La carrera del mentiroso y el cojo

08.06.2019

Sábado, 8 de junio de 2019

Una de las frases que más recuerdo de mi padre es la que dice que "se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo". Se puede adivinar que oí esta frase en varias ocasiones ya que de pequeño yo era bastante mentiroso. Lo curioso es que con el paso de los años, hasta el día de hoy, me pregunto por qué lo era y no llego a ninguna respuesta satisfactoria.

La mentira forma parte de nosotros desde bien pequeños. Cuando mi abuela me aseguraba que ella no mentía ni había mentido nunca, no me la creía. Quizá no lo hacía ya que por entonces yo decía muchas, no lo sé, o quizá porque incluso hoy, estoy convencido que todo el mundo ha dicho mentiras, pequeñas o grandes, muchas o pocas. El día que dejé de mentir, en mi caso, fue un día señalado. Tampoco vayamos a pensar ahora que mentía más que hablaba, no es el caso, pero sí que decía algunas trolas y no creo que me equivoqué mucho si el origen de esa necesidad de decir falsedades sale del hecho que siempre fui un mal estudiante y, cuando me pasaba rato en mi habitación y no había hecho los deberes, ante la pregunta de "¿ya has terminado?", decía que sí. Ocultaba mis evasiones de las tareas escolares y, como consecuencia, mi fracaso escolar, inventando. A pesar de que acabé sacándome una carrera y otros estudios, podría decirse que en mi caso más que un fracaso escolar fue una postergación constante del éxito, relativo, de mis andares académicos.

Cómo decía, un día decidí dejar de mentir. Puede parecer improbable, pero fue así. Tuve ayuda externa, por una parte una cierta cantidad de mentiras dichas por otras personas me habían dañado considerablemente y, por otra, influyeron en mí diferentes reflexiones que me hicieron ver no solamente lo estúpido que es decir mentiras, sino que además, dañan siempre más que la verdad, a uno mismo y a los demás. Incluso las famosas mentiras piadosas, aquellas que en teoría se dicen para no hacer daño o para mitigar un golpe, en realidad tampoco ayudan, es una forma de autoengaño para no tener que afrontar el decir una verdad que no deja de ser miedo a la reacción del otro y, sobre todo, miedo a cómo vas tú a enfrentarte a eso.

No sé si todas las mentiras, tarde o temprano, acaban saliendo a la luz. Supongo que no, que muchas de ellas quedan en el aire y no se descubren nunca. Otras se desvelan cuando ya es tarde para el mentiroso o mentirosa. Y en cierta parte me doy cuenta de que quizá esta columna de hoy parezca un ejercicio de autoayuda o un sermón, pero no es así. Es un ejercicio de mirar hacia atrás y darse cuenta de que, desde que dejé de hacerlo, estoy mucho más tranquilo.

He imaginado, mientras pensaba en cómo escribiría esto, una carrera entre un mentiroso y un cojo, un poco como la competición entre la liebre y la tortuga. No voy a describirla ya que eso sí parecería una diatriba. Bien es cierto, no obstante, que la verdad nunca se queda en la mochila, una vez la has dicho vas más ligero, la mentira siempre se queda allí, lo sé por experiencia. Ya me diréis sino porque sigo sintiéndome estúpido cuando mi padre encontró una colilla flotando en el váter, se sentó conmigo en la mesa y me preguntó si la colilla era mía. "¿Mía? No, qué va, pero si yo no fumo." "Martí, me gustaría que me dijeras la verdad"; "De verdad, que no es mía, que yo no fumo." ¡Joder, tío, que no fumaba nadie en aquella casa, mi madre lo dejó cuando yo tenía 8 o 9 años y él no había fumado jamás y mi hermano solo contaba con 5 o 6 añitos!

A parte de la mochila, haber mentido en ocasiones me creó cierta fama. Se rompió un plato de cerámica mexicana que colgaba de la pared y me culparon a mí; por mucho que aseguré y dije la verdad sobre que no había sido yo (en serio que yo no fui), no me creyeron. En cierta forma, decir mentiras puede justificarse cuando eres pequeño, ya que las dices y al principio nadie cree que mientas, de forma que te funcionan y repites. No sé, yo dejé de decirlas por el daño que me hacían a mí las de los demás y no quería ser así, aunque la tentación estuvo allí fuera rondando, hace tiempo que ni la veo ni la oigo y estoy ganando la carrera.