¿Follamos?

23.09.2018

Cuando llevamos más o menos diez minutos de movimientos bruscos sobre la cama, empieza a emitir una especie de chillidos que se mezclan con resoplidos. Aunque mi experiencia sexual no es digna ni de un triste tercer premio local, he oído suficientes sonidos de placer como para poder clasificarlos. Aquel es diferente. Da la sensación que está poseída por el Diablo y durante unos momentos me parece que incluso pone los ojos en blanco y si tiene que hablar quizá se ponga a hacerlo en latín al revés o vete a saber cómo. Sin embargo no habla, grita, grita de tal manera que tengo que taparle la boca con las manos. Es pleno agosto y las ventanas de la habitación que da a un triste patio de luces están abiertas de par en par. Antes que se pusiera a gritar, se oía de fondo un televisor o la radio de alguna vecina. Aquellos ruidos suyos aumentan aún más mi excitación y tengo la sensación de estar echando el polvo de mi vida.

Sus cabellos negros se encuentran escampados encima de la almohada como un abanico, los labios gruesos se van cerrando y abriendo entre sonido y sonido; los pechos se le mueven a un ritmo constante y al mismo tiempo variable, el que marca su respiración chocando con mis sacudidas. Sudamos. Y el sudor otorga un toque brillante a la piel tostada por el sol de la Costa Brava o, quién sabe, por el de la Barceloneta o cualquier otro sitio costero. Poco sé de ella y en aquellos instantes poco me importa. El vientre, su vientre es liso y perfecto y tantos besos y lametones ha sufrido por mi culpa hace unos minutos. Las piernas, puede que demasiado delgadas, me presionan la cintura, con fuerza. Una gota de mi sudor cae encima del vientre moreno y ver como se desplaza hasta el ombligo me supera.

Me pide que no me corra todavía. Aminoro el ritmo, de hecho me detengo y estamos unos instantes sin sacudidas. Solo me muevo intentando hacer pequeños círculos, escuché en una película mala que esto gusta a las mujeres. Ella recupera la respiración normal y sonríe, el Diablo se ha calmado. Los dientes parecen más blancos contra la piel oscura. No puedo evitarlo y la beso, no un beso de esos con lengua que parece que tengas que clavarte a la pareja o morderla y que tanto hemos practicado antes. Ahora es un beso suave, con lengua, pero meloso.

Cambiamos de posición, ella se pone encima. A contraluz, de espaldas a la ventana abierta con la luz mortecina de la media tarde filtrada, toda su silueta se me asimila magnífica y quiero concentrarme en esa imagen. No me da tiempo, se inclina para morderme el lóbulo de la oreja, una de las cosas que más me encanta, me excitan, me complacen y me hacen vibrar, y de nuevo más ataques de posesión diabólica que hunden el colchón y hacen chirriar los muelles. Ah, no, que esta cama no tiene muelles.

"Corrámonos juntos", dice, con una voz tan rota que me asusta. Deseo coincidir con ella en el orgasmo, más por cómo se va desarrollando todo que no para recordar a mi última pareja, con quien los orgasmos simultáneos era más que improbables (hasta ahora he pensado que eran un mito) ¿Qué debe estar haciendo Carmen ahora? Follar como yo no, seguro. ¡Basta, fuera este pensamiento y mira que tienes delante, idiota! Es al mirarla, cómo presiona sus labios, ojos cerrados, respiración por la nariz estilizada algo torcida, ruidosa (la respiración, no la nariz), que me empieza a venir. Y cuando se pone a gritar otra vez toda concentración se va a la mierda y tengo un orgasmo cojonudo. Quizá porque llevaba un par de meses sin follar, quizá porque no lo había hecho nunca con una chica que físicamente estuviera como ella, casi perfecta (piernas demasiado delgadas, nariz torcida), quizá porque yo quiero creerlo así y ya está. Se tumba a mi lado sonriendo y sudando y yo me saco el preservativo que ahora es un plástico asqueroso. Se pone a reír. La miro extrañado, se tapa la boca y sigue riendo. "Lo siento, suele pasarme, no lo puedo evitar". Se queda quieta y se relaja, con la sonrisa de dientes algo manchados por el tabaco y la mano en la barriga (¡aquel vientre!) y las piernas estiradas, respirando. Mira al techo. No sé si espero que diga alguna cosa como que ha sido la hostia, o no. Me viene en mente aquella estadística que expone que no sé qué tanto por ciento de las mujeres fingen los orgasmos. Culpa nuestra, y suya por no parar y decirnos cómo hacerlo para que dejen de fingir, pienso en ese momento. Luego pensaré otra cosa o no pensaré nada. Siempre me ha gustado considerarme buen amante, todas las mujeres con las que me he acostado han querido repetir. Yo también, menos con aquella chica... Rosa, se llamaba.

Cuando me levanto a tirar el condón me sale media sonrisa infantil y estúpida, humana. El placer del trabajo bien hecho. Subidón de autoestima. Tiro el plástico húmedo a la papelera después de hacerle un nudo, cojo el agua de la nevera y vuelvo a la habitación. Ahora ella está incorporada, fumando. Enciendo un cigarrillo a su lado y la miro. Parece obligatorio fumar después del sexo, incluso después de las pajas. Pasamos unos minutos en silencio, entra una brisa tan ligera que es casi imperceptible, se sigue escuchando de fondo una televisión o una radio. Apago el cigarrillo igual que hace ella.

Me pide que la toque. No es necesario que lo repita. Paso lentamente la mano por sus tobillos, subo por las piernas demasiado delgadas, morenas, despacio. Los muslos, que no están tan frescos como la primera vez que los he tocado, se mueven un poco, me abre el sexo. Pero me lo salto y con la yema de los dedos acaricio su vientre (aquel vientre) y ella comienza a respirar más fuerte, más pausado. Vuelvo a estar cachondo. Los pechos, ahora uno. Ahora el otro. La beso, en el cuello, en los senos, en el vientre.

"¿Follamos?", pregunta ella por segunda vez esa tarde.

Esta vez es más sucio, si es que el sexo puede ser sucio, se acerca más a fornicar que a follar y queda a años luz de hacer el amor, si es que no es todo lo mismo. Después de las lenguas y los labios en los sexos contrarios y de inicios de masturbación, follamos. Primero de lado, después ella encima, después ella de rodillas. Nunca he sabido los nombres de las posiciones sexuales. Percibo como en el patio de luces se fragua un silencio vecinal cuando se pone a gritar de forma mucho más exagerada que antes y se obliga a amortiguarlo apretando el rostro contra la almohada empapada. La sábana bajera se agarra a nuestros cuerpos mojados. La tengo de espaldas a mí y no le veo la cola de Diablo, se comerá la almohada si sigue así. ¡Concéntrate, burro! Y son los ruidos más que nada lo que me impulsa a acabar, por segunda vez, esa tarde. "Ayúdame a mí, ahora", dice girándose. Con la lengua y los dedos alternando coño y ano y también ambos a la vez, ella también llega al orgasmo, por segunda vez, esa tarde. Ha sido un polvo más largo, más costoso al ser todavía reciente el anterior. Pero a mi autoestima eso le importa un bledo, está por las nubes. Silencio. Me tiemblan las piernas, estoy reventado, agotado. Feliz.

Cuando regreso de tirar el segundo condón, nudo incluido, ella está de espaldas. Su culo, ahora me doy cuenta, no está demasiado proporcionado con las piernas delgadas y el vientre liso, me hace cerrar los ojos para no tener un ataque y querer volver a ello de nuevo. Necesito recuperación, pienso. Después quizá nos demos los teléfonos y esas cosas, quizá es la mujer de mi vida y no el polvo de mi vida. Hablo de su físico porque es lo que tengo delante y no la conozco, sé más de su cuerpo que de cualquier otro aspecto.

He a la tienda de libros de segunda mano dónde la vi por primera vez, con la clara intención de ver si la encontraba. La he encontrado, me he presentado con mi torpeza habitual y al cabo de nada charlábamos tomando un café. Al cabo de un rato, estábamos en mi casa repasando los lomos de los libros de mi pequeña biblioteca hasta que ella me ha mirado y ha preguntado: "¿Follamos?". Y yo he sonreído como un imbécil y contestado que de acuerdo, como si me hubiera preguntado qué tiempo hacía y yo hubiese dicho que llovía. Siempre he soñado con enamorarme de una chica en una librería, y de segunda mano para más tópico, pero las he conocido en la universidad, en el trabajo, amigas de amigos o de amigas. Ahora que lo pienso nunca he ligado en una discoteca. Del desconocimiento absoluto al conocimiento del placer. Menudo filósofo de bolsillo. Quizá ahora estoy enamorado de ella, aunque hace solo unas horas que nos pusimos a charlar y a pesar que nos habíamos saludado la vez anterior en la librería. No hombre, no, que voy a estar enamorado. Ya lo estuve, hasta los huesos, como un idiota, de Carmen. Y mira con quién acabo de follar, dos veces. Porque es una chica culta, divertida (ya sé decir algo de ella, aunque precipitado) y muy bien hecha, que debe de cuidar su figura, toda esa figura que ahora descansa boca abajo, mirándome, y que sonríe y me pregunta por tercera vez, ya anocheciendo: "¿Follamos?".

Este relato, en su versión original en catalán fue seleccionado para el libro "Relatsencatalà", de Edicions La Quàdriga, 2005.