Estar sin estar y no estar estando

23.01.2020

Si te pones a analizar el porcentaje de tiempo que realmente estás en un sitio o en una relación o en un pensamiento, creo que te sorprenderías de que sea un porcentaje considerablemente bajo. Entre que empiezas a estar, estás y vas dejando de estar, lo de en medio se lleva la palma, pero no del todo. En ese estar, los intervalos en los que no estás se suceden y, por lo tanto, estás sin estar.

Pon por ejemplo una relación de pareja de, digamos, un año. Al principio la persona te gusta y en el proceso de seducción que todas las especies animales practicamos, le dedicas una serie de atenciones y una cantidad de tiempo considerables. Antes eran llamadas de teléfono, luego los SMS, después los chats de la mensajería instantánea. Pasabas muchos ratos hablando con aquella persona y seguramente antes de todo esto, cuando la gente se comunicaba por carta y solo se relacionaban en directo, sin móviles de por medio, estaban más de lo que estamos ahora. Ahora, entre pitos y flautas, hablas con alguien haciendo otras cosas, la comunicación es mucho más fácil, directa y constante, de manera que no es necesario -o sí lo es pero no lo haces igual - tener todos los sentidos puestos para aprovechar el momento, ya que momentos hay muchos. De peor calidad, es cierto, pero muchos más. Cuando festejaban (qué palabra más antigua), nuestros abuelos y abuelas iban a la casa del otro o la otra y salían a pasear, eran actos puntuales que ya iban encaminados a ver si la cosa funcionaba. Generalmente el hombre era el que se presentaba como el candidato y la mujer era la que decidía si ese candidato valía para ella o no. Se veían pues, unas horas cada ciertos días y de forma muy concertada y preparada. Luego, como decía, apareció el teléfono como uso frecuente y nuestros padres, y nosotros en la adolescencia si tenemos ya una edad a tener en cuenta, dedicábamos dos espacios de tiempo a aquella persona por la que nos sentíamos atraídos: ambos eran en directo y presenciales, en uno te veías y escuchabas y en el otro solo te escuchabas, también era necesario prestar atención y estar allí, porque no volverías a veros o a tener intimidad en cierto tiempo. Ahora podemos hablar con la otra persona a todas horas y de diferentes maneras y nos relacionamos tanto con el otro o la otra como si ya viviéramos juntos, casi (es una forma de hablar).

Las parejas de abuelos o padres no empezaban a hablar cada día hasta que el noviazgo estaba muy avanzado, no tenían momentos de intimidad diarios hasta que se casaban y era a partir de ese día a día que la atención disminuía, porque se pasaba de lo exclusivo a lo ordinario, sin que ese adjetivo signifique, necesariamente, algo peyorativo. No hacía falta prestar los cinco sentidos cada vez que estabas con la otra persona porque esa otra persona ya estaba allí prácticamente siempre. Ahora, a mi parecer a menudo erróneo, pasa lo mismo pero de mucho antes. Siempre empiezas con cierto entusiasmo, estás pendiente, saltas a la que la otra persona responde, chateas a montones, pero lo ordinario se instala rápidamente. Por supuesto esto tiene cosas buenas y tiene cosas malas. Que todo vaya mucho más aprisa ni es bueno ni es malo, depende de cada cual. Las tecnologías nos han permito estar sin estar y, a la vez, no estar estando. Estás cerca y lejos al mismo tiempo, estás a menudo y poco en el mismo lugar. Como sabes que la otra persona estará disponible para ti muchas veces a lo largo del día, ya no prestas la misma atención, o lo haces solamente alguna de estas muchas veces. Sí, saltará rápido quién dirá que no, que él o ella cuando está, está, y cuando no está no está, pero no nos engañemos tampoco. Hablas por WhatsApp o Telegram o lo que sea mientras tiendes la ropa o preparas la cena y por lo tanto tienes la cabeza en diferentes zonas, lo mismo que pasa con quien vive contigo o quien está contigo mucho tiempo seguido, empiezas a hacer otras cosas porque tú atención o puede centrarse solo en una, siendo esta una algo habitual, no algo extraordinario. Además, es más fácil prestar atención a la presencia física que a virtual, mientras hablas con quien tienes al lado puedes poner una lavadora o hacer la cama y seguir estando allí, pero por mensajería instantánea no estás de verdad, de manera que tu cabeza tampoco está del todo. Así pues, la cantidad de intervalos en los que estás pero no estás empieza a crecer mucho más rápido que antes y el de no estar pero estar ya está allí desde el principio. Conclusión, no tengo ninguna, pero se ha perdido un poco el romanticismo de la espera, el crecimiento del deseo de verse y hablarse, porque ya te hablas, porque de alguna forma ya estás con la otra persona constantemente. No sé si me explico.