House of cards

20.05.2019

House of cards (5 temporadas)

House of cards es una de aquellas series que merecen una especial atención, por su calidad y por su contenido. Las cinco temporadas que llevan los Underwood lidiando con el poder son cada una de ellas magnífica y cuando parece que ya no pueden ir más allá, van más allá.

Marcada por las acusaciones de acoso sexual sobre Kevin Spacey, la quinta temporada se centra más que nunca en el personaje de Robin Wright (antes Robin Wright-Penn, mientras estuvo casada con Sean Penn) y le da paso para una sexta temporada de protagonismo casi exclusivo. Hay que decir, sin embargo, que ambos, en sus papeles de Francis y Claire Uderwood, están soberbios y construyen unos personajes colosales. Rodeados de otros personajes no menos grandes, como Doug Stamper (Michael Kelly) y muchos más, el ascenso al poder de este matrimonio curioso, unido más por su ambición que por su amor, pasa por diferentes turbulencias a lo largo de sus cinco temporadas, en una evolución lenta pero constante.

Antes, quizá, sería bueno recordar que este es el remake del House of cards británico, protagonizado por el magnífico Ian Richardson durante solamente una temporada en 1990. En ella, el protagonista era Francis Urquhart, jefe de gabinete del Partido Conservador, que urdía un complot para llegar a primer ministro. Y es exactamente así como empieza la versión norteamericana, con un Francis Uderwood jefe de gabinete que, cuando le niegan el ascenso que cree merecer, empieza a maquinar un plan para conseguirlo por un atajo, haciendo lo que sea necesario y mano a mano con su esposa. Del mismo modo que en la serie británica, Francis se va dirigiendo de vez en cuando a la cámara, en pequeños monólogos en los que explica qué está tramando o qué opina sobre la forma de conseguir lo que se propone.

A lo largo de las cinco temporadas, la trama de ascenso al poder, de corrupción, de juego sucio y manipulación de los Underwood se entremezcla con la trama de su relación como pareja, que pasa de la incondicionalidad a la violencia, de la violencia a la indiferencia, de la indiferencia al pacto y del pacto a la admiración para volver de nuevo a la incondicionalidad, y así en diferentes fases. Y al lado, acercándose y alejándose, el peligro constante a ser descubiertos, a que alguien descubra todo lo que los Underwood están haciendo: periodistas, otras figuras políticas, amantes, asesores y asesoras, secretarios y secretarias, amistades y enemistades, un elenco de figuras secundarias va rodeando a los protagonistas, ya sean adalides de la democracia o aspirantes a dictador.

Creo, no obstante, que probablemente esta serie habría pasado sin pena ni gloria, o con más pena que gloria, de no ser por el actor y la actriz que lo encabezan. Ya he dicho que están geniales, pero es que el peso de la trama recae tanto en ellos, es tan concéntrico a su alrededor, que con dos otras personas elegidas para interpretar a los Underwood, los fallos o, más que fallos, huecos de esta serie, destacarían más. Por ejemplo: la absoluta abnegación de Doug Stampor por su jefe no acaba de cuajar, no se entiende del todo esa dedicación única y exclusiva (a pesar de que Doug es exalcohólico, igual que el jefe de gabinete de la Casa Blanca en The West Wing, con quien guarda muchos parecidos), que le hace hacer de todo y existe un contraste demasiado grande entre esa devoción incondicional y la dureza de su capacidad de intimidación y negociación con personajes a los que amedrentar. También me falla un poco la incapacidad o torpeza de periodistas y demás para desenmascarar al matrimonio Underwood, con la cantidad de salvajadas que cometen. Podría decirse que aquí, el todo acaba siendo mucho mayor que la suma de sus partes y la atmosfera general de la serie puede con estos detalles o factores. También considero que a medida que la serie avanza, la riqueza de los secundarios aumenta y aportan cada vez mucho más: Tom Hammerschmidt, Leann Harvey, Tom Yates, Seth Grayson, Catherine Durant y un largo etcétera de caracteres que suman y no molestan en absoluto.

Para terminar, una de las cosas que más me gustan de la serie, es el hecho de que como espectador he acabado sintiendo por los personajes lo mismo que sienten los votantes americanos y muchos de los opositores a los Underwood: una especie de odio visceral hacia él, a la vez que la sensación de que es imposible deshacerse del mismo; y una admiración hacia ella, a la vez que la sensación de que en el fondo, sabes que son iguales. Como toda serie política, House of cards es más bien de andar lento, de diálogos y encuentros, de una acción basada más en el avance de los personajes que no en la acción en sí, porque de acción hay poca, pero de tensión hay mucha. Y es que a pesar de que en el fondo cada temporada no deja de tener la estructura de la anterior, el plan maquiavélico de los Underwood para tener cada vez más poder, la forma en cómo todo se distribuye y se cuenta, en cómo se desarrolla (sin giros inexplicables ni acontecimientos antinaturales que rompen la trama, como suele pasar en muchas otras series), la cadencia tan acorde con el carácter del matrimonio protagonista, hace que sea una serie melódica, una melodía cruel y tiránica, pero melodía.