Espejo, espejito

31.05.2019

Viernes, 31 de mayo de 2019

En mi piso solo hay un espejo. Uno de rectangular, con la base más larga que la altura, dispuesto dentro de un marco de madera discreto, delgado, del mismo color o casi que las paredes del baño, situado encima del lavamanos. Se empaña en cada ducha y recibe pequeñas salpicaduras de pasta de dientes cuando mis hijos se lavan frente a él. Soporta estoicamente esto y el hecho de que yo no me dedique a mirarme más que unos segundos al salir de debajo del agua caliente y otros segundos después de lavarme los dientes o las manos. Refleja constantemente, y sin queja alguna, la pared de enfrente, de un marrón claro, con el colgador autoadhesivo que sostiene a veces una toalla, a veces un pijama. Es probable que por las mañanas en las que lo cubre el manto de vapor (o por las tardes en que se duchan lo niños), sea para él una distracción, una forma distinta de ver el pequeñísimo mundo que lo rodea y parte del cual no puede ver, ya que es incapaz de torcer la cabeza.

En más de una ocasión, como han hecho muchas y muchos antes que yo, he imaginado detrás del espejo un universo que únicamente es idéntico en el momento exacto en que te miras. Después, cuando desapareces de la imagen, ese otro yo parcial vive una vida muy distinta. Quizá no se va a trabajar de lunes a viernes, o no acompaña a los niños al inicio de su rutina matinal, o no se preocupa de si ha cogido las llaves porque en su lado del espejo las puertas van sin llaves. Mis hijos también se reflejan en ese espejo así que también forman parte de ese mundo, como lo forma C., la única otra persona que se ha mirado en él desde que habito yo la casa. Puede que, para pasar a formar parte del otro lado tengas que mirarte en esa luna reflectante, sino lo haces para ella no existes. Así, las personas y cosas que han caminado por el pasillo sin llegar a entrar en el baño (puesto que si entran, al estar situado al lado de la puerta, se reflejan automáticamente, a no ser que sean muy bajitas) existen en este puesto pero no en el otro. Y si alguien no muestra su cara al espejo, tal vez este imagine solamente la parte del cuerpo que no ve y la dibuje, para completarla, de forma que esta persona que se ha reflejado parcialmente un día se miraría y no se vería como es, sino como el espejo la ha completado. Si para existir es necesario reflejarse, el otro lado está muy vacío y lo forman básicamente desconocidos, como éste.

Mi aparición en el espejo protagonista de esta columna es relativamente reciente. Para él, acostumbrado a unas caras y cuerpos distintos, debió de ser una novedad muy importante. Además, entre los otros y yo hubo un tiempo, pequeño, de nada. Me pregunto si durante esta nada se sintió triste o se alegró de su soledad, pues la soledad también es necesaria. Pocos fueron los visitantes del piso en el que vive el espejo en la transición entre inquilinos, por lo que me dijo la chica que me enseñó la vivienda. Las pocas personas que lo visitaron forman parte del otro lado, al igual que la trabajadora de la inmobiliaria. Ahora, tiempo después de que ya no se reflejen en su cristal, puede que sus imágenes se vayan borrando de la memoria del espejo y estén empañadas, como lo está él y lo que refleja todas las mañanas durante unos minutos, y es posible que sean personas difuminadas en ese mundo, como lo son algunos de nuestros recuerdos. No recordamos a todas las personas que han pasado por nuestras vidas, no podemos recrear los detalles de su cara, de sus expresiones, el tono de su voz, su gestualidad o su andar. Me figuro que al espejo le pasa lo mismo y, como nuestra retentiva, mantiene el recuerdo que queda de forma algo errática, insegura, mientras prueba a concluir las partes restantes con la sensación que dejamos sobre su vidrio. Aquellos o aquellas que nos han dejado buenos recuerdos, de los que conservamos buenas sensaciones, sonríen más en la memoria, aparecen más felices o más dinámicos de lo que quizá fueran entonces. De los que conservamos mal efecto, rellenamos los detalles con ese regusto desagradable en el paladar, más feos, más antipáticos, más estúpidos. O igual es solamente cosa mía. Acaso el espejo sea como la memoria y no al revés, y se enteste en que preservemos más no solo esta imagen distorsionada por la percepción, sino el recuerdo más reciente, aunque no sea el mejor.