Jirafas de metal

27.04.2021

Veo moverse a la vez todas las grúas desde el despacho en una extraña sincronía de la construcción y la deconstrucción, de cadencia y decadencia. Al terminarme el cigarrillo fumado en lugar prohibido, tiro la colilla por el precipicio de doce plantas, las que tendría que haber bajado para consumirlo. La veo caer bailando con la escasa brisa que hoy se pasea entre los rascacielos del barrio de oficinas de diseño y personas de diseño. Hasta que soy incapaz de distinguirla. Luego se me ha vuelto a ocurrir la idea de dejarme caer para ponerme a volar o planear y, como un superhéroe, usar las seis grúas como resorte. Pasear por el cielo de la ciudad en un grito silencioso de "aquí estoy". Claro, no lo he hecho. Ni precipitarme ni volar. Sí he continuado observando el juego de comunicación entre las jirafas de hierro y sus contrapesos.

Yo crecí en este barrio y ya no reconozco nada, estoy descolocado. Ahora hay avenidas donde antes había calles, locales de degustación donde antes había bares de menú, la facultad de cine ocupa la fábrica abandonada y un gigante de las telecomunicaciones llena el descampado donde jugábamos a futbol y nos escondíamos de la panda del Botas, el matón del barrio. Estaría bien que ese cabrón estuviera en el trullo y que unos cuantos tíos cachas le violaran cada noche, pero lo más probable es que sea padre de familia y enseñe a un Botitas a relacionarse a golpes para acojonar a los demás. Incluso le veo presidente de la Asociación de Madres y Padres usando galantería barata de chungo barriobajero con la madre -de tres niños obesos y maleducados- divorciada que le ríe las gracias sin gracia con histeria contenida. Durante una de nuestras huidas, Sebastián dijo no tenerle miedo; le propinaron una buena paliza. Sus padres lo denunciaron todo, hubo reuniones de padres-vecinos que seguramente empezaran con tópicos parecidos a «es una lástima conocernos en estas circunstancias». A mí no me dejaron ir y mis padres se mantuvieron algo al margen, me dijeron que no era lugar para nosotros. No sé cómo acabó, pero Sebastián no volvió a salir a patear la pelota con nosotros; al cabo de un año o así se mudaron de barrio y no le he visto nunca más, como a la mayoría de gente de aquella época. En alguna ocasión los demás habíamos planeado una venganza contra el Botas y los suyos, pero la violencia no formaba parte de nuestro modo de ver la vida, no éramos superhéroes haciendo justicia, así que nos limitamos a continuar escondiéndonos.

Si giro la vista y activo una mirada túnel entre los edificios vecinos puedo ver la casa donde me críe. Un edificio de cinco plantas, de obra vista, con los balcones decorados con baldosas azules. Algún gilipollas sin parienta lo bautizó como Edificio Mickey y se quedó tan ancho. Nadie pone nombre a los edificios en las ciudades. Eso es más de urbanizaciones enganchadas a pueblos costeros invadidos por turistas alemanes y franceses: Edificio Mirasol, Edificio Bellavista. En el Edificio Mickey yo solo conocía a mis vecinos del piso de al lado: tres niños que sacaban unas notas increíbles comparadas -y sin compararlas- con las mías. Cuando bajaban del notable su padre cerraba el puño y les marcaba la espalda ignorando los llantos de su mujer, lo vi una vez, creo que no se lo conté a nadie. Ese tipo se prejubiló de una multinacional a los cincuenta y poco, iba casi todo el día en batín y pijama y zapatillas y escuchaba opera a todo volumen y se le oía cantar a través de aquellas paredes de papel de fumar.

Empecé a fumar a los catorce años. Estudiaba en un instituto del barrio, un mal barrio entonces, ahora un barrio de moda. Prácticamente todos los que estaban conmigo en clase y en todo el inmenso centro educativo, eran hijos de policía nacional pues delante mismo había la comisaría de policía más grande de la ciudad. En época de exámenes solía haber alguna amenaza de bomba, por aquel entonces todavía existía la posibilidad de que la ETA hiciera volar una caserna por los aires. Si eso ocurría (lo de la amenaza de bomba) desalojaban el instituto y el examen se posponía o anulaba. Yo no pintaba nada en ese instituto, era el raro, el diferente, estaba fuera de contexto con unos padres que leían libros en lugar de mirar telebasura o ir al bar a ver el futbol. Los compañeros de clase me pusieron un apodo cariñoso, ya que siempre he sabido moverme para no caer mal, ni demasiado bien tampoco. Durante las campanas que hacíamos para escaquearnos de latín íbamos a jugar al futbolín y comprábamos cigarrillos Fortuna sueltos en el quiosco por diez pesetas.

En el Edificio Mickey había también una peña del Español en el entresuelo (yo y mis amigos de la espalda marcada vivíamos en el segundo piso, puertas primera y segunda respectivamente); en el primero primera una pareja que por las noches cantaba karaoke y en otros pisos gente a la que no soy capaz de recordar y tampoco pienso dedicar energía en intentarlo.

Durante la adolescencia, cuando el Botas ya no nos perseguía, uno de los lugares más interesantes del barrio era el Burgalés, uno de los pocos tugurios que todavía existen. Hace poco pasé por delante y aminoré mucho el paso, mirando en su interior, pero no reconocí a nadie. El Burgalés era el bar propiedad de los padres de Meri. A mí me Meri me gustaba, aunque durante mucho tiempo me gustó más su amiga Laura, que no me hacía ni caso a pesar de que con los años me monté la mentira de que ella había sido la primera chica a la que besé. Una mentira para mí, de las muchas que conformaban la vida que debería haber tenido. Meri era la apócope de Meritxell. Era una chica algo bajita de la que recuerdo especialmente sus ojos negros a conjunto con la cabellera ondulada. Y también su culo. Meri sí me hacía caso, a mí, al extraño de la clase. Íbamos andando juntos casi cada día al salir del instituto: ella hasta el bar de sus padres y yo hasta mi casa, nos quedábamos sentados en un banco de la Rambla (desaliñada y mal iluminada entonces), convertida en un atractivo turístico ahora, y yo la oía parlotear a su manera rápida y dicharachera. Era un encanto y el día que nos besamos en aquella discoteca donde otra de la clase nos colaba los viernes por la noche en el turno para menores de edad, produjo un hormigueo en mis labios que todavía creo tener hoy al recordarlo y no puedo evitar pasarme la lengua por las labios. Salimos tres meses o así, no pasé de tocarle el culo por encima del pantalón y de asomar la mano sobre un pecho una vez que fuimos al cine. La chica que nos colaba en la discoteca les decía a sus padres que sacaba Muy Destacados en lugar de Muy Deficientes y estos no entendieron nada cuando les llamaron de dirección para informarles de que su hija repetiría curso.

Alguien pica con los nudillos el cristal del balcón. Mi secretaria súper eficiente y súper discreta. La reunión está a punto de empezar. Las grúas siguen su desplazamiento mecánico como jirafas de metal levantando el cuello. Quizá la colilla siga cayendo o esté volando mezclada entre las hojas de los árboles, siendo la rara, como habría hecho yo, un superhéroe fuera de contexto.


Este relato lo escribí para el blog dekrakensysirenas, el 15 de mayo de 2017.