Granos de arena gigantes

25.09.2019

Se me están agotando los días. El vaso ha dejado de estar medio lleno para ir, poco a poco, pasando a estar medio vacío, no por pesimismo, sino por consumo de tiempo. La vida es un vaso que no vuelve a rellenarse, al menos literalmente. Metafóricamente puede verse rellenado con halos de esperanza o con insuflas de vida aportadas por otras personas, por nuevos paisajes, por el descubrimiento repentino y sorprendente de algo que siempre ha estado allí pero a lo que nunca has prestado suficiente atención. Pero en sentido material, el vaso se va agotando: cada día un trago de tiempo, cada hora un sorbo, cada minuto una degustación en los labios.

Ya hace algunos años, pocos pero algunos, que en ocasiones me invade la sensación de que lo que no haga ahora no lo haré nunca. Que luego ya será tarde. No es que antes fuera pronto, sino que antes no se me había ocurrido o simplemente no lo hice pensando que ya tendría tiempo, un pensamiento muy mío, que ahora percibo como una mentira o como una excusa: ya tendré tiempo. Y esas ocasiones han sido las que realmente han provocado cambios, el resto ha sido comodidad.

Sin embargo ahora el tiempo se va escurriendo, granos de arena que caen y colisionan contra los acumulados en la parte inferior del reloj y que cada vez hacen más ruido al impactar. Son granos de arena gigantes que con cada estruendo te recuerdan, como las campanadas del pueblo, la hora que es, ya no solo como una información, sino más como una advertencia: "¿pero has visto ya qué hora es?". Me sigue traicionando el mensaje inconsciente que me ha acompañado tanto camino de mirar hacia adelante y decir: uf, no, lo que me queda por caminar. Eso se debe a que uno no puede ni sabe contar los granos de arena que quedan todavía en la parte superior del reloj. O no quiere contarlos. Por suerte, de momento, nadie los ha contado y me ha dicho: tío, te quedan 200 granos. Quizá haya uno único muy grande que a través de la erosión parecen ser muchos, quizá haya miles. Lo único claro a simple vista es que hay más abajo que arriba. No me asusta, no me estresa. Sí me provoca. Suerte que no estoy dentro del reloj o moriría aplastado por mi propio tiempo, por el último grano de arena (ya que como moriría, mi tiempo se habría acabado, de manera que sería el último inevitablemente).

Lo que quiero es que en los instantes finales no me vea suplicando para que alguien le dé la vuelta al reloj. Y no quiero eso porque significaría que me queda mucho por hacer, que ha vencido el ya tendré tiempo. No sé cuánto hace escribí, porque lo pensé primero, que yo lo que quiero antes de morir es mirar hacia atrás y sonreír. Por haber hecho lo posible por hacer posible lo que he hecho. Decir que se me agotan los días no es pesimismo, es un hecho real, más allá del pensamiento, del ying y el yang, de toda filosofía, de todo sueño. Y a pesar de saber eso soy capaz de dedicar un día entero a hacer cosas tan prescindibles que resultan ridículas. Y a pesar de saber eso sigo cayendo en la monotonía que se nos ha impuesto de tener que cumplir con una monotonía. Tolkien escribió: "lo importante no es saber cuánto tiempo se nos ha concedido, sino saber qué hacer con el tiempo que se nos ha dado". O algo semejante.

Así que quizá se trate de no mirar el reloj o de meterse dentro y en lugar de apartarse al ver caer los granos gigantes, cogerlos, mimarlos, pulirlos y antes del siguiente, dejar éste en un buen lugar, con la satisfacción de que ha dejado de ser un grano de arena, para pasar a ser algo que has hecho tú; la diferencia entre el bloque de mármol de Carrara del principio y el David de después, que sigue siendo mármol, pero ya no lo es. Algo que has hecho tú y  que al dejarlo sabes que, cuando mires atrás, te hará sonreír.