El viento que vino del noreste

05.12.2019

Empezó por la mañana, muy temprano, con la salida del sol, como empiezan casi todas las historias o al menos así empiezan casi todos los días. Al subir las persianas todavía era oscuro y las farolas de las calles del centro de la ciudad seguían encendidas. El suelo estaba mojado, paseaba poca gente, protegida por capuchas, paraguas y abrigos gruesos, pues era invierno, y llovía. Era un lunes, el primero de diciembre. En la radio hablaban del tiempo, del tráfico, de las últimas noticias y de los estrenos cinematográficos. El café era recalentado. Los vecinos de abajo ya iniciaban su rutina de gritos y broncas. Como recientemente el ayuntamiento había hecho podar los plataneros de la calle, el viento que llegaba suave todavía no se hacía ver mucho, por lo menos no desde un balcón de un segundo piso en un edificio de siete plantas. Si hubiera mirado un poco más arriba, habría visto la bandera que colgaba de un mástil en el edificio detrás del mercado moverse con agitación, o agitarse con movimientos bruscos, los toldos de los balcones haciendo olas y a una gaviota planeando. Pero no miró, no entonces. Sin embargo al viento le da igual que lo miren, no es presumido, no necesita público o no soplaría nunca en el desierto ni en medio del océano.

Así que siguió su camino, el viento, se infiltró por todas las calles cada vez a más velocidad, se coló por las rendijas de puertas y ventanas, disfrutó con su cuestionable sentido de la música al meterse de refilón en algunos rincones. Y aprovechó que la puerta de la galería de aquel segundo piso estaba entreabierta para entrar sin llamar, levantando un poco de polvo acumulado encima de los armarios, removiendo la bolsa de papel para el reciclaje, convirtiendo al trapo colgado de un gancho en bandera por unos segundos. Ignorándolo por ignorancia y no por despecho, el habitante de aquel segundo piso se metió en el baño y le cerró la puerta al viento en sus narices. Enfadado, el viento rodeó la casa, salió por el agujero de la cinta de la persiana de la habitación de los niños, todo a velocidad de ofensa, subió hasta el tejado, bajó por el patio de luces y justo a tiempo, se infiltró por la ventana del baño del segundo piso antes de que el dueño la cerrara, infló la cortina blanca con rayas negras y se vengó de la puerta haciéndola temblar. Que el viento no es presumido, pero si orgulloso.

Se quedó en el baño mientras el habitante se duchaba, jugando a calentarse y enfriarse pasando por la resistencia encendida de un pequeño calefactor y con el vapor que empañaba el espejo rectangular. Y mientras se duchaba, el hombre no se dio cuenta de que aquel viento del noroeste (ni siquiera sabía que venía de allí) era un viento de cambio, igual no al principio pero ahora sí, pues le habían cerrado la puerta en las narices y a nadie le gusta eso, a no ser que se guste muy poco a sí mismo. Cuando se cansó de jugar y la cortina de la ducha fue corrida, el viento que venía del noreste salió por debajo de aquella puerta que no cerraba bien, se paseó por el pasillo, cotilleó por la despensa, movió discretamente las hojas de un libro a medio leer sobra la mesa del comedor, se frustró al comprobar que la vela color blanco estaba apagada, se dio de bruces contra la puerta de aluminio del balcón, hermética, no podía pasar por allí, volvió a la cocina, entró en el calentador y salió por el tubo del gas. Sonreía al subir a velocidad de objetivo cumplido por el patio de luces, alegrando el día a un calcetín que llevaba tiempo sobre la repisa de una ventana en el cuarto piso, sucio y mohoso, llego al tejado y se dispersó para valorar todas sus opciones ahora.

Dentro del segundo piso, ya vestido, el inquilino todavía con el pelo algo mojado, miró por la ventana de su habitación mientras se ponía el reloj, otra prenda de vestir, y se sorprendió del viento que amenazaba con girar del revés los paraguas, convirtiendo la acera en parque de atracciones para las hojas mojadas, papeles y bolsas de plástico, arrinconando las colillas en las esquinas y levantando las faldas... No, los días de frío, lluvia y viento nadie lleva falda. Después, se sentó frente al ordenador para escribir un poco y sintió un aliento frío en el cogote. Eran los restos del viento que venía del noreste, la cola del que se había colado en su piso que se despedía, juguetón, mientras susurraba: el cambio ha empezado, ahora te toca a ti.