Fábula del zorro y la zarigüeya

22.04.2021

Corría el mes de marzo cuando un zorro al que estaban dando caza unos perros algo zopencos, tropezó y cayó en un pozo. Al llegar al fondo se encontró metido en un zulo con poco más que unos centímetros de agua. Después de intentar, en vano, trepar a grandes zancadas, descubrió que allí dentro se hallaba ya una zarigüeya zarrapastrosa que le miraba, llena de rareza, con sus ojos zarcos. En un acto de sensatez, el zorro dejó de intentar alzarse escalando las piedras apiladas y se sentó, lamiéndose sus uñas algo maltrechas. Durante unos minutos esperó, tenaz, a que el otro animal dijera algo. Sin embargo, el mamífero en algunos lugares conocido como tacuazín, permaneció en silencio, sin apartar la mirada fija del nuevo inquilino.

-Quizá pienses -intervino entonces el zorro-, que he invadido sin razón tu zona.

El más pequeño de ambos siguió callado.

-Has de saber, no obstante -continúo el sagaz-, que he sido víctima de un desliz mientras huía, más por diversión que por verdadero peligro, de unos sabuesos que me andaban a la zaga. Con tu permiso, sabatizaré un poco y luego, cuando se hayan ido, zarparé -añadió chapoteando con una de sus garras para indicar que no usaba ese verbo de forma ineficaz-. No me es de menester tú ayuda y, si por desgracia la necesitara, ya te la pediría, zagala.

La zarigüeya desvió sus ojos sin sutileza para posarlos en el brocal del pozo, allí donde la luz de la tarde asomaba con languidez. Luego los posó de nuevo en el zorro y repitió este desvío de miradas más de una vez. De fondo, se oyeron los bramidos de los cazadores y el perspicaz cánido hizo un gesto como diciendo: ¿lo ves?

La lobreguez lo cubría todo ya cuando cayó la paz dentro del pozo, cuyo suelo era un lodazal de lo más embarazoso para el animal de cabeza más grande. Cansado, el zorro se durmió y no se percató, en su cabezada, que la zarigüeya desaparecía por una grieta. Al despertar el zorro, el habitante original le avizoraba igual que el día anterior, de tal modo que para el zorro era como si nunca se hubiera ido.

Esta situación se repitió durante varias jornadas. El zorro trataba una vez y otra de subir la pared interior sin éxito, lastimándose las extremidades y a cada intentona ascendía menos y acababa antes, diezmadas sus fuerzas e incapaz de reponerlas comiendo la exigua flora del lugar. Desmoralizado, al décimo día -y mucho había rechazado, más por tozudo que por perspicaz, abandonar antes-, ya no hizo ademán alguno y yaciendo ahí, le pregunto a la zarigüeya con exigua entereza.

-Está bien, me rindo. ¿Cómo lo haces para seguir aquí, sin adelgazar ni una pizca, sin esforzarte siquiera en escapar, y no debilitarte?

La zarigüeya, por primera ocasión ante la mirada del zorro, se escabulló por la grieta y regresó, al poco, con un ratón pequeño que depositó frente a su compañero cabezota. El zorro, sorprendido ante la gesta de la otra, se echó a reír a panzadas como un zoquete y, cuando parecía que ya no le quedaba apenas vida, concluyó:

-Cuán callado te lo tenías, mezquino sinvergüenza, he aquí tú ruin proeza.

Haciendo acopio de la antepenúltima brizna de fortaleza, se lanzó sobre la zarigüeya, la finalizó de un zarpazo y, con el último esfuerzo, se la zampó. Lamiéndose de nuevo las patas, ya no para curarlas sino para saborearlas, dijo:

-Pues no pretendías tú ser más zorro que yo.

Pero no fue hasta días más tarde, convertido de nuevo en delgadez y corteza, cuando pensó que quizá, la zarigüeya había esperado que él fuera solo huesos para mostrarle la salida ya que, solo entonces, podría pasar a través de la grieta.


Este relato lo escribí como ejercicio del Curso de Escritura Creativa Avanzada de la UAB