La apatía de la apatía

22.05.2020

¿Cuánto tiempo llevamos ya encerrados? Dos meses y poco, creo. ¿Cuánto tiempo sin abrazar a quién quieres y a quién deseas, sin besar a quién te importa e importas? ¿Sin tener una interacción sin mascarillas, manteniendo una distancia prudente, sin chocar la mano, sin que se vea tu sonrisa o la del otro? Al principio, más allá de la tragedia que todo esto supone y de lo desprevenidos que nos ha cogido a pesar de estar prevenidos, piensas que bueno, que mira, que dedicarte al teletrabajo un tiempo, pasar más ratos con los tuyos (con los que ya viven contigo), no pasará nada, incluso dispondrás, si estás sano, de un espacio mental y temporal necesario que el día a día se te come a pesar de las promesas de tenerlo. Pero pasan los días y las semanas y pronto toda esa parte positiva se va tornando en negativa y después pasa a un estado peor, en el que ni siquiera lo ves todo negro, sino que se sume en una especie de materia incolora, de forma indefinida, de tacto desagradable y olor extraño, como cuando abres la nevera y sabes que algo se está pudriendo dentro, pero no encuentras qué es.

Es cierto, vas teniendo píldoras que te animan, pequeñas dosis que durante unos instantes, apenas horas, te devuelven la sonrisa y te hacen creer que todo pasará, que te lo puedes tomar con filosofía (curiosa expresión, atendiendo a la cantidad de variantes filosóficas que hay, casi una por cada filósofo y filósofa). Salir a comprar al mercado o al súper, a las tiendas de abastecimiento básico las primeras semanas, luego saliendo a pasear con los niños una hora al día en la que te encuentras a conocidos o amistades, más de los niños que tuyas, con sus padres o madres y vas repitiendo las mismas conversaciones sobre cómo lo llevas, sobre cómo lo llevan. Conversaciones que ya has tenido por las muchas conexiones por videoconferencia o como se le llame a eso que apenas habías usado hasta ahora, con familiares y amigos y gente que está unida a ti por alguna afición, algún pasado o algún futuro. Esperas casi con ansiedad el vermut electrónico de los sábados con todas las amistades, esperas casi con desespero volver a tener a los niños contigo toda una semana y esperas con frustración que lleguen novedades, no ya específicamente del coronavirus de los cojones y las fases del coño, sino de cualquier cosa. Porque al igual que tú, te parece que reina una apatía general en lo que te rodea. Las largas, larguísimas colas en tiendas de comida, en el estanco, en Correos, ¿quién es la última? ¿Ésta cola es para allí o para aquí?

Y no solamente es apatía, sino que la apatía, en la siguiente fase (¿0.75, 1.23?) la apatía ha caído en su propia apatía y ya no es ni apatía. La apatía apática, meta apatía quizá. Y es que ni siquiera estás apático, estás peor que esto. Ninguna serie ni película te motiva, las dejas todas al cabo de unos minutos, los libros te miran mal, frunciendo los dientes y enseñando las garras, los juegos han pasado a tener una polaridad igual que la tuya y cuando te acercas, ellos se alejan (los de mesa, los de ordenador, los del móvil) y el teletrabajo pierde sentido cuando llevas cuarenta mañanas frente al ordenador mirando los mismos documentos, ahora incapaz de ver más que manchas sobre un mar blanco. Y mira que sucedieron cosas al inicio que inspiraron confianza e ilusión de que de esto saldrían cosas muy buenas y, ahora, en está apatía en espiral, intentas agarrarte al "no tengas prisa", al "se verán los frutos" que es tabla en el naufragio.

Oh, vamos, tampoco estás tan mal. "Los hay que están peor y blablablá" y así caes en tu propia demagogia, amigo. Se acumulan las moscas en tu salón, no por falta de higiene sino porque buscan la sombra ante el calor en aumento. Y es curioso porque las ideas no se te han ido, siguen revoloteando como las moscas, pero no puedes cogerlas.

Ah, y el puzle, en el que encontraste un pelo que no es tuyo entre las piezas por colocar, sigue a medio hacer.