Elogio de la incertidumbre

22.01.2020

Todas las personas tenemos un punto de no retorno. Un momento determinado en una situación dada, sea la que sea, en el que se produce un clic en nuestra mente, derivado de una serie de engranajes internos (en el estómago, en el corazón, en el hígado y en el alma para quien crea que tiene una) que se han ido desengrasando y finalmente han colapsado. A menudo, a pesar de ser plenamente conscientes de ese clic, seguimos intentando hacer mover los engranajes, por la costumbre, por miedo al cambio, a un futuro desconocido frente a un presente quizá desastroso, pero como dice el refrán: más vale malo conocido que bueno por conocer (cosa que es mentira y además extremadamente conservadora).

El problema de cuando has hecho ese clic es que lo que mantienes, aquello por lo que en teoría sigues luchando, carece de sentido, porque tu cabeza ya está en otra parte y aunque tu corazón parezca que quiere seguir intentándolo, en realidad no quiere. Previamente sí quería, pero ahora ya no, simplemente se aferra a lo que tiene por aquello de que no se valora lo que se tiene hasta que ya no se tiene. Que el corazón en realidad sigue órdenes de la cabeza, por muy bonito que sea decir que es el corazón el que manda en ocasiones, tiene que pasar primero la censura mental, que cosa más fea. Y estos clics funcionan un poco como la intuición o, mejor dicho, como un presentimiento. Por muchas vueltas que le hayas dado a algo, a ese suceso o situación, tantas vueltas que lleva un mareo padre y ya no sabes si lo que piensas es lo que piensas de verdad o solamente una disfunción del pensamiento original, el clic vendrá de repente, es una revelación, una constatación de hechos que se presenta clara y diáfana, que no da lugar a dudas. Igual que en ocasiones tenemos un presentimiento que es más que una sospecha, es una certeza de que algo va a pasar y no sabes cómo pero lo ves con una seguridad incuestionable. Pues el clic lo mismo, en una milésima de segundo de lucidez sabes qué es lo que tienes que hacer y, por mucho que cueste hacerlo, ha dejado su huella de una forma tan preclara que a ver quién te lo quita de la cabeza. Como decía antes, es un clic porque enciende una bombilla entre la oscuridad, si dudas de que es la decisión correcta, entonces no es un clic, es otra vuelta de tuerca más a la cuestión tan mareada. Por supuesto, saber qué es lo que hay que hacer ante determinada situación no implica pasar a la acción en seguida, eso estaría bien y seguro que algunas personas lo hacen. Otras nos quedamos el clic allí, que va hurgando o royendo como un gusano a su manzana o un conejo a su zanahoria, cada vez más, hasta que duele y entonces tu cabeza le da vueltas a cómo hacerlo, puesto que qué hacer ya está decidido y aparecerán, gracias a la incertidumbre que se ha generado, miles de excusas para no hacerlo, como miedos voladores que te acechan más allá del resplandor que te ofrece la bombilla recién encendida. Esa incertidumbre, si ve que con el bombardeo o el vuelo de las excusas no hay suficiente, enviará a su infantería compuesta de razones insensatas disfrazadas, muy bien disfrazadas, de sensatez, para que lo demores todo un poco, solo un poco más. Total, ¿cuánto llevas ya demorando lo indemorable? Date más tiempo, no des un paso hasta que no veas tierra firme, espera el momento propicio. Es como dejar de fumar, nunca parece un buen momento, señal de que todos los momentos son buenos.

Pero dijo el sabio, o la sabia o imagino yo que era alguien sabio, que cuando uno sabe dónde va el mundo se aparta para dejarte pasar (ya he escrito esto alguna vez, pero mira, me gusta y lo he experimentado), de manera que igual que el clic apareció de repente, de repente aparece la ocasión propicia, aunque en ocasiones viene por explosión, es decir, lleva el tiempo suficiente encerrada esa decisión dentro de ti que necesita salir y lo hace en plan géiser. Otros aparece como un ratoncito que lleva rato buscando la salida del laberinto y, sin querer, aprieta una tecla que abre una puerta y se cuela por ella a toda velocidad, no fuera que se cierre de inmediato y la oportunidad no vuelva a presentarse. Entonces, una vez hecho, aparece ante ti el desierto helado de la incertidumbre que, por cierto, ni está tan desierto ni tan helado.