Filosofía de los días ajenos

30.09.2020

Lo lamentas, pero hay cosas malas que te alegran. Lo lamentas, pero tampoco mucho. No puedes evitarlo, aunque lo intentas (no siempre, es cierto). No sabes si esto te convierte en mala persona o si afecta la balanza de maldad y bondad. Pero en ocasiones, te enteras de algo que ha perjudicado a alguien y te sale una risilla de aquellas de "je, je, je", de malo tonto o de tonto malo de película cutre o de serie de dibujos animados. A veces, confiésalo, incluso te alegras mucho y el día pasa a ser mejor. Qué triste (supones). Imaginas que lo correcto sería lamentarlo, y lo realmente correcto sería lamentarlo primero y ayudar después o preguntar si se requiere de ayuda. Luego piensas que si alguien no pide ayuda es porque no la quiere (por orgullo o por capacidad) o porque no sabe que puede pedirla y ante esta segunda opción se abren dos nuevas alternativas: no sabe que puede pedirla porque es un niño o una niña con el aprendizaje de que tiene que espabilarse solo o sola y sin el aprendizaje que no ante cualquier reto podrá solo o sola; o bien no sabe pedirla siendo una persona adulta, si es así lo sientes, ya no estás para enseñar depende qué a depende quién. Tú bien te has espabilado solo y pides ayuda cuando la necesitas (sí, también incluso cuando no la necesitas, confiésalo, solo para que sea más fácil), piensas.

Al dilema o la cuestión (según la traducción que se lea de Hamlet) de si esto es maldad o no, no le dedicas mucho tiempo, en el fondo tiene bien poca trascendencia. ¿Qué más da? Hay un poco de conducta infantiloide debida a la falta de madurez o a una madurez que conserva tintes de la infancia, hay rasgos de animadversión y es que no todo el mundo puede caerte bien, caería bien demasiada gente y la vida te ha dado suficientes hostias (sin dramatizar, tampoco) como para saber que lo de poner la otra mejilla es bonito y tal, pero que llega un momento en que lo mejor es empezar a parar o desviar golpes. No hace falta devolverlos, esto te pone al mismo nivel y tú, dices mirando por encima del hombro mientras con un par de dedos haces la L de loser, que tontería más tonta, tú estás en un nivel superior. ¿Superior a quién? A quien devuelve el golpe, por supuesto, o a quien te lo ha dado, por supuesto o a quién merecía uno y eso es el mal ajeno que te produce bien propio.

Sin embargo, en realidad no produce bien propio, produce una pequeña alegría, un bienestar temporal puesto que seguramente también es un mal ajeno temporal, que tiene solución o que, como el dilema anterior, tiene escasa trascendencia, pero tú lo amplías ya que disfrutas de esa alegría y quieres alargarla, como el niño o la niña que hace una montaña de un grano de arena y así desvía la atención, cosa que también hacen los políticos, montar un drama de algo que no lo es y así se habla de eso, o te hacen más caso, en lugar de aquello que era el quid del asunto, asunto con el que no puedes y por eso desvías la atención. De hecho, ya dice la frase que dura poco la alegría en la casa del pobre. ¿En este caso podría aplicarse a pobreza de qué? ¿De espíritu, de moral? ¿Pobreza de falta de alegrías? Tú qué sabes y que más da. Bien es verdad que los de un equipo se alegran cuando pierde el otro y se alegran más si ellos han perdido antes también. Pero esto no va de equipos, ni siquiera de rivalidades, odios, rencores o envidias. Esto va de la vida, tete. Y nadie puede decir que no ha sentido como bien propio algún mal ajeno. Quien lo niegue miente, es hipocresía. Quizá solamente fue una vez, pero ya fue.

En el fondo, ya sea un fondo que rasca la superficie o un fondo sumido en el más profundo abismo, no deseas ese mal ajeno que te produce bien propio, simplemente ha sucedido y tú has sentido alegría. Sí, has dicho que lo sientes sin sentirlo, mas has ayudado sin querer ayudar más veces de las que no has ayudado queriendo hacerlo, puesto que eres buena persona, aunque la balanza de vez en cuando se mueva hacia el lado oscuro, jedi. Ese mal ajeno ha venido dado, tú no has hecho nada para provocarlo y sentir una pequeña alegría que se queda dentro y se va fundiendo como la mantequilla hasta desaparecer o como la llama de una vela pequeña que has encendido cuando apenas le queda vida. Y es que esto va de la vida, tete.


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