La banalidad del tiempo (o el tiempo de la banalidad)

20.05.2021

Sentado en aquellas escaleras, con un agradable sol de primavera y una temperatura de lo más apacible, me viene a la cabeza el tiempo transcurrido. Estamos a 20 de mayo y me resulta sorprendente que desde el punto de referencia que me he marcado hayan pasado solamente quince días. Tengo la sensación que ha sido mucho más. Sea como sea, luego de decirme que solo han pasado quince días, he cambiado a valorar que ya han pasado quince días. El tiempo transcurre a una velocidad de vértigo y de repente, miras un poco hacia atrás -tampoco mucho, nada más que una pizca- y la percepción es de que casi todo lo sucedido es banal. Me pregunto entonces si es que se trata de la banalidad del tiempo o es que nos encontramos en el tiempo de la banalidad. Bien es cierto que todos los días son distintos, pero también lo es que son todos iguales. Es triste, supongo, no lo tengo muy claro. Luego he visto, todavía sentado en aquellas escaleras, a una compañera de trabajo marcharse y me ha venido a la cabeza que ésta no pega sello. Quizá, sin embargo, es que no haya sello que pegar.

Decía que el tiempo se desliza como un patinador rayando el hielo y no te das cuenta. ¿Qué estoy haciendo con mi tiempo? No lo sé. Suerte que no es algo que pueda guardarse porque siendo como soy perdería la mitad de él buscando la mitad que guardé. Hay una pregunta peor que la de si el tiempo que me pasa en forma de brisa es banal o no, y es la de qué sería no banalizar este tiempo. En realidad, la impresión es que aceptamos tener una cantidad ingente de tiempo banalizable a la espera del que no lo es. Once meses trabajando para uno de buenas vacaciones. Cinco días para dos de merecido descanso. Ocho horas durmiendo (en realidad menos), ocho trabajando (probablemente más), ocho para hacer tus cosas entre las que se incluye comer, cagar y mear, limpiar, trasladarte de un sitio (el trabajo) a otro.

Creo que le estoy dando demasiadas vueltas a esto desde hace demasiado tiempo. Otra vez el tiempo. Alguien me decía hace poco que le gusta ser dueña de su tiempo y aprovecharlo. Para unos aprovecharlo es ir al cine, al teatro, a museos, leer mucho. Para otros es jugar a videojuegos. Incluso para muchas personas debe de ser trabajar. Tomar algo con tus amistades, ir a pasear cerca del mar o la montaña, follar con quien deseas y te desea. Mirar series. Hacer crucigramas. Tumbarse y cerrar los ojos disfrutando del sol. Ir de tiendas. Pasear al perro. Coleccionar insectos o sellos. Hacer maquetas de trenes. Construir un barco dentro de una botella. Pensar. Observar. Escribir. Masturbarse. Pasarse horas mirando el móvil. Hacer ejercicio. Ordenar papeles u objetos. ¿Qué es banal? Ponerse a discutir interiormente sobre lo que lo es y lo que no lo es. Asistir a un fórum. Ver vídeos en YouTube. Fumarse un cigarrillo. Emborracharse o ir a sesiones de desintoxicación para ex alcohólicos. Maquillarse. Salir a correr. Mirar como llueve. Sentarse en una terraza y pedir un café con hielo. Todo es susceptible de ser y de no ser insustancial. Alguien dijo que si disfrutas perdiendo el tiempo es que no lo estás perdiendo. Trabajar mucho para poder tener un tiempo libre de mayor calidad o tener mucho tiempo libre para poder trabajar con mayor calidad.

He pasado mucho tiempo en reuniones idiotas, haciendo informes que nadie recuerda, analizando situaciones que podían darse o no darse, obedeciendo o mandando a personas que te olvidaron cuando se fueron o cuando te fuiste. Me gustaría pensar que soy más feliz desde que no llevo reloj. De pulsera. En el móvil hay un reloj. Y en casa, colgado en la cocina o en el salón, hay otro. Y calendarios en la cocina, en la habitación y el comedor. Y el portátil te marca la hora y el día. Y estate atento porque a las tal en punto empieza eso que tiene que empezar.

Cualquier día puede ser un día cualquiera. La monotonía es un espantapájaros que se acaba haciendo amigo de los cuervos que le picotean los ojos de paja. Sopla una brisa ligera y fresca que se cuela entre todas y cada una de las briznas del césped descuidado, haciendo que por unos instantes se sientan especiales y únicas. La felicidad que proporciona la ignorancia es tan pura que necesita ingerirse adulterada. Estoy a punto de decirme que hoy será un día distinto, pero recuerdo que todos los días me digo lo mismo, haciendo que todos sean iguales. La ilusión es un perro persiguiendo su propia cola. Si me quedo de pie me duelen los pies, si me siento me duele el culo. A veces me descubro mirando al horizonte sólo para asegurarme que sigue allí. La soledad te tienta porque necesita compañía. Quizá el Sol se ponga todos los días ya que la idea de quedarse para siempre le resulta insoportable.

No sé si soy capaz de vivir todos los momentos que me presta un día -que se suma a todos los otros días- con suficiente intensidad. Tampoco sé si es recomendable. ¿Recomendable por quién? Quizá esperamos el fin de semana porque el ser humano no es capaz de hacer o no sería capaz sostener que todos los días fueran intensos, profundos, apasionados. Necesitamos la banalidad para compararla con la trascendencia. O quizá no sea eso y sea algo tan radicalmente distinto que no alcanza la imaginación.