Hanna

25.08.2020

No recuerdo la razón por la que acabé viendo Hanna, quizá alguna amistad la mencionó positivamente durante una conversación o quizá me quedaba la duda después que, tiempo atrás, empezara a verla y la dejara antes de terminar el primer episodio. Lo cierto es que he visionado ya sus dos primeras temporadas y, sin ser ninguna maravilla, ha resultado agradable de ver (y eso es algo, ya que tampoco estoy ya para seguir viendo o leyendo algo que no me guste lo suficiente).

Hanna (creada por David Farr en 2019) nos narra la historia de la chica del mismo nombre (interpretada por la joven británica Esme Creed-Miles), que se cría viviendo en el bosque con quien dice ser su padre, Erik (a cargo de Joel Kinnaman), que le enseña a sobrevivir, a cazar, a defenderse y a atacar, con el mensaje constante de que no tiene que fiarse de nadie y de que hay gente dispuesta a matarla. Le dice, en el primer capítulo, que si conoce, que la conocerá, a una agente de la CIA llamada Marissa Wiegler (personaje que actúa Mireille Enos, conocida por la sobresaliente The Killing, en la que también hacía de pareja artística de Kinnaman), tenga en cuenta que todo lo que le dirá será mentira. Marissa lleva 15 años buscando a Erik y a Hanna por los densos y extensos bosques de Rumania y al final, por un desliz de la chica, los encuentra. A partir de aquí empieza una persecución que durará toda la primera temporada, en la que iremos conociendo los secretos del nacimiento de Hanna y del pasado de Erik y la razón por la que vivían escondidos.

Ciertamente, la historia que se va revelando en Hanna no es demasiado original, la hemos visto en diferentes películas, libros y series. Ciertamente, Kinnaman es una actor que no me convence mucho y Enos siempre me ha parecido una Julianne Moore de segunda división o que está a su sombra. Ciertamente, Esme Creed-Miles tiene unos ojos que brillan en la oscuridad. A pesar de estos aspectos, Hanna va transcurriendo con agilidad, mide sus tiempos y raciona la acción y los momentos de conocimiento o reflexión con cierta gracia, hecho que nos permite ir discurriendo por los capítulos de forma rápida y creando la suficiente intriga para querer saber qué pasará luego. Y aunque la protagonista sea la chica adolescente que va creciendo en el mundo hostil, el peso de la primera temporada lo llevan los dos adultos y el enfrentamiento de décadas entre ellos, a la vez que se va jugando con los entresijos de una agencia oscura como la CIA, la eterna lucha entre el bien y el mal cuando son interpretados de forma totalmente subjetiva y por lo tanto pasan a ser difusos, si es que no lo son siempre. Las mentiras están presentes en casi todos los personajes y tramas, el dilema de si esconder la verdad es proteger o si hay verdades que matan.

A partir de la segunda temporada, con la aparición del personaje de Carmichael (por Dermot Mulroney, actor con larguísimo currículo sobretodo televisivo), se gana en una profundidad de trama de la que carecía la primera temporada, entran en juego nuevas alianzas y enemistades, se pone en marcha lo que durante el primer ciclo de la serie solo se cocía o intuía. A pesar de que sigue careciendo de aspectos importantes (los personajes en general no dejan de tener un punto anodino, carente de personalidad; hay situaciones que se resuelven de manera poco creíble o convincente), las dos temporadas juntas son mejores que cada una por separado, pues van cerrando de forma, esta vez sí, correcta, el círculo y termina de una manera curiosa en la que, si hay tercera temporada pues da pie, y si no la hay pues no pasa nada porque la mayoría de tramas se han cerrado bien.

En resumen, Hanna es una serie puede que poco ambiciosa, de entretenimiento sin querer demostrar nada, que pasa bien cuando se entra al trapo, que sabe jugar en cierto modo con unos planteamientos básicos. No es ninguna maravilla, hay que decirlo, pero está de buen ver.