Flores para Martina

07.04.2021

Es una tarde soleada de otoño. El viento levanta las hojas que se habían tumbado a broncearse sobre el césped y las cambia de lugar. En un banco se sienta una chica de edad indefinida. Lleva un vestido algo pasado de moda. Su espalda se mantiene recta, echada hacia adelante. La mirada que emanan sus ojos castaños, que podrían haber sido de cualquier otra, pero son suyos, está perdida en los reflejos sobre el lago. Sus manos, pequeñas y enrojecidas por el frío -no el de hoy sino el de toda una vida-, están cruzadas sobre el regazo y sus pies, también pequeños, reposan sobre la tierra del camino que serpentea por el parque como el dibujo de un niño imaginando un laberinto. Sus labios, delgados y cortados, tienen una sonrisa confusa. La nariz es de harmonía berniniana. Su cabello es castaño, podría haber sido de cualquier otra, pero es suyo. En la orilla del lago unos niños juegan con un barco teledirigido, una pareja moja sus pies y ríen, un padre enseña a su hijo a hacer rebotar piedras en el agua y una mujer da de comer a los patos, intentando no pisar las flores. Su nombre, el de la chica, es Martina y está esperando a alguien que no vendrá, a una ilusión. A medida que los relojes de los demás, ya que ella no lleva ninguno, van marcando los minutos, esa ilusión se va desvaneciendo tal que una figura de ceniza, en aras de este viento medio frío, medio cálido.

El hombre que no va a presentarse lo sabe todo de Martina y por eso no vendrá. En una serie de citas previas Martina ha ido contándole su vida, por dentro y por fuera. Nunca antes nadie había escuchado todo lo que ella tenía por decir. A ojos de Martina, el hombre que no va a presentarse parece sacado de uno de los libros que ha leído: caballero inglés en una obra de Verne, héroe involuntario en una novela de Dickens, alma solitaria y fuerte en un drama de Forster. Martina mira a ambos lados del camino y sin cambios en la sonrisa ininteligible se levanta del banco y se dirige, a paso firme y lento, hasta el césped.

En un rincón cercano, sentado frente a un ordenador, un escritor que no debería estar allí, suponiendo que alguien tenga que estar en algún sitio más allá de donde precisamente está, teclea sin pausa. Escribe sobre una mujer sentada en un banco que espera a alguien que no vendrá. La describe no muy detalladamente por su físico y luego de introducir la parte dramática del argumento se dispone a explicar la vida de su heroína, heroína ya que es la protagonista de su relato, no porque haya hecho nunca nada heroico si, en su caso, no se considera ya como heroico el hecho de haber sobrevivido. Escribe rápido, se olvida del paisaje tras la ventana, de la hora que es.

El escritor, aspirante a ello en realidad, si es que no es escritor quien simplemente escribe, explica que Martina, pues así se llama su heroína, nació fruto de una relación ocasional en un barrio dominado por la droga y el olvido de una ciudad que presumía de dominar las drogas y no saber de olvidos. El padre de Martina puso allí su semilla, o la escupió vista la manera en que fue puesta, y desapareció, y la madre tampoco fue demasiado capaz nunca de retener su rostro o su nombre. Martina nació ocho meses y dos semanas más tarde, tan pequeña y enfermiza que tuvo suerte de nacer viva. Durante su primera infancia, la niña vivió en pensiones sucias y ruidosas, alimentada solamente cuando su madre se acordaba después de casi perder la consciencia llorando, clamando por comida. De ahí pasó a pisos habitados por seres fantasmagóricos de mente dilucidada en los efectos del caballo, gritos, violencia y porquería. Martina creció siendo una niña callada por falta de estímulos y exceso de temores, hasta llegar a la escuela, en la que empezó tarde y gracias a la tía pesada esa, como la llamaba su madre, de servicios sociales. En la escuela pasaron dos cosas: descubrió un mundo que desconocía formado por gente que sonreía y por padres y madres que se interesaban por sus hijos e hijas y por profesoras agradables que preocupados y atentos; y aparecieron a buscarla unos abuelos que no conocía, con quien pasaba la tarde, merendaba, hacía los deberes. Su vida mejoró: engordó, iba más limpia, aprendió a sonreír. A los ocho años, la madre de Martina se pinchó en el asiento del conductor de un coche viejo y fue descubierta por la policía, que le pidió la identificación, pero la madre arrancó y salió disparada. Duró cuatrocientos metros el trayecto, ya que el puente no se apartó y el automóvil chocó de frente contra él. Su madre murió en el acto. Dice el refrán que no hay mal que por bien no venga, así que al quedarse huérfana Martina fue acogida por sus abuelos. Pero también dice el refrán que las desgracias nunca vienen solas. Los abuelos no pudieron soportar la muerte de su hija. El abuelo se volvió taciturno y malhumorado, padecía de años atrás una cojera que aumentó hasta el punto de tener que llevar siempre bastón. La abuela se encerraba en su habitación y lloraba y preguntaba a las paredes qué había hecho ella para merecer eso. Con el peso de la muerte de una hija y la educación de una nieta fruto de lo mismo que mató a la hija, el abuelo aprendió que el bastón también servía para golpear.

A través de la ventana de su despacho, el escritor, de haber mirado, habría visto a Martina descalzarse para pisar el césped del parque y también como su pelo cobrizo bailaba con el viento. Aunque mirase, la chica caminaba de espaldas y no habría atisbado que sus ojos estaban cerrados mientras andaba.

El escritor se ha detenido con la imagen del abuelo golpeando a la niña, y piensa la forma adecuada para continuar.

La escuela no se dio cuenta de lo que pasaba, Martina no contaba nada y alegando una enfermedad se saltaba la mayoría de clases de educación física y los días de natación. Martina no gritaba cuando el abuelo usaba el palo contra sus piernas y su espalda, se arremolinaba en el suelo y luego se quedaba mucho rato así, sollozando. Entonces la abuela venía a buscarla y la bañaba con mimo mientras le decía que no hablara, que eso era un mal momento que ya pasaría y que si hablaba iría a un centro horrible. Durante estos baños Martina aprendió dos cosas: que hay formas de querer que están mal y que hay momentos que duran demasiado. Sin embargo nada es para siempre, un día el abuelo en lugar de en la espalda le dio en la cabeza, haciéndole una brecha de la que emanó muchísima sangre, tanta que la niña que empezaba a ser una chica, se desmayó. El abuelo se asustó, la abuela gritó, llamaron a una ambulancia. Una doctora curó la brecha de Martina y vio golpes y marcas por todo su cuerpo, avisó a la policía y estos a los servicios sociales que, al igual que la escuela, se lamentaron mucho de no haberse dado cuenta de lo que pasaba hasta entonces. Martina tenía ya doce años cuando fue a vivir a ese "centro horrible", lleno de chicos y chicas a los que habían pasado cosas parecidas y cosas peores que a ella. Ese infierno que le describía la abuela resultó no ser tal, quizá porque cuando uno espera que algo sea terrible nunca es tan terrible como uno espera. Allí Martina se hizo amiga de otras y de otros, conoció los besos, los porros y supo que es vivir sin miedo o, por lo menos, sin un miedo azaroso. La inseguridad no se la quitó nadie, aunque lo intentaron.

El escritor arquea su espalda dolorida antes de continuar. Mira como el sol del otoño decae e imagina que fuera estará refrescando. Se levanta para ir a mear sin mirar por la ventana al parque, en el que Martina se adentra ya en el lago, sin detenerse frente a la temperatura baja del agua ni reparar en los niños del barco ni en la pareja enamorada ni en el padre y el hijo que tiraban piedras ni en la mujer que ya no da comida a los patos. Todos la miran extrañados, pues Martina se ha ido quitando toda la ropa y ahora está desnuda. Un cuerpo delgado, desgarbado, apaleado.

Al volver a sentarse en su escritorio, el autor teclea con ritmo y sin pausa, contando que a los dieciocho años Martina salió del centro habiendo perdido aquello que llaman inocencia con un chico también del centro. Obtuvo un empleo en prácticas en una tienda de lencería y un piso que compartiría con otras chicas donde se hizo muy amiga de una que acabaría marchándose a vivir lejos y nunca cumpliría, salvo una vez, por lo tanto ya no es nunca, la promesa de escribirle cartas. Allí Martina descubriría que se puede conocer a gente por internet y tendría algunas citas fallidas con hombres jóvenes que buscaban sexo rápido a los que despachó, salvo a uno, y también con otros que le parecieron a Martina dignos de salir en alguna novela de Nobokov. Gracias o por culpa de esos contactos en las redes Martina conoció a un hombre algo mayor que ella a quien, cita tras cita, le fue contando su vida, por fuera y por dentro. Este hombre se interesaba por ella, la cogía de la mano, la besaba no con avidez sino con ternura y cuando hicieron el amor Martina descubrió dos cosas: que se pueden tener orgasmos durante el coito y que el sexo no acaba cuando el hombre acaba. Un día, tumbados ambos desnudos sobre las sábanas sudadas de un estudio con vistas al parque, el hombre le preguntó por más cosas de su vida y Martina dijo: ya está, ya lo sabes todo. Fue la última cita. Martina le esperó un día más, una tarde de otoño, en el banco del parque.

Antes de zambullirse del todo en el agua helada, la chica gira la cabeza y mira a una ventana de un bloque de apartamentos. El reflejo del Sol poniéndose le impide ver que nadie la mira desde allí. Se hunde dejando por unos segundos el pelo largo a flote sobre la superficie, tinta escampándose por el papel. Fuera, alguien le grita qué está haciendo a la vez que otro alguien telefonea a la policía y un tercero duda si quitarse la ropa e ir al rescate.

Movido por la curiosidad de las luces azules y naranjas sobre el techo de su estudio, el escritor mira por la ventana. Ve a una ambulancia y coches patrulla en la orilla del lago. Un hombre envuelto en una manta, tiritando, le cuenta a un agente que no ha podido encontrar el cuerpo, los testigos explican que la chica se ha desnudado y metido en el agua. Los niños del barco están nerviosos y asustados, no dormirán bien esta noche. El tercer niño mira a su padre, que está tiritando y que se ha convertido en un héroe sin éxito. Una pareja se abrazaba bajo un árbol sin hojas. La mujer que alimentaba a los patos ha recogido unas cuantas flores y, con una lágrima en cada ojo, las deja sobre el agua.


Este relato lo escribí para el blog dekrakensysirenas.com, allá por noviembre de 2017