Ir de culo por ir de cara

28.06.2019

Viernes, 28 de junio de 2019

Hace dos días que no escribo la columna y un halo de culpabilidad sobrevuela mi cabeza, con más canas que claros. Me propuse escribir cada día y he conseguido mantenerlo durante algunas semanas, sin embargo, el parón de miércoles y martes después de San Juan, tiene un motivo determinado por cierto agotamiento mental. El agotamiento mental es aquello que se produce porque tu día a día, por lo menos en mi caso, los llamados quehaceres, no solamente ocupan espacio temporal y físico, sino que además dejan tu cerebro en un estado bastante lamentable, sin demasiadas energías, justo las necesarias para hacer algo que te entretenga como ver un capítulo de una serie, leer un libro ligero, mirar un trozo de una película de pura diversión y acción.

No explicaré aquí de qué trabajo exactamente, aunque sí he contado alguna vez o he dejado entrever bastante, de qué he trabajado la mayor parte de mi vida profesional. También creo que he dejado migas en el camino que explican que lo dejé durante un periodo para dedicarme a escribir y a enseñar a escribir, que esto, como era de prever, no me dio suficiente dinero y que determinados cambios en mi vida lo giraron todo. Pues bien, y ahora pongo el último matiz, que será más larga la introducción que el nudo y eso es empezar mal, también escribí en estas columnas mi voluntad de decir siempre la verdad y ser claro. Esto, que se llama ir de cara, me ha hecho ir de culo.

No es que sea un jefe, ahora mismo, pero soy algo jefe, es decir, soy responsable de un departamento y tengo gente a mi cargo, aunque no a mi cargo, sino que estoy encargado de velar para que se haga lo que hay que hacer, no sé si me explico. Es un trabajo temporal, estoy aquí eventualmente y por lo tanto, me como todo lo que viene de antes (lo bueno, que es mucho, y lo malo, que es suficiente) y tengo poca posibilidad de producir cambios para lo que venga después. Y en ese intento de cambio, está la trama de esta columna de hoy.

Muy a menudo, la solución rápida y sobre todo la solución fácil frente a un conflicto, es evitar precisamente el conflicto. Cuando sucede algo, parece si lo sorteas o le das lo que se pide así mejor, ya que te ahorras un montón de problemas. Pero en realidad lo que estás haciendo es generar una especie de efecto bola de nieve. Pondré un ejemplo ya que seguramente no se sabe de qué estoy hablando, un ejemplo con personas pequeñas, extrapolable a personas adultas:

Un niño quiere comer un caramelo. Sabes que si no se lo das, tendrás una rabieta. Hace calor y estás cansado y tener que aguantar el pollo del pollo llorando es lo que menos te apetece del mundo. El niño tiene derecho a este caramelo porque tú se lo has comprado para él, para hoy, pero te lo has guardado y le has dicho que se lo dejarías comer más adelante. Ahora es más adelante. Pero el problema no es el caramelo, el problema es que el niño te lo pide justo antes de cenar y, para más inri, se ha tomado la libertad de cogerlo de tu bolsa sin tu permiso. Sabes, por experiencia, que si se toma el caramelo ahora, que tardará bastante en acabarse, luego no tendrá hambre para cenar y sabes que, si le dices que de acuerdo, el niño es muy probable que la próxima vez haga lo mismo, simplemente porque le ha funcionado: coja algo cuando él lo quiere, a pesar de haber acordado que sería luego; pero ahora es luego, claro. Si le dices que no, como decía, pollo montado; si le dices que sí, no solamente se saldrá con la suya después de haberlo hecho mal, sino que encima sucederá (no siempre, pero muy probablemente) el hecho de que el niño, las próximas veces, confunda su derecho a comerse ese caramelo con el privilegio de comérselo cuando quiera y de la forma que sea. No sé si me estoy explicando.

Los adultos hacemos igual, ni todos ni en todas las ocasiones, pero más o menos. Si pedimos algo que no toca, cuando no toca y de la manera que no toca y nos lo dan una vez, dos, tres... Al final aquello que era un privilegio, un permiso o una concesión puntual, se acaba convirtiendo en un derecho, al menos en nuestra percepción. No sirven de nada ciertas explicaciones ni razonamientos, ni previos ni consecuentes, ya que lo que prevalece es el "antes sí se podía hacer" o el "¿por qué aquellas veces sí y ahora no?". Pues yo a nivel laboral llegué a la conclusión de que se habían tomado por derechos ciertos privilegios, fui de cara y corté esos privilegios y claro, esto me ha hecho ir de culo, porque ahora tengo el pollo montado. Bueno, esperemos que sirva para algo.