En el país de los ciegos

15.10.2019

En Ensayo sobre la ceguera, José Saramago plantea un mundo en el que la gente, paulatinamente, se va volviendo ciega. En su trama principal, entre los que están confinados en un pabellón por miedo a que dicha ceguera sea contagiosa, se encuentra una mujer que todavía conserva la vista pero que decide, para que no la separen de los suyos, fingir esa ceguera. De manera que la novela plantea tres cegueras: la real, de todos aquellos que se van quedando sin el sentido de la vista; la fingida por la mujer y la de los que ante la magnitud del problema se quedan cegados por el miedo y por la impotencia y actúan como un estado dictatorial hasta que ellos y ellas, como es de prever, también se quedan ciegos.

Es posible que el brillante escritor portugués se sentara en su escritorio e hiciera una extrapolación a escala gigantesca de tres cegueras individuales, de tres tipos distintos de no ver lo que sucede a tu alrededor, aunque dudo que lo hiciera, es más una paranoia mía. Una de muchas. Sin embargo, yo hago el proceso inverso y veo en esas tres clases de ablepsia globales casos individuales.

Por una banda tenemos a aquellas personas que, simplemente, no ven lo que ocurre. No porque no quieran, sino porque su atención está en otro lugar, o no está o como aquello que sucede se sitúa fuera de su campo de visión, no tienen acceso (aunque a día de hoy se tiene acceso a todo). Otra opción es la ceguera impuesta, la de enfermedad o la de que te venden los ojos y luego las manos para que no puedas quitarte la venda. Como todo aquello que es impuesto, se trata de una invidencia involuntaria, pues en caso contrario sería la segunda de la que hablo aquí. Cuando alguien no ve porque no le dejan o debido a que de alguna forma (ignorancia, falta de interés, falta de enfoque) no está mirando hacia dónde debería, no se le puede achacar nada, no se le puede criticar. Está ciego y nadie quiere estar ciego.

En segundo lugar están los que fingen no ver. Saben lo que sucede, lo ven, pero miran hacia otro lado y siguen a lo suyo, en general más por cobardía o interés que por otra cosa. O cuando delante de los hechos que ocurren, se tapa los ojos. Aquello que todas y todos hemos hecho frente a una pantalla de cine cuando venían las escenas que nos producían terror. Estas personas no es que quieran estar ciegas, porque no lo están, lo ven todo. Se hacen los ciegos que es diferente a querer estar ciegos, no quieren estarlo de verdad, quieren seguir viendo, pero no hacen nada. Ahora bien, como en la novela del premio Nobel, puede haber circunstancias que justifiquen esa actitud: el miedo (¿qué pasará cuando todos sepan que en realidad no estoy ciego?) o un sentimiento terrible de inferioridad (si muestro que en realidad puedo ver, se darán cuenta de que no tengo la capacidad para guiarlos). Aunque bien mirado, el sentimiento de inferioridad está condicionado por el miedo, diría yo, de manera que viene a ser lo mismo. El interés, que es la segunda causa para fingir ceguera, no es una circunstancia atenuante que lo justifique, es de ser mala persona.

Por último, está la ceguera social, la del que mira y ve aquello que sucede pero antes de hacer nada echa una ojeada a su alrededor como esperando a que otros den el primer paso. Es una ceguera que, igual que la segunda, tiene dos motivaciones básicas: el miedo (sí, otra vez) que te hace mirar pero te impide hacer nada, diferenciado del caso anterior en que esta persona no decide mirar hacia otro lado, sigue mirando; es el niño que se tapa los ojos ante la escena de terror pero abre los dedos para, con un ojo, seguir viendo aquello que sabe que no le dejará dormir; es un miedo a lo que no se entiende, a lo que no se sabe cómo afrontar. La otra motivación es seguramente la peor de todas (interés aparte), es esa actitud de "si los demás no hacen nada por qué tengo que hacerlo yo", actitud que ha llevado a que en el mundo sucedan una barbaridad de cosas horribles con cantidad ingente de gente mirando sin hacer nada. Hace años, estudiando psicología, vi un vídeo que un grupo de estudiantes grabó para demostrar la poca acción de los ciegos y las ciegas sociales. En el vídeo un chico iba andando por la calle, una de muy concurrida a plena hora del día, y entonces aparecía otro individuo, le increpaba, le robaba y le daba una paliza. En plena calle, con decenas de mirones, nadie hacía nada, a parte, claro está, de mirar. Respecto a esto hay otro ejemplo terrible, también de un estudio no recuerdo si psicológico, sociológico o antropológico: una niña vestida con harapos, sucia y maloliente entra en un restaurante y pide comida porque tiene hambre; es un restaurante relativamente pijo de una zona relativamente pija en una gran ciudad. A esa niña nadie le da comida directamente, se la dirige a los camareros, se la van quitando de encima delegando en otros, en plan: mejor que se encargue otro pero tampoco te dejo tirada porque te dirijo a otro alguien. Esa misma niña, bien vestida, vuelve a pedir comida unas horas después y la gente la atiende, se preocupa por ella, llama a la policía. Esta ceguera no es ceguera de verdad, pero es la de alguien con tantos filtros (el miedo, la educación, las creencias, los valores...) que es difícil ver lo que de verdad sucede.

En la novela de Saramago no hay tuerto que se convierta en rey del país de los ciegos. Unos lo son por un fenómeno natural, otros por miedo e impotencia. En la vida real, está lleno de gente que se quitaría un ojo para ser el tuerto.