Insecto

07.06.2019

Viernes, 7 de junio de 2019

Cada mañana, para ir a trabajar, hago el mismo recorrido. El camino que sigo es más largo que otra opción, pero es que me genera más simpatía. Subo a lo alto del pueblo, tomo la carretera estrecha que lo une al siguiente dirección oeste, cruzo parte de este pueblo vecino y luego la carretera por la que me planto en el tercer pueblo, en el que está mi puesto laboral. En los dos semáforos me entretengo mirando las caras que asoman por encima de los volantes de los que vienen en sentido contrario. Un hecho absolutamente intrascendente, esta mañana, me ha traído a escribir la presente columna.

En el primer semáforo, que me ha dejado hoy justo encima del puente sobre la autopista, un pequeño insecto, que me declaro incapaz de identificar por ser un ignorante como soy, se ha posado en la ventanilla del conductor, justo al lado de mi codo izquierdo. Era un insecto gris, de cuerpo alargado y cabeza pequeña, las alas no se le diferenciaban. Automáticamente, al ser yo valiente y osado, he subido el cristal, hasta ahora ligeramente bajado, para evitar que entrara en el vehículo. Obviamente el bicho ni se ha inmutado y se ha puesto a andar por la goma negra por la que se desliza el vidrio, quizá pensando: tranquilo, tío, que no he venido a molestarte. Como si buscara asiento en un autobús, el insecto se ha colocado a resguardo del viento, justo en el margen interior del espejo retrovisor. Sabía que estaba a punto de arrancar. He bajado la calle que cruza el pueblo vecino y el animalito seguía allí, no me ha parecido observar que sacara un periódico tipo The Antcity Times ni que abriera un móvil para mirar el Insectwitter o el Facebug. Al girar la esquina y tomar la calle que comunica el pueblo vecino al mío con el vecino a mi vecino, el bicho ha saltado del retrovisor sin despedirse. En el segundo semáforo, me ha dado por pensar que la bestezuela, efectivamente, me ha usado como transporte gratuito. Quizá en una visita a un familiar, para qué ir volando si puede tomar un taxi sin cansarse y sin pagar. La inteligencia de este invertebrado se ha agrandado en mi forma de pensar, he supuesto un razonamiento según el cual ha saltado justo al girar yo la esquina no por un efecto del viento o por estar cansado del viaje, sino porque efectivamente sabe que me estaba desviando del trayecto que a él o a ella le iba bien y por lo tanto, se ha apeado, quizá en un salto que le ha llevado al coche de detrás o dos coches más arriba, que han seguido bajando.

En el supuesto de una inteligencia superior a la que les otorgamos, puede que el insecto fácilmente aplastable con un dedo nos vea como a seres endiabladamente complejos, y uso el adjetivo endiablado adrede y, en esa complejidad, algo estúpidos. Todos los seres vivos, menos el humano, saben que la simplicidad y la practicidad son garantías de éxito por encima de la complejidad y la disertación. Me he dado cuenta entonces de que la inmensa mayoría de los coches que subían en sentido contrario iban con una sola persona dentro, que casi ninguna sonreía, caras de circunstancias, de desear estar en otro sitio en ese momento, haciendo otra cosa. En un ejercicio de imaginación, esa imaginación a la que lleva el aburrimiento de la monotonía, me he visto dejando de ser persona, saliendo de detrás del volante, convirtiéndome en ese insecto y saliendo a revolotear entre los coches, mirando ese tramo de humanidad, la del semáforo y los edificios próximos y percibiendo que, en cierto modo o en el conjunto de los modos, es todo bastante absurdo: desplazarse para trabajar en un lugar en el que la gente se desplaza para trabajar en otro lugar del que la gente se desplaza para... Ir en nuestras máquinas de lata contaminantes, solos y descontentos en general, cumpliendo con lo que nos han intentado convencer que es un "deber", que es lo "correcto" o, peor aún, que es lo "normal". Be the system, feed the system (se el sistema, alimenta el sistema; no sé por qué lo he puesto en inglés, supongo que por hacerme el interesante). Cuando el semáforo se ha puesto en verde, he dejado de revolotear entre los coches y he vuelto a sentarme tras el volante, pero creo que no he vuelto a ser persona, me ha gustado ser insecto.