Fecha de caducidad

07.02.2019

-Buenos días, le llamamos para saber si está usted muerto.

-¿Qué?

Hay una pausa al otro lado de la línea. Francisco espera. No tiene claro si ha entendido bien. La voz femenina parece agradable.

-¿Es usted el Sr. Francisco Cocis?

-.

-Vaya, pues es evidente entonces que no está usted muerto.

-¿Se trata de una broma?

-Le llamo de Insurance Care Worldwide, Sr. Cocis. Tiene usted contratado un seguro de vida con fecha de caducidad de hace dos días. Debería haber muerto el martes a las 11:29. Hemos esperado las 48 horas de cortesía antes de efectuar la llamada, por respeto a sus seres queridos. Sin embargo esto es una anomalía y es necesario repararla. Enviaremos a su casa una Unidad de Reparación de Muerte Prevista No Consensuada, llegarán en unos treinta minutos.

-¿Pero qué?

-Según establece la cláusula 37.2, como ya conocerá, en caso de que el fallecimiento no se dé en los términos previstos, sea cual sea la razón acontecida, ICW se hará cargo de su cumplimiento. Por favor, permanezca en su casa. Debería tenerlo ya todo bien atado, tal y como estipula la cláusula 11.6, para no infringir las normas. Deje que nosotros le ahorremos las molestias. Gracias.

Y cuelga.

Francisco, a sus 37 años, dos meses y dos días, se queda pasmado con el auricular enganchado a la oreja izquierda. No recuerda haber contratado un seguro de vida con ICW. Menudo disparate, por supuesto se trata de una broma. Cuelga y sorbe un poco de café frío.

Aun estando convencido de que se trata de una caraba de mal gusto, a medida que las largas agujas del reloj redondo, comprado por su mujer a su pesar, en la pared de la cocina, van avanzando, se pone nervioso. Rebusca entre carpetas el contrato del seguro de vida. Su mujer lleva todas las gestiones, él para estas cosas es un desastre. Entre los papeles del coche y los de la hipoteca del piso, lo encuentra: Insurance Care Worldwide Seguro de Vida de Óbito Consensuado.

¿Óbito consensuado? Busca la cláusula 37.2: «En beneficio de la familia y atendiendo a la enfermedad crónica e irreversible del tomador, estipulada en la cláusula 17.1 del presente, se establece como hora consensuada del óbito las 11:29 minutos del 16 de octubre de 2018. En caso contrario se incumplirá dicha cláusula por lo que ICW tomará las medidas reglamentarias (ver cláusula 21.8.)»

Cláusula 21.8: «Activación, pasadas 48 horas, de la Unidad de Reparación de Muerte Prevista No Consensuada...»

Cláusula 17.1: «el tomador, don Francisco Cocis Nafra padece Neurodeficiencia Adquirida en grado severo y se estima su muerte para un máximo de dos años a contar desde la firma del presente contrato (ver documentación médica anexa).»

¿Neurodeficiencia Adquirida? Francisco nunca había oído hablar de esta enfermedad y, por lo visto, él la padece. Busca los anexos al contrato, las pruebas médicas citadas, sin éxito. Lo revuelve todo, incluso el cajón de las bragas y los sostenes de su mujer, los armarios de los niños, entre las instrucciones de la tele y el módem. Nada. Lleva tiempo muriéndose y no lo sabe. No recuerda haber ido nunca al médico para hacerse pruebas, su memoria no encuentra ninguna conversación triste y dura con un doctor o doctora y su mujer en la que se le explicaba que mira, chico, la estás palmando, vete despidiendo. ¿Y se despidió dejando un seguro de vida para su familia? En el estudio enciende el ordenador y escudriña en internet la enfermedad mencionada.

«Neurodeficiencia Adquirida: enfermedad neuronal caracterizada por la muerte progresiva de las neuronas, produciendo un paro multiorgánico general [...] sin cura [...] tratamiento con paliativos [...] entre 6 y 24 meses de vida [...] presenta los siguientes síntomas: dolor agudo progresivo de cabeza, arritmia creciente, subidas y bajadas de tensión, debilidad muscular, carencias sensitivas paulatinas, pitido auditivo, visión borrosa intermitente...». Se está mareando. Francisco deja la pantalla encendida y sale al balcón a que le toque el aire; busca el paquete de tabaco escondido entre las hojas del ficus. Fuma. Hace fresco. El otoño ha tardado, pero ya está aquí. Él no sufre ninguno de aquellos síntomas. ¿O sí? No, se está retratando mientras al otro lado de la línea una chica de voz agradable y alguien más se parten de risa imaginando su reacción paranoica, alguien que le conoce y sabe que suele responder con nervios y angustia.

En el preciso momento en que la colilla del cigarrillo empieza a quemarle los labios, una furgoneta con el logo de ICW en el lateral se detiene frente a su bloque de apartamentos de lujo y de ella bajan un hombre y una mujer, trajeados y con gafas de sol. Ella lleva un maletín. A Francisco se le llena la frente de sudor frío. "Estoy muerto", piensa, "O debería."

Mientras la pareja de personajes salidos de alguna película de espías o, peor, de asesinos a sueldo, cruza la calle en dirección a su edificio, Francisco Cocis Nafra intenta procesar la información recibida hace apenas veinte minutos y tarda solamente veinte segundos en darse cuenta que no puede procesar nada. Se muere de una enfermedad desconocida y firmó un seguro con fecha de caducidad, fecha que ha pasado y por eso vienen a matarlo. Está caducado. De forma automática, ha activado el Mindfinder que lleva en la muñeca. El dispositivo se acciona con un simple contacto, es una de las maneras de llevar siempre encima la red social que él ha inventado, que está triunfando, pero espera que pronto lo monopolice todo, es la pasión de su vida. El Mindfinder permite que la gente se conecte en directo, publique fotos, textos, vídeos o establezca relaciones de forma inmediata. Es como una compilación de lo que ofrecen otras redes, pero más rápido y todo a la vez de una forma que él le parece increíblemente práctica y con imágenes en tres dimensiones y hologramas. Sin embargo está teniendo problemas, las grandes le temen, es una competencia demasiado dura. Todo lo lleva su abogado, él solamente programa y diseña. Su abogado. Busca el contacto en Mindfinder y lo llama, con un parpadeo. Ese era el eslogan: "Mindfinder, la red social que le permite estar conectado siempre, en un parpadeo."

-Eh, ¿qué pasa, genio? ¿Ya te has comprado el yate o qué? -responde el letrado, en su tono jocoso habitual, un tono que Francisco no sabe si usa siempre porque es un tío terriblemente banal o porque siempre está contento de verdad.

-No tengo tiempo para eso, Luis -dice Francisco-. Unos tipos de una compañía llamada Insurance Care Worldwide acaban de llegar en una furgoneta y vienen a matarme.

En la imagen que proyecta con un holograma la cara del abogado, se ve rápidamente como su expresión de simpatía postiza se trasmuta en una de estupefacción e indignación.

-¿Contrataste un seguro con ICW con fecha de caducidad sin decirme nada? ¿Cuándo fue esto, cuándo te volviste majara?

-Mierda -dice Francisco, y se sienta en el sofá. Le parece oír el ascensor subiendo-. Tenía la esperanza que me dijeras que eso no existe o que es imposible. Parece ser que lo firmé hace dos años.

-¿Antes o después del accidente?

-¿Qué accidente?

-El de coche, pedazo de... El que tuviste cuando ibas en coche con Nati.

-¿Qué? ¿Quién es Nati?

-Hostia puta, Francisco, estás peor de lo que imaginaba. Sabía que habías perdido parte de la memoria de lo sucedido, pero que te hayas olvidado de Nati demuestra que esa parte de tu vida está vacía. Nati era tu amante, genio, estabas superenamorado de ella y dijiste que al terminar de instaurar Mindfinder en las redes te divorciarías de tu mujer para irte con ella.

El ascensor se detiene. Es un aparato antiguo y sus puertas hacen el clásico chirrido de la madera pesada contra el acero. El sudor que envuelve a Francisco ahora no es frío, es helado.

-¿De verdad pueden poner fechas de caducidad en los seguros, Luis? ¿De verdad pueden venir a matarme si he caducado?

-Sí, genio, sí pueden. Con todas las leyes que se implementaron hace cuatro años, ya sabes: los seguros con fecha de caducidad, las hipotecas de pago en vida, los muertes inducidas para casos de inutilidad de larga duración y ese largo etcétera para evitar la superpoblación y el abuso de las arcas del gobierno y la privatización masificada. Oye, vamos al grano. Dime el código de tu póliza, creo que ya sé qué sucedió. Prométeme que de verdad no sabías nada de eso.

-Te lo prometo -responde Francisco, demasiado abatido para animarse.

Después de pasar al abogado el código de la póliza de ICW y de que éste le diga que entretenga a los de la furgoneta que le llama en un momento, Francisco corta la comunicación y se queda sentado, oyendo como llaman a la puerta una, dos y tres veces. Sin darse cuenta está temblando, respira con dificultad, se siente débil y se le nubla un poco la visión, a la vez que nota las pulsaciones de su corazón como si hubieran perdido el ritmo. ¿Se enamoró de alguien llamado Nati y no lo recuerda? ¿Dónde está ahora ella, murió en el accidente que tampoco recuerda? Una voz, la de la mujer con traje, grita desde fuera, con volumen medio y tono neutro, que saben que está en casa, que no lo haga todo más complicado de lo que ya es. Al tragar saliva le duele la garganta. Francisco mira su dispositivo Mindfinder, podría haber sido feliz, pero se muere y como está tardando demasiado, vienen a matarlo. En la imagen holográfica con un listado de caras y nombres, no encuentra a nadie que le despierte amor, tanto amor como para abandonar a su mujer, mujer por la que no siente amor alguno.

Los golpes en la puerta son cada vez más insistentes, todo el piso parece vibrar a cada impacto, algunos con los nudillos, otros a mano abierta. Se levanta, todavía sudado y temblando. Tiene que ganar tiempo hasta que le llame su abogado, tiene que entretener a dos personas, dos profesionales, que vienen a matarlo. Igual abre la puerta y le pegan un tiro en la sien, luego lo envuelven en un saco con un código de barras y hala, trabajo hecho. Nunca ha sentido tanto miedo y si lo ha sentido no se acuerda. Espera, sí, sí se acuerda. Un flash. Por un momento ha visto la imagen del coche desviándose de la carretera y caer por una pendiente. Alguien gritaba a su lado y delante las luces largas de otro coche. La imagen se ha desvanecido tan rápidamente como ha llegado. El pulso le tiembla horrores cuando posa su mano izquierda sobre el pomo de la puerta, el Mindfinder casero hace el resto. Al detectar sus huellas dactilares una pantalla en la puerta pregunta si quiere abrir mientras muestra la imagen de los dos personajes ejecutores al otro lado y avisa que no ha podido identificarles. Francisco Cocis Nafra, de 37 años, dos meses y dos días, que tendría que estar muerto pero no lo está, dice con voz temblorosa que sí, que quiere abrir. La aplicación inteligente es muy inteligente y detecta el tono, le pregunta si está siendo obligado bajo amenaza o coacción para abrir la puerta. Sí, piensa él, lo estoy, pero a la vez sabe que si hace algo tendrá que ser más valiente de lo que en realidad se siente. Así que dice que no y en tono más firme repite que quiere abrir la puerta. Le parece increíble que siendo el creador de una red social y aplicación tan geniales y de un potencial inimaginable, no sepa qué hacer ahora. La puerta se abre.

- Gracias -dice el hombre, mostrando una tarjeta electrónica de ICW- ¿Podemos entrar?

Francisco se hace a un lado. La boca sega y los labios pegados le impiden articular palabra. La mujer pasa primero y luego el tipo, ambos tienen aspecto atlético, porte elegante y un atractivo físico considerable, triunfarían en Mindfinder, menuda cosa en la que pensar ahora. El hombre inspecciona la casa como si viniera a hacer una revisión, ella va directa al grano, deja el maletín encima de la mesa del salón y la abre, saca un pliegue de folios que empieza a leer. Francisco la oye aunque le cuesta mucho identificar lo que le dicen. No sé qué de que ICW tiene el deber y la potestad para ejecutar las medidas acordadas y blablablá.

- Un momento -dice el hombre de repente, interrumpiendo.

Alto y de piel morena, con el traje que marca sus anchos hombros, el asesino legal se acerca a la mujer y a Francisco y con una sonrisa de sorpresa señala los paneles electrónicos de una de las paredes del piso.

- Ya sé quién es este tipo -le dice a su compañera-, me sonaba el nombre, pero al ver todo esto... Este tío es el creador de Mindfinder.

- No jodas -exclama ella-. Pero hombre, ¿cómo un genio como tú pudo contratar algo como un seguro con fecha de caducidad?

- Además, con la pasta que debes de tener -añade el hombre- podías haberlo anulado.

Un hombre y una mujer que vienen a ejecutarle a sangre fría le hacen un poco la pelota antes, debe formar parte del protocolo: "ya que os lo vais a cargar que se muera contento". Ambos se ponen a alabar Mindfinder como si él no estuviera: que si se pasan el día con ello, que si se lo hace casi todo, que si cómo red social ya no es necesario quedar para verse con nadie, que si esto y que si aquello. Y tal que si nada, el hombre deja otro maletín, en el que Francisco no había reparado, sobre el sofá del salón, lo abre, y en él se muestran una serie de cosas que ponen la piel de gallina: una pistola con silenciador, un estuche que lleva una jeringuilla y un pequeño pote, un pañuelo doblado al lado de otro recipiente, unos guantes de cuero negro. Francisco se está meando y cagando de miedo, literalmente. Se pregunta si puede pedir un momento para ir al baño, no quiere morir indignamente. Así hace tiempo.

Al igual que un policía leyéndole sus derechos, la mujer de ICW que ha venido a matarle, pues ha caducado, le recita con voz fría y cierto tono de vehemencia la cláusula de su seguro según la cual el procedimiento a llevar es el que, efectivamente, se está llevando a cabo y le entrega un papel que, obviamente, no tiene que firmar ya que ya firmó el seguro, según el cual ellos han venido y van a pegarle un tiro en la sien con una pistola automática dotada de un silenciador. "Para los vecinos, ya sabe". Nervioso, Francisco mira su reloj de pulsera esperando la llamada del abogado, que no llega. Piensa que cuando lo haga ya estará muerto.

Lo curioso es que ante una situación así, Francisco pensaba que se derrumbaría, que lloraría y se pondría de rodillas implorando piedad; en sus mejores versiones, se mantenía digno e incluso luchaba. Pero no hace nada, nada aparte de escuchar atónito a la chica y no quitarle ojo al chico que ahora enrosca el silenciador en el arma, y preguntarse por qué antes ya ha pensado en esta situación. ¿Acaso tenía un plan? ¿Quizá estuvo en un estado mental aceptable cuando firmó y por eso ya imaginó esta escena? Justo cuando se dispone a alegar algo, a pedir tiempo para ir al baño y así esperar a que Luís, el abogado, le llame, se oye el ruido de una tarjeta abriendo la puerta de entrada al piso. Y como si no ocurriera nada, risueña, con una bolsa de una marca de ropa, elegante como si fuera a una primera cita, su mujer entra mientras habla por el móvil, usando, como no, la aplicación de Mindfinder para ello. Al entrar en el salón, la mujer de Francisco se da cuenta de la escena y con los ojos como platos y la boca abierta, se queda ahí parada, en una mano la bolsa y en la otra el teléfono. El estupor de ella no es tanto por el global de la escena como por sus partes separadas: primero Francisco, luego los dos agentes del seguro o lo que sean, luego Francisco otra vez. Entonces mira su móvil, dice que ya volverá a llamar y comprueba algo.

-¿Pero tú no tendrías que estar muerto?

Se ha delatado del todo, piensa Francisco. Este es el quid de la cuestión, el palo que aguanta el faro. Claro, idiota, se dice así mismo, ahora lo entiendes todo.

-Claro, ahora lo entiendo todo -dice Francisco mirando a la mujer que tiempo atrás amó hasta la pérdida de identidad-. Tú estabas cuando yo firmé el seguro. Tú eres la encargada de ocuparte de mis asuntos en caso de que yo no pueda hacerlo. Tú sabías que mi seguro caducó hace dos días, por eso llevas dos días sin aparecer, estabas esperando para venir a que yo esté muerto. Pues mira, no lo estoy.

-Legalmente sí -aclara la chica de ICW- y literalmente dentro de poco.

-¿Cómo es que tienes la jodida manía de fastidiármelo todo? -dice su mujer con un tono que denota estar contrariada hasta el límite de su capacidad de estar contrariada.

-No si resulta que ahora a quién se le ha jodido la vida es a ti y no a mí. Todo esto es demasiado dramático, ¿no te parece?, esta vez te has pasado de peliculera.

-¡Pues claro que es a mí a quién se le ha jodido la vida! - grita ella. Francisco nunca la ha visto perder los estribos así-. Mi marido crea una red social con la que se está a punto de hacer multimillonario pero decide que no, que mejor que siga siendo suya y, además de no venderla, va y se lía con una tía de la competencia y tiene con ella un accidente de coche que casi lo mata y a ella la mata sin el casi, y yo tengo que pasar todo el escarnio público pertinente.

Los dos agentes de la ICW se lo miran con cierto aire de diversión, no esperaban una escena así para amenizar su asesinato legal. Entonces se activa el Mindfinder de Francisco y la cara del abogado aparece en tres dimensiones delante de todos los presentes.

-Francisco, no te lo vas a creer. Tu mujer inició la venta de Mindfinder por 1.000 millones de euros dos horas después de tu accidente de coche. Deberías haberme dejado a mí que hiciera eso, tío, no a ella. Ahora no solamente estás muerto sino que eres pobre.

-¡Pero Mindfinder es mío, yo lo creé y lo hice todo!

-El accidente lo cambió todo, genio. Los papeles para modificar todos los asuntos legales en caso de que te pasara algo no estaban listos, vete a saber si ella no lo sabía ya y...

-Ella está escuchándote ahora mismo, Luís. Igual que los asesinos de la aseguradora.

-Técnicamente no somos asesinos -replica el hombre que sostiene el arma.

-¿Tú lo sabías? -pregunta Francisco a su mujer- ¿Sabías que iba a cambiar los papeles?

Ella baja la vista, deja la bolsa de marca en el sofá, se quita la chaqueta y de su bolso saca una pistola, con la que le apunta directamente a la cabeza.

-Claro que lo sabía. No conseguí matarte con el accidente, no he conseguido que estos idiotas cumplan a tiempo con su trabajo, así que si ellos no lo hacen, tendré que matarte yo y ya sabes cómo odio ensuciarme las manos.

Y esa es la escena en la que Francisco se ve envuelto, como formante de un sueño que podría ser una pesadilla o el inicio de una genialidad: por un lado, el derecho, su mujer, apuntándole con una pistola después de confesar que ella usó sus poderes legales para hacerle asegurado de ICW con fecha de caducidad y vender luego Mindfinder. La fecha fue hace dos días y él, más por ignorancia que por voluntad, decidió no morirse, sin decidirlo porque lo desconocía. Por eso por otro lado, el izquierdo, están los dos agentes que parecen salidos de una película de Tarantino o DePalma, con sus trajes y sus armas automáticas, sus gafas de sol y su look frío, aunque ahora mismo sorprendidos por el cambio de tornas. Finalmente, en el centro, está él y de su muñeca emana el holograma de Luís, el abogado. Todos en silencio, observándose. Da la curiosa sensación de que nadie va a disparar en realidad, de que todo es un montaje algo cutre, una fiesta sorpresa que incluye una función poco ensayada y, a la vez, la de que en cualquier momento se dispararán dos o tres armas y al igual que en Reservoir Dogs, morirán todos. Mientras tanto, millones de personas están usando Mindfinder para relacionarse desde la fría distancia y a cada minuto que pasa Francisco podría ser más rico. Pero ella ha iniciado la venta de la empresa. Sí, de acuerdo, estaba irada al descubrir que él tenía una amante con la que casi se mata en un accidente de coche y en el que de hecho la amante murió.

-¿Y si nos calmamos y hablamos de esto con serenidad? -propone el letrado, con la voz distorsionada que proporciona el escaso altavoz del smartwatch.

-Esto es algo paradójico -añade la chica del traje elegante-. Nosotros podemos matarle a usted legalmente, por la cláusula de su seguro con ICW; pero usted, señora, sería acusada de asesinato si dispara y nosotros no podemos dispararle porque entonces los acusados seríamos nosotros.

-Ahora tú eres quien tiene la batuta, Luís -dice Francisco con voz trémula

-No -exclama la esposa-. La tengo yo, yo he iniciado el trámite para vender Mindfinder. Si yo le mato antes de que tú, Luís, como abogado, puedas hacer nada, yo quedo como apoderada y vendo la empresa -subraya la mujer o exmujer, depende de cómo se mire.

-ICW no puede matar a mi cliente ahora mismo. Acaba de quedar demostrado, por la declaración movida por la frustración de la todavía esposa de mi cliente, que él no firmó el contrato con ICW de forma consciente ni en plenitud de conocimiento. Esto anula, hasta que se pueda valorar jurídicamente, la acción de ICW.

-Es cierto -dice el hombre de la agencia de seguros-. Ya no pintamos nada aquí. Tenemos que irnos.

Y para sorpresa de Francisco, una sorpresa que parecía que ya no podía crecer, pero se va extendiendo como una mancha, los dos agentes recogen sus cosas, se despiden cordialmente dándole la mano y se disponen a salir por la puerta.

-¡Un momento! -grita el creador de la red social más potente de todas las que existirán-. No pueden dejarme aquí con alguien apuntándome con una pistola.

-Lo lamento -responde la chica-, pero no somos policías, no podemos actuar sin una orden directa.

Y se van. La mujer sigue apuntando a su marido.

-Y ella, Luís, ¿puede matarme? -pregunta Francisco cuando la pareja se ha quedado sola.

Los nervios que transmite Francisco no se envían por la red social, el holograma se muestra tranquilo.

-Los motivos que mueven a tu todavía esposa para matarte, a pesar de las leyes vigentes que permiten el homicidio en ciertos casos especiales y el asesinato bajo circunstancias muy específicas, no son suficientes, si lo hace, y estando yo como testigo, quedará acusada y condenada sin posibilidad alguna de absolución. A no ser...

Se hace el silencio. La imagen digitalizada parpadea un instante. La pareja de exesposos se ven a través del azul pálido de la cabeza óptica tridimensional. Es curioso pensar que durante un tiempo se quisieron y lo habrían dado todo por el otro.

-¿Sin embargo qué? -exclama Francisco, casi histérico.

El abogado digital mira a la mujer real y con frialdad suelta:

-Dispara, cariño.

La mujer tuerce la boca en una mueca que indica una sonrisa maliciosa y que Francisco solo le ha visto en una ocasión, cuando planearon juntos de qué manera eliminar a la competencia de Mindfinder con una estrategia éticamente cuestionable. Francisco se convierte entonces en protagonista de una escena a cámara lenta en la que puede ver, en alta definición, la detonación de la pistola, las chispas que saca, y la salida de la bala, el estilo con que el proyectil cruza el aire y como se cuela justo en el lugar de su cuerpo en el que, protegido por las costillas, está el corazón. Llega a tiempo también de observar pequeñas salpicaduras de sangre que se abren paso por el agujero hecho en su camiseta, antes de que todo se vuelva blanco y, de repente, ya no haya nada.

La mujer de Francisco respira ahora como si acabara de echar un polvo, rápida y satisfactoriamente. Baja el arma, humeante y la deja caer. El cadáver de su marido reposa en el suelo, si es que es verdad que los muertos descansan, en una posición entre cómica y dramática. Del smartwatch de la víctima se proyecta aún el rostro del abogado.

-Ahora todo es nuestro -dice la mujer, que parece más nerviosa por una especie de excitación sexual profunda y primitiva que no por acabar de convertirse en asesina.

-De hecho -responde la voz digitalizada del abogado-, en caso de invalidez de los acuerdos de cesión por la muerte de Francisco Cocis como propietario y fundador de Mindfinder, ya que la amante a la que se lo iba a dejar todo y no recordaba murió en el accidente y que a su mujer ya no le corresponde por voluntad del marido y por uso indebido de sus poderes con la empresa, en caso de invalidez, me corresponde a mí volver a colocarlo todo en su sitio.

-Perdona, ¿qué?

-Sí, "cariño", acabas de regalarme Mindfinder, valorada actualmente en más de 1500 millones de euros y tú, te acabas de convertir en asesina, pues hasta el momento del disparo, el reloj lo ha grabado todo. Una vez muerto el propietario, la función de grabación se ha detenido y yo, ahora mismo, solo soy la reminiscencia de las últimas pulsaciones. Gracias, querida, supongo que entenderás que no venga a visitarte a la cárcel.

Y la imagen tridimensional se esfuma hasta ser un pequeño punto de luz que, chuleando, permanece unos instantes flotando en la atmosfera cargada de la habitación, parpadea y, finalmente, desaparece.


Este relato fue publicado por partes en mundiario.com