Gato viejo

08.11.2019

Ciego, con movimientos lentos debidos tanto a su vejez como a la prudencia de no chocar contra nada, el gato viejo se desplaza por el piso pequeño y se detiene de vez en cuando a descansar. Se recoge en sí mismo y se queda unos minutos medio dormido, aunque sea mirando directamente a una pared vacía, pues a él le da igual, ya no puede admirar los paisajes. Se guía por el olfato para llegar al plato de comida y al cajón de arena. Ha cogido hábitos de viejo gruñón, protesta si la comida no es la que le gusta, con maullidos dramáticos, se mea a los pies del cajón si huele que éste no ha sido limpiado recientemente, se queda incordiando si cree que le han robado su espacio en el sofá, se sitúa estratégimente detrás de las piernas de los habitantes del piso, poniéndose en peligro él también, si necesita algo.

Tiene mucha más edad de la prevista, los gatos no suelen vivir tanto salvo excepciones. Me recuerda a aquellos casos de ancianos o ancianas, casi siempre asiáticos, que llegan a los 110 años; arrugados, curvados, pequeñitos, pero con una sonrisa continua que dice que tú no vas a lograr lo que él ha logrado, llegar hasta aquí. Un día de estos, quizá todavía falte, morirá. Igual que morirá su compañera, también muy vieja pero no tanto, que conserva la vista pero tiene un tumor que la va matando con lentitud aunque no le causa dolor, razón por la que no ha sido sacrificada. La conducta del gato viejo es tan parecida a la de un hombre viejo que da qué pensar. Recuerdo a mi abuelo poco antes de morir, o al viejo Luís. Ambos se quedaban mirando los platos con comida antes de probarlos, como hace el gato, como valorando si merece la pena consumir lo que hay en el plato, como se van consumiendo ellos a su edad, a pesar de que nos consumimos todos. Hombre y gato emiten quejas melodramáticas sobre aspectos pequeños: este es mi sitio, este cojín aquí me molesta, a ver qué echan por la tele. Y el gato, como el abuelo, igual se hace el sordo, porque también es sordo, puede que por eso maúlle con tanta intensidad, no se oye a sí mismo, por lo tanto es posible que los demás tampoco le oigan, igual que hace el que lleva unos cascos puestos con la música muy alta y grita, pero no todos llevamos cascos, no todos estamos sordos, gato viejo.

Últimamente el viejo gato, gato viejo, desaparece. Hay que buscarle y lo encuentras en un rincón, recogido en sí mismo, con su respiración lenta y sin mover ninguno de sus pelos blancos y grises, busca espacios para tranquilizarse o quizá, como los elefantes, está valorando cuál será el mejor espacio para morir. Los elefantes, cuando intuyen que les queda poco, reservan sus energías para caminar hasta el cementerio de elefantes y allí se quedan quietos hasta que mueren. Nosotros, los humanos, ponemos a nuestros mayores en residencias, cementerios de elefantes, o contratamos a alguien para que les mantenga con dignidad hasta expirar si desean morir en su casa. Llega un momento en que, si las facultades mentales lo permiten (y perder las facultades mentales por demencia o Alzheimer es una de las grandes putadas que nos hace la vida), las personas ya mayores expresan su deseo de morir en casa. No siempre es posible. Algunos gatos mueren en el veterinario con una inyección que, supuestamente, les ayuda a morir sin dolor. Morir en sí ya es doloroso.

Mi padrastro pidió morir en casa pero no pudo ser (le dediqué el escrito Bueno, me voy), murió en una cama de hospital, en la UCI. Mi abuelo también, en una cama, tan sedado que no solo no percibía el dolor sino que no percibía nada, dormido antes del sueño eterno, como algunos lo llaman. Mi abuela murió en una residencia, sin ser capaz de reconocer a nadie: ¿disculpe, y usted quién es? Me preguntó la última vez que fui a verla. Y como ya conté, mi abuelo creía que vivía en un mundo paralelo al suyo, una especie de Alicia a través del espejo personal, y cuando me fui, la última vez que le vi consciente me dijo: "muchas gracias por su visita, caballero, espero que vuelva otro día". Volví, pero ya dormía.

Algunas personas se ponen a atar cabos cuando creen que les queda poco para morir: arreglan papeles, repasan su herencia (siempre que tengan algo qué dejar, claro), incluso algunos ateos deciden hacerse religiosos por unos instantes, no fuera caso que. Pero un gato no tiene nada que atar, pienso. El gato viejo simplemente pasea por la casa, duerme en algún rincón o al lado de su compañera que tiene plaza fija en el sofá, me pregunto si se habran dado la zarpa y se habrán despedido, casi toda su vida juntos, felices o infelices, quién sabe. Quizá, puesto que sabían que por muy infelices que fueran no podrían separarse, se dijeron: "ya que vamos a pasar toda la vida juntos, no nos pongamos exigentes el uno con el otro", y se limitaron a vivir, sin provocar demasiado a la felicidad ya que si se cabrea se va al lado contrario. No sé si hay una lección aquí por aprender, gato viejo.


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