Inestabilidad estable

12.11.2019

Vivo en una inestabilidad estable, que no es lo mismo que vivir en una estabilidad inestable. El primero caso, como considero que es el mío, consiste en darse cuenta de que la vida está hecha de cambios continuos y, cuando estos cambios no se producen, se nota cierta incomodidad. Sí, está claro que la estabilidad va bien en ocasiones, tener un trabajo que te garantice un sueldo cada mes que te permita pagar el alquiler, la luz, el gas, la calefacción, llenar la comida y los caprichos culturales y de ocio; tener a personas a tu lado que sepas que están ahí, de forma estable; saber a qué casa ir cada noche o en qué cama te despertarás cada mañana. Como dice la frase: la rutina es necesaria, la variación imprescindible. O algo así.

No voy a decir que este estado de inestabilidad estable sea exclusividad mía, por supuesto que no y, es más, seguramente estoy en la cola de los ejemplos a tener en consideración. Hay gente cuya inestabilidad estable es una montaña al lado de mi granito de arena. Ah, y aclaro que no me refiero a una inestabilidad emocional, ya que me considero bastante estable en eso, cosa que no sé si es señal de cordura o de frialdad.

Quizá esta inestabilidad pueda asociarse a una incapacidad de arraigo, ya sea por razones educativas o por razones de carácter. Hasta fecha de hoy he vivido en 8 casas distintas y no sé cuál de ellas ha sido más hogar o menos. Mi currículo es muy largo, tengo una experiencia muy variada gracias al hecho de que he pasado por casi todas las partes posibles del campo en el que me especifiqué (protección a la infancia y la adolescencia); pero esto que antes era algo muy bueno, ahora empieza a tener cosas malas, es visto por algunas personas como una incapacidad para mantenerse demasiado tiempo en un mismo lugar de trabajo y cuando vas a contratar a alguien quieres, supongo, asegurarte que esa persona no se largará a la que le salga algo mejor, cosa que por otro lado considero de lo más normal. Me cuesta entender a esa gente que lleva veinte años o más años trabajando en el mismo lugar, haciendo la misma faena. Da igual que tu trabajo sea muy variado, lo es solamente dentro de un campo limitado, es una variedad acotada. Yo no puedo, esa estabilidad que buscan las empresas e instituciones no me va y me acabo aburriendo y me invade entonces la necesidad de cambiar. También he cambiado de grupo de amistades, aunque un grupo se mantiene estable ha habido inestabilidad en el grado de vinculación, también imagino que es algo normal. He tenido épocas en que me apetecía más salir con unos que con otros (grupos) y épocas en que quedarme en casa me era una opción también muy buena.

Creo que todo esto se debe o puede deberse, ya sea por educación o por carácter, a que no necesito o no considero imprescindible la estabilidad. Me da un poco igual dónde esté mi casa mientras esté bien en ella y creo que puedo considerar hogar cualquier lugar en el que me sienta acogido, en el que pueda retirarme cuando lo necesite y del que pueda irme cuando lo considere. Es probable que para mí el hogar sea más yo mismo que el sitio en el que resida. No hablo de egocentrismo, hablo del hecho de que si estoy bien conmigo, estaré bien en cualquier parte. Pero claro, no siempre estoy bien conmigo, desde siempre que también hay una inestabilidad estable en eso.

En las relaciones románticas, es decir, en las historias de amor y sexo, ha habido lo mismo también. Me he enamorado muy rápido de personas de las que me desenamoré muy lentamente y me he enamorado muy lentamente de personas de las que me desenamoré en un momento. No sé si me explico. Igual que con muchas otras cosas, que un día te parecen geniales y al siguiente te parecen mediocres o aburridas.

La inestabilidad estable consiste en un proceso algo monótono, en realidad. Consiste en ir buscando sin ninguna meticulosidad hasta que encuentras algo, sientes curiosidad y empiezas a indagar más, decides que te lo quedas (es una forma de hablar) y cuando consigues adaptarte a eso y que eso se adapte a ti vives un tiempo de satisfacción; pronto, ese algo, ese alguien, al igual que tú, cae en la comodidad, que no es más que la relajación al ver que la felicidad (en eso en concreto) está a tocar y que, por lo tanto, la tendrás a mano cuando la necesites. La comodidad, sin embargo, solo es una treta del cerebro y del corazón, un complot, para no tener que trabajar. Con el tiempo otros órganos se rebelan: el estómago ejerce de líder y empieza a revolverse, o cada vez te duele más la espalda o distintas partes de tu sistema nervioso muestran displicencia por el estilo de vida adquirida y hacen demandas distintas: haz más deporte, sal a caminar, aprende chino, construye un barco dentro de una botella. Y sin darte cuenta, esa rebelión gana terreno y los nuevos intereses van derrocando a los antiguos. Ya no te levantas tan contento y agradecido por tener un trabajo que te gusta pero en cambio, te levantas cada vez más temprano para salir a pasear por el mar o la montaña; ya no dedicas tiempo y esfuerzo en tener detalles para esas otras personas y tienes más detalles para ti mismo. Simplemente, lo que te parecía interesante está dejando de serlo y tu mente, acomodada pero con un trasfondo inquieto, requiere nuevas motivaciones; y tu corazón, acomodado pero latente, requiere nuevos cambios de ritmo. Casi sin darte cuenta, te has puesto a buscar de nuevo y, un buen día, el ciclo vuelve a empezar.


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