Ensayo clínico de lo aparentemente inevitable

27.04.2020

Había bajado a comprar tabaco. O no, no lo sé. Quizá era ya la época en la que no fumaba pero seguía reproduciendo algunos hábitos que justificaba para mí mismo como retos para seguir sin fumar, pero eran excusas por si volvía a fumar. La calle estaba húmeda y el cielo de un gris oscuro. Unos minutos antes de cruzar la puerta del edificio había estado lloviendo, una introducción a lo que venía detrás. Noté la bajada de la temperatura en mi piel, dudé sobre si volver a subir para coger una chaqueta, pero tampoco tenía planeado caminar tanto, solo una vuelta a la manzana o a dos manzanas para quitarme el anquilosamiento del cuerpo, recordarles a mis músculos que servían para algo, anunciarle con un ejemplo práctico a mi sociabilidad que hay más gente fuera. The truth is out there, pensé, y me puse a andar.

El pueblo dónde vivo es feo. No es feo de cojones, pero cojones, es feo. Es como una ciudad dormitorio clásica: plazas asfaltadas, árboles enfermos y palomas sucias por la polución, alguna rata muerta, aplastada por algún coche viejo, muchos puestos de venta de números de los ciegos, bares de mala muerte, tiendas regentadas por paquistaníes y bazares orientales cada dos pasos. No hay casi nada verde, apenas hay calles peatonales. Edificios de obra vista se pelean por un espacio en manzanas demasiado largas que lo convierten, al pueblo, en uno de los más densos del país. Ni verde ni arte. Ningún edificio bonito. Una sola galería de arte, más un museo que vivió mejores tiempos y unas ruinas romanas que poco atraen. No obstante la lluvia tiene la capacidad de volverlo todo más bello, potencia los colores y realza las aromas de la tierra y las plantas y también se oye a más gente reír al haberse mojado. Y limpia. Y las palomas se esconden.

Antes de que cayera la del pulpo caminé por la acera intentando mantener la espalda recta, esa manía mía a curvarme, supongo que costumbre de años de inseguridad adquirida. Cuando algo te ha acompañado toda la vida, aunque fuera algo malo, es inevitable echarlo de menos. Como el tabaco. Como el miedo. No, mentira, no echo de menos el miedo, pero supongo que formó parte de mí mucho tiempo y ahora siento su cosquilleo a pesar de que ya no está, quizá como la del amputado que sigue notando la pierna que ya no tiene. Qué sé yo. Pasé por delante del estanco sin detenerme, pero no evitando mirar dentro y ver una cola corta de gente, las dos chicas que atienden, los libros, solo bestsellers, en el estante de la izquierda, mecheros de lujo en una vitrina central. Luego vino el supermercado caro, la tienda de outlet, la de productos de belleza, un par de porterías de viviendas, la pastelería en la que todo es en exceso dulce y nunca compro nada. Aquí empezaron a caer algunas gotas, gordas y contundentes. Ay, me dije, ya está. Apenas unos segundos después de las primeras gotas vinieron todas las demás, como una multitud nerviosa, premio para las que tocan el suelo aún seco. Oh, desengaño, ya estaba mojado después de la avanzadilla que envió vuestra nube, amigas. Era la vanguardia, exploradoras del terreno y analistas de la fuerza enemiga. Kamikazes que nunca regresan. O que regresan siempre, por aquello de que la lluvia irá a tal sitio, se evaporará, volverá a ser nube y tal y cuál. Y si caminar me ayuda a pensar, la lluvia todavía ayuda más, funciona como lubricante de mi mente a veces chirriante, un lubricante que insistes en poner porque inicialmente hace que todo vaya mejor a pesar de saber que, a la larga, oxidará más los engranajes. Un pez que se muerde la cola. Pensé que tenía una analogía clara con la vida en general, así como pensamiento de esos fugaces que, quizá por fugaces, en el momento en que aparecen te parecen visionarios y te dices: joder, qué brillante, para luego irse como vinieron, como la lluvia. Llovía a cántaros y me cobije en la entrada de un aparcamiento privado, viendo pasar a gente corriendo o viendo correr a gente pasando. Tenía frío. La analogía consiste en que en la vida, frente a determinadas situaciones que se repiten a menudo, te limitas a tirar con lo que hace que de momento todo desencalle, a pesar de saber que, inevitablemente volverá a encallarse. Parches, tiritas, remiendos, 3 en 1, calmantes y Reflex varios no arreglan ni curan nada, solo te permiten seguir hasta la siguiente parada. Lo único que cura o arregla es poner remedio, es tomar una decisión que inicialmente será dolorosa o molesta (enyesar o recolocar el hueso, poner alcohol y yodo, cambiar lo viejo por algo nuevo, llevar la máquina a reparar); eso y el tiempo que, queramos o no, ayuda a arreglar muchas cosas, no porque se curen, sino porque se olvidan en su sentido figurado; lo malo del tiempo es que mientras esperas a que esto ocurra, hay entremedio una cantidad quizá insufrible e irrecuperable de tiempo perdido, si es que puede perderse el tiempo como quien pierde las llaves, la tarjeta del autobús o una oportunidad.


(Esta columna la empecé hace tiempo y, después de leerla y releerla varias veces, hoy la he terminado. Quizá sea otra analogía.)