La bisagra de dos puertas

09.10.2019

Un día (da igual si es por la mañana, por la tarde, por la noche o de madrugada) miras hacia atrás y todo lo que creías ordenado está confuso. Los recuerdos son objetos en una habitación desordenada con rincones en los que hace tiempo que nadie pasa un trapo, telas de araña del tamaño de una biblioteca han ocupado las esquinas y en el suelo, sobre el polvo, hay diminutas pisadas de ratones y palomas. Ese era el ruido que escuchaste, piensas, ratones y palomas que se han escondido cuando has entreabierto la puerta para mirar o han huido volando por la ventana de la memoria, esa que siempre está abierta, por la que se cuela la lluvia y se escapa el olor a cerrado, la que deja pasar algo de luz y salir algo de oscuridad. Y menos mal de la ventana. En algún lugar quedan restos de ese recuerdo que huele a rancio, incluso a podrido, consumido por el moho. Deberías haberlo tirado a la papelera porque ahora vuelve a ti con la intensidad suficiente como para echarte para atrás y hacerte dudar de si debes seguir avanzando, de si debes acabar de abrir la puerta y entrar. Sin embargo no lo haces, te quedas mirando y llegas a la misma conclusión que todos los otros días (da igual si era por la mañana, por la tarde, por la noche o de madrugada) que entreabriste la puerta. Días que quedan automáticamente guardados en esta habitación, haciéndose un hueco entre objetos y fantasmas. Sí, hay fantasmas, o quizá solamente sean sombras que al jugar con la luz que entra por la pequeña ventana adquieren formas espectrales.

No llegas a entrar porque al ver el pasado así de difuminado te entra cada vez el mismo miedo: si el pretérito está así, te preguntas, ¿cómo estará el porvenir? Cierras la puerta con cuidado, no fuera a ser que de un portazo se cayera algo y el ruido te acompañara en el paso entre esta cancela y la otra. Estás en medio, como una bisagra que chirría o que está untada de tanto aceite que ya no puede moverse sin resultar resbaladiza. El problema con la puerta del futuro es que, la abras cuando la abras, siempre es distinta y está envuelta por una niebla que te hace dudar entre lo que es real y lo que es deseo, lo que es miedo, lo que es camino o lo que es cuneta, esa cuneta llena de coches oxidados que perdieron el rumbo suponiendo que alguna vez tuvieran uno. El futuro es la incerteza absoluta y no puedes entrar en él sin asirte a algo del pasado que te sirva de referencia o de soporte: el muñeco que siempre dormía contigo cuando eras niño, la ocasión en que fuiste decisivo en un partido de baloncesto, el día que aquella persona te dijo que te quería y al acto supiste que tú también a ella. Entrar en la habitación del futuro es, quizá, no salir jamás, vagar por la niebla agitando el brazo con el que no sujetas al muñeco, esperando esparcir la calina como si de repente fuera a aparecer un altar o un roble encima de una colina en un prado tan verde que resulta imposible.

Alguna vez has entrado, claro está, y el pánico se ha apoderado de ti al segundo paso, has estrechado tanto al muñeco que casi lo rompes y entonces lo miras, descolorido y descosido pero manteniendo esa sonrisa que, a tu lado en la cama, te hacía sentir mejor. ¿De dónde sale el muñeco? Te preguntas. Claro, sale de la otra habitación, pues allí también has entrado algunas veces y te has sentado en una silla que a pesar de su aspecto robusto ha vacilado bajo tu peso. Y es que cada vez pesas más, por mucho ejercicio y dietas que hagas, cada vez pesas más. Te has sentado en la silla y has mirado el desorden y la suciedad y como en el último lance pensaste que algún día tendrás que ordenar esto ya que, si lo ordenas, quizá el futuro se muestre más claro. Lo que tú quieres, en realidad, es poder entrar en el futuro sin miedo. Coges al muñeco, que siempre está allí cuando piensas en él o te sientes inseguro, e inevitablemente recuerdas la noche que tu madre te sugirió que ya eras mayor para dormir con él, que qué tal si esta noche lo dejamos aquí, en el estante, lo verás y él te verá a ti, pero ya eres grande. Lo que no recuerdas es cómo te sentiste: ¿Desprotegido? ¿Traidor? ¿Mayor? ¿Maldijiste a tu madre por aquella desconsideración hacia el muñeco o te maldijiste a ti por no enfrentarte a ella? Entonces lo dejas sobre el escritorio en el que tantas historias inventaste y tantos juegos de lápiz y goma jugaste, no sin antes darle una última caricia e intentar que su mirada de "lo entiendo, tienes que irte" no te afecte, pero te afecta siempre. Te levantas de la silla algo desorientado, ya no sabes si hablas en pasado, en presente o en futuro; sin embargo tienes en la mano algunas cosas que escribiste, redactadas en presente y recuerdas que en el punto que empezaste a escribir en presente, escribir en pasado te pareció demasiado fácil. Porque escribir en pasado supone que el narrador ya sabe todo lo que pasó y ha vivido para contarlo, o él u otro, de manera que no existe la incertidumbre, esa que lo es todo en la habitación del mañana. Necesitas incertidumbre, piensas, o quizá te has acostumbrado a ella, pero es precisamente esa inquietud, ese desasosiego, esa duda, la que te hace querer avanzar. Imaginas un mundo en el que todo está claro y preciso y sabes que si alguna vez llegas allí te quedarás parado para siempre, te acomodarás, sonreirás como un idiota pensando que ya no necesitas nada más, quizá cogiendo el muñeco o moviendo la mano para apartar la niebla, pero el muñeco estará en una habitación y la niebla en la otra y tú, en medio, como una bisagra que ya no chirría, porque le da igual el pasado, le da igual el futuro, está bien allí quieta. Pero no lo sabrás, porque te habrás acomodado, y no hay nada peor