Influenza

25.09.2018

Especialmente cuando escribo, no puedo desatarme de todo lo que me influye. Acuden a mi mente las imágenes de los párrafos exactos, las escenas. Recuerdo totalmente vinculado a los autores que he leído. Y a su vez según avanza mi lectura, no puedo evitar reconocer las letras de otros autores.

Elijo, si puedo elegir, nacer a la literatura en Borges. Y es que para mí hasta es previo al Quijote, y se inspiraba en él, también Cervantes. El amor a sus Ficciones, el libro que me detonó la mente hacia un divagar mental solamente definible como Borgiano. Laberíntico, fácil, encriptado. A la vez el odio a su pedantería, a su persona magnificada, a la brecha intelectual que nos separa. Borges. Ese señor sentado en Sevilla del póster de la vieja casa de mi familia. Tan a juego con el papel de pared de los años 70. Si lo tuviera hoy, no sé si sería para mí pornografía o diana. Odio su pose, odio su cara, odio sus manos.

Lope de Vega. Valiente caradura, al que no hice caso hasta bien comprendido el sexo. Lectura obligada. Espadachín de lengua afilada. Talentado. Me miro a su sombra y pienso, si hubiera nacido hoy, sería el mejor rapero. ¿Es mi mente tan rápida como la de Lope? ¿Tengo tanta cara? El nombre de Lope me proyecta ineludiblemente hasta las mesas de la biblioteca de mi instituto, que sólo visitaba cuando llovía; esa madera tibia, sin duda, a la primera vez que sentí lo agradable del calor de tener una mujer al lado, bien cerca, y sin querer separarme. Qué extrañas son la mente y el tacto.

Pío Baroja. Qué sencillo, qué real, qué escueto. Escribir en forma de agua, naturalmente. Tan bueno como un padre. Sin mácula. Puedo ver la pared de ladrillo rojo del edificio frente a mi colegio, resaltado por el verde de los árboles de la morera. Mientras intento perderme numéricamente entre hojas, ladrillos, y nubes, la voz de mi profesor de Lengua, destacando las virtudes de lo breve, de lo bien definido. Salgo de ese recuerdo para encontrar en mis manos el Árbol de la Ciencia, y un pensamiento: a esto se refería. No hay más que agradecimiento en mi corazón para Baroja.

Valle-Inclán me lleva a las terrazas soleadas en calles aledañas al Retiro. Rodeado de artistas, en conversaciones mitad seducción, mitad fábula. Nunca he sido más un Groupie que cuando apostaba por actores desconocidos. De ellos aprendí también el Jazz.

Podría seguir en un catálogo tan largo como me parecieron algunos fragmentos de Dorian Grey, y atarlos a todos con la música de sus momentos. No obstante a lo que quiero referirme es a lo que es nuestro, y a lo que no.

Porque nosotros no aprendimos la literatura inventándola, sino por imitación, y nada de lo que decimos es nuestro, ni siquiera en su forma. Quizá la única identidad es la mezcla desproporcionada. Igual que un rostro, únicos por su distancia de la proporción.

Puedo tener conversaciones enteras, sin pisar un sólo momento mi persona, sin hablar un minuto de mí, y os prometo que no es aburrido. O podría ser que no sea aburrido por mi vivencia. Frases de canciones, refranes, diálogos de película. Estoy hecho de retazos. De trozos de tela cuadrados que voy recortando.

En ocasiones me pregunto, ¿hasta qué punto soy mío? ¿Debo serlo? Somos entidades separadas por nuestra percepción del resto, aparentemente. Al mismo tiempo pienso que somos parte unos de otros, y que hemos devorado el conocimiento de las generaciones anteriores, e incluso de las contemporáneas.

Cuántas veces no habremos aprendido lo peor de nuestras relaciones. Decir que esa persona que has odiado tantísimo, ha cambiado tu vida, tu comportamiento. Aunque a mí, para siempre, me parece demasiado tiempo. Por orgullo o por inteligencia, quizá sería correcto dejar una puerta abierta a las percepciones previas a conocer a esas personas.

Un back up emocional. Llevarnos al momento idílico antes de aprender lo aborrecible. O quizás la prudencia de no concretar el pensamiento demasiado rápido. Aunque admito que requiere una maestría mental, ya que ciertos eventos detonan nuestra reacción inmediata, y una postura de combate o huida.

Desarrollar el hábito de abrir las puertas al pasado, y el valor para abrir las heridas infectadas. Aunque eso nos lleve muchas veces a perdonar a la zarza. La zarzamora todo el día llora que llora, porque no hay dios que se le acerque.

Volver a mirar lo que queremos olvidar, con urgencia, como si no fuese con nosotros. Doloroso, pero necesario. Porque a veces no entendemos cómo coño hemos desarrollado un sistema de vida que nos hace tan infelices, ni sabemos cómo es posible tener tantos temas prohibidos, ni tantas zonas del cuerpo que no permitimos que nos toquen. Y no es por la piel, es por la memoria.

Sobre todo, porque cada día somos progenitores de actitudes que despreciamos, y vamos impregnando a los que nos rodean, hasta hacerlos madres de nuevas desgracias. El tema principal es que estamos dormidos. En este sueño común vamos dándonos caza unos a otros. Algunos salvajemente, otros con cebo y sedal. Somos alimento unos de otros.

Si no puedo evitar ser comida, preferiría ser un buen alimento. Que comas y no tengas que ir vomitándome durante años. No quiero ser las putas patatas fritas de tu menú emocional, quiero ser el puto filete. Quiero que pases el invierno alimentándote de mis palabras. Palabras que no recordarás, y sin embargo te causarán una sensación en la boca del estómago. Espero que esa sensación sea el calor de estar en casa.

He jodido la "a" de mi teclado, y aquí se acaba este texto.


Un texto de @incomp_let