico en el vagón y eso distrae su atención. Lleva una barba muy bien arreglada y justo cuando se van a cerrar las puertas las sujeta como si esperase a alguien. Entra una chica que parece llegar cansada, con un foulard atado al cuello y que le da un tímido "Gracias". Él le sonríe y se queda al lado de la puerta, mientras ella busca con la mirada un sitio donde sentarse. Se sienta en un sitio hacia la mitad del vagón. Yo observo alrededor y veo que, tras ella, hay una chica sentada. Tiene más o menos su edad y está preocupada.

Se parecen mucho las dos. Se me hace raro no haberme percatado de su presencia antes. Se abren las puertas del tren, la chica que acababa de tomar asiento se incorpora y sujeta el asa de su maleta confusa; lo cual despierta al hombre de edad avanzada, que murmura unas palabras ininteligibles. Cuando van a cerrarse las puertas, entra en el tren en última instancia un hombre alto y delgado. A la chica que estaba de pie se le nota un sobresalto, pero en cuanto le ve la cara se tranquiliza. Y, de repente, el tren arranca.

Yo aprieto fuerte el paquete contra mi falda y me agazapo un poco más, mientras vuelvo a mirar alrededor para estar seguro de pasar desapercibido. No sé adónde voy, pero la música me acompañará, desde el principio, en mi nueva vida, pienso. El tren arranca, lleno de personas con seguro un montón de historias que comenzar y otras tantas que dejan atrás. Quizá a lo largo del trayecto me interese por alguna. De momento, mientras me mantengo agazapado, se ilumina la pantalla que anuncia la siguiente estación y el mensaje que leo me deja boquiabierto:

"Bienvenido al último tren. No habrá más paradas".

¡Mierda!

Me he equivocado de tren.



CAPÍTULO IX: La última parada, la primera (@placerdemivida_)

"Son las seis de la mañana, Don."

"Ha desaparecido. Ven ahora mismo."

Don es uno de esas personas que compra vidas a un precio no demasiado caro, que necesita hombres 24 horas a su servicio, de asequibles principios, de desesperados motivos. Yo no era menos, aunque mi trabajo era fácil: debía proteger y vigilar a la pequeña de la casa, Grace, ya que él estaba demasiado ocupado, inflando carteras, egos, y demás. Pero no es culpa suya, le enseñaron a querer así, distante. Llega incluso a recordarme a mí, buscando una forma de decir te quiero entre los recuerdos inexistentes de una casa vacía de sentimientos.

Soy hombre de costumbres, y no importa que sea el atardecer lo que me despierte: mi cuerpo necesita maldecir sin prisas y desayunar; así que preparo café y enciendo mi primer cigarro, mientras me escucho murmurar: "Si te viera tu madre, largo... Tan como siempre, dejando tus prioridades en manos de los demás." Siempre andaba peleando, culpándose de mis horribles amistades, de mis líos y mala cabeza para las mujeres. Las antiguas mentes, cerradas, en las que la mano dura correspondía al hombre; un hombre que nunca figuró en mi hogar. Pero... ¡cómo la echo de menos! Aún está su asiento caliente, y casi puedo verla haciéndome prometer que cambiaría de vida, contando una y otra vez la misma historia con brillantes ojos.

Todavía recuerdo sus palabras:

"¡Ay! mi cabezón. Nueve años tenías cuando te cuadraste delante de mí y me dijiste: no sufras más por mí. Ya soy un hombre, y voy a cuidar de ti mientras viva."

Creo que no lo hice tan mal. La mantuve bien gorda.

"Hay que reconocer que estuviste a la altura." Me dijo.

Decidí que tenía razón. Supongo que quería hacerle un regalo: ese homenaje de alguien a quien amas y que te ha sido arrebatado. Esa nostalgia te hace necesario completar esa parte que ya no está. He empezado por dejarla, anoche, siempre entre copas, entre sombras a deshoras, y con poca fuerza de voluntad.

Miro hacia atrás y aún no puedo creerlo. Dos años lleva enredando mis días, dos años al servicio de la señora del Don, la preciosa y elegante señora del Marqués del bla, bla, bla; la misma que decidió que aquel caballero de ojos asustados daba la talla -más por altura que por envergadura-, para vigilar a su preciosa hija, por orden directa de su padre; la misma que hizo de mí una linda marioneta a medida, para saciar sus juegos, caprichos y envidias. Ha sabido hacer de mí una sombra - demasiado visible para esconderla-, un títere sin cabeza que baila al son del silencio de un matrimonio roto, y al compás de mis propios huesos.

Mi labio roto me deja clavado un buen rato delante del espejo, que me trata como a un desconocido entre la resaca y las voces aún presionando mi cabeza. Menuda fiera es esta mujer. Sin embargo, nunca supe hacer de mi situación un drama, ni dejé que lo hicieran por mí. Así que sacudo enérgicamente la cabeza y me pongo en marcha.

Vuelve a sobresaltarme el teléfono otra vez. Es ella. ¿Qué parte no ha entendido de "me voy sin un posible paso atrás, sin un pero, sin un precio que poner"? ¿No consigue apreciar que estar maniatado por una relación a terceros está secando mi corazón? ¿No alcanza a comprender que estoy perdiendo mi identidad en pos de preservar la suya? ¿Cómo demonios evitar cogerle el teléfono?

"Aquí estoy."

"¡Así que eres tú!"

"¡Don! Pero... este teléfono es privado. Sé que sólo podría ser usado de.... ¿Qué le ha pasado?"

No era capaz de encontrar mis dedos para girar el maldito pomo, cuando mis pies hicieron crujir un arrugado papel, en el que mi sentencia estaba más que escrita:

"Es mi desesperación la que apenas acierta a escribir estas líneas. Sé que te va a costar creer estas letras, pero dentro de este pecho, que tan bien conoces, late un corazón, uno que nunca supe mostrarte. Este arrastrar las piernas entre artificiales sentimientos, me ha convertido en la mujer que hasta hoy has conocido: la fría e insaciable, a la que conseguiste hacer diminuta cuando aprendiste a vivir sin mí. Tú, que has hecho desaparecer todos los miedos con un abrazo, que no necesitas de lo material para ser y hacer feliz, y has llenado cada una de mis abandonadas esquinas. Aquí estoy, con mis fotografías y apuntes por equipaje, esperando que, una vez más, hagas bien tu trabajo, y consigas encontrarme, para seguir haciéndolo contigo. He leído el diario de Grace. Va a hacer un difícil viaje y no debe ir sola. En la llegada del último tren, que hoy tu único cliente desea tomar, esperaré impaciente, con una vida a estrenar, sin artificios y con corazón. Si es que quieres, si es lo que merezco.

Siempre tuya, M."

Tiemblo. Y lo único que sé hacer es bajar las escaleras de cuatro en cuatro, negándome a creer, con el latir del corazón entre mis dedos y los ojos más abiertos que nunca, buscando a mi pequeña protegida: la niña que, sin saberlo, lleva tatuada mi salvación. Ahí está. Hoy lleva una mirada un tanto especial, y casi puedo encontrar mis secretos en ella. Sacudo la cabeza y sigo de lejos sus pasos, por el ya conocido camino en el que, por supuesto, aparece su mejor amiga. No hay palabra inventada para la expresión de mi cara al verlas cambiar de rumbo. Mis piernas no sabían retener la prisa y, en un momento dado, tuve que darme la vuelta para que no vieran mi rostro. ¿Qué demonios hacían las dos mocosas en la estación? Quizá era el señuelo, quizá ella sí que hablaba con su pequeña y es todo un plan más que urdido, en el que de nuevo vuelvo a ser un invitado extra. Ya se escucha llegar el tren, y juraría que el latir de mi pecho es capaz de silenciar a la ruidosa máquina.

"Aquí estás."

"Pero... ¡qué demonios! Suelte mi brazo, maldito Don. ¿Cómo ha dado conmigo?"

"Iluso, un hombre de dos metros diez no pasa nunca desapercibido."

Debo alejarlo de su propia hija. Soy el egoísta que, por una vez, va a coger las riendas y no las va a soltar.

"Necesitaba un momento para mí. ¿Todo en orden?", le dije, intentando ganar tiempo.

"No. El lado de la cama de mi esposa amaneció frío esta mañana, no muy diferente al resto, con la salvedad de que esta vez su cuerpo tampoco estaba. El extraño escalofrío que me hizo levantar e ir directamente a revisar mi caja fuerte, me atravesó, hecho puñal, al ver que mi revolver había desaparecido. Entonces encontré ese teléfono, con un único teléfono grabado en él, y al que contestó una voz familiar, la tuya. La casa está llena de policía buscando alguna pista, y tú dejando mi llamada en una infernal espera."

No podía dejar que hablase más, ni hacer un mínimo movimiento que le llevara a sospechar, a encontrar a su pequeña que, entre cientos de cabezas, aún alcanzaba a ver.

"Antes de que vuelvas a casa, la habré encontrado."

Sin darle tiempo a réplica, con mis pupilas puestas en el vagón en el que esas dos pequeñas cabezas habían entrado, con el aviso de salida retumbando mis oídos y media lengua fuera, consigo entrar casi dejando media cabeza entre las puertas.

No soy capaz de respirar hasta comprobar que ella está a bordo. Y ahí está, tan sonriente y despreocupada como siempre, guía de mi felicidad, ajena a mi presencia. Son curiosas todas y cada una de las personas que comparten este tren. Ahora que soy capaz de mirar un poco a mi alrededor, pareciera que cada uno llevara su propio plan de huida, sobre todo esa chica de ojos asustados, tan callada, tan misteriosa. Comienzo a notar cómo mi salvación de hierro se mueve sobre los viejos raíles, y casi puedo discernir la leve sonrisa de esa mujer, con aspecto tan triste, que viaja sola; el apretón que ese pequeño y extraño hombre le regala al paquete que lleva entre manos y no deja de mirar; el nervioso parpadeo de ese hombre con barba, al que se le puede casi oler la inseguridad; y una extraña pareja, que más que viajar juntos parece que se hayan reencontrado aquí tras varias vidas. Me lo dicen los ojos de la chica, que me miran buscando reconocerme, y los impresionados del señor mayor.

Y se decide a arrancar, por fin. Hasta las luces parecen dudar y titubean mientras se anuncia: "Bienvenidos al último tren. No habrá más paradas". Mis dedos se arrugan y mi boca se aprieta, sin poder disimular la excitación que me produce. Allá voy, a mi última parada, a la primera.



CAPÍTULO X: Invisible (@_vybra)

No recuerdo exactamente cómo he llegado hasta aquí. Estoy confundida, desorientada y con una extraña sensación de alivio. Me dirijo a comprar un billete sin importarme cuál sea el destino. Mi voz, acostumbrada a no sonar demasiado, hace que el vendedor no me escuche y me pida que la alce.

"Por favor, un billete para el primer tren que salga. No quiero saber adónde se dirige."

La cara de serenidad de ese hombre canoso se llena de extrañeza, pero, aun así, hace lo que le pido. Me extiende el billete, yo le doy el dinero y me dice que sale en diez minutos de la vía 2. No le doy las gracias. Ya no agradezco a nadie que haga lo que debe hacer.

Diez minutos. Perfecto, tengo tiempo suficiente para ir a por un café.

Mis pequeños pasos me llevan hacia la cafetería fuera de la estación, que está atestada de gente. Esquivando risas, gritos y cuerpos, llego a la barra e intento captar la atención del camarero. No me mira, no me ve, a pesar de pedirle más de cuatro veces un café. Desisto, tampoco lo necesito tanto como para seguir intentando que me preste atención.

Fuera de la cafetería, ya en el andén de la estación, una máquina de refrescos me parece un buen refugio. En mi bolsillo apenas tengo treinta euros y prescindo de dos de ellos para coger una cerveza. Nunca me ha gustado, pero hoy su sabor agrio me parece una ambrosía. La bebo de un trago y no contengo el eructo. Miro hacia los lados avergonzada, pero compruebo que nadie lo ha escuchado. Subo al tren, necesito sentarme y alejarme de las conversaciones de la gente que espera iniciar su viaje.

Escojo como asiento uno de los dos situados en sentido contrario al resto y coloco mi chaqueta y mi bolso en el de al lado, para evitar que alguien decida ocuparlo. El vagón se llena poco a poco de gente, pero no los escucho ni los miro. Enciendo el iPod y, mientras me coloco los auriculares, me atrevo a preguntarme en qué momento exacto empecé a ser invisible.

Recuerdo ser una chica risueña, de esas que sonríe a los desconocidos y tiene sueños. Siempre fui hermosa, o eso decían, con unos rasgos definidos y un cuerpo esbelto. Mi mirada nunca dejaba impasible a nadie y mis labios se encargaban de levantar pasiones y discordia entre la razón y el corazón de otras personas.

Me duele el cuello y ahora recuerdo cuando empecé a desaparecer.

Marco era guapo, moreno, alto y con buen cuerpo. Sus manos eran grandes pero delicadas, y era el dueño de los ojos negros más hermosos que jamás he visto. Su mente no se quedaba rezagada en cuanto a la hermosura de su cuerpo, y sus detalles le hacían irresistible. Lo tenía todo para seducir y, cómo no, sucumbí.

Una cita, detrás otra, y a los pocos meses nos fuimos a vivir juntos. Me encantaba ver sus cosas mezcladas con las mías, esperarle para cenar, despedirme con un beso de camino a la facultad y hacer la compra para prepararle su comida favorita. Era feliz, lo fui, pero poco a poco el paraíso se tornó infierno. Todo dejó de ser como era. Donde antes se dibujaban sonrisas, ahora costaba encontrar su rastro. Todas las lágrimas dejaron de tener sabor dulce, para volverse amargas, y yo dejé de ser Ana para convertirme en la marioneta que Marco deseaba.

Aprendí a base de desprecios a no hablar cuando no puedo y a reírme bajito, por dentro. Entendí con golpes que mi opinión no es importante y que carecen de lógica mis argumentos. También que mis sentimientos los decide el capricho de Marco, y que por ello he de llorar cuando no moleste y reír cuando me lo ordene.

Acepté que he de comer sin hambre y a beber con su sed; a vestir como él disponga y a obedecer sin demora. Que mi cuerpo ya no es mío y que he de entregarme cuando sus ganas lo dispongan. Y así, sin darme cuenta y día a día, paliza tras paliza, desaparecí.

Desaparecí. Y con desaparecer me refiero a que no me di cuenta de que ya no era la misma. Que ahora no me reconozco, ni me busco, en el reflejo de ningún espejo.

De repente, un ruido lejano me saca de mi ensimismamiento. Se abren las puertas del tren y veo por el rabillo del ojo que alguien entra, pero ni siquiera me molesto en ver quién es.

¿No arrancará este maldito tren?

Suena "A question of time" de Depeche Mode y vuelvo a mis pensamientos.

Hoy todo indicaba que sería un día tan monótono como el resto. Me levanto a las siete y mientras el café hace ruido en la cocina, yo preparo en silencio la mochila de fútbol de Marco, revisando que no falte nada o sabría lo que me ocurriría.

Arrastro mis pies hacia el baño y pongo una toalla limpia junto a sus enseres de afeitado y aseo. Enciendo el calefactor, exactamente a veintiséis grados y media hora antes de despertarlo, para que todo sea de su agrado. Coloco su ropa perfectamente doblaba sobre la silla y, tras asegurarme que todo está listo, voy a despertarle.

Cada día de camino a la habitación me repito el mismo mantra, la misma rutina: Ana, no lo olvides, la persiana se levanta sin hacer ruido y solo unas rayitas para que apenas entre luz. Has de sentarte a su lado y pasar suave los dedos por su pelo. Que no se te pase decirle "Marco, despierta mi amor", que así es como te ha enseñado a hacerlo. Espera a que abra los ojos y bésale. Espera que sonría y lleva tu mano a su polla para asegurarte que la tiene muy dura antes de chupársela. Haz que se corra, así te dará una tregua y te dejará tranquila.

Así que aquí estoy, plantada en la puerta de su habitación. "No quiero seguir haciendo esto", pienso. Pero me dirijo como siempre a la persiana y la levanto despacio, dejando los agujeritos precisos para no alterar su sueño. Me quedo de pie, viéndole con un ligero tono de luz. Sigue siendo hermoso, pero ahora me da asco. Sonrío, mientras me quito las bragas bajo el vestido. Me siento en el filo de la cama sin apenas descansar mi cuerpo en ella. Empezamos; mis dedos por su pelo, mi frase de rigor, abre los ojos, su preciosa sonrisa y mi mano en su polla. Sí, está dura, como cada mañana.

Le masturbo un rato más de lo acostumbrado y miro su cara de placer mientras se me revuelve el estómago. No suelto su polla mientras me incorporo y, hoy, a diferencia de todos los malditos días, no voy a chupársela.

Me siento sobre su polla y antes de que diga nada me penetro con ella, colocando mis manos sobre su pecho. No dice nada y me mira sin entender nada, pero no me importa. No me detengo, acelero el ritmo y, con él, mis gemidos. Arqueo mi cuerpo, me tiemblan las piernas y, por fin, un grito acompaña a mi orgasmo no fingido. Le sonrío y su mirada me deja claro que la he cagado, así que me levanto con prisa. Acelero el paso, pero antes de llegar a la puerta su mano atrapa mi pelo y noto cómo vuelo, directa a la pared del lado derecho. Duele, joder cómo duele. Caigo al suelo y su patada en el estómago me eleva de nuevo. Marco se acerca a mí con la mirada más vacía que he visto en mi vida, me coge del cuello con las dos manos y eleva mi cuerpo alejándome del suelo. Le miro intentando reconocer en ese monstruo al hombre del que me enamoré, pero no lo consigo.

Como puedo, busco en mi sujetador lo que allí tengo escondido y sonrío. Sus ojos cambian, ya no veo ira y, ahora, brilla en ellos el desconcierto. Me suelta, caigo al suelo, y se aleja de mi cuerpo andando marcha atrás, con pasos cortos y torpes, mientras se agarra el cuello con firmeza.

Me quedo en el suelo, inmóvil y encogida, sin apartar la mirada de ese cuerpo que me he follado hace un momento y del que, ahora, se escapa la vida a borbotones de sangre por su cuello. Marco cae y yo, por fin, descanso. Me tumbo en el suelo aún hecha un ovillo y dejo mi mirada clavada en el cuerpo que yace sobre la cama. No me muevo, pero ya no tengo miedo ni frío.

He debido quedarme dormida, porque al despertar es casi de noche y Marco sigue tumbado en la cama, en la misma postura. Por un instante me asusto y me encojo de nuevo, hasta que recuerdo todo lo ocurrido. Miro mi mano y aún sujeto con fuerza el bisturí con el que he cortado su cuello. Lo suelto.

Me levanto y me acerco a Marco. Sigue siendo bello. Me aproximo a su boca y no siento su aliento. Le beso.

Pongo música, en tono bajito, como él me tiene adoctrinada. Despacio me muevo por la habitación vistiendo mi cuerpo. Un vaquero, camiseta blanca y chaqueta marrón. Me acerco al espejo y, mientras recojo mi pelo, veo la marca de sus dedos decorando mi cuello. Escojo un pañuelo, cubro mi cuello mientras observo a Marco de nuevo. Me acerco y acaricio delicadamente el corte de su cuello. La sangre está fría, como su cuerpo, y mi boca no puede evitar una mueca de miedo.

Dios mío, ¿qué he hecho?

Sin pensar, me dirijo hacia la puerta y la cierro. Salgo de allí a paso lento, sereno, ocupando mi segundo plano como si Marco siguiese andando delante de mí. El ascensor me lleva hacia la puerta de salida donde una vecina recoge las cartas del buzón. Tiemblo, susurro un buenas noches que no recibe respuesta alguna por su parte. Me sereno, por un momento había olvidado que soy invisible para el resto.

Me alejo sonriendo, con la certeza de saber que cuando la Policía encuentre el cuerpo de Marco, nadie podrá hablarles de mí. Ningún vecino podrá decirles mi nombre ni mi aspecto, tampoco mis costumbres, horarios o lugar de trabajo. Nada. Camino, sin rumbo fijo. Huyo. Me libero.

La música de mi iPod se detiene justo cuando creo percibir un pitido que no sé si procede de la estación o del tren. Sobre la puerta se ilumina un cartel que indica la próxima parada. No lo miro, no me interesa.

Fijo mi mirada en mi mano y me doy cuenta que aún tengo en ella algunas gotas de la sangre de Marco. Sé que mis huellas están por toda la casa, por su cuello y por su polla, pero tampoco me importa. Tardarán unos días en encontrar su cuerpo sin vida. Preguntarán y nadie les hablará de mí. Cuando encuentren rastro de mi existencia yo ya estaré a salvo, lejos.

El tren arranca por fin, y me doy cuenta de lo agradecida que le estoy a Marco por enseñarme a ser una sombra de mí misma, por hacer que mis pasos no dejaran huella ni mis palabras recuerdo.

Una lágrima aparece en mi mejilla. No es de duelo, es de alegría.

Le debo mi victoria.



CAPÍTULO XI: Tengo que contarte un secreto (@_SoloB)

Otro día más, qué rollo. En el cole me han castigado sin patio por no avisar a la profesora de que había terminado mi tarea, y me he puesto a dibujar una playa imaginaria con castillos de arena y corazones de colores. "¡Si ya he hecho la ficha! Yo no sabía que tenía que avisar, jo...". Eso me pasa por ser tan tímida y no preguntar, ya me lo dice mamá.

Es jueves, con un poco de suerte papá y mamá llegarán cansados, se acostarán pronto y yo ya me habré dormido, espero que no me despierten con sus habituales gritos.

Estoy harta de ser la nueva de la clase, con lo poco que me gusta tener que presentarme, y que todas las miradas se centren en mí mientras yo solo quiero mirar al suelo. Si, al suelo, para que no vean el color de mis ojos y tener que escuchar: "Qué ojos más bonitos tienes, Alba".

Me ha prometido que este año haré el curso entero en el mismo cole, que no nos mudaremos. Quiero creerla, porque huelo su pelo y es mamá, con lo bien que huele no me puede mentir, y cuando me promete algo siempre lo cumple.

Estoy deseando llegar a casa para abrazarla, hoy la necesito mucho, quiero contarle la redacción que nos han mandado hacer: "Viajes con papá y mamá". Me he sentido triste, yo solo viajo con ellos cuando nos cambiamos de ciudad, de casa, de amigos, nunca vamos de vacaciones porque siempre están trabajando. Mis compañeros de clase han hecho unas redacciones preciosas, y yo, me la he inventado.

Suena el timbre, ya son las 5 de la tarde, recojo la mochila y a casa. Menos mal que vivimos al otro lado de la calle y en dos minutos estaré viendo mi programa favorito. Mis nuevas amigas se asombran de que tenga las llaves y que nadie venga a buscarme a la salida del cole, buah, qué pereza contarles que no tengo más que a mis padres aquí y que se pasan el día trabajando.

Abro la puerta, dejo la mochila y subo a mi cuarto. Suena el teléfono, es Daniela, mi amiga, la única con la que sigo teniendo contacto desde que teníamos 5 años, ahora no quiero coger. Me he acordado de cuando le conté el secreto de mi madre, ese que oí detrás de la puerta de su habitación y que no les he dicho que lo sé. A veces, me siento mal por ello, y por eso se lo conté a mi amiga, porque necesitaba compartirlo con alguien.

Mamá cogió su primer tren para escapar de casa del abuelo cuando estaba embarazada de mí (como si yo fuera una vergüenza), qué mal me sentí cuando escuché aquella conversación entre mis padres. Cuánto lloré aquella tarde noche, hasta se me hincharon los ojos, y estuve enfadada más de una semana sin que supieran el por qué.

Creo que ellos discuten porque soy su vergüenza secreta, aunque me digan que soy su princesa, que soy lo más bonito que les ha pasado. Si soy lo más bonito, ¿por qué huyó conmigo dentro para no ser la vergüenza del pueblo?

Al recordarlo, el corazón me late muy rápido, tengo ganas de llorar y gritar, pero solo me sale por dentro. Tiro el marco de la foto en la que estoy con ellos y soy un bebé, el cristal se hace añicos, aunque sonríen en la foto no me creo su sonrisa. Estoy harta, llevo mucho tiempo sufriendo de esta manera sin que nadie lo sepa, no es justo. Seco mis lágrimas y me sueno los mocos, bajo tan rápido las escaleras que casi me caigo. Mientras, en mi cabeza suena la voz de mamá diciéndome: "Cariño, tienes mucha suerte de tenernos, yo no pude conocer a mi madre".

Pienso que es una mentirosa, que me ha ocultado algo muy importante, las mamás no mienten, son buenas, ella no me ha engañado nunca en las demás cosas. Pero esto mamá, no sabes lo que me duele, me siento escoria, por avergonzarte de llevarme en tu vientre y salir huyendo.

Ahora huyo yo, cierro la puerta de casa, y me dirijo a paso rápido a la estación. Por el camino hay gente en las terrazas tomando algo, la tarde aún es buena, hace calor y oigo risas de niños jugando felices con sus padres. ¿Y los míos? Nunca están, siempre es la hora de la cena cuando les veo llegar, hablan entre ellos y me preguntan qué tal el cole mientras cenamos, me acuesto y sus gritos de cada noche me despiertan asustada. Ya basta, voy a terminar con esta pesadilla.

Acabo de llegar, me he llevado el dinero que había encima de la mesa de la cocina, siempre hay dinero a la vista en cualquier parte de la casa. Miro desde el andén a la gente que hay dentro del vagón, parece que estoy viendo una película, pero no, esta vez soy yo. Me cuelo decidida en el tren, aunque mis piernas estén temblando, no necesito buscarla, ella me está mirando tan guapa como siempre. Me acerco despacio a su asiento con una sonrisa en mis labios.

Las pantallas que anuncian la siguiente estación, parpadean y se apagan y cuando vuelven a encenderse aparece un mensaje que se transmite también por los altavoces pero no anuncia la siguiente parada, sino que parece saludarme: "Bienvenida al último tren. No habrá más paradas".

Me sitúo frente a ella, le pido silencio poniendo el dedo índice en mis labios y le susurro: "Voy a contarte un secreto"

"Mírame Alba, mira mis llorosos ojos verdes, ¿no me recuerdas? Estás haciendo lo que te prometiste a mi edad que no ibas a hacer jamás, huir como hizo ella. Y aquí estás, siendo mamá, te estás viendo en mi mirada asustada porque en realidad no quieres hacerlo. Sálvate, no seas ella."

FIN


(Gracias a todos y todas por haberos apuntado en su día a esta idea y por aguantar mi proceder de caos relativo: Núria, Juan, Belén, el otro Juan, Ruth, Gabri, Sonia, Mónica, Ada y Noé).