La broma infinita, de David Foster Wallace

31.12.2018

Es difícil hacer una reseña de un libro como La broma infinita, debido a que es una novela, desde mi punto de vista, sumamente compleja y que seguramente solo es apta para personas dispuestas a dedicar mucho tiempo a leer y a pensar sobre lo leído. No se trata de una historia con su trama en forma de inicio, nudo y desenlace; con un orden ascendente de acontecimientos, con un hilo a seguir hacia un final clásico.


Autor: David Foster Wallace (Ithaca, NY, EUA, 1962 - Claremont, California, EUA, 2008)

Esta edición: Ed. Roca (Random House), colección  Contemporánea, edición de Bolsillo

Volumen: 1092 páginas (+300 de notas)

Género: Drama

Título original: Inifinite Jest (1996)

Idioma original: Inglés

Traducción al castellano: Marcelo Covián


De buenas a primeras ya asusta un poco por dos hechos: sus más de 1000 páginas de novela, con letra pequeña y páginas con poco margen en su edición de bolsillo (o de bolso, más bien) y las más de 300 páginas con notas, algunas de las cuales son capítulos enteros y otras muchas que son referencias a compuestos químicos, farmacéuticos o a las más que complicadas reglas del Escatón, el juego inventado por los miembros juveniles de la AET, la escuela de tenis dónde se desarrolla gran parte de la novela.

La broma infinita nos cuenta diferentes historias, aunque todas giran de una manera u otra alrededor de una principal. Nos encontramos en un futuro cercano en el que Estados Unidos, México y Canadá se han unido formando la ONAN, donde básicamente mandan los estadounidenses con un presidente (y aquí viene la primera de las predicciones de futuro que se cumplen) que viene de los shows televisivos y que básicamente es un payaso con ideología neofascista. En esta creación de una Norteamérica unida, existe algo llamado la Gran Concavidad, esto es, un enorme agujero en la frontera entre Estados Unidos y Canadá en la que se van volcando las basuras y que, obviamente, ha producido alteraciones en el medio ambiente y también en los vecinos próximos. Con este mar de fondo, Foster Wallace desarrolla a una serie de personajes muy bien construidos, una serie de escenas y de situaciones hechas con una técnica narrativa envidiable, con una documentación encomiable, con una meticulosidad que a los que nos gusta escribir se nos muestra como infinidad de horas y horas dedicadas a crear una novela sin que falte ni un solo detalle, narrativamente perfecta, literariamente cojonuda.

En primer lugar y como eje alrededor del cual se mueve la mayoría, está la familia Incandenza, formada por el difunto James O. Incandenza (a quién sus hijos llaman Él mismo, obsesionado con las lentes ópticas, luego con el tenis, luego con el cine), su viuda Avril Incandenza (apodada Mami por los hijos, altísima, atractiva, profesora de lengua, fría) y los tres productos del matrimonio: Orin (frío, superficial, machista, antigua promesa del tenis que se pasó al futbol americano), Mario (deforme, que nunca miente, tierno, siempre con una cámara de cine grabándolo todo) y Hal (lleno de dudas, adicto a la marihuana, joven promesa del tenis, principal cuidador de Mario). La vida de Hal, al que quizá se identifica más como el protagonista, se centra dentro de la AET, por lo tanto del tenis, también de la marihuana, y de los múltiples personajes que viven allí, reclutados por los observadores o enviados por sus famílias, un sinfín de adolescentes de ambos sexos que esperan ser profesionales de este deporte individualista que consiste en golpear con una raqueta a una pelota haciéndola pasar por encima de una red. Personajes como Pemulis, el mejor amigo de Hal, o Ortho "La oscuridad" Stice, John Wayne (número uno de la academia), etcétera. El autor se desvía constantemente para poner el punto de vista ahora en uno ahora en el otro, centrándose básicamente en Hal y en Mario, contando anécdotas técnicamente magníficas, tejiendo pasados de lo más dispares y a su vez literariamente ejemplares. Yo diría que toda esta parte está escrita con tristeza, con sobriedad, desde una mirada de niño que se ha perdido su niñez.

En segundo lugar, nos encontramos con la Ennet House, un centro de desintoxicación para alcohólicos y drogadictos, muy cercano físicamente a la AET. Allí deambula básicamente Don Gately, un tipo de proporciones casi gigantescas, ex adicto a un tipo de medicamentos, de pasado traumático, pero también muchos otros personajes que conforman un mundo durísimo y a su vez lleno de momentos. La unión entre la Ennet House y la AET quizá sea el hecho de que el padre Incandenza era alcohólico y había fracasado repetidas veces en desintoxicarse. O quizá la unión es Joelle Van Dyne, locutora de radio, de un atractivo físico tan impresionante que la hace taparse la cara con un velo (o quizá no es por eso, se insinúa también, dejándolo al aire) y que es adicta también a diferentes substancias. Todo lo que gira alrededor de la Ennet House, más allá de sus personajes, son los métodos de cómo se vive allí, el funcionamiento de los Alcohólicos Anónimos y los Narcóticos Anónimos y el extraordinario abanico de adicciones, sustancias adictivas y normas en esta residencia.

En tercer lugar, nos encontramos con los movimientos de espionaje y terrorismo entre Quebec y los Estados Unidos, en base a personajes como Marathe, miembro de la AFR (Asociación de Asesinos en Silla de Ruedas) y Steeply, miembros de una rama de los servicios secretos, que hablan en una colina durante una noche concreta y especulan sobre la existencia de una cartucho (como un vídeo, y aquí viene la segunda premonición acertada) de Entretenimiento que puede verse en los teleordenadores (los Smart TV actuales) de Interlace (algo extraordinariamente pareceido a las plataformas de ahora como Netflix y otras) y que, supuestamente, dicho entretenimiento, una película dirigida por James Incandenza, provoca un estado de parálisis cerebral a cualquiera que lo vea. Es el "entretenimiento total". Y es una película protagonizada por Joelle Van Dyne, cosa que ata esta parte de la novela con la primera y la segunda. La búsqueda de este cartucho de entretenimiento centra parte de la trama literaria.

Dicho esto, resumido de forma muy sintética el contenido en sí de la novela, es necesario destacar que no es apta para consumidores de bestsellers, de libros vacíos, de novelas rápidas o de pseudoliteratura internáutica. Es un libro que requiere de una capacidad, o almenos a mí me lo ha requerido, de concentración importante, en la que las ramas que salen del tronco son tantas y con tantísimas hojas que muy a menudo uno se pregunta: "¿pero de qué me están hablando?". No hay una trama que seguir: no hay una historia de amor que avance, una investigación que se desarrolle, un misterio que resolver, un continuo. Foster Wallace crea y describe lo creado, se recrea en ello, se mete en los meollos de los detalles. Si uno va a leer La broma infinita a pequeños ratos, la acabará dejando casi seguro o tardará meses en terminarla. La broma infinita requiere concentración para meterse dentro de las múltiples historias, vibrar con todo lo que acontece a secundarios como Obre Tony Krause o el salvaje de Randy Lenze o Michael Pemulis. Si lo logra, si el lector llega a entrar en La broma infinita, se encuentra con una obra que roza lo magistral a nivel literario y narrativo, con fragmentos de una capacidad de transmitir sentimiento espectaculares, de captar sensaciones de una forma tan lúcida que es imposible no identificarse, no pensar que eso te sucede o tú lo ves igual, pero transmitido a través de unos personajes cuidados al máximo, de unas situaciones narradas con una viveza excepcional (la escena de drogadicción máxima de Gately y un amigo suyo en una apartamento de lujo que ocupan es sobrecogedora; los momentos en que Lenz sale a cazar por las noches, estremecedores; las conversaciones de Hal con Mario y con Orin, deliciosas; la atmosfera que rodea la muerte del padre Incandenza es absorbente y asfixiante).  Cierto es que algunas de las notas numeradas son muy largas y a veces casi incomprensibles, que al no exisitr hilos claros cuesta mantener el filo más allá de lo que aporta la capacidad narrativa de Foster Wallace y de que algunos personajes parecen estar allí por ganas del autor, no por necesidad, pero es un libro altamente recomendable, a mi modesto entender, para quien quiera conocer un nivel diferente, no sé si más alto, de literatura.

Y quizá, y es un quizá muy quizá, alguien haya conseguido entender cómo funciona el maldito juego del Escatón.