Filosofía de los días extraños

25.10.2019

Un día Dios se fue, montado en un unicornio, gritando que no iba a volver, y no ha vuelto desde entonces. Hace mucho tiempo de ello, tanto que ya nadie recuerda cuándo fue y por eso lo llaman eternidad. La eternidad es la falta absoluta de recuerdo del tiempo, las cosas que no sabes cuándo pasaron, pasaron hace una eternidad y las que vete tú a saber cuándo pasarán, son aquellas para las que falta una eternidad.

Quizá sea cierto que el tiempo pone las cosas en su sitio, una mano gigante que va colocando las piezas de un puzle infinito que cada vez que el tiempo se gira, alguien descoloca, más como la acción de un niño que quiere ser como un adulto que no por malicia o enfado. El niño que te ve limpiando algo y quiere imitarte y lo rompe. El que quiere encender la vela y le acaba prendiendo fuego a tu casa o a eso a lo que llamas casa pero en realidad no lo es, o es casa pero no hogar. Puede que de hogar solamente haya uno y lo llevemos siempre dentro, en lugar de encima como los caracoles. Un caracol deja de ser un caracol cuando pierde su casa para convertirse en una babosa. Y muere. Las babosas de nacimiento no necesitan casa. Somos babosas intentando ser caracoles, para toda la eternidad. El puzle que el tiempo está montando está formado solamente por piezas blancas tanto en el anverso como en el reverso. O todas negras o rojas o azules, da lo mismo. El blanco simboliza, creo yo, mejor a la eternidad. Lo único que es eterno es el propio tiempo aún que el ser humano haya intentado ponerle medidas, puertas al campo: todo empezó en y todo termino cuando... El campo tiene puertas naturales: un río, una arboleda, un camino, las vallas electrificadas que emiten un ligero zumbido cuando están conectadas y que ya forman parte del paisaje, han dejado de ser artificiales. El tiempo no tiene límites, se extiende por todos lados de una forma inasumible para nuestra mente ridícula e infrautilizada. He imaginado a una pequeña cápsula espacial, tripulada por un o una astronauta drogadicta, vagando en lo que él o ella creen la eternidad del espacio hasta que de repente, su navecita choca contra una pared negra (puesto que el espacio es negro). La eternidad no era eterna, la infinidad no era infinita. Ha llegado al límite de la caja en la que está encerrada y este descubrimiento hace que todo lo que parecía desmedido se vuelva, alakazam, en una grotesca nimiedad. La astronauta tiene que ser drogadicta o su viaje resultaría insoportable, acabaría suicidándose antes de alcanzar su cometido. Al alcanzarlo se suicidará igual, pero es no importa. Es lo que debe pasar cuando te das cuenta de que estás a punto de morir. Lo que se antojaba lejano está a tocar y, por lo tanto o como consecuencia, alargando el brazo moribundo sus dedos moribundos pueden alcanzar toda su vida como el lazo que el enamorado o la enamorada le tira a su pareja para sacarla a bailar. Tu yo infante era ya tan lejano que tenerlo ahora a tu lado, indefenso pero feliz, aparenta ser un milagro, solo que el casi muerto sabe que los milagros no existen y que la eternidad tampoco y el infinito todavía menos. Vivimos como si nunca se fueran a acabar los días y las noches; todos y todas aquellos y aquellas que aseguran estar en un carpe diem, mienten, a los demás o a sí mismos o a ambos. Yo vivo cada día como si fuera el último, dicen, pero van haciendo planes para mañana. Necesitamos el concepto de futuro para seguir avanzando, la perspectiva de un mañana hace que el hoy tenga sentido. Carpe diem, y unos cojones. Cojones como los del toro en su campo limitado por vallas electrificadas cuyo zumbido ya ha interiorizado y dejado de percibir, así que se acerca al cercado, curioso parecido de palabras, con ganas de conocer qué hay más allá y muere electrificado, mientras a millones de quilómetros la astronauta drogadicta toma una sobredosis para morir en su pequeña cápsula espacial que rebota como una mosca contra el cristal, contra la pared que limita el infinito, mientras el tiempo sigue trascurriendo, montando su puzle de fichas monocromáticas, con parsimonia, conocedor de que a la que se gire, un niño fisgón querrá hacerlo como él y descolocará lo colocado. Es la condena del tiempo, igual que la de los hijos de los dioses condenados a trabajos que duran siempre: subir la piedra a la montaña, que te coma el hígado un buitre, intentar beber del estanque que se vacía al acercarse. La humanidad somos los Sísifos, Ticios, Tántalos, Ixiones, Dánaos, Ocnos, Atlas y Prometeos, condenados a nacer una vez y otra para morir siempre mientras intentamos darle sentido a nuestras vidas, acogiéndonos al progreso para que lo hecho en vidas anteriores sirva de algo; condenados a amar, desamar, padecer, gozar en cada una de las vidas, creyendo que esta vez será distinta a la anterior, con la trampa de que cada vida nueva nos hace olvidar la pasada.