Finales inevitables

14.06.2019

Viernes, 14 de junio de 2019

Ayer me senté a ver una película que he visto ya tres o cuatro veces, una de esas que te pones para entretenerte, sonreír a ratos, de las de pensar poco, palomitas y cerveza, sin palomitas. A medida que el filme avanzaba me fui acordando del final y, en previsión del mismo, atendiendo a que es un final emotivo, poco a poco mis emociones se fueron adelantando y me emocioné antes de tiempo. Todos los acontecimientos que se sucedían en el argumento, en su último tercio, llevaban la sombra del anuncio de ese final. Cuando llegó, yo ya llevaba un rato llorando.

En la vida también pasa lo mismo en muchas ocasiones. Algo llega al final, un final que sabes que es inevitable (el de las películas lo es), uno que por mucho esfuerzo que pongas, por mucha voluntad que tengas para modificar, no es modificable. No solamente no es modificable porque no se pueda, sino que porque muy a menudo es el final lógico, coherente, el único final posible. Hasta es posible que el único final feliz posible sea un final infeliz. De esta manera, cómo venía diciendo, vislumbrar el final de algo hace que precipitemos lo que todavía no ha acontecido, cayendo así de alguna forma en el inicio de ese final. Puede pasar con la muerte, por poner un ejemplo: saber que alguien está muriendo, irremediablemente, nos hace ver ya esa muerte, los sentimientos se ponen en guardia, las emociones se saltan la barrera de la línea de salida y empiezan a correr antes de que suene la pistola. Eso, evidentemente, no hace que cuando sucede de verdad, cuando el final se rubrica, estemos preparados. Quizá estemos un poco dispuestos, pero preparados no. La muerte llega igual, la ausencia se plasma ahora en su realidad y por muchas lágrimas que hayamos derramado antes, por muchos acontecimientos que hayamos adelantado y un sinfín de futuros de esa ausencia se hayan puesto sobre la mesa, cuando llega todo vuelve a empezar. O es probable que no sea un volver a empezar, sino una oleada final, o la primera de las oleadas finales, un tsunami comparado con las olas de tristeza que antes acariciaban nuestra playa.

Puede pasar también con las relaciones, aunque evidentemente con otras connotaciones e incluso en una dimensión distinta. Relaciones de amistad y relaciones de amor, aunque creo que la auténtica amistad no termina nunca, pero el amor sí lo hace. Un día ves que eso se está acabando o percibes que la llama no arde como antes (aquí, tirando de tópicos), que todo lo que te motivaba ya no te motiva. Te preguntas por qué y van saliendo esos futuros infinitos del qué pasará cuando pase. Por alguna razón, todos los futuros que aparecen en primera posición son negativos, chungos, tanto en el caso de la muerte como en el del amor, todo se ve negro o, en su defecto, borroso. Tiene algo que ver con la columna de hace unos días en la que escribía sobre la acomodación, todo lo que tienes ahora amenaza con desaparecer, aunque lo que tengas, o parte de ello, mejor no tenerlo en el estado en qué está ahora. Y viene el planteamiento de si hay que luchar por eso que tienes, por eso que construiste, por esa ingente cantidad de objetos, sujetos, recuerdos y afectos que te hecho acomodarte. Pero el mundo, como dije, sigue en movimiento por muy quieto que tú estés. Quizá llegues a la conclusión de que la lucha por todo eso merece la pena, o quizá no. Luchar contra la muerte es la única batalla perdida, pero en ocasiones, la única forma de no seguir perdiendo en la batalla es dándola por perdida, que no es lo mismo que rendirse, puesto que en este caso se abre una batalla nueva.