Falsestuff, la muerte de las musas

15.07.2018

No sé demasiado, para no decir nada, de teatro, por lo tanto no puedo hacer una crítica en condiciones, pero creo que como espectador (una vez cada cierto tiempo, mucho) y como lector (leer teatro e imaginarme las interpretaciones de los actores y actrices es algo que hago muy a menudo), puedo dar una opinión cuando voy.

Ayer, sin ir más lejos, fui al Teatre Nacional de Catalunya a ver la representación, dentro del Festival Grec 2018, de Falsestuff, la muerte de las musas. La Sala Petita del TNC tenía el cartel de todas las entradas vendidas, a pesar de que había algún asiento vacío, muy pocos. Me gustó ver que la mayoría de gente era, básicamente, joven, de los veinte y muchos a los cuarenta y pocos. Pero también había personas más mayores y otras de menos mayores. Falsestuff, la muerte de las musas es un espectáculo creado por los autores catalanes Nao Albet i Marcel Borràs, que ya son responsables de obras previas, que podéis consultar en su web www.thatsallmotherfuckers.com. Sé poco o casi nada de ellos dos como dramaturgos y actores, de manera que no tener referencias previas me permitía ir virgen a ver la representación y creo que es una ventaja, ya que no iba ni dispuesto a ver "una nueva maravilla de los dos niños prodigio del teatro" (por ejemplo) ni a asistir a "un nuevo espectáculo excéntrico y sinsentido de los niños mimados de teatro catalán", por otro ejemplo. Antes que nada, sí decir que soy persona de teatro clásico, donde esté Shakespeare que se aparte todo lo demás, y Falstaff es un personaje shakespeariano, que sale por primera vez en Enrique V y reaparece en algunas otras comedias, un caradura, un gandul, un personaje secundario sin demasiado peso (salvo en La comedia de los errores). El juego de palabras entre Falstaff y Falsestuff, más el subtítulo de la muerte de las musas, es lo que me hizo asistir a esta obra y no a otra.

Aparentemente, la obra nos narra cómo un magnate del teatro, un tal Boris Kaczynski (un sorprendente Jango Edwards), busca a un falsificador de arte, André Féikiévich, que le ha estafado. Boris se presenta en el estudio de André, humillado y con el orgullo herido y allí solamente encuentra a una chica, una actriz china (Sau-Ching Wong), que está allí por un casting para interpretar la infancia de André. A partir de aquí, con tal de contar la historia de este misterioso personaje, los autores nos llevan por diferentes estilos teatrales (el drama, la comedia, un poco de danza, el musical, la acción), con una serie de giros de guion y ases bajo la manga que resultan bien buscados y, sobre todo, bien gestionados. Huelga decir que cada actor habla en su idioma original y también en otros, de forma que la obra es una mezcla de diferentes lenguajes que se subtitulan sobre el fondo de la pantalla o en espacios concretos del decorado: inglés, alemán, lituano, xino, catalán, castellano, italiano francés y otros que me dejo. Este hecho, que para algunos espectadores puede resultar pesado (quizá es la causa de que algunos abandonaran el espectáculo aprovechando el intermedio, muy pocos), acaba formando parte de la obra e igual que uno se acostumbra a ver cine en versión original subtitulada, aquí pasa lo mismo. La dificultad radica en alguna de las escenas en que el diálogo es en distintos idiomas y muy rápido o también cuando se habla mucho, como sucede con el monólogo en francés en la segunda parte, en el que cuesta fijarse en la actriz pues es necesario ir siguiendo su delirante explicación en la pantalla.

La obra, pues, se divide en dos partes de más o menos hora y media cada una, siendo la primera más movida, entretenida y en formato de show que no la segunda, más teatral, por decirlo de alguna forma. A mí, particularmente, me ha gustado mucho el inicio, aquella chica china explicando en chino la infancia de Féikiévich con toques de danza, la aparición de Polín, la falsificadora en quién André se fija y de quien aprende a pintar, una tragedia con guerra y drama familiar. Cuando la tragedia se interrumpe para situar-nos en el presente, van apareciendo todos los actores y personajes como formantes del equipo de trabajó de André Féikiévich, ninguno de los cuales ha visto nunca a su jefe o saben bien poco de él; estas escenas tienen un punto más cómico, hasta que más adelante acaba en comedia total con tonos musicales, hasta el intermedio. La obra, hasta aquí, no se hace para nada pesada, tampoco da lugar a una valoración teatral clásica, yo ya me entiendo, pues es aparentemente dispersa, mezclando flashbacks con suposiciones de futuro, diferentes versiones de los hechos ocurridos que van crispando los nervios del personaje de Boris, cada vez más nervioso. Entonces llega el intermedio, como decía, y poco después la segunda parte empieza de forma curiosa, que no desvelaré, con nuevos giros de guion y trucos dramáticos divertidos e incluso alguno de hilarante, al tiempo que nos va dejando pistas sobre hacia dónde se dirige la trama.

A mí, personalmente, quizá por llevar ya dos horas sentado o por un exceso de histrionismo en algunos puntos de la representación, la segunda parte me resultó más difícil: toda la parte hablada en italiano se me hizo cargante, chillona, hasta grotesca en su intento de simbolizar una burla al propio arte del teatro, sus excentricidades y sus divismos. Después llega el monólogo en francés, que contrariamente a la escena anterior, es sobrio, con un humor constante, eso sí, pero con un componente dramática y la parte, desde mi humilde desconocimiento, mejor interpretada, a cargo de la actriz Diana Sakalauskaité, lituanofrancesa, un monólogo con crítica política incluida. Finalmente la obra vuelve a centrarse en el enfrentamiento entre Boris y los trabajadores de André, en un buen final, otra vez giros dramáticos bien distribuidos en el tiempo de la historia, todos los actores en escena y un montaje efectivo y efectista.

Cuando salí de teatro, me sentí satisfecho con lo visto, contento de la inversión de dinero y tiempo que supone. He de remarcar que el acompañamiento musical, la puesta en escena y las interpretaciones en general me parecieron más que correctas, que el texto está bien trabajado, elaborado, documentado y con una mezcla de estilos, de carga simbólica y social que da el pego, no sobra ni se echan de menos personajes, explicaciones o giros. El formato de Falsestuff es original, entretenido, divertido. Como a puntos negativos su excesiva duración (¿es necesario alargar tanto el monólogo francés o la escena italiana?) y también ese punto histriónico que hay en algunos momentos, algo excesivo y que, para mi gusto, que no es el gusto de nadie especial, quizá sobraban. No sé si el trasfondo de crítica al mundo del arte y su banalización a través de mecenas que convierten lo ordinario en extraordinario idealizándolo (aquí reflejado en la pleitesía que todos rinden a un ficticio dramaturgo portugués a quien André quiere falsificar) llega a su finalidad, supongo que sí ya que sino yo no lo habría detectado.

Resumiendo, creo que Falsestuff, la muerte de las musas, es una obra de teatro original y bien dirigida, con fragmentos francamente buenos y ortos que menos, que quizá prueba más de ser un entretenimiento con un punto de crítica que no una crítica entretenida. Los cambios que se van dando, algunos repentinos y otros no tanto, dan vitalidad, energía y singularidad al conjunto. Creo que es una obra básicamente joven, es decir, para todos los públicos, pero con carácter joven, con una voluntad de romper los esquemas del teatro. Todos los intérpretes están bien, destacando para mí, como ya he dicho, a Diana Sakalauskaité (https://diana-sakalauskaite.com) y Sau-Ching Wong. Quizá, a pesar de que no les conozco lo suficiente, detecto un punto de voluntad de lucirse en los dos creadores de la obra, Nao Albet y Marcel Borràs, que nos muestran que actúan haciendo drama, comedia, cantando, bailando, saltando, que son originales y polifacéticos. A pesar de eso, no queda mal en la totalidad de la obra que, al fin y al cabo, es más que recomendable y muy entretenida y, encima, te hace pensar un poco.